Ricardo Robins
De la mansión quedan escombros. De la huerta creada en 1987 —prehistoria del Programa de Agricultura Urbana (PAU) de Rosario— persisten algunas huellas lejanas. Antonio Lattuca, pionero de ese proyecto premiado en el mundo, camina por el amplio terreno del barrio Saladillo Sur. Tiene un desnivel en el medio: es una zona ondulada frente al río Paraná. En la parte alta predominan los restos de la vieja casona, rodeada de árboles y plantas. Abajo, una cancha de fútbol recortada y algo de verde a un costado.
“El casero de la mansión tenía una chatarrería. Había cosas y piezas por todos lados, pero nos dio este espacio para empezar la huerta”, cuenta el ingeniero agrónomo, de 75 años, mientras mira el suelo tapizado de especies vegetales.


1. Los escombros de la mansión en el predio que alojó a la primera huerta en 1987.
2. Zona de la huerta pionera en el barrio Saladillo Sur con las palmeras de fondo.
Hay brotes de laurel. Se detiene y saca una hoja para chequear el olor. No puede evitar pensar en las dinámicas detrás de las variedades que descubre. “Seguro que las semillas las trajo algún pájaro y por eso hay laureles acá”, dice. Le pregunto por un yuyo que domina la zona. Es el “amor del hortelano”. Arranca una ramita y se la tira contra el pantalón de corderoy marrón para demostrar un efecto curioso.
“Se te pega”, describe a esa hierba trepadora que, además de tener usos medicinales, habla. Su presencia es un indicador de tierra buena, quizás beneficiada por aquellos años de labranza rica en nutrientes. Más allá crece un níspero y, más atrás, otro laurel.
Debajo de dos palmeras altas y de tronco ancho hay un puñado de hijitos. “¡Qué cosa, cómo ponían estas palmeras canarias clásicas en estas casas!”, dice, sobre la pretensión señorial de otra época, en la por entonces aristocrática avenida del Rosario, que nace en este extremo de la zona sudeste y cruza hacia el oeste.
La herencia de aquellas palmeras convive con la apropiación popular de tierras en los márgenes de la Circunvalación, la ruta que rodea a la ciudad. Son las capas, siempre complejas y apasionantes, de cómo crecen y se transforman las ciudades. Desde acá asoman las espaldas del frigorífico Swift, una de las claves en esa mutación. Entre las ruinas de la clase alta de otro siglo, con sus palmeras importadas, y los ranchos y casitas de los trabajadores, Antonio y un grupo de vecinos crearon la primera huerta.
En la recorrida aparecen, de a poco, algunos nombres. Cacho era el cuidador del “chalet de Vergonjeanne”, por la antigua dueña de la casona. Don González y Cariño eran otros dos referentes.
–No, González murió y Cariño también –informa Alcides, un vecino de 60 años que tenía 20 cuando empezó la huerta.
Antonio menciona ahora a Lucho Lemos, un gran amigo y hermano de la vida dedicada a la agricultura urbana, a quien conoció en este lugar y que falleció en 2022. El hombre lo recuerda, dice que vivía en la parte de atrás del barrio. Cuenta que la mansión se incendió hace dos o tres años (cree que alguien la prendió fuego). Nos ayuda a ubicar el lugar preciso donde estaba la huerta. Él no participó de la producción de verduras, pero el espacio verde estaba a unos metros de donde caminamos: debajo de la casona derruida y a un costado de la canchita de fútbol.


3. El Parque Huerta de Tablada y algunos edificios de fondo en la zona sur.
4. Mónica trabaja en su parcela dentro del Parque inaugurado en 2008.
Ya no están las parcelas ni las hileras de cultivos. El predio cambió, aunque sigue siendo reconocible. Desde la parte alta se ve el río Paraná, al este. El pasillo que delimita el área al oeste no llega a ser una calle. Del otro lado empiezan las viviendas. Lo que eran casillas precarias, de chapa y madera, ahora son de material o ladrillo hueco naranja. Alcides se mete en una de ellas.
Parte de aquellos orígenes están registrados en el documental “Las huertas de la gente”. El primero que habla es González. Camisa celeste, semicanoso, bigotes y un decir con la erre aplanada hasta parecer una ye, la elle como una i y los diminutivos. Dice que consiguió un “terrenito” en el Saladillo y que “la tierra va produciendo bien” con “las cositas que le voy poniendo”. Cuenta que “va engordando” el suelo con bosta de caballo, restos de chala de maíz y de “zapallos que se funden” que aprovecha como abono natural.
La entrevista a González fue en este mismo sitio que Antonio hoy revisita, pero en las imágenes parece un campo abierto. Está rodeado de verde y no se ve cemento. Apenas se distingue, al fondo, la Circunvalación por los autos que pasan. Las villas eran, todavía, un espacio de transición entre lo urbano y lo rural en la tercera ciudad argentina.
Ahora, Antonio baja por la calle angosta, entre casuarinas y acacias. Al sur, ese pasaje desemboca en Lamadrid al 400 bis, una calle que también fue asfaltada. Aunque distintos, los rincones retienen un eco y su memoria se pone en marcha. Señala un kiosco —o quizás al lado, en la casa de frente negro—: “Acá estaba la radio comunitaria y empezamos a invitar a los vecinos a sumarse”.


5. Antonio y Abel con las verduras recién cosechadas.
6. El “espanta bichos” de Abel.
De la academia al territorio
A mediados de 1987, Antonio tenía 36 años y hacía dos que se había recibido de ingeniero agrónomo en la Universidad Nacional de Rosario (UNR). Su contacto con la tierra fue primero a través de su abuelo quintero y, después, impulsado por una motivación social y política de la época: “Estudié para hacer la reforma agraria”. La carrera la hizo mientras trabajaba y le llevó nueve años. En paralelo, formó una familia.
Empezó a cursar en 1975, después de casarse con María Angélica Gallo, psicóloga y docente en la carrera de Periodismo. Tuvieron hijos. Fue administrativo en un galpón y luego en una empresa metalúrgica. Además, se hizo vendedor de seguros para sumar ingresos. Eso lo ayudaría en su futura faceta de gestor de proyectos: “Dejé de sentir vergüenza y pude cosechar la fortaleza necesaria”.
Ya con el título en mano y una situación económica familiar menos apretada que años antes, lo primero que hizo fue una experiencia en la cátedra de Horticultura de la Facultad de Ciencias Agrarias. Quería unir ese mundo académico con lo social. Inició una búsqueda y ese movimiento generó algunas conexiones. Antonio habla de “casualidades” y “causalidades” para hilar una sucesión de encuentros que forman parte de una sincronicidad: algo que estaba naciendo.
Conoció a la organización no gubernamental (ONG) “Taller Ecologista”. Empezó a leer sobre huertas. “Eso me inspiró. Era consciente de la crisis por falta de alimentos que había en ese momento en Argentina; pensé que la gente que vivía en condiciones de pobreza podía producir verdura, y ahí surge esta primera idea”, relata.
Se adhirió al Taller y al proyecto “Huerta Esperanza”. Eso lo conectó con más organizaciones que promovían huertas ecológicas con una visión social. Eran espacios surgidos con el regreso de la democracia: formas de reconstruir vínculos después del horror y la violencia ejercida por la última dictadura cívico-militar. Quería hacer huertas en las villas, pero no sabía cómo empezar. Un amigo y militante peronista como él, de la generación que creía que se podía “cambiar el mundo de un soplido”, le dijo que había una cooperativa en Saladillo Sur que tenía esa misma idea.
Patricia Virga, colega de la facultad y compañera en la iniciativa, quería tener más precisiones del proyecto de huerta antes de empezar el trabajo de campo, pero Antonio siempre fue de hacer y se mandaron. “Él quería reflotar la idea de las «Huertas de salud» del peronismo y yo venía más con la filosofía de los pueblos originarios. Coincidíamos en esa idea de hacer algo tangible, desde nuestra profesión pero por fuera de los cánones de la productividad”, resume.
Aunque no recuerda las charlas previas, ella dice entre risas que es muy probable que Antonio haya insistido y empujado, porque ese siempre fue su sello. Lo cierto es que fueron al barrio, se juntaron con los referentes de la cooperativa y con Custodio “Lucho” Lemos.
Lucho ya tenía una militancia social y política. Había llegado de Goya, Corrientes —provincia del noreste argentino— y sabía trabajar la tierra. Vivía en una casilla humilde, apenas subiendo por calle Lamadrid. El primer encuentro con él estuvo marcado por cierta desconfianza. Se examinaron y, con el tiempo, al coincidir en sus ideas y objetivos, construyeron una práctica que luego se consolidó en un marco teórico.
Se sumaron los vecinos de la lonja cedida, entre ellos Cariño y González. “Los dos aportaron mucha personalidad. La mayoría de las personas venían de otras provincias del norte, de una cultura guaranítica”, define Patricia.
En aquel desembarco se encontraron con el periodista Carlos Del Frade, en la pequeña radio comunitaria “Nuestra voz”. El hoy diputado provincial —por entonces un joven que recién empezaba a comunicar desde los barrios— sacó un megáfono y convocó a los vecinos. Ellos llevaron unos volantes para repartir.
“Hacíamos un programa de historia política y quisimos hacer una radio propaladora, que funcionaba con un megáfono, un tocadiscos Winco, y la gente durante la semana reunía sus mensajes en papelitos que ponía en una caja de zapatos”, dice Del Frade.
Ese recipiente de cartón, un antecedente analógico de los grupos de WhatsApp, unió a la comunidad: “Ya con la huerta en marcha, se armó una cooperativa de usos múltiples. Fue hermoso porque ese espacio se convirtió en la gran excusa de la continuidad, no solo de la radio comunitaria, sino de esa compra y venta que era fundamentalmente de verduras”.
El investigador, escritor y político describe a esa zona de la ciudad como “muy estragada por la pobreza, pero en esos años todavía no tenía tanta presencia la droga”. “Era un lugar de sectores populares empobrecidos. Familias que la peleaban como podían; no había tanto cirujeo (N. de E.: búsqueda de objetos entre la basura) como ahora. Se la rebuscaban con las changas y todavía había actividad en el puerto”, señala.


7. Las “calabazas zapallos” gigantes.
8. Oviedo ofrece rabanitos y zapallos.
Los tomates y las parcelas
Los encuentros eran por la tarde. Antonio todavía era un empleado administrativo —hasta las 14 de cada día— y el proyecto de la huerta lo hacía como una militancia a contraturno. Se armó un grupo sólido.
La fecha no está clara, pero fue entre otoño e invierno. No hicieron mucho trabajo previo de la tierra ni reconversión con abono. Se pusieron a sembrar “a la criolla”. Esa misma receta —la de no quedarse quieto y avanzar— la replica mientras charlamos y recorremos el lugar.
“Vamos yendo por ahí”, dice, y señala la canchita desocupada bajo un sol tibio de media mañana. Cosecha recuerdos algo desordenados, a veces precisos; otras, sin mucho detalle. Lo que no puede precisar lo aclara: “Supongo que empezamos con cultivos de invierno: acelga, lechuga, cebolla. Lo que sí estoy seguro es que el primer éxito fue la cosecha de tomates que hicimos después de esa primera siembra”.
Con ese primer logro, apostaron a sumar más gente y crecer. En una reunión de coordinación, los huerteros y las huerteras del Saladillo llevaron una propuesta que cambiaría la dinámica y sacudiría los ideales comunitarios pensados por el equipo: pidieron dividir la tierra en parcelas.
“Los tomates fueron una doble satisfacción —explica Patricia— porque fue la primera cosecha, que Carlos Del Frade salía a vender con el megáfono, y hasta hicimos una fiesta o un encuentro. Además, surgió el pedido para armar parcelas y eso nos dio vuelta la cabeza”.
Antonio coincide: “Uno de los aprendizajes más importantes fue que nosotros veníamos con la idea de la huerta comunitaria y la gente no sabía lo que era. Cuando nos pidieron dividir el espacio, no era algo contra lo social, porque se seguía trabajando en común”.
“Nosotros —retoma Patricia— llevábamos una idea más a la cubana y la gente quería otra cosa. Resignificamos lo comunitario porque cada uno tenía su pedacito de tierra y, al mismo tiempo, se compartían las herramientas o se intercambiaban las semillas”.
Antonio refuerza: “De esa manera, todos pueden desarrollar sus potencialidades: el que sabe mucho no inhibe al que no sabe, y el que no sabe busca todas las formas de aprender. Se produce un efecto contagio: el que va más rápido estimula al otro. El horario se ajusta a lo que cada uno necesita, sin tener que coincidir entre todos. También permite elegir qué producir y cómo. Hay una concepción equivocada de cómo se organiza el trabajo en común: acá se comparte el proyecto y existe un espacio particular”.
Nació así una mixtura que no estaba en la teoría: “Nos dimos cuenta de que fue una propuesta superadora y eso nos marcó. Uno a veces idealiza en un escritorio; después, en la realidad, se vuelve algo más práctico. Y eso lo replicamos en el futuro”.
De esas primeras enseñanzas se nutrió el Centro de Estudios y Producciones Agroecológicas Rosario (Cepar), con Antonio, Lucho, Patricia y otros que se fueron sumando. En 1990 lograron una ordenanza municipal que creó el Programa de Huertas Comunitarias. Al mismo tiempo, el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) lanzó el ProHuerta para todo el país. Al año siguiente, ambas iniciativas se retroalimentaron en la ciudad: fue un segundo paso para la agricultura urbana, ya junto al Estado.



Un puente hecho de historias
La canchita de fútbol en la parte baja del terreno del Saladillo Sur existía, pero no tenía los arcos que hoy le dan un aire más formal. Enfrente crearon una pequeña plaza con juegos. Por el medio pasa una calle casi sin tránsito. Subimos. En la curva está el Parque Huerta Tablada, el primero del Programa de Agricultura Urbana (PAU). Ese plan se formalizó en febrero de 2002, con un convenio entre la Secretaría de Promoción Social municipal, el Cepar dirigido por Lattuca y el Pro-Huerta del INTA.
Hoy, según datos oficiales, son doce los parques y huertas comunitarias en unas 40 hectáreas. Más de 150 familias huerteras cosechan cerca de 650 mil kilos de verdura agroecológica al año. Se venden en los Puntos Verdes y en las ferias.
Las tres hectáreas en Tablada abrieron en 2008, un año que queda a mitad de camino entre los orígenes de las huertas en los 80, el despegue de la década del 90 con espacios verdes en todos los barrios, la tercera etapa alimentada por la crisis social, política y económica de 2001 y esta última década de reconocimientos. Cuarenta años de un proyecto único en el país (y en la región) que permiten también repensar a la ciudad de un millón de habitantes en clave agroecológica.
Es curioso que la mansión derruida de aquella primera experiencia y el ingreso de este parque pionero, por avenida Belgrano al 4900, se miren de frente. No tienen una conexión lógica ni temporal, pero es como si una trama hubiese derramado hacia la otra. El puente entre ambas son las historias que aún se construyen.
La revelación del laurel y la flor de la ruda
El ingreso es un portal hacia verdes generosos y diversos. El frío de la mañana cede ante el avance del sol del mediodía. El primero que se acerca a saludar es Oviedo: 60 años, boina roja, remera blanca y jogging gris. Hace 20 que se dedica a la huerta y a vender miel.
–¿Cómo anda, Antonio?
–Ey, tanto tiempo.
Le muestra su parcela. Presenta su producción: ajo, repollo, rabanito. Agarra un puño de tierra con la mano y la muestra: “Mirá qué linda que está”. Dice que tuvo su lugar un poco abandonado: perdió a su compañera, correntina como él, después de una larga enfermedad. Ahora se están recuperando: él y sus verduras.
A unos 20 metros está Mónica, de 48 años, del barrio Las Flores, en la zona sur. No vive de vender su producción (es trabajadora de casas particulares) ni es vecina del lugar (se toma dos colectivos para llegar). En su caso, estaba saturada de la violencia y la vida hostil que le ofrecía la ciudad, con una narcocriminalidad en ascenso. Hace tres años buscó un escape. Hizo un taller de aromáticas en el Parque Huerta y se quedó a probar.
Ahora revisa sus líneas de cultivo. Hay una zona tapada con bosta de vaca. Es un abono poderoso: lo esparce y lo deja unas semanas. Así prepara una futura siembra. Al lado, lechuga, rúcula, cebolla de verdeo, zanahoria, espinaca. Apuesta a la diversidad para consumo personal. “Me gustan las plantas. Me hacen re bien la cabeza”, resume.
Pero no todo es fácil ni simple. Hay enemigos agazapados acá también: las heladas, las hormigas (“me vuelven loca”), los perros que entran por el alambrado roto de los cercos y pisan todo. Algunas personas se meten a robar. Enumera esos males y después vuelve a atender su acelga con una sonrisa.
Abel es macizo. Aunque le duele la espalda de tanto agacharse, lo disimula bien. De chico trabajaba en un campo de tabaco con su familia en Corrientes. Se vino en los 80 a Rosario. Conoció a Lucho Lemos. Recuerda que en el Saladillo Sur había tractores que sacaban los escombros para levantar las primeras casas. “Era una villa esto y estaba la canchita de fútbol. Después, él inventó la huerta”, dice ante la mirada de Antonio.
En 2003 lo echaron de su trabajo en el rubro de la seguridad privada. Empezó con la huerta. Le resulta natural ese contacto con la tierra. Hace 20 años que produce y vende en las ferias. Con eso y unas changas sobreviven él y su familia: una hija de 16 que lo salvó de varias maneras. Abel fue alcohólico muchos años y su recuperación lo transformó. “Fue un cambio impresionante. Lo quiero mucho a él”, comparte el ingeniero agrónomo y valora su simpleza para encarar desafíos.
El hombre está cerca de jubilarse, pero sabe que el gobierno libertario de Javier Milei no se la hará fácil con la falta de aportes previsionales. Por eso, todos los días va a regar y mantener su parcela. “Hay que estar”, advierte como clave. Tapa las calabazas gigantes que le quedan de la cosecha de verano con pastizales secos que las protegen. Deja, entre las hileras de verduras, las ortigas y los tréboles. Siembra rudas y caléndulas, que atraen a los insectos benéficos y alejan a los que se comen las plantas. Los laureles ayudan con su sombra y aroma repelente: hacen de cerco en el límite hacia avenida Belgrano. Antonio mira los árboles y tiene una epifanía:
–Claaaaro, de acá vienen las semillas de los laureles que están en la mansión del otro lado.
Algo de su esencia se descubre en esta lectura del predio que no cesa. Ama las acacias blancas porque dan sombra en verano, mientras que en invierno se abren y permiten el crecimiento de las plantas. Es una leguminosa y fija nitrógeno en el suelo. En cambio, los ligustros despiertan todo su desprecio: no se les caen nunca las hojas y limitan la energía solar cuando más se la necesita.
Tomaron la idea de los Parques Huerta de una experiencia de Ámsterdam, Holanda. El de Tablada fue el primero a nivel nacional. Costó tiempo conseguir la tenencia de la tierra y los fondos para iniciar el proceso. Ahora tiene una parte viva y, hacia el fondo, hay señales de abandono.
Faltan jóvenes que se acerquen, afirma Damián Barbiero, el coordinador del lugar desde hace diez años. Trabajan 20 personas, de entre 26 y 70 años. Crearon un estanque como reserva de agua y le sumaron peces de colores. Empezaron con 17 carpas y hoy hay más de 300. Sus desechos son un abono extraordinario, rico en nutrientes, y también atraen aves. Un ecosistema en funcionamiento.
Todos esos principios de la agroecología —que hoy se llama así y hace 40 años no tenía ese nombre, o tenía muchos otros— son muy útiles. Pero hay una pieza crucial que no figura en los manuales: un extraño muñeco colgante, mezcla de amuleto con resto de peluche infantil.
“Es un espanta bichos”, asegura Abel.
Se detiene ante la ruda. Dice que previene enfermedades. Se la mezcla con caña y es tradición tomar tres tragos en ayunas cada 1° de agosto. Es para la salud y la suerte (“suerte” es un eufemismo de su propósito original: alejar maleficios y convocar a los buenos espíritus). Tiene una raíz guaraní, pero la fecha coincide con el Día de la Pachamama, más propio del norte argentino y el altiplano. Con un cuchillo simple, saca un gajo de sus rudas y me lo da.
–Ya tenés para la caña.
Lo planto en una maceta. El esqueje se adapta rápido y crece al sol como si fuera un bonsái. Con los primeros calores le nacen unas flores amarillas, pequeñas, delicadas. A los días se secan y se forman las semillas para continuar un nuevo ciclo.
