Cómo salir del laberinto del supermercado

Salud o negocios

Cómo salir del laberinto del supermercado

Vicky Cuomo

 

Por Agustín Colombo

Es como esas películas que siempre terminan igual. Misma trama, mismo conflicto, mismo final. Solo que acá no se trata de una película, sino de una acción cotidiana. Acaso la más cotidiana de nuestras vidas: ir al supermercado y caminar por sus góndolas.

¿Por qué la película siempre termina igual? Porque cuando llega a la zona de cajas, en esa sala de espera atiborrada de golosinas y chocolates, el consumidor o la consumidora tendrá uno o más productos que no había pensado comprar antes de entrar. Que no los necesitaba, incluso que ni siquiera sabía que existían, pero que ahora están adentro de su changuito, de su caja o de su bolsa.

Lejos de transformar las conciencias, cada persona que sale de los supermercados transforma su economía doméstica y, por lo general, también su alimentación: gasta más de lo imaginado y consume productos menos saludables.

Es una guerra psicológica. Y esa guerra psicológica ya sabemos quién la  gana hace décadas.

Nadie podría negarlo: ¿Quién no se entusiasmó alguna vez con un 4×2, un descuento suculento por comprar algún día específico, o la invitación a comprar a mitad de precio por tener tal tarjeta de tal comunidad? El de los supermercados es un triunfo que se mide en ventas, se mide en hegemonía y se mide también desde un plano simbólico: las cadenas atraviesan nuestras subjetividades, desafían o anulan nuestro sentido crítico y están presentes en nuestras vidas a través de un trabajado discurso publicitario.

Ese discurso está afuera –en los medios, en la calle, en los mails y los grupos de Whatsapp– y sobre todo está adentro: en la disposición de las góndolas, en las ofertas irresistibles, en la búsqueda deliberada de estímulos sensoriales que nos inciten a la compra.

Hay una falsa sensación de libertad y de elección en ese momento, mientras el carrito se llena y avanza por el laberinto. Lo explica la periodista y economista española Nazaret Castro: “En las góndolas uno ve cientos de productos, colores, marcas y envases y pareciera que puede elegir entre una gran diversidad, pero si uno mira la lista de ingredientes, siempre se repiten. En los alimentos ultraprocesados, mal llamados alimentos, todos están hechos a base de azúcar, harinas, grasas vegetales a base de palma o soja y sal. Esa es la fórmula mágica que encontraron los laboratorios para hacernos adictos y tener los menores costos posibles”.

Nazaret Castro publicó en 2017 La dictadura de los supermercados, un libro en el que aborda –a través de una ardua investigación– cómo las grandes cadenas inciden en nuestras vidas y deciden lo que comemos. En ese trabajo escribió sobre esa falsa libertad, y también sobre un meganegocio basado en una falsa pluralidad: en ese edén de marcas y logos, las empresas que producen son poquitas.

Un pequeño grupo de cadenas controlan la oferta y, por lo tanto, controlan los precios.

El Grupo Nestlé, como para validar la teoría, tiene alrededor del mundo ocho mil marcas propias de diferentes variedades o productos. En Argentina hay seis nombres propios en el centro de un mapa interminable de logos y envases: Coca-Cola, Danone, Grupo Arcor, Molinos, Ledesma Mondelez y Bagley Latinoamerica.

El alcance de Arcor es bastante ilustrativo de esta concentrada diversidad, un oxímoron propio de la industria: la multinacional de origen nacional que preside Luis Pagani fabrica bombones (Bon o Bon, Cabsha), mermeladas (La Campagnola, BC), helados, galletitas de agua (Criollitas, Traviata, Ser), galletitas dulces (Maná, Rumba, Opera, Diversión) y hasta la polenta más vendida en el país (Presto Pronta). “En un supermercado, compremos lo que compremos, al final estamos comprando un poquito lo mismo”, sintetiza Nazaret.

 

Salud o negocios

Miguel Ángel Rodríguez, a cargo de Jepe’a, una comercializadora de yerba y productos cooperativos misioneros, hace hincapié en algo que muchas veces se pierde de vista: el modo de producción y el sabor de lo que comemos: “Hoy comemos pollos de criadero de 50 días, carne vacuna engordada en feedlot, fiambres con procesos acelerados, yerba mate en cámaras de calor de apenas 45 días. Estos productos se venden en mercados de grandes superficies. Todo vale para generar grandes ganancias. Hay un desprecio por la vida humana, pero con la baja sistemática en la calidad del producto”.

“En las góndolas uno ve cientos de productos, colores, marcas y pareciera que puede elegir gran diversidad, pero los ingredientes se repiten.”

“Cada vez hay más conciencia alrededor de que eso que nos venden en el supermercado no es comida saludable”, apunta Nazaret Castro. Y agrega, sobre los avances de este último tiempo: “Hay que ir entendiendo que en un sistema donde el único objetivo de una gran empresa es obtener la mayor ganancia posible, no podemos esperar que vayan a cuidar de nuestra salud, de nuestra alimentación. Es un profundo error dejarles a las empresas algo tan delicado e importante como el hecho de nutrirnos”.

Agustín Suárez, el referente político de la Unión de Trabajadores de la Tierra (UTT), la organización que está masificando el consumo de frutas y verduras de productores agroecológicos, cuenta un ejemplo de cómo actúan las cadenas que concentran el negocio de la comercialización: “Los supermercados negocian con productores y compran directo al precio más bajo posible. Es cierto: le compran a productores. Pero después el precio de la fruta y la verdura siempre es mayor que el de la verdulería. Es decir: terminan perjudicando al consumidor y al productor”.

El modelo de distribución y comercialización a gran escala incide directamente en el modelo de producción. Y cuando eso sucede, siempre se impone la rapidez y lo barato por sobre lo sano y más costoso. Si en el negocio coexisten miles de productores y miles de consumidores, pero menos de una decena de empresas controla las ventas, las condiciones de los dos extremos de la cadena –productores y consumidores– queda cada vez más dañada.

Miguel Ángel cree que, al igual que el oso hormiguero misionero, el pequeño productor “va camino a la extinción”. Por eso intenta trabajar articuladamente con cada uno de ellos. Jepe’a le compra a las cooperativas de Puerto Rico y de Ruiz de Montoya al contado, a diferencia de lo que hacen las grandes empresas (Las Marías, Amanda, Rosamonte), que pagan a 180 días. “No podemos repetir el modelo de las grandes empresas”, enfatiza Miguel.

Los argumentos de las teorías liberales quedan perimidos cuando se observa el gráfico de quiénes venden lo que consumimos. No existe la libre competencia porque el mercado está concentrado en un pequeño grupo de cadenas que controlan la oferta y, por lo tanto, controlan los precios.

El de los supermercados es un triunfo que se mide en ventas, se mide en hegemonía y se mide también desde un plano simbólico.

En Argentina, las empresas que condensan la comercialización de los alimentos (y también de la higiene, la limpieza y otros) son Cencosud (Vea, Jumbo y Disco), Carrefour, Coto, Walmart y Día. En la Patagonia se suma La Anónima. Un puñado de empresas que no producen nada son las deciden qué productos se venderán más, cuáles se venderán menos, con qué nos van a tentar en las cajas, y qué precios pagaremos por ellos.

Para Nazaret Castro es urgente un cambio cultural que venga acompañado de un cambio político, o viceversa: “No pueden ser meros cambios de comportamientos individuales sino que se deben impulsar desde la organización colectiva, porque es necesario hacer cambios legislativos. Ahora mismo todo el marco institucional legal está diseñado para beneficiar a grandes grupos empresariales. Entonces los pequeños productores siempre están en desventaja. Y no por una cuestión, que dirían los economistas, de economía de escala o porque las grandes son más rentables; sino que es porque hay  un sistema legal que hace que jueguen con reglas beneficiosas para ellos; por ejemplo porque pagan poquísimos impuestos en comparación con la gente común”.

 

El trabajo y algunas preguntas para pensar

Mario Amado es delegado de la sucursal de Carrefour ubicada en la Avenida Warnes, en el barrio de La Paternal. Es uno de los pocos hipermercados de la cadena que quedan en la Ciudad de Buenos Aires. Carrefour transformó su estrategia de negocios en la última década: si antes eran pocos y muy grandes, ahora son muchos y más chicos.

Esa transformación se aceleró en 2018: ese año presentó un proceso preventivo de crisis, cerró hipermercados, despidió y retiró a cerca de mil empleados e inundó las ciudades de minimercados: con los Carrefour Express, una manera de competir con los supermercados chinos y otras cadenas de esas características, consiguió seis millones más de clientes.

Amado trabaja en Carrefour hace 25 años. Cuenta que en los noventa, cuando el modelo neoliberal generó las condiciones para que las cadenas se expandieran, eran prácticamente esclavizados. Pero que el presente es diferente: con muchos delegados de base, las condiciones mejoraron.

Por eso pone reparos a las críticas de lo que significa el supermercado como símbolo de la alimentación y la concentración: “Se demoniza a una industria que es un gran empleador –remarca Amado–. Atentar contra la industria es atentar contra nuestras fuentes de trabajo. Eso también hay que observarlo. Es cierto que hay que regular más, pero no hay que demonizar. Porque muchos critican a los supermercados y me parece bien, pero nunca hablan de los laburantes de esos supermercados”.

Además de delegado de Carrefour, Amado es el titular de la Agrupación La Voz de Comercio, una corriente opositora al secretario general del sindicato, Armando Cavalieri, quien lleva 34 años en ese cargo: su noveno mandato tiene vigencia hasta 2022. “El sindicato de Comercio se niega a discutir un nuevo convenio, y mientras tanto, en los express o minimercados se precariza cada día más”, asegura Amado. Los trabajadores de esas sucursales de proximidad cobran, reponen mercadería y limpian.

Como sucede con los proyectos extractivos en diferentes provincias de la Argentina y el mundo, cuando una cadena de supermercados se instala en una ciudad o en un barrio, también se instala una promesa: la creación de puestos de trabajo. Para Nazaret Castro ese es otro de los mitos a desterrar, “otra gran mentira consagrada en la información que se difunde sobre los supermercados”.

Castro asegura que los productos que venderá la nueva sucursal ya se vendían antes, solo que en lugar de comprarle a una cadena, los vecinos se los compraban a comercios de la zona. En su libro señala que hay estudios que revelan que, en España, la apertura de una gran superficie viene acompañada de la pérdida de 276 puestos de trabajo y el cierre de pequeños comercios en un radio de 12 kilómetros.

Carrefour transformó su estrategia de negocios: si antes eran pocos y muy grandes, ahora son muchos y más chicos.

Amado toma ese ejemplo y le agrega complejidad con algunas preguntas intrínsecas a la realidad argentina: “¿Cuánto gana el trabajador de un almacén? ¿Cuánto gana el compañero que está atrás del puesto de una feria agroecológica? El sueldo mínimo en Comercio, cuando te lo pagan y estás en blanco, algo que muchísimas veces no sucede, es de 38 mil pesos en mano. El trabajador de un supermercado full time está cobrando entre 60 y 65 mil pesos. Yo no quiero que se iguale hacia abajo, quiero que se iguale hacia arriba”.

 

Una solución en marcha

En los últimos años, la UTT logró romper con el imaginario de que productos frescos y sanos son inevitablemente más caros. Lo hizo a partir de una propuesta estratégica que contiene tres puntas: el desarrollo de colonias agroecológicas en el interior de la provincia de Buenos Aires, mercados mayoristas en el AMBA y almacenes en barrios de clase media en CABA.

La UTT tomó el modelo diseñado por las grandes cadenas e hizo todo lo contrario. ¿Un ejemplo? Las 15 mil familias productoras con presencia en 16 provincias fijan el precio de una fruta o verdura cada seis meses. No existe, en ese ámbito, la escalada inflacionaria de una semana a la otra.

El galpón mayorista de la UTT en Avellaneda fue el paso fundamental para avanzar en un aspecto social. A ese paso le siguieron otros: la organización acaba de firmar convenios con los municipios de Quilmes y San Martín para comercializar y distribuir sus productos en esas zonas.

Los municipios –con el soporte del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación– aportarán los galpones, y la UTT aportará los alimentos producidos por pequeños y medianos productores. Esperan inaugurarlos en dos meses. “El objetivo es repetir el caso de Avellaneda en cuanto al esquema de comercialización: llegar masivamente con alimentos –frutas, verduras y alimentos secos de cooperativas– a las barriadas populares”, precisa Agustín.

¿Por qué está funcionando este diseño contrahegemónico que promueve la UTT? “Porque no sólo estamos llegando con verduras del cinturón hortícola agroecológico, sino con verduras y frutas de las distintas partes del país –cuenta Agustín–. Bananas del Norte, cítricos de Entre Ríos, frutas de carozo del Sur. Y  A eso se le suma variedad de yerbas, aceites, fideos y harinas de empresas recuperadas y cooperativas. Yo consumidor voy a un mercado o un almacén y ya no me llevo una acelga y tomates. Ahora puedo comprar toda la verdura, algunos productos a un precio bastante competitivo y eso también favorece la estrategia para que la gente se enganche con estas modalidades”.

Si detrás de cada producto ultraprocesado que encontramos en las góndolas de las cadenas hay un sinfín de situaciones abusivas y de máquinas que aseguran rapidez al menor costo, lo que sucede con las experiencias de comercialización alternativas es diametralmente opuesto. Lo sintetiza María Caroli, tesorera de la cooperativa Iriarte Verde: “Nosotros nos preguntamos: ¿de dónde viene lo que vendemos? Pensamos la producción, la comercialización y el consumo desde una mirada integral. Para ofrecer un producto primero lo consumimos y lo aprobamos, y después se comercializa”. Iriarte Verde produce de manera agroecológica frutas y verduras, y vende en su almacén de Barracas productos de pequeños productores familiares hortícolas, avícolas, harineros y aceiteros.

“Comprar un producto elaborado por una familia de pequeños productores es también un compromiso político y social –afirma Miguel Ángel, de Jepe’a–. Nosotros empezamos en 2001 y siempre lo decimos: detrás de cada producto hay personas. Por suerte, hoy somos muchas”.