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Volver a la vida: la historia de Dhanna, campesina y trans, entre la tierra y la resistencia

Escribe Mariana Iglesias
Fotos Sofía Gennovese

En un país donde el modelo agroalimentario se concentra cada vez más y el Estado retrocede en su rol de garantizar el derecho a la alimentación, las experiencias que nacen desde los territorios adquieren otra dimensión. No son solo alternativas: son formas concretas de supervivencia, organización y futuro.

En ese cruce entre política, tierra y vida, Dhanna llegó a Buenos Aires para participar de las jornadas “Planificar el alimento. Construir un horizonte común desde el poder popular”, organizadas por la Fundación Rosa de Luxemburgo.

Pero su historia empieza mucho antes, a más de mil kilómetros. 

Casi 40

“Mi nombre es Dhana Pilar Moyano, tengo 38 años, soy de la clase 87, rumbo a los 39, casi 40, que son los que más espero con muchas ansias”. Habla con una mezcla de serenidad y urgencia, como si cada palabra fuera también una conquista.

Dhanna nació y creció en Luján de Cuyo, Mendoza. “Soy productora, vivo en un puesto que se llama El Olmo, en la zona Las Avispas”. Integra la Unión de Trabajadores Rurales Sin Tierra (UST), parte del Movimiento Nacional Campesino Somos Tierra. “Participo en el equipo de formación, en género y diversidad y en la lucha de las mujeres indígenas campesinas”, detalla.

Su historia familiar está marcada por la violencia estructural que se cuela por generaciones: “Mi abuela materna era paraguaya. Ella atravesó toda la guerra del Paraguay. Su padre la cambió por una vaca”.

La infancia, sin embargo, también tuvo momentos de alegría y libertad: “Jugábamos con caballos, vacas, vivíamos arriba de los árboles. Hacer fogatas era fundamental”. Pero algo empezó a quebrarse en la escuela. “En séptimo grado no me atraían las mujeres. Me atraían los varones. Yo decía ‘qué raro’, pero no me animaba a decirlo”.

El silencio fue una forma de protección. Y también de soledad.

Entre los nueve y los once años, Dhanna fue abusada por un tío, un hermano de su padre. “Nunca lo conté… y si decía que me gustaban los varones… y si decía lo de mi tío… así que no”. Aprendió a sobrevivir: “Inventaba excusas, por ejemplo, para no dormir la siesta, porque si mi tio tomaba vino al mediodía ya sabía lo que me iba a pasar”.

Ese aprendizaje dejó marcas profundas: “Aprendí en quién confiar… dónde podía llorar y dónde no”.

Los años fuera de casa 

La adolescencia no trajo alivio. “Si me juntaba con las mujeres era muy ‘varonil’, y si me juntaba con los varones, muy ‘mujercita’”. A los dos meses de empezar el colegio secundario lo dejó. Tenía 13 años. Poco después llegó su primer enamoramiento, también castigado. Su padre, testigo de una escena de amor en el monte, desató toda su furia, primero con el empleado al que echó de inmediato. Luego fue su turno: “Mi papá me pegó tanto con un chicote que me salía sangre por todos lados. Me dijo ‘te voy a matar’”.

Esa noche se fue de su casa. Caminó hasta la ruta. Un camión la levantó y la llevó al centro de Mendoza. “Me quedé en la plaza tres días, tenía hambre, sed, lloraba mucho”.

Entonces se le acercó una mujer, y descubrió otro mundo.“Era una chica trans, una travesti, me preguntó por qué estaba ahí. Le pedí agua y me llevó a una casa”. Allí había otras mujeres trans. Le ofrecieron un hogar. “El primer piso era un boliche, el segundo un hotel y en el tercero dormíamos”. 

“Desde los 13 a los 17 yo limpiaba mientras ellas trabajaban. Después yo también me dediqué a la prostitución. Dormir dos horas, consumir drogas, alcohol, eso era lo común”.

También hubo violencia institucional: “Le teníamos que pagar a la policía, nos llevaban a fiestas, nos entregaban”. En un momento, fueron secuestradas y trasladadas a Buenos Aires. “Estuvimos encerradas casi tres meses hasta que logramos escapar y volver a Mendoza”.

Volver

“Un día, ya tenía 23años, vi a una señora barriendo la vereda y pensé: ‘si sigo así no voy a llegar a esa edad’”. Tomó una decisión: volver a su casa, con su familia. Sacó un pasaje que le costó un peso. Habían pasado diez años.

El regreso fue también un reencuentro: “Mi abuela me abrazó, me contó que mis padres se habían separado, que tenía una nueva hermanita. Fui a ver a mi mamá, cuando la vi fue como volver a nacer”. Ya nada era igual. Ella tampoco.

“Volver al campo es renacer. Aprendí a tener valor de trabajo, a ser mi propia patrona, a encontrarme”.

Al tiempo descubrió el peso de la organización. “A una familia le iban a quitar la casa, fui con mujeres de la UST a defenderla y empecé a militar”. Ese proceso transformó su lugar en el mundo. “Casi sin querer empecé a tener más voz, poder de decisión, poner límites”.

Recuerda un momento clave en una asamblea: una mujer campesina enumerando todo su trabajo cotidiano en el campo, en su casa, en la crianza y los cuidados. “Ahí dije: acá no se discute, acá se respeta el trabajo de las compañeras”.

De esa conciencia surgieron nuevas formas de organización. Crearon una cooperativa. “Me dijeron: ‘Dhanna, vos vas a ser la presidenta’. Y ya llevo seis gestiones”.

Los logros son concretos: “Abrimos un aula satélite y 19 mujeres terminaron el secundario y ocho  la primaria”. Construyeron cisternas, impulsaron huertas comunitarias, desarrollaron producción de alimentos, organizaron un festival local.

También enfrentan nuevas dificultades: “El único centro de salud está a 39 kilómetros, se te puede morir alguien en el camino”.

En el contexto actual, la política aparece como una dimensión inevitable. “La política es todo, si no hay política pública no hay cambio. A diferencia de este gobierno horroroso, antes tuvimos un gobierno presente que pensaba en la clase social trabajadora, los barrios populares, en los que vivían en el campo, en las comunidades indígenas, había un gobierno presente y nosotros nos acomodamos a ese gobierno presente, teníamos proyectos por todos lados y recursos por todos lados…, después nos mataron todas las vacas gordas y las flacas también”. 

Calle y campo

Pero su mirada no se queda en la denuncia. También interpela hacia adentro.

“Lo primero que le diría a una compañera que está en la calle es que se abrace a sí misma. Estar en una esquina muchas veces es tapar una realidad”. También deja otro consejo: “No alejarnos de la familia porque somos un punto débil para que nos maten, nos secuestren, y nadie habla de eso”.

El campo, para ella, es una alternativa concreta de trabajo: “Es poder cocinarte, producir lo que comés, es defender la soberanía alimentaria”. Pero sabe que no alcanza con la voluntad individual. “Estudiar está muy bien, pero no alcanza. Conozco cinco chicas trans que son abogadas y trabajan en la prostitución porque no les dan trabajo. Tiene que haber políticas públicas y la sociedad debe ser al menos un poco más amable”.

“Nosotras no pasamos los 35 años”, dice. Mientras el mundo habla del envejecimiento poblacional  la “generación silver” se pone de moda, hay comunidades enteras que no llegarán a ese momento. 

“Voy a los 40”, repite Dhanna. Por ahora, es su horizonte.

Dhanna tiene un libro que cuenta su vida: Dhanna campesina y trava. “Fueron dos años de reconstruir la historia, no es fácil desnudar el alma”. Recuerda el dolor, pero también los abrazos. “Parí un libro de tanto amor y de tanto dolor”. Asegura que lo leyó más de veinte veces. “Me hace más fuerte, me hace ver que puedo crecer”. No se define como alguien “superada”. “Me falta un montón”, dice. Pero reconoce lo que logró: “Superé miedos, aprendí a perdonar”.

Y deja una certeza que atraviesa toda su historia: “No hay que quedarse callada”.