En Catamarca, comunidades indígenas, asambleas socioambientales, investigadores y organizaciones de Argentina y Chile se reunieron para pensar qué significa organizarse en un momento marcado por el avance de las ultraderechas, la profundización de los extractivismos y el retroceso de derechos. La conversación fue y vino entre el agua, la tierra, las leyes, las derrotas y los aprendizajes acumulados durante décadas. También apareció una pregunta difícil de esquivar: cómo sostener la esperanza cuando la crisis forma parte de la vida cotidiana.
Texto y fotos: Camila Parodi



Hablar de “disputar el futuro” en Catamarca tiene un valor especial. Acá las discusiones sobre minería, agua, tierra y desarrollo llevan décadas atravesando pueblos, comunidades, familias y organizaciones. Para muchas de las personas que llegaron al Centro Cultural Cachalahueca la noche del viernes, esos debates no empiezan en un informe ni terminan cuando cambia un gobierno. Son parte de la vida cotidiana, de los lugares donde nacieron, de las montañas que miran todos los días y de organizaciones que llevan muchos años encontrándose para defenderlas.
El conversatorio “Disputar el futuro: estrategias colectivas frente al avance de las ultraderechas” fue la actividad pública de la Escuela de Formación Política Rosa Luxemburgo en Catamarca. Participaron Hernán Gutiérrez, de la Unión de los Pueblos de la Nación Diaguita; Torge Löding y Florencia Puente, de la Fundación Rosa Luxemburgo; Horacio Machado Aráoz, del Colectivo de Ecología Política del Sur; Guni Cañas, de la Asamblea por el Agua de Mendoza; Lucio Cuenca, del Observatorio Latinoamericano de Conflictos Ambientales de Chile; y Yenny Luján, de Mujeres Defensoras del Agüita del Famatina, La Rioja.
La charla ocurrió, además, en un momento en el que Argentina y Chile están volviendo a poner la minería en el centro de sus estrategias económicas. En agosto, ambos gobiernos reactivaron mecanismos del Tratado de Integración y Complementación Minera para facilitar proyectos binacionales en la cordillera, mientras Argentina, Chile, Bolivia y Perú firmaron una declaración para profundizar la cooperación en cobre, litio y otros minerales considerados estratégicos para la transición energética global. Los gobiernos presentan estos acuerdos como una “vía para atraer inversiones y aprovechar la demanda mundial de minerales”; en los territorios, esas políticas vuelven a abrir discusiones conocidas sobre agua, participación, formas de vida y quién decide qué sucede con la tierra.
Desde la Fundación Rosa Luxemburgo, la apertura ubicó la conversación en una escala más amplia. Torge Löding habló de lo que está ocurriendo en Alemania y trazó un puente con América Latina: crisis económica, malestar social y una ultraderecha que busca convertir ese descontento en apoyo político mediante discursos nacionalistas y contra las personas migrantes. También llevó una experiencia que para él mostraba que ese avance puede encontrar respuestas cuando la política vuelve a problemas muy concretos de la vida, como el precio de los alquileres o las dificultades de las clases populares para llegar a fin de mes. En una Escuela que durante todo el día había trabajado sobre Rosa Luxemburgo, la invitación era justamente esa: mirar procesos que ocurren en lugares distintos e intentar entender qué tienen en común, sin borrar las particularidades de cada territorio.
La tierra, la memoria y una historia que viene de antes
Hernán Gutiérrez trasladó rápidamente aquellas preocupaciones ante el avance del extractivismo sobre la cordillera al territorio catamarqueño. Desde la Unión de los Pueblos de la Nación Diaguita habló de una historia larga, atravesada por la organización de las comunidades y por divisiones que muchas veces dificultan construir respuestas comunes. Su intervención tuvo momentos duros, ligados a conflictos internos y a la representación de las comunidades, pero también dejó una idea que atravesó buena parte del panel: recuperar los vínculos entre pueblos que existían antes de los límites administrativos y que siguen existiendo a pesar de ellos.
“La tierra nos une, la tierra nos llama”, dijo en un momento. Y cuando quiso explicar dónde reconoce la vida comunitaria, habló de quienes crían llamas y ovejas, trabajan y sostienen el territorio todos los días. “Los verdaderos actores son aquellos que se dedican a la crianza de llama, a la crianza de ovejas que viven y luchan en lo cotidiano”, planteó.
La frase quedó flotando porque devolvía la discusión a una escala palpable: detrás de palabras enormes como extractivismo, transición energética o desarrollo hay gente intentando vivir. Hay lugares en los que una nueva explotación minera puede significar caminos y empleo para unas personas, y para otras una amenaza al agua, la producción o la continuidad de formas de vida que llevan generaciones. Entre esas miradas se abre una disputa política que rara vez se resuelve solamente con argumentos técnicos.
Gutiérrez también recuperó experiencias de organización de pueblos de Catamarca y el deseo de recomponer relaciones entre comunidades. La discusión sobre el futuro, empezaba así, bastante lejos de las grandes promesas: volver a encontrarse, poder hablar entre quienes comparten un territorio y evitar que las fracturas debiliten aquello que se intenta defender.





Una sociedad que pretende vivir fuera de la tierra
El investigador Horacio Machado Aráoz retomó una expresión que había escuchado años atrás del referente indígena Marcos Pastrana: vivimos en “sociedades despachadas”, sociedades que pretenden existir fuera de la pacha, desconectadas del espacio y del tiempo que hacen posible la vida.
A partir de ahí abrió una pregunta que fue creciendo durante su intervención: qué nos da derecho sobre la tierra y qué tipo de relación construimos con ella. Para Machado, una parte importante de la crisis actual nace de haber convertido la tierra en propiedad, recurso y mercancía, y de haber puesto la rentabilidad como criterio principal para decidir qué se hace con un territorio. “¿Qué es lo que nos da derecho a la Tierra? ¿Cómo debemos relacionarnos con la Tierra?”, preguntó.
Su lectura de la crisis climática estuvo vinculada con la desigualdad y la violencia política. Habló de territorios convertidos en zonas de sacrificio para sostener espacios de privilegio, de personas desplazadas que después son rechazadas en los lugares a los que llegan y de sociedades que tienen cada vez más dificultades para convivir con lo diferente. Desde esa perspectiva ubicó también el crecimiento de las ultraderechas: como parte de una crisis que es ambiental, económica, social y profundamente política.
Este planteo, en Catamarca, encuentra ejemplos bastante cercanos: ¿Qué quiere decir que un territorio tenga valor? ¿Vale por el litio debajo de la tierra, por el agua que almacena, por quienes viven allí, por los animales que lo recorren, por las memorias que guarda, por todo eso al mismo tiempo? Machado volvió varias veces a la necesidad de recuperar otras relaciones con la tierra, aquellas que tienen que ver con pertenecer a un lugar y cuidarlo, una experiencia muy distinta a la de poseerlo para obtener una renta.
En ese punto apareció Rosa Luxemburgo, cuyas ideas habían recorrido toda la jornada de formación. Machado recuperó su interés por las llamadas economías naturales, donde la producción estaba organizada alrededor de las necesidades de la vida, y puso esa discusión frente a las nuevas formas de despojo. La pregunta por el futuro empezaba a parecerse cada vez más a una pregunta por lo que queremos sostener del presente y por las cosas que, después de tantos años de crisis, quizás haya que aprender a hacer de otra manera.
“Somos hijas del agua”
Cuando tomó la palabra Guni Cañas, la discusión se trasladó a Mendoza. “Somos hijos del agua, hijas del agua porque nuestra madre es la cordillera”, dijo al comenzar a contar una historia que tiene al menos veinte años de organización asamblearia.
Hablar de Mendoza desde el agua implica hablar de una provincia árida donde la mayor parte de la población y de la producción se concentra alrededor de oasis irrigados. También implica hablar de una larga disputa sobre quién puede usarla y para qué. Guni recorrió la historia de las asambleas que comenzaron en pequeños pueblos cuando apareció la posibilidad de que avanzaran proyectos de megaminería y que después fueron encontrándose hasta convertir esas resistencias locales en una articulación provincial.
En ese recorrido surgió la Ley 7722, aprobada en 2007 después de años de movilización y convertida desde entonces en uno de los puntos centrales de la política mendocina alrededor de la minería. Guni habló de las leyes sin idealizarlas y las definió como una herramienta, “un modo de poner algún escudo”, que depende de la fuerza social capaz de defenderla. Cuando a fines de 2019 la Legislatura modificó esa norma, una movilización enorme volvió a reunir a personas de distintos puntos de la provincia y el cambio tuvo que ser revertido pocos días después.
“Lo que pasa en un territorio nos pasa a todos”, dijo Cañas al recordar cómo esa lucha logró dejar de ser vista como un problema de los pueblos donde estaban proyectadas las minas y llegó hasta las ciudades. La experiencia también les mostró que aquello que parece conquistado puede volver a ponerse en discusión y que la organización territorial tiene tiempos bastante más largos que los gobiernos.
Hoy las asambleas mendocinas miran un escenario distinto al de hace veinte años. Aparecieron nuevas demandas de cobre y litio asociadas a la transición energética, proyectos petroleros, negocios inmobiliarios y viejas discusiones sobre el agua que regresan con otros nombres. Guni habló de una provincia donde esas presiones conviven con pueblos huarpes, familias campesinas, producción de semillas y experiencias comunitarias que siguen mostrando maneras distintas de habitar lugares que muchas veces, desde afuera, son tratados como territorios vacíos.
Y hacia el final abrió otra discusión que todavía cuesta incorporar en muchas organizaciones: “no va a haber lucha antipatriarcal sin ser ambientalista”, dijo al hablar de la necesidad de acercar feminismos, asambleas y organizaciones territoriales. Para ella, esas luchas forman parte de una misma trama, aunque no siempre hayan aprendido todavía a encontrarse.
La cordillera cambia de país, los proyectos la atraviesan
Lucio Cuenca llegó desde Chile con una lectura preocupante sobre los primeros meses del gobierno de José Antonio Kast. Desde el Observatorio Latinoamericano de Conflictos Ambientales (OLCA) viene siguiendo desde hace décadas conflictos mineros, energéticos y territoriales, y en Catamarca propuso mirar el momento actual como una profundización de procesos que ya venían de antes.
Cuenca volvió al estallido social chileno de 2019, al proceso constituyente que siguió y a la frustración posterior. Según su análisis, algunas políticas favorables a la expansión extractiva ya se habían consolidado durante los últimos años del gobierno de Gabriel Boric y el actual gobierno está acelerando ese camino, especialmente alrededor del cobre, el litio, las tierras raras y otros minerales considerados críticos.
El contexto regional le da fuerza a esa lectura. El gobierno chileno busca acelerar permisos para destrabar una cartera minera superior a los 100 mil millones de dólares, mientras el renovado impulso al tratado minero entre Chile y Argentina procura facilitar proyectos que atraviesan la cordillera y compartir infraestructura de ambos lados de la frontera. Sus autoridades destacan la posibilidad de generar inversión y aumentar la producción de cobre; para organizaciones como OLCA, estos procesos obligan a preguntarse qué territorios y comunidades absorberán sus impactos.
Durante el panel, Lucio habló además de modificaciones regulatorias, reducción de presupuestos públicos y normas de seguridad que, desde la lectura de su organización, pueden terminar endureciendo las condiciones para la protesta y las recuperaciones territoriales. Pero cuando llegó al final de su intervención quiso detenerse en otra parte del escenario: frente a nuevos proyectos, en muchas regiones de Chile también empiezan a reorganizarse comunidades y organizaciones.
En la ronda de preguntas volvió sobre esa idea y recuperó la experiencia de Pascua Lama, el proyecto minero binacional que fue frenado después de años de movilización, acciones institucionales y organización comunitaria en ambos lados de la frontera. Para Cuenca, la memoria de esa lucha importa hoy porque permite que las nuevas amenazas no encuentren territorios sin experiencia. Dijo que las comunidades están tratando de informarse antes, intervenir cuando los proyectos todavía se encuentran en etapas tempranas y construir “nuevas articulaciones y alianzas” entre movimientos socioambientales, pueblos indígenas, feminismos y organizaciones estudiantiles.
Esa necesidad de construir relaciones a ambos lados de las fronteras apareció varias veces durante la Escuela. Los proyectos cruzan la cordillera, usan rutas y puertos de otro país, comparten cuencas y ecosistemas; las resistencias, de a poco, fueron aprendiendo a hacer algo parecido. Las fronteras administrativas siguen ordenando los Estados, pero para quienes viven en esos territorios no siempre explican cómo circula el agua, cómo se extiende una montaña o cómo se construyeron históricamente las relaciones entre pueblos.


Veinte años son una vida
Yenny Luján, de Mujeres Defensoras del Agüita del Famatina, escuchó todos esos diagnósticos y confirmó la dimensión del problema. Sin embargo, su pregunta se enfocó en cómo sostenerse frente a él.
La experiencia de Famatina lleva alrededor de veinte años. Hubo bloqueos, movilizaciones, proyectos mineros que no lograron instalarse, gobiernos que cambiaron, empresas que llegaron y se fueron. También hubo momentos en los que parecía que la fuerza se terminaba.
“La desesperanza muchas veces nos abraza y nos tira abajo”, reconoció Yenny. Habló de la vida diaria de cualquier organización: acompañar a quien perdió el trabajo, ver cómo sostener una familia, llegar cansada a una reunión, discutir, volver a encontrarse. Desde ese lugar empezó a explicar por qué, con el paso de los años, entendieron que defender Famatina requería mucho más que reaccionar cada vez que aparecía un proyecto minero.
“Poder construir comunidad de todas las formas posibles que resulte en cada comunidad es fundamental”, dijo. Y enumeró tres herramientas que fueron aprendiendo a usar: educación popular, comunicación y arte.
En las escuelas organizaron actividades y procesos de formación. Crearon una escuela de formación política. Hicieron radio. Recuperaron conocimientos sobre plantas y bosque nativo. Escribieron materiales y empezaron a registrar su propia historia. Después de veinte años decidieron producir una publicación que permitiera que quienes habían participado contaran lo vivido desde distintos lugares, con relatos, poemas, recuerdos y canciones.
La decisión de contar la propia historia tiene bastante que ver con el poder. Durante años, muchas comunidades socioambientales tuvieron que escuchar cómo empresas, gobiernos, universidades o medios explicaban desde afuera qué les estaba pasando. Yenny habló de apropiarse de las herramientas necesarias para producir conocimiento y comunicarlo: “cualquiera de nosotros puede investigar, cualquiera de nosotros puede escribir, cualquiera de nosotros puede hacer radio”.
En Famatina también construyeron garitas en los accesos al cerro. Son lugares pequeños que funcionan como espacios de memoria y que, cuando es necesario, vuelven a convertirse en puntos de bloqueo. Hay algo muy material en esa forma de recordar. La memoria deja de ser solamente un relato sobre lo que pasó y queda puesta en el territorio para que las generaciones que vienen sepan que ahí hubo una lucha.
Yenny contó todo esto mientras reconocía que la situación política actual genera miedo. Habló de fragmentación, de una discusión pública cada vez más dividida en identidades partidarias que muchas veces hacen difícil conversar sobre el agua o el territorio sin que todo termine reducido a quién gobierna. Para ella, una parte importante de la experiencia asamblearia consiste en cuidar la autonomía de esos espacios, sin confundir autonomía con indiferencia política. “No hay nada más político que defender el agua, que defender la vida, que construir comunidad”, dijo.
Quizás esa haya sido una de las frases que mejor explicó lo que estaba sucediendo en el panel. En una charla cuyo título hablaba de ultraderechas, muchas de las respuestas terminaron pasando por experiencias pequeñas, construidas durante años, que rara vez aparecen en una campaña electoral: una radio comunitaria, una asamblea, una cartilla, una semilla, una garita, una caravana, una escuela.
Qué hacer con las leyes cuando también cambian
En la conversación con el público apareció una tensión que atraviesa muchas de estas luchas: cuánto apostar a las leyes y cuánto a la organización por fuera de las instituciones. La Ley 7722 en Mendoza permitió frenar ciertos avances, Pascua Lama quedó atravesado por decisiones judiciales y administrativas además de la movilización, y las organizaciones usan audiencias, tratados y recursos legales cuando sirven. Pero también conocen la otra cara: normas que se modifican, audiencias que llegan tarde y personas judicializadas por protestar.
Guni habló de las leyes como un “escudo”. Lucio insistió en actuar antes, informarse a tiempo y aprender de experiencias anteriores. Horacio resumió otra dimensión de esa discusión: “la lucha construye conciencia territorial, la lucha construye vínculos de comunidad y construye arraigo”. Ese aprendizaje se acumula durante años y no depende solo de una elección o una legislatura.
Escuchar las historias de Famatina o Mendoza muestra también todo lo que pasa alrededor de una movilización: leer expedientes, buscar información, sostener reuniones, acompañar a alguien judicializado, hacer radio, organizar una feria, hablar con una escuela, llamar a otra organización. Ese trabajo deja experiencia y memoria incluso cuando una pelea se pierde.
En el encuentro se construye el futuro
La Escuela estuvo atravesada por un diagnóstico duro: avance de las ultraderechas, extractivismo, crisis climática, deterioro de las condiciones de vida y territorios cada vez más presionados. A eso se suman decisiones concretas, como la mayor cooperación minera entre Argentina y Chile y la búsqueda de ampliar la producción de minerales estratégicos.
Pero en el panel también aparecieron historias de organización que muestran otra parte de ese presente. Pascua Lama fue frenado. La reforma de la 7722 fue revertida después de una movilización enorme en Mendoza. Famatina lleva dos décadas construyendo herramientas propias de educación, comunicación y memoria. En las comunidades diaguitas persiste el trabajo por sostener vínculos y defender los territorios.
La esperanza de la que se habló esa noche estuvo lejos de cualquier idea de optimismo fácil. Apareció en la experiencia acumulada, en los vínculos que quedan, en las formas de organización que pasan de un territorio a otro. Famatina aprendió de Andalgalá y de San Juan; Mendoza compartió su experiencia con otras luchas; organizaciones chilenas y argentinas construyeron alianzas alrededor de Pascua Lama y hoy vuelven a encontrarse frente a nuevos proyectos.
Yenny retomó una imagen que había aparecido durante la Escuela: el agua está en movimiento. Las organizaciones también. Hay momentos de mucha movilización, otros de cansancio, personas que se alejan y otras que toman la posta. Guni habló de esa dinámica cuando contó cómo funcionan las asambleas y cómo la trama sigue, incluso cuando cambia la intensidad de la participación.
Ahí aparece una forma concreta de disputar el futuro: sostener la capacidad de encontrarse, guardar memoria cuando los proyectos vuelven con otros nombres y reconocer que la lucha por el agua en Mendoza puede tener algo que decirle a una comunidad de Catamarca o a una organización del otro lado de la cordillera.
En el panel se habló de ultraderechas, minería, transición energética, leyes y grandes empresas, pero una palabra volvió una y otra vez: comunidad. En los pueblos originarios, en las asambleas del agua, en Famatina, en las preguntas del público. Comunidades con conflictos, cansancios y diferencias, pero también con una experiencia acumulada que sigue siendo una base para organizarse.
La noche cerró sin recetas. Quedaron preguntas, vínculos y aprendizajes compartidos entre personas que llegaron de territorios distintos y que, por unas horas, pusieron en común lo que saben, lo que les salió bien, lo que harían de otra forma, y lo que todavía quieren seguir intentando.
