Durante dos días, comunidades indígenas, asambleas socioambientales, organizaciones populares, militantes, educadores y activistas de Catamarca, Tucumán, La Rioja, Mendoza, Córdoba, Buenos Aires, Chile y Uruguay compartieron la Escuela de Formación Política Rosa Luxemburgo en San Fernando del Valle de Catamarca. En un momento atravesado por el individualismo, la desinformación, el cansancio y la dificultad para imaginar salidas colectivas, la formación volvió a poner algo muy básico en el centro: encontrarse, escucharse, reconocerse en las luchas de otros y recuperar preguntas que ayuden a comprender el presente.
Texto y fotos: Camila Parodi






Las paredes estaban cubiertas de imágenes. Había fotos de luchas ambientales, referentes políticos, pueblos indígenas, feminismos, piqueteros, infancias, momentos de la historia reciente. Darío Santillán cuidando a Maximiliano Kosteki y la población de Peñas Negras defendiendo su territorio; el zapatismo de México y el Socorrismo de Argentina; un retrato de María Soledad Morales y otro de Norita Cortiña; un alambrado que se corta y un río que fluye, entre muchas otras. Cada persona debía acercarse, elegir una o dos y contar por qué había algo de su propia historia en esa imagen.
Así empezó la Escuela de Formación Política Rosa Luxemburgo en Catamarca, antes de cualquier exposición teórica. Mientras las fotos iban pasando de mano en mano aparecieron trayectorias indígenas, feministas, piqueteras, religiosas, socioambientales, académicas y comunitarias. Había personas que se conocían hacía años y otras que se estaban viendo por primera vez; algunas venían de muy lejos y otras habían viajado desde localidades de la misma provincia. Poco a poco, lo que parecía una dinámica de presentación empezó a reconstruir una historia colectiva hecha de luchas que muchas veces transcurrieron separadas unas de otras.
Hernán Ouviña, coordinador pedagógico de la Escuela, recuperó algo de lo que estaba sucediendo: incluso cuando una imagen tiene un nombre propio o recuerda una figura singular, detrás suele haber una lucha colectiva. Las fotografías activaban memoria y emociones antes que definiciones, y empezar desde ahí permitía reconocerse en algo compartido.
En una época en la que buena parte de nuestras conversaciones pasan por una pantalla, el encuentro presencial tuvo un peso difícil de separar del contenido de la Escuela. Había ganas de volver a verse, de conocer a quienes hasta entonces eran apenas un nombre en un grupo de mensajería instantánea, de saber qué estaba pasando en otros lugares. También había cansancio. Las organizaciones llegan a estos espacios después de años de sostener conflictos, trabajos comunitarios, cuidados y militancias en condiciones cada vez más difíciles.
Desde la Unión de los Pueblos de la Nación Diaguita, Hernán Gutiérrez de la comunidad de La Quebrada, Santa María, agradeció especialmente que existiera un encuentro de estas características. Como joven indígena, habló de la importancia del traspaso entre generaciones, sobre todo en un momento en el que percibe un crecimiento de las violencias y un retroceso de los cuidados y de los derechos de quienes sostienen la vida de las familias y los territorios. La transmisión, en ese sentido, también es parte de la resistencia: que las experiencias no se pierdan cuando una generación se cansa o ya no puede seguir ocupando el mismo lugar.
En otro grupo apareció la imagen de unas semillas y un maíz. Allí estaba Angélica Reales, de Fiambalá, una mujer diaguita que durante buena parte de la Escuela volvió una y otra vez sobre la relación entre memoria, alimento y territorio. “En mi sangre llevo la sangre de mis abuelos, que es la sangre diaguita”, dijo.Habló del maíz encontrado junto a cuerpos momificados en su territorio, de las semillas que atraviesan generaciones y de los rituales que realiza cada agosto para la Madre Tierra. “Es un orgullo y defiendo el agua, la vida, la tierra; sin ella no seríamos nada”.
A Angélica le preocupa el miedo que encuentra en Catamarca. Dice que muchas personas dependen de empleos estatales y sienten que expresarse puede traer consecuencias, y observa con dolor que a veces quienes levantan con más fuerza la defensa de un territorio ni siquiera nacieron allí. Ella lo cuenta desde otra experiencia: mujeres mayores que han enfrentado al poder provincial, comunidades que siguen sembrando y una memoria indígena que no piensa la tierra como un paisaje.
Leer a Rosa desde Catamarca
Después de ese primer reconocimiento, la Escuela entró de lleno en Rosa Luxemburgo. Ouviña propuso acercarse a su vida y a su pensamiento desde problemas muy actuales y desde un lugar bastante alejado de la Europa donde ella escribió. La pregunta que atravesó la formación era qué puede decir Rosa desde Catamarca, Tucumán, Mendoza, La Rioja o los territorios indígenas del Cono Sur.
Apareció una Rosa atravesada por el desarraigo y por el amor a la naturaleza, crítica de la guerra y el militarismo, preocupada por los pueblos colonizados y por las formas comunales de vida que el capitalismo destruía a medida que avanzaba. Ouviña recuperó sus escritos sobre sociedades donde la propiedad privada de la tierra no ordenaba la vida de la misma manera que en Europa, y su capacidad de hablar de esos pueblos como actores del presente y no como restos de un mundo antiguo.
Desde ahí, las distancias empezaron a acortarse. ¿Qué tiene que ver la explotación de combustibles fósiles con la transición energética del Norte? ¿Qué conecta a comunidades que viven a miles de kilómetros entre sí? ¿Qué une un conflicto por la tierra en Europa con el avance minero en Catamarca o una disputa por el agua en Mendoza? La mirada de Rosa permitía, según Ouviña, “conectar y anudar aquello que aparece desacoplado” y leer la historia del capitalismo desde el despojo de territorios que durante mucho tiempo quedaron fuera del centro de los relatos históricos.
También apareció la relación entre clase, género, racismo y despojo. Rosa escribió que “el grado de emancipación de la mujer es el grado de emancipación general”, y esa frase resonó en un encuentro donde buena parte de las experiencias territoriales son sostenidas por mujeres. En la misma conversación entraron las niñeces, la responsabilidad adulta, la violencia y la necesidad de una formación política que ayude a comprender aquello que parece no tener sentido para poder transformarlo.
Hubo espacio para una Rosa menos solemne. La del herbario, la que decía sentirse más a gusto en un pequeño jardín que en un congreso partidario, la que escribía sobre animales y plantas aun estando presa. Ese vínculo permitió hablar de sensibilidad política, de ecodependencia y de algo que suele quedar afuera de las formaciones tradicionales: qué nos pasa emocionalmente cuando el sistema que queremos cambiar también moldea nuestra manera de relacionarnos.
“La organización es como un río, tiene que estar en movimiento. El agua estancada es insalubre”, fue una de las síntesis recuperadas durante la jornada. También apareció la mal llamada oposición entre la reforma o la revolución recordando que, para Rosa, se trata de dos procesos interdependientes. Con una pregunta que sigue abierta para muchas organizaciones: cómo pelear por mejoras concretas de la vida hoy sin perder de vista una transformación más profunda. En esa lectura, la revolución no quedaba colocada en un futuro lejano. Se vinculaba con la vida cotidiana, con aquello que empieza a ensayarse en el presente.







Lo que los territorios ya saben
El sábado por la mañana esas discusiones bajaron directamente a las experiencias de las organizaciones. El conversatorio “Proyectos y alternativas de vida digna. Hacia una plataforma y agenda común de los pueblos” reunió a Caminos y Montañas, de Ancasti; Marabunta y el Frente Popular Darío Santillán, de Tucumán; la Asamblea El Algarrobo, de Andalgalá; y Fiambalá Despierta.
La consigna era compartir las denuncias, pero también aquello que cada organización está intentando construir. Ouviña lo planteó desde la educación popular: las organizaciones pasan buena parte del tiempo resolviendo urgencias, resistiendo desalojos, represiones y nuevos proyectos, y muchas veces cuesta detenerse a sistematizar lo aprendido. Conocer qué hicieron otros permite salir del aislamiento y, a veces, comprobar que algo que parecía imposible ya fue intentado en otro lugar.
Desde Caminos y Montañas contaron la preocupación por el proyecto de exploración de litio en roca en la zona de El Alto de la empresa Litios del Norte perteneciente a José Luis Manzno. El proyecto se encuentra en un área de bosque nativo donde nacen cursos de agua que se dirigen hacia Santiago del Estero. También relataron que se habían enterado de una reunión informativa prevista para los días siguientes sin que buena parte de la población local hubiera sido avisada. Mientras preparaban presentaciones para exigir información y participación, la organización seguía trabajando en un espacio comunitario recuperado y planificando una feria de semillas. “La vida digna la sabemos en la tierra, con las plantas, con el bosque”, sintetizaron al contar por qué esa defensa también incluye habitar, producir y disfrutar la sierra.
Desde Tucumán, Marabunta y el Frente Popular Darío Santillán llevaron la discusión hacia territorios urbanos y periurbanos. Hablaron de concentración de la tierra, agronegocio, especulación inmobiliaria, informalidad laboral, barrios sin árboles, narcotráfico, consumos problemáticos y una juventud atravesada por condiciones de vida cada vez más difíciles. También contaron experiencias de educación popular, comedores, trabajo socioambiental y formación política en barrios. En la Universidad Piquetera —una experiencia de formación impulsada por organizaciones populares— participaron desde jóvenes hasta personas mayores, algunas sin alfabetización formal, para pensar problemas cotidianos junto con discusiones sobre Estado, patriarcado, historia y transformación social.
Ruth Vega, de la Asamblea El Algarrobo, habló desde una historia de más de dos décadas de resistencia minera en Andalgalá. Recordó las promesas que acompañaron la llegada de Bajo La Alumbrera cuando ella era adolescente: hospitales equipados, escuelas tecnológicas, trabajo y prosperidad. “No pasó nada”, resumió al mirar hacia atrás. Luego llegaron las caminatas, las charlas, los aprendizajes con otras asambleas y una resistencia que lleva años sosteniéndose cada sábado. Frente a la posibilidad de que el proyecto MARA avance, dijo una frase que recorrió toda la mañana: “No queremos que nos exilien de nuestro propio territorio”.
Desde Fiambalá Despierta se compartió otra historia de organización que comenzó frente a proyectos mineros y que fue creciendo alrededor de la defensa del agua, los humedales altoandinos y las formas de vida locales. Denunciaron derrames, obras de infraestructura, nuevos proyectos en etapas de exploración, negociados entre la empresa y el gobierno provincial, entre muchas más preocupaciones. Las distintas intervenciones tenían conflictos específicos, pero se reconocían unas en otras. Un expediente podía cambiar de nombre, una empresa podía ser reemplazada por otra y un gobierno podía renovar su discurso, mientras ciertas preguntas volvían: quién decide sobre un territorio, cómo participa la población y qué condiciones hacen posible quedarse a vivir allí.
El investigador y educador popular Álvaro Álvarez escuchó esas experiencias y propuso pensarlas como parte de un “mapa de la esperanza” latinoamericano. Una esperanza que se construye con infraestructuras para el arraigo y a partir de las necesidades concretas de quienes habitan un lugar. “El extractivismo es depredador de la memoria”, dijo, vinculando el avance sobre los territorios con la pérdida de historias, conocimientos y relaciones construidas durante generaciones.
Álvarez habló de una “pedagogía de la tierra”, de aprender con la naturaleza en el centro y de discutir una racionalidad que mide los territorios principalmente por su rendimiento económico. También dejó una frase que encontró mucho eco en una Escuela atravesada por la ansiedad política del presente: “Nuestros tiempos son más largos que los del capital”. La organización popular tiene tiempos difíciles de medir. A veces una lucha pasa años sin conseguir una victoria visible y, sin embargo, durante ese período hay personas que aprenden a leer un expediente, jóvenes que conocen la historia de su comunidad, vecinas que empiezan a preguntar qué hay detrás de una audiencia pública, radios que nacen, semillas que vuelven a circular y vínculos entre provincias que antes no existían.
Imaginar en colectivo
Después del conversatorio hubo trabajo en grupos. Las consignas podían haber terminado en afiches llenos de conceptos, pero aparecieron cosas bastante distintas. Un grupo inventó un medio de comunicación llamado Empachades, retomando las palabras del referente indígena Marcos Pastrana sobre sociedades “despachadas”, fuera de la pacha. Ese medio imaginario comunicaba luchas y deseos de los pueblos con humor y con fe, como una respuesta a un tiempo donde la desinformación y el miedo ocupan cada vez más espacio. Otro grupo dibujó varios ríos que terminaban confluyendo en un mismo cauce. Hablaron de unidad, movimiento y continuidad, sabiendo que ningún río llega igual al encuentro con otro y que encontrarse tampoco exige volverse idénticos.Un tercer grupo trató de responder qué significa una vida digna y escribió ideas que habían aparecido durante las dos jornadas: vivir en comunidad, escuchar el río, recuperar las mujeres del adobe, pensar la tierra como aquello que somos, que mujeres e infancias puedan vivir libres y sin miedo, que las aguas corran, que exista soberanía alimentaria y que el conocimiento esté al servicio de los pueblos.
Había algo profundamente sencillo en esas escenas. Personas adultas dibujando, inventando un diario, haciendo ríos de papel y discutiendo palabras alrededor de una mesa. También ahí aparecía una dimensión política de la educación popular que suele subestimarse: recuperar la creatividad después de años de reaccionar a urgencias, volver a jugar, imaginar algo con otros, permitirse pensar más allá de aquello que se intenta frenar.
La falta de imaginación política también forma parte de la crisis. Cuando cada día trae una nueva emergencia, cuesta pensar más allá de la próxima semana. Cuando la desinformación vuelve sospechoso todo conocimiento compartido y las redes premian la reacción rápida, detenerse dos días para leer, conversar y escuchar experiencias ajenas puede parecer un gesto pequeño. Para muchas de las personas que estuvieron en la Escuela fue precisamente lo que necesitaban.
Un tejido para llevarse
En el cierre, Hernán Ouviña recuperó las palabras que habían ido apareciendo durante el encuentro: conciencia, comunicación, transmisión entre generaciones, organización, revolución, agua, comunidad. Habló de reconocerse en luchas comunes y de pensar los territorios más allá de las fronteras estatales.
También propuso discutir nuestra relación con el tiempo. Las organizaciones necesitan responder a urgencias reales y, al mismo tiempo, sobrevivir al inmediatismo y la ansiedad que vuelven imposible cualquier proceso largo. Frente a una crisis planetaria que obliga a actuar, planteó la necesidad de ensayar construcciones diferentes a muchas de las ya conocidas y dejar que la autocrítica permita aprender de los errores.
“Somos las mismas pero somos diferentes porque los desafíos también lo son”, dijo. Habitar la crisis, agregó, puede convertirse en una escuela de conocimientos y en un lugar desde donde construir alternativas. La frase que eligió para cerrar buena parte de esa reflexión fue: “La diferencia potencia siempre que nos hermane en la lucha contra toda desigualdad”.
La última dinámica volvió a poner los cuerpos en movimiento. Entre todas las personas fueron armando un tejido colectivo, una red que pasaba de mano en mano mientras cada una decía qué se llevaba de la Escuela.Aparecieron unión, esperanza, vitalidad, comunalidad, alimentación, niñeces, revolución, agua, encuentro, formación, afectos, autonomía, comunidad y memoria.
Esa red terminó siendo una imagen bastante fiel de los dos días: Tenía nudos, cruzaba personas que apenas se conocían, contenía y abrazaba a las infancias presentes que miraban atentas el tejido, necesitaba que cada una sostuviera una parte para no caer y costaba rearmar al desarmarla. Tampoco ocultaba las diferencias entre quienes estaban allí: había posiciones políticas distintas, historias muy diferentes y discusiones que seguramente seguirán abiertas.
La Escuela ocurrió en un momento donde encontrarse cuesta. Muchas organizaciones están cansadas, las condiciones materiales empeoraron, el miedo a perder un trabajo pesa en provincias donde el Estado es uno de los principales empleadores y las urgencias ocupan buena parte del tiempo disponible. También hay una forma de individualismo que se filtra en los espacios militantes, un clima de época que empuja a sobrevivir cada problema en soledad y a desconfiar de la posibilidad de construir algo con otros mientras que el entretenimiento se transmite por las pantallas.
Durante dos días, en Catamarca, personas llegadas de distintos territorios hicieron el ejercicio contrario. Se contaron de dónde venían, recordaron luchas, discutieron a Rosa Luxemburgo, escucharon conflictos que podían parecer ajenos y encontraron parecidos inesperados. Hubo tristeza, bronca y preocupación. También hubo abrazos, humor, semillas, dibujos, mate y el alivio de descubrir que en otro lugar alguien ya había pasado por algo parecido. Quizás ahí estuvo lo más importante de la Escuela. En tiempos de respuestas rápidas y de poca paciencia para pensar, la educación popular todavía puede abrir un espacio para hacerse preguntas con otros. Puede ayudar a recuperar una memoria que el presente empuja a olvidar, poner palabras a un cansancio que parecía individual y recordar que ninguna organización empieza de cero.







