En septiembre de 2002 se inauguró la primera feria libre de agroquímicos. Desde entonces, funciona a orillas del río Paraná. Nació como parte de una política pública que buscaba brindar conocimientos, trabajo y alimentos sanos a las familias, al tiempo que contribuía al cuidado del ambiente.
Por Viviana Lorente


La mañana está calurosa y el aire se siente un tanto espeso, indicador de que será una de esas jornadas en las que los límites entre las prendas de vestir y la piel se vuelven difusos. La brisa apenas se percibe y el sol ya reclama atención, junto con los pétalos caídos de los lapachos enraizados en Plaza Suecia. Allí mismo, sobre Boulevard Oroño, entre avenida Rivadavia y Arturo Illia, cada domingo a las ocho de la mañana se montan los tablones y los gazebos blancos. Bajo esa estructura se acomodan las verduras, las aromáticas y las plantas medicinales que producen huerteros y huerteras agroecológicos que trabajan la tierra en los distintos Parques Huerta de la ciudad de Rosario.
Para las ocho y cuarto, “los García”, como les dicen, ya tienen ubicados los plantines, los lirios, las lechugas, las acelgas, las remolachas, el romero, los zapallitos, las cebollitas de verdeo, el kale y otros verdes. Se sientan a tomar mate bajo un árbol mientras esperan a sus primeros clientes. Se quedan hasta que termina la feria, a la una de la tarde, excepto cuando el cielo explota. “Hoy está pronosticada lluvia”, lanza Alejandra, compañera de vida de Leónida García, mientras sorbe un mate.
Un poco más allá está Roberta Valencia Muñoz, que saca su producción de unas bolsas negras y la va acomodando sobre la mesa. Empiezan a circular los primeros potenciales compradores que, por lo general, visten ropa deportiva. Desde 2010 funciona en esa zona la Calle Recreativa, un circuito de 35 kilómetros libre de autos, motos y transporte público, dispuesto por la Municipalidad para que las personas hagan deporte, se encuentren y disfruten de actividades al aire libre. La feria queda, además, a pocos metros del mayor protagonista de la ciudad: el amarronado y extenso río Paraná.
Mauro tiene 36 años y se mueve como pez en el agua de un lado al otro de la feria. Va estudiando las verduras. Es cliente desde hace cinco años. “Acá lo que comprás es de gran calidad. Además, conocés a los productores y contribuís a la economía local”, explica mientras elige un kale.
—¿Cuánto es? —le pregunta a Isabel, una de las huerteras y feriantes.
—Dos —responde.
—¿Dos pesos? —se ríe Mauro.
Isabel y su marido se suman a la ocurrencia y le cuentan que hubo una época en la que compraron una moto y la pagaron con billetes de dos pesos. Mientras transcurre ese diálogo, una señora de unos 60 años quiere comprar albahaca y radicheta. Es la primera vez que se acerca a la feria y se da cuenta de que no lleva dinero.
—Salí sin nada, pero me dijeron que después les transfiera. Esta gente es buena —dice.
A lo lejos, bajando por Oroño en dirección al río, aparece la figura de Antonio Lattuca, ingeniero agrónomo, impulsor de la agricultura urbana en Rosario y creador del Centro Agroecológico Biodinámico. Llega con su carrito gris de las compras y va saludando en cada puesto. Nunca cae con las manos vacías. Saca de una bolsa un malvón con una flor rosada y lo regala. Luego se acerca al puesto de Norma Delgado y le pide que extienda la mano para darle unos granos de maíz amarillos y otros morados.
Una señora interrumpe y le pregunta a Norma si el manojo de hojas verdes sobre la mesa es menta. Lo levanta, lo huele y duda.
—Es menta, solo que algunos le dicen hierbabuena —aclara Antonio.
La mujer se la lleva.
Antonio camina unos pasos más y saluda a Emmanuel, nieto de Héctor Alarcón, quien trabajó antaño en el INTA junto a él. La descendencia tiene 20 años y se encarga de vender lo que produce la familia. “Mi abuelo ya no viene, desde la pandemia”. Trabajan cuatro hectáreas en la “Huerta Rosarina Linda”, ubicada al sur de la ciudad. “La reina de la feria es la rúcula”, dice Emmanuel. Es lo que más le piden y es de fácil cosecha: “La plantás y a las dos o tres semanas ya está lista”. La semana anterior vendieron 103 plantas, pero esta sólo pudieron sacar 20.
Para Leónida García, cuya familia trabaja en el Parque Huerta Molino Blanco, las ventas ya no tienen el mismo impacto en el bolsillo. “Hace cuatro años empezó a andar mal. Antes traía 200 lechugas y 100 rúculas y vendía todo. Hoy vendo 10 rúculas nomás”. Dice que en el pasado, a las 10 de la mañana ya no les quedaba nada. “Ahora el domingo sacamos 50 mil pesos aproximadamente, antes era mucha más la diferencia”.
Huerteros y huerteras cuentan también que había un antes en el que la Municipalidad transportaba las verduras de los agricultores en un camión. Ahora el transporte depende de cada uno. “Las traemos en un auto y en una camioneta, sino te tenés que alquilar un flete”, expresa Marina, hermana de Leónida.


Los inicios
Corría diciembre de 2001, época en Argentina del “¡Que se vayan todos!”, en plena crisis social, económica y política, cuando, poco tiempo después, la Municipalidad de Rosario puso en marcha el Programa de Agricultura Urbana (PAU), coordinado por Antonio Lattuca. El objetivo era atacar diferentes frentes, pero el principal era el hambre.
La política pública ponía el foco en la seguridad alimentaria y en la educación. En un contexto de pobreza extrema, se propuso impulsar la reinserción laboral con un valor agregado: el cuidado ambiental. La producción agroecológica local empezó a convertirse no solo en un sustento, sino también en una forma de vida, una herramienta de cohesión social, una alternativa para mitigar el cambio climático y una fuente de generación de empleo.
“Las crisis son como oportunidades, en los momentos más difíciles, donde aparentemente no hay salida, es donde surgen los temas nuevos que cambian la realidad’, acota Lattuca.
Antonio y Lucho Lemos, especialista en agricultura agroecológica y uno de los fundadores del Banco de Semillas Ñanderoga, habían participado ese diciembre de un Congreso de Agroecología en Porto Alegre, Brasil. Allí, habían conocido la experiencia de la “Feira da Colmeia”, una feria ecológica de pequeños agricultores rurales. A esto se sumó, lo que ya sabían de las Ferias Francas de Misiones, impulsadas en 1995 por el Movimiento Agrario Misionero (MAM), para paliar un período de crisis del agro en la provincia.
Según Lattuca, hasta ese entonces, las huertas que se conocían eran familiares y escolares y las ferias no ofrecían productos ecológicos. “A partir de la crisis nos propusimos que hubiera una producción planificada. Fuimos la primera feria de verduras libres de agroquímicos en el país”, resalta con orgullo. La bautizaron así porque no podían decir que vendían verduras orgánicas, la legislación no lo permitía si los productos no estaban certificados.
A esa primera feria, Hermes Binner, intendente de la ciudad por aquel entonces, propuso hacerla en el ex Predio de La Rural, pero evaluaron que debía ser en el área central de la urbe. Finalmente, se acordó realizarla el 28 de septiembre de 2002, y se ubicó donde hoy está la “Isla de los Inventos”, el espacio recreativo y cultural dedicado a la niñez que abrió sus puertas en 2003 sobre las barrancas del Paraná.
Posteriormente, se trasladó a donde se encuentra en la actualidad, en Plaza Suecia, en inmediaciones de los “Silos Davis”, un ex depósito de cereales transformado en el Museo de Arte Contemporáneo de Rosario. Una postal reconocible de la ciudad durante años, por sus grandes tubos pintados de colores. Por allí, circulan miles de personas cada fin de semana y sobre todo, turistas que llegan de visita.
El recuerdo de la inauguración de la primera feria es que arrancó muy temprano. “Fue todo un tema organizar los camiones, la llegada y salida”, rememora Mariana Ponce, ex coordinadora de aquella experiencia. Empezaron juntando las verduras a las cinco y media de la mañana por las distintas huertas de la ciudad.
Según la información publicada de la época, se dispusieron 200 puestos de verduras y hortalizas de estación libres de agroquímicos. También productos de panificación, dulces caseros, conservas vegetales, plantas aromáticas y medicinales, herramientas artesanales y hasta un horno de barro del que salían panes sin descanso.
La estética de la feria tampoco quedó librada al azar. “Nos preparamos muchísimo, sobre todo para romper el prejuicio de que la gente de los barrios es sucia, desordenada”, señala Lattuca. Por eso, se prestó especial atención a la presentación de la verdura y de los huerteros y huerteras.
Dante Taparelli, artista de la ciudad, fue el encargado de que las mesas tuvieran manteles y de que hubiera una vestimenta específica. Las mujeres llevaban pañuelos en la cabeza y los varones una cofia. Además, las verduras se presentaron en canastos de mimbre. “Empezamos a darle un poco de color y belleza al trabajo increíble que ya venía haciendo el proyecto de la Agricultura Urabana’”, dice Taparelli.
Otras de las cuestiones que se tuvieron en cuenta para el lanzamiento, fue la creación de un protocolo que debía cumplirse para asegurar la impronta que se le quería dar a la feria. Entre los puntos, se encuentran, por ejemplo, que la tierra utilizada debía estar enriquecida con abono orgánico, como humus de lombriz o abono en pila y no debía tener agregados químicos como fertilizantes, o venenos. Además, las semillas utilizadas no podían ser híbridas, ni transgénicas, ni estar tratadas con agroquímicos, entre otros lineamientos.
Durante aquel día, los nervios se podían sentir en el aire, el miedo era que no funcionara, pero eso no ocurrió: “Vendimos todo”, recuerda Lattuca. Sólo bastaron unas horas para que las mesas quedaran vacías de productos. El éxito fue rotundo.
Para los agricultores además, fue una sorpresa que no debieran abonar dinero por su participación. Así lo recuerda Raúl Terrile, técnico del PAU: “No tuvieron que darnos nada al equipo de organización, ni a nadie, todo lo ganado era para ellos”.
Al finalizar la jornada, el clima cambió. Cayeron baldes de agua y un fuerte viento hizo volar los gazebos. Ante ese panorama, Mariana Ponce recuerda que Antonio repetía: “¡esto es una bendición del cielo!”.
Esa primera feria fue multiplicadora de otras que se expandieron a lo largo y ancho de la ciudad. En la práctica, se daban cuenta de que en algunos lugares estas funcionaban y en otros no, entonces cambiaban las coordenadas. “Una de las virtudes que nosotros siempre tuvimos como equipo es que escuchamos, fuimos probando en qué lugar hacer las ferias”, subraya Lattuca.


Una oportunidad para las mujeres
El Programa de Agricultura Urbana se vio impulsado, entre otras cosas, por la primera feria y las que vinieron después. Esta política fue importante para el desarrollo productivo de las mujeres. Mariana Ponce, rescata que las huerteras pudieron acceder “por primera vez a dinero, a partir de vender la verdura empezaron a manipular plata y, a su vez, generaron vínculos con sus clientes y compañeros”.
Pero el impacto no fue sólo económico, también fue social, ya que las mujeres pudieron romper los límites y salir de sus barrios, conocer otras partes de la ciudad. “Fueron al centro de Rosario valorándose a ellas mismas y lo que traían para vender, su producción familiar”, menciona.
A Liliana Sosa, trabajar en la huerta y la feria la cambió: “Yo era callada, apagada, solo me vinculaba con mi familia y nada más”. Sin embargo, tener que conversar con sus clientes la hizo pararse en otro lugar. “Poco a poco pude abrirme, mejorar cómo hablaba, relacionarme, escuchar. Me hizo mejor persona”.
Para Lattuca “una de las cosas más importantes que hicieron y siguen haciendo las ferias de verduras agroecológicas de Rosario, es haber permitido romper prejuicios que existían entre las personas del centro y las de las villas, generando un vínculo sanador”.
Liliana reconoce además que en un primer momento “éramos casi todas mujeres” y de esos encuentros entre pares, surgieron almuerzos e incluso viajes a los que se sumaban todos los integrantes de la familia. Pudieron conocer Mar del Plata, Misiones, Mendoza y Córdoba, y otros lugares. Muchas no habían salido nunca de la ciudad. El dinero lo recaudaban organizando almuerzos, ventas y también recibían apoyo de la Municipalidad.
En la actualidad, algunas huerteras dicen que ya no articulan como en el pasado. ”Antes había vida, nos juntábamos entre los huerteros, hacíamos asado. Pero se fue perdiendo lo colectivo. Ahora no nos juntamos, nos llevamos bien pero nada más”, señala Isabel Romero, feriante en Plaza Suecia.
Las mujeres han sido y son una parte vital para el sostenimiento de las huertas y las ferias. En la actualidad, según información oficial, hay 340 agricultores agroecológicos produciendo alimentos en los diversos Parques Huertas y huertas de la ciudad, el 75% de esa población son mujeres.
Pobres de plata
Roberta Valencia Muñoz llegó a Rosario desde su Bolivia natal en octubre de 2007, junto a sus hijos. A pesar del tiempo que lleva en el país, su acento arrastrando las “s” sigue vigente. Su marido había arribado a la ciudad en agosto de ese mismo año para dedicarse a la construcción. Trabajaba como yesero.
La vida de Roberta al principio giraba en torno a las tareas domésticas, pero un día se enteró de que en su barrio había una huerta comunitaria. “No tenía nada que hacer, simplemente cuidaba a mis hijos, cocinaba y lavaba, todas esas cosas de la casa, entonces vine a preguntar”. Así fue como a su “hacer nada” le sumó el trabajo en la tierra, al que tiempo después se unió su marido, en lo que hoy es el Parque Huerta el Bosque, inaugurado en 2010.
Primero, producían para el consumo familiar, luego empezaron a vender y a participar en ferias. Paralelamente, las huertas urbanas comenzaban a multiplicarse en la ciudad. Para 2011, se producían 95 mil kilos de verduras y cinco mil kilos de aromáticas libres de agrotóxicos en Rosario.
Roberta venía con el saber corriendo por las venas porque su padre y su madre trabajaban en el campo. Cuenta que antes aborrecía el lugar donde vivía porque implicaba estar en el barro. “Eso tiene que ver con la ignorancia, porque nosotros pensábamos que éramos tan pobres, pero hoy en día me doy cuenta de que quizás éramos pobres de plata, pero éramos muy ricos de conocimiento”.
Saber qué, cómo, cuándo y dónde sembrar y luego responder a las mismas preguntas con la cosecha, no es algo con lo que cuente todo el mundo. Roberta sabe incluso hacer velas con la grasa de los animales. “Los chicos ya no saben ni siquiera cómo jugar. Antes, vos tenías que hacer, aprender, no había ni supermercado”.
La experiencia acumulada de Isabel sobre la tierra hace que detecte las diferencias a medida que pasan los años. “Notamos el cambio climático, porque por ahí no llueve y después se llueve todo, entonces se inunda y se echa a perder la cosecha. Nos pasa con el poroto mojarra, que antes daba siempre y ahora por ahí se nos quema con el frío”.
A Norma Delgado, trabajar su pedazo de tierra en el Parque Huerta Molino Blanco y luego feriar es lo que más le gusta de lo que hace en sus días. Llegó a Rosario desde Goya, Corrientes, cuando tenía 20 años, ahora suma 61. A veces le duelen los huesos pero dice que no se cansa de estar en la huerta. Lo que la agota es cuidar de su madre que hace unos años tuvo un ACV. También de su nieto de un año. Se queja de que no tiene quien la ayude.
Ella prefiere la variedad y los colores en su huerta, pero como ya no puede dedicarle el tiempo que quiere, va perdiendo semillas y por lo tanto, diversidad. En un momento tuvo papa ñame, un tubérculo que alguien le había traído de Japón y empezó a producirla. Lamenta ya no tenerla en su trozo de tierra.
La primera vez que cosechó este tipo de papa, dice que su planta había alcanzado en ocho meses, medio metro. En cambio, la planta de la señora que se la trajo, medía metro y medio: “La diferencia, es que ella le puso tierra comprada con químicos con todas esas cualidades. El orgánico y lo convencional no tienen nada que ver. Quizás no tenga la forma, pero tenés la seguridad de que estás comiendo sano”, argumenta.
A Norma le gusta experimentar, aprender, multiplicar el conocimiento. Allí radica su riqueza. Se pone triste cuando reconoce que tiempo es lo que le falta y de qué ocuparse, lo que le sobra.
Las semillas
Isabel Romero tiene 43 años, atiende el puesto de Plaza Suecia con su marido. Lo que más vende es rúcula, cebolla de verdeo, radicheta y acelga. Tiene un hijo de 19 años y otro de tres y desde hace 10 que es feriante. Fue su madre, Antonia Aguirre, de 70 años, quien empezó a ocupar el puesto con un emprendimiento en el que hacía dulce de zapallo.
Isabel trabaja con su familia una hectárea de tierra en el Parque Huerta La Tablada, ubicado en la zona sur de la ciudad. El kale y la papa del aire son sus productos característicos. “La papa de agua viene de Brasil y tiene menos almidón, por eso la gente la consume”, explica.
Como todos los huerteros y huerteras, Isabel, depende de las semillas para generar alimentos para vender en la feria. “En general producimos nuestra propia semilla, porque antes la Municipalidad nos daba, pero ahora caen con un maple de 20 semillas y nos tenemos que repartir eso entre todos. No alcanza”, dice Isabel. Norma coincide con la situación que atraviesan.
Una de las formas en que los granos llegaban a manos de huerteros y huerteras, era a través del programa Pro-huerta, impulsado por el INTA, desde 1990. A través de un convenio firmado con la ciudad de Rosario, la iniciativa brindaba semillas y capacitaciones a las familias.
“Uno de los grandes éxitos del Pro-huerta, en mi opinión, fue el kit de semillas porque es muy difícil que una persona de un barrio, una villa o un lugar alejado pueda acceder a comprar”, señala Lattuca.
Además, el ingeniero difiere con algunos grupos que dicen que las personas tienen que hacer sus propias semillas. “Se puede hacer, pero no es un tema fácil, porque hay pocas semillas que no se cruzan”, explica.
El Pro-huerta estuvo vigente durante 34 años y fue creado para contribuir a garantizar la soberanía y seguridad alimentaria en zonas urbanas y rurales. Sin embargo, en 2024 el gobierno de Javier Milei decidió desfinanciarlo, dando por finalizadas más de tres décadas de acompañamiento y producción.

Los brotes
Anabel y Luciano son una pareja que ronda los 35 años. Compran en la feria desde hace seis primaveras. Prefieren la verdura agroecológica porque “es más sana”. Nora, otra vecina, dice que “no están contaminadas con las fumigaciones” y lleva de todo un poco: radicheta, lechuga, kale, tomate, zanahorias y lo que tenga hoja verde.
Los saberes sobre lo que marca la diferencia al comprar en la feria agroecológica están a la vista. Además, huerteros y huerteras defienden este tipo de producción y reconocen que aunque los tiempos y los gobiernos van variando, ellos resisten. “A veces cambian las políticas y las cosas, pero nosotros siempre vamos a estar en el mismo lugar, en lo malo y en lo bueno vamos a seguir trabajando”, asegura Roberta Valencia.
En aquella primera feria de 2002 se vendió todo en tiempo récord. En la actualidad, no siempre ocurre, pero le dan la vuelta generando ventas durante la semana a través de WhatsApp o Facebook.
Las semillas de la agroecología en Rosario están plantadas. El crecimiento y la expansión de las mismas depende de diversos y variados factores. Lo imprescindible es que siempre haya brotes que crezcan con firmeza.
Para Antonio Lattuca, después de 40 años de trabajo sostenido, uno de los desafíos que lo desvela son las nuevas generaciones. “Una de las cuestiones centrales que más me atraviesa en los últimos años, es la distancia que hay entre los jóvenes y la huerta. Mi gran pregunta es cómo hacer para enamorarlos de esta forma de producción”.
Los apenas 20 años de vida que tiene Emmanuel Alarcón representan el brote, la semilla germinada. Está fascinado con los conocimientos que le traspasa su abuelo. “Él me cuenta los secretos de la huerta. Es un libro viviente. Me dijo que para que la oruga peluda no se coma algunas plantas, hay que atar una soga de un lado al otro del cantero y colgar un par de ellas. Es como hacer un cementerio de orugas, entonces las vivas no pasan”, dice con la emoción de quien acaba de descubrir algo esencial para la reproducción de la vida.
Esta serie de notas se inscribe en un proyecto de libro que registra la historia del Programa de Agricultura Urbana (PAU) desde sus orígenes y con sus principales herramientas: las primeras huertas en los barrios de Rosario, qué son los Parques Huertas, quiénes integran la Red de Huerteros y Huerteras, cómo funcionan las Ferias o Puntos Verdes, cuáles son los alcances del Centro Agroecológico Biodinámico de Rosario, cómo son las nuevas huertas y proyectos en marcha, entre otros pilares de esta política reconocida y premiada por y en el mundo.
