Exceptuados de la cuarentena obligatoria, trabajadores y trabajadoras de prensa continúan realizando sus tareas en un contexto en el que se profundizó la precarización y el ajuste que venían sufriendo desde hace años.

Santiago Mayor para Notas Periodista Popular

 

 

Diario Popular, Metro, Revista Pronto, Editorial Perfil, Infobae, Editorial Atlántida, El Cronista Comercial. La enumeración de cuenta de algunas empresas periodísticas conocidas y de alcance nacional. Todas tienen en común haber atravesado o estar atravesando distintos tipos de conflictos laborales desde que empezó la cuarentena.

Sin embargo se trata solo de los lugares -en la Ciudad de Buenos Aires- donde la patronal avanzó deliberadamente en reducciones salariales, despidos y mayor precarización del trabajo. Pero la crisis sanitaria no hizo más que profundizar y magnificar una problemática que ya es estructural en todo el sector.

Exceptuado del aislamiento obligatorio, el gremio de prensa -uno de los más golpeados durante los cuatro años de macrismo con más de cuatro mil puestos de trabajo perdidos- es nuevamente perjudicado, ya sea por la caída de las ventas, la reducción de la pauta publicitaria (pública y privada) o la voracidad empresarial. Y quienes pagan el costo son, otra vez, los trabajadores y trabajadoras.

Paradójicamente, en este escenario de crisis casi permanente, existe un saldo positivo. Un trabajo paciente, constante, muchas veces invisible, que ha logrado consolidar una cada vez mayor organización sindical para defender los derechos laborales de manera transversal y coordinada ante las distintas patronales que -históricamente- han actuado en conjunto para defender sus propios intereses.

La conformación y consolidación del Sindicato de Prensa de Buenos Aires (SiPreBA), nacido en 2015, y la reciente asunción de la nueva conducción de la Federación Argentina de Trabajadores de Prensa (Fatpren), que elevó al cargo de secretaria general a Carla Gaudensi -delegada de la Agencia Télam durante el histórico conflicto de 2018-, dan cuenta de este proceso.

No obstante, el escenario de cuarentena obligatoria plantea nuevos desafíos. “El sindicato trata de unificar las luchas en un contexto muy difícil porque al no poder estar en la calle cualquier conflicto se torna más cuesta arriba”, explicó el secretario de Organización del SiPreBA y delegado de la TV Pública, Agustín Lecchi. “De todas maneras estamos permanentemente en contacto con las comisiones internas y las asambleas para llevar adelante los reclamos necesarios, las denuncias al Ministerio de Trabajo y promover las medidas de salud, seguridad e higiene en todas las empresas”, añadió.

 

 

“Las estrategias de organización y solidaridad entre laburantes están siempre pero hubo que repensarlas”, agregó Paula Sabatés, delegada de Página/12 y periodista en Futurock.

Desde su punto de vista, mejorar la difusión y la llegada, es fundamental. “Vi eso, por ejemplo, en el caso de Metro que varios medios cubrieron ese conflicto”, remarcó. Lo mismo sucedió en el caso de revista Pronto en el que las redacciones “jugaron un rol, por supuesto con el amparo del sindicato que a cada paso muestra que es imposible hacerlo de otro modo”.

“Es imposible atravesar los grandes conflictos y las épocas de crisis sin la organización colectiva”, subrayó la trabajadora de prensa.

Seguir trabajando en cuarentena

Al ser un sector considerado “esencial”, los trabajadores y trabajadoras de prensa debieron continuar con sus tareas cotidianas. Sin embargo, esto no implicó no tomar los resguardos necesarios.

“Hubo cambios, se adoptaron medidas de higiene sobre todo y de distanciamiento entre las pocas personas que tienen que ir al diario”, explicó Sebastián Díaz, delegado de Arte Gráfico Editorial Argentino (AGEA – Clarín). Asimismo, la gran mayoría pasó a realizar sus tareas por teletrabajo.

Fue el caso del diario deportivo Olé, donde trabaja Díaz. Primero los redactores, después los encargados, después los jefes de sección “y ahora todo el diario se está haciendo íntegramente de manera remota”.

“A las personas que no tenían computadoras les dieron, pero la empresa no garantizó el pago del celular, el servicio de internet, el cable”, explicó el delegado de Olé y subrayó que eso “es un montón de plata y es vital para hacer el trabajo desde casa”.

Asimismo recordó que la última paritaria para prensa escrita “fue del 15% con una inflación del 50%”. “Que tengamos que trabajar desde nuestras casas poniendo nuestra internet, nuestro cable, nuestra luz sin que la empresa se haga cargo de nada, es una batalla que hay que dar”, opinó y subrayó: “Los sueldos no alcanzan y encima terminamos gastando plata para llenar el diario de la empresa”.

 

 

Sabatés, que realiza tareas como colaboradora estable de Página/12, destaca que para ella la situación no cambió demasiado. “Para quienes estamos en situación de precarización, trabajo a destajo y remoto, no varió mucho”. Aunque destacó que “por primera vez” se igualaron “las condiciones concretas de realización del trabajo (no los derechos laborales)”.

“Quienes están efectivos cobran su sueldo fijo hagan la misma cantidad de notas o no. Quienes laburamos a destajo, en un contexto donde la mayoría de las cosas para cubrir están cerradas, sufrimos una disminución de trabajo y por lo tanto de salario”, apuntó.

Frente a eso, la Comisión Interna del diario elevó un petitorio para que la empresa garantice a las y los colaboradores permanentes el mismo volumen de trabajo que venían teniendo y, de ser imposible, que pague “una suma fija para poder mantener el ritmo” que existía pre-pandemia. Asimismo se reclamó por la actualización de lo que se pagan las colaboraciones externas.

Trabajadoras y tareas de cuidado

Como en otros aspectos, la situación en cada rama de prensa o en cada empresa no es la misma. Sin embargo, en líneas generales las trabajadoras han sufrido una recarga de sus tareas debido a la presencia constante de la familia en el hogar y sobre todo de chicos y chicas que no están asistiendo a la escuela por las disposiciones sanitarias.

“Este combo de pandemia, con cuarentena y la excepción de prensa acentúa una problemática que ya existía que es que en las compañeras recaen la mayoría de las tareas de cuidado y eso no está remunerado”, puntualizó Sabatés. “Incluso si tenés que trabajar en casa se nota mucho porque hay que hacer dos tareas al mismo tiempo”, remarcó.

Sin trabajo y sin derechos no hay salud

“Estamos teniendo problemas en muchas empresas con los salarios, que con la excusa de la pandemia pagaron en cuotas o realizaron algún tipo de reducción salarial”, reforzó Lecchi en este punto. “Esto es un problema muy grave porque en definitiva termina siendo una presión patronal para que se levante la cuarentena”, analizó.

Es el caso de Diario Popular que arrastra este problema desde hace meses pero ahora se ha profundizado. Pero también algo que se repitió en radio Metro, Noticias Argentinas o con les colaboradores de Editorial Perfil.

Las empresas que llevan adelante estas políticas “están incumpliendo con las resoluciones del Ministerio de Trabajo y del gobierno que plantearon que la licencia o el teletrabajo no deben afectar las condiciones salariales”, denunció el delegado de la TV Pública. Y opinó que el Ejecutivo “debe ponerse firme, multar a estas empresas y no asignarles pauta oficial”.

“Los medios pregonan la solidaridad hacia afuera de manera hipócrita pero hacia adentro pretenden avanzar sobre los salarios y derechos de les trabajo. Por eso decimos, sin salarios dignos ni trabajo estable no hay salud. Y no hay solidaridad si se ataca la salud en un contexto como éste”, completó.

En la misma sintonía Sabatés recordó la “tapa compartida de todos los diarios” que fue leída como “la primera acción conjunta de todas las empresas de prensa escrita de Capital Federal y no es así”. “Ahí evidenciaron una unión que tienen en la forma de operar sobre sus trabajadores que viene de hace muchísimo tiempo”, aseguró.

 

 

Por eso la solidaridad y organización gremial emergen como la respuesta. Si la patronal golpea de conjunto, los trabajadores y trabajadoras defienden sus derechos de la misma manera.

“Queda claro que el sindicato es la única herramienta capaz de tratar de desarticular esa unidad tan poderosa y -en su conjunción con lo legal- responder a los distintos conflictos que se van abriendo”, sostuvo la trabajadora de prensa.

Por su parte Díaz analizó que “el sindicato es clave porque es el que permite tomar medidas en conjunto y no solamente como empresa”. Y destacó que está teniendo “un rol muy activo”, en la cuarentena “por ejemplo con la campaña de vacunación para los afiliados en situación de riesgo”.

Para Lecchi va a ser necesario “redoblar la solidaridad y el rol del sindicato porque se vienen tiempos duros, en donde los empresarios de medios pretenden que los costos de la crisis recaigan sobre les trabajadores”. “La única manera de frenarlo es con políticas públicas claras que le pongan un freno y con la organización de les trabajadores para denunciar cada avance y frenarlo”, concluyó.

 

Fotos: Matías Cervilla

 

Durante los últimos años se viene experimentando un crecimiento sostenido del trabajo “no asalariado”. Es decir, por fuera del sistema de contrato formal de relación de dependencia. Según el informe interanual del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC) el último trimestre de 2019 el trabajo no registrado creció un 2,5% en relación al año anterior, mientras que los puestos de trabajo no asalariados se incrementaron un 7,6%. La suma de ambas categorías ya superaba los 10 millones de puestos de trabajo a finales del año pasado antes de la pandemia. Diversas tareas, desde repartidores, ilustradores, peluqueros/as, artistas, vendedores ambulantes, editores o periodistas por mencionar sólo algunas, se vieron afectadas de manera drástica por la cuarentena, mermando fuertemente sus ingresos, que en muchos casos directamente pasaron a ser nulos. En muchos de estos casos se dio la imposibilidad de poder acceder al Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) por distintas situaciones que contrastaban con alguno de los requisitos.

Ramiro Gigante para ANRED

Desde que comenzó el aislamiento social, preventivo y obligatorio decretado por el presidente Alberto Fernández por medio del Decreto 297/2020 – como medida para frenar la expansión del coronavirus (Covid-19) en Argentina – muchos trabajadores y trabajadoras cuentapropistas se quedaron sin su fuente de ingreso, o vieron drásticamente mermada su actividad. En el último trimestre de 2019 los y las trabajadoras no registradas y cuentapropistas crecieron y cayó el trabajo registrado. En diciembre de 2019, según el INDEC**, los trabajadores sin aportes jubilatorios llegaron al 35,9 % y los independientes al 22,6 %.  Mientras el trabajo no registrado creció un 7,6% y el no asalariado un 2,5%, el trabajo registrado asalariado cayó un 0,9%.

Pero la pandemia no solo afectó a quienes ya venían atravesando situaciones de crisis y cuya situación empeoró, sino que también afectó a quienes, a pesar de tener algún tipo de precariedad por falta de garantías sociales, venían generando ingresos con sus trabajos y se sentían conformes con su situación. Trabajos que de un día para el otro pasaron, de generar ingresos aceptables para quien los percibía, a ser prácticamente nulos.

Cuando todo venía bien…

Fernando Angelozzi vive en Morón y trabaja como peluquero en Ituzaingó. Antes había pasado por distintos tipos de empleos: “trabajé de todo, desde técnico en fotocopiadoras, lustrador de muebles, carpintero, vendedor de libros en la calle, y también trabajé en la construcción”, comenta, recordando algunos de los trabajos que había tenido antes de ser peluquero. “Este trabajo está bueno porque te acerca a la gente”, asegura. Desde hace un tiempo Fernando trabaja con este oficio, en una  barbería para niños junto a los propietarios de la peluquería,  con quienes dice tener desde siempre una buena relación. “Se labura cómodo, tranquilo” afirma.

“Esto me liquidó, al igual que a varios colegas. Nos liquidó financieramente. El ingreso es cero desde que se decretó la cuarentena. No agarré un peso”, cuenta el peluquero Fernando Angelozzi.

Su situación laboral, por la tarea que realiza, atraviesa esa situación de “cuentapropista”, si trabaja en una peluquería que no es de él. No tiene un salario sino que cobra por cada corte de pelo realizado. “Nosotros trabajamos como monotributistas A y cobramos comisión por cada corte. Las máquinas, las tijeras, los peines, son todos nuestros, los ponemos nosotros, la peluqueria se encarga de los insumos”, relata Fernando, quien comenta que hasta antes de la cuarentena tenía mucho trabajo: “abundante, se laburaba bastante. Ahora no tengo nada de trabajo, desde que se decretó la cuarentena no estoy trabajando, solo me corto el pelo yo y le corto a mi hijo”. De tener mucho trabajo y buenos ingresos Fernando se quedó repentinamente sin trabajo ni ingresos: “a mí, particularmente, esto me liquidó, al igual que a varios colegas. Nos liquidó financieramente. El ingreso es cero desde que se decretó la cuarentena. No agarré un peso: ni las diez lucas que prometieron, que seguramente hubo gente que la cobró, ni nada”.

Fernando no puede acceder al Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) por su situación conyugal: “no me lo dieron porque yo estoy casado y mi mujer trabaja en relación de dependencia, y creo que ese era uno de los puntos por los cuales no lo cobrabas”. Ante la consulta sobre si recibió algún otro tipo de ayuda, contó que solo su pareja recibió la ayuda escolar anual por su trabajo en blanco. Angelozzi no tiene ninguna ayuda externa de ningún tipo. Al ser consultado sobre si está pendiente de posibles ayudas y novedades, el respondió que sí, pero que hay mucha desinformación: “estoy pendiente de las noticias todo el tiempo a ver si hay algo. El tema también es que hay desinformación. Tiran muchas cosas. Yo creo que hay gente de poder que quiere que las cosas se levanten más rápido de lo que es”.

A pesar de este momento difícil, Fernando no se opone a las medidas de cuarentena, considerando la gravedad de la pandemia, lo que sí espera es alguna medida que le permita poder retomar su trabajo. “Por ahí tomando las medidas de prevención que nos dice el gobierno, como atender una persona por vez y guardar distancias, creo que podría volver a trabajar. El tema de la economía es importante, más para la gente que trabaja en negro o no está registrado”, señala, sobre con quienes se siente identificado en su situación de monotributista. “Somos todos informales. Hay una cantidad de trabajo informal, como en mi caso, que soy monotributista. Es difícil, porque el gobierno tampoco sabe muy bien cuanto sacás vos”, remarca.

En relación al anuncio de créditos para monotributistas, Angelozzi también se siente pesimista desde su situación particular: “tampoco sé si lo voy a cobrar, porque te ponen condiciones que yo creo que también hay un montón de gente que no las reúne, y  los van a dejar sin un mango también. Esto no tiene precedentes”.

Fernando espera ansiosamente recuperar su trabajo, para contactarlo en caso de necesitar un peluquero, su email es: [email protected]

La venta itinerante

Eduardo Malach es editor en Milena Cacerola, una editorial de libros autogestiva. “Lo que yo hago, básicamente, es agarrar un texto digital, leerlo, hacerle correcciones de forma, estilo, contenido y demás, y sobre una serie de pasos, convertirlo de matriz digital de interiores en una matriz digital de tapa, que se envía a la imprenta, que sigue una serie de pasos para transformarlo en un libro físico”. Eduardo también trabaja en la presentación y venta de esos libros, que es lo que le permite tener un ingreso. La cuarentena y todo lo relacionado a la pandemia por el Covid-19 afectó directamente la etapa final de su trabajo. “Yo tenía dos libros para presentar: uno el viernes 13 y otro el sábado 14 de marzo, y solo pudimos presentar el del viernes 13. El del sábado 14 no lo pudimos presentar porque ya cerraron todos los lugares. Nos quedamos con los libros, sin poder venderlos y sin poder pagar la plata de la imprenta. En total debo estar debiendo aproximadamente 70 mil pesos por este tema”.

Eduardo Malach posa con dos de los libros editados por la editorial autogestiva Milena Cacerola, donde trabaja.

En relación a uno de los anuncios del gobierno como el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE), Malach no puede pedirlo porque recibe una pensión no contributiva por discapacidad, de la cual se le retiene gran parte por el pago de un crédito. “Con eso me las arreglo para pagar las cuentas y nada más”, comenta. En estos momentos sobrevive con lo que recaudó con la venta de un puñado de libros los días previos al confinamiento: “pudimos vender algunos libros puerta a puerta antes de que empiece todo y con eso sobreviví hasta el día de hoy. Me queda plata para vivir mañana. Estoy repartiendo libros, pero no quiero tocar esa plata para ir devolviendo cosas”. En relación a sus deudas ironizó: “soy el hommo endeudadus, como nos pasa a todos en mayor o menor medida”.

La prolongación de la cuarentena preocupa a Eduardo: “hay trabajo para hacer pero las imprentas están cerradas. Hoy por hoy es vivir un día a día”. La imposibilidad de realizar presentaciones o de tener mayor circulación complica la difusión y promoción de los libros. “Estamos en un limbo”, concluyó.

Eduardo también se tomó un momento para recordar su trabajo anterior, muy afectado por esta pandemia. Durante tres años trabajó vendiendo biromes en los colectivos: “tuve la suerte de tener una seguidilla de libros y un dinero que me prestaron que me permitió salir de los colectivos y tener este trabajo”. A pesar del momento difícil que atraviesa actualmente, se siente afortunado de que la pandemia no lo encontró con su trabajo anterior. “Pienso en todos los compañeros que conocí trabajando de esto, vendiendo cada uno lo suyo. Hay una solidaridad en los bondis… Cada uno tiene su territorio: el que tiene su parada y vos llegás. El pasa primero, como si vos estás, y llega otro, vas vos primero. Y te saludás y hablás dos minutos sobre cómo está la venta. Siempre la frase para terminar una conversación es ‘buena venta’, que sería algo así como buena suerte, que es una frase que siempre gusta a uno escucharla y a los demás recibirla”, recuerda.

El panorama para ese sector resulta más desolador incluso una vez finalizada la cuarentena. “Una semana antes de la cuarentena ya se había desactivado toda posibilidad de venta ambulante. Los colectivos están blindados, vacíos. Yo creo que, incluso después de esto, va a costar que una persona se pueda subir a vender y que otra persona siquiera agarre el producto. La verdad que me cuesta pensar cómo puede seguir la venta ambulante. Si es que sigue, después de esto. Me da mucha angustia por esa gente que solo tenía eso para vivir.”

Para pedidos y consultas sobre libros, se le puede preguntar por mail a [email protected] 

La organización como respuesta

Desde enero existe un espacio llamado “Monotributistas Organizadxs”, que nuclea a trabajadores y trabajadoras de distintos sectores que comparten esta situación de ser monotributistas. Es decir, cobrar sus tareas facturando con el monotributo. Desde hace años es conocido un uso patronal de dicha característica que es contratar mediante esta figura legal para evitar contratos que respeten lo establecido en los respectivos convenios y así no pagar vacaciones, cargas sociales, o aguinaldos, entre otras conquistas laborales. También son contratos que permiten el trabajo temporario, por lo que en muchos casos se disfraza un trabajo con relación de dependencia de autónomo y de esa forma las patronales se desligan de compromisos y obligaciones. En otros casos, el monotributo cumple la función de tributar a trabajadores y trabajadoras autónomas de distintos ingresos, siendo las categorías a y b las de menor facturación y tributo. También existe el monotributo social y los eventuales. El monotributista muchas veces realiza tareas en donde no es considerado “informal”, pero si “precarizado”, por quedar afuera de las garantías de seguridad social en el mundo del trabajo mientras, a su vez, paga impuestos (aún teniendo ingresos por debajo de la canasta básica).

En este contexto, y luego de diversas experiencias aisladas, surge este espacio. “Surge a comienzos de enero, cuando se decreta el aumento del 51% del monotributo. Ahí fuimos unos pocos trabajadores que nos nucleamos de diferentes espacios. Por ejemplo, prestadores precarizados, ATR que representa a repartidores organizados, personas que trabajan de manera independiente en audiovisuales, o ilustración, edición, periodistas, y también había personas de tránsito del Gobierno de la Ciudad y Músicos Organizados. Venimos de rubros muy diferentes, en donde lo que nos nuclea es que estamos todos en la misma condición de monotributista. En este universo hay dos sectores: quienes están contratados con contratos precarios que se renuevan según la bondad de quien te contrata, que en muchos casos es el Estado, y, por otro lado, las personas independientes que estamos sin contrato alguno y vamos trabajando para diferentes clientes, sea del sector público o privado. Lo que venga. Y que tenemos la obligación de facturar para poder trabajar. En ese marco nos reunimos y nos manifestamos frente al Ministerio de Trabajo y la AFIP tres veces entre enero y febrero, y logramos que nos den una reunión con funcionarios del Ministerio de Trabajo. En dicha reunión nuestras demandas fueron escuchadas pero sin tener una respuesta, más allá de una mesa de trabajo que nunca tuvo fecha”, comentó una trabajadora monotributista integrante de este espacio, que prefirió no dar a conocer su nombre para no poner en riesgo su trabajo.

En el pliego de demandas presentadas, además del rechazo al incremento del 51% del monotributo, exigían derechos laborales básicos para la totalidad de las y los trabajadores, o al menos quienes están contratados: una obra social, días por enfermedad, vacaciones, que no se descuentes horas y una obra social digna. “Vimos que uno de los principales problemas es que la mitad del monotributo que pagamos es para una obra social que siempre tiene algún motivo para no atenderte: tengas un centavo de deuda, no tengas nada, siempre tiene algún motivo”, agregó la entrevistada.

Nunca se desarrolló la mesa de negociación prometida en aquella reunión. A mediados de marzo comenzó la cuarentena. “Todas y todos los monotributistas vimos mermados nuestros ingresos porque en su mayoría no nos podemos asegurar que nuestro trabajo pase a ser digital. En muchos casos, directamente, no es posible. Como cuando se trata de trabajadores de higiene y seguridad, o es posible de manera parcial, cuando se trata de acompañantes terapéuticos y derivados de trabajadores de la salud. Hay muchas cosas que, incluso siendo posible hacer de manera virtual, los trabajos se caen, como una edición para un video para una publicidad, o una ilustración. Los trabajadores independientes están cada uno a su suerte y, por otro lado, los contratados están bajo la decisión individual del patrón porque no hay ninguna normativa a nivel nacional que pueda regular esa situación. Justamente, el monotributo se trata de verte imposibilitado de acceder a los derechos laborales básicos”, contestó la entrevistada, cuando le preguntamos sobre cómo afectó al sector la cuarentena. También mencionó la situación de músicos y otros trabajadores en torno a los espectáculos que de repente dejaron de desarrollarse, y esos ingresos ya no están.

Por su parte, Rodolfo Fucile, ilustrador y también integrante de “Monotributistas Organizadxs”, agregó: “esta crisis pone al descubierto la situación de vulnerabilidad y precariedad laboral en la que estamos las y los trabajadores independientes, que carecemos de derechos y, al no tener un ingreso asegurado, somos las personas más afectadas laboralmente por las restricciones y la recesión”.

En relación a su situación particular, Rodolfo comentó que “en el caso de la ilustración, suele ser una actividad muy fluctuante, en las que pasás tiempo sin trabajar (y además tenés que soportar grandes demoras en los pagos). Desde que empezó la cuarentena esto se agravó. Si bien es un trabajo que se hace a distancia, el parate general repercutió en todos los rubros, como editoriales, medios y publicidad. O sea que no se trata sólo de las restricciones, que sí me afectaron. Por ejemplo, en la participación de eventos, ferias de arte y libros, dictado de talleres. Ahora estoy compensando un poco con mi taller virtual. También la falta de laburo se debe a la recesión general que impacta en todas las áreas, donde se cortó la cadena de pagos y se paralizaron proyectos. Alguna gente cree que si laburás desde tu casa tenés resuelto el tema. Pero eso del ‘home office’ sólo es una solución para un asalariado o para que quien tiene una continuidad de laburo asegurada. Para un ‘freelance’ no significa nada. Si los clientes o empresas no te llaman, no tenés ingresos. Así de simple”.

Monotributistas Organizadxs, en una de las movilizaciones frente al Ministerio de Trabajo, un poco antes de que se declarara el aislamiento social, preventivo y obligatorio por la expansión del Covid-19.

Así como Fernando Agenlozzi había comentado que por su situación conyugal no pudo acceder al IFE, desde Monostributistas Organizadxs sostienen: “hay muchas personas que están inscriptas en la AFIP como casadas o casados, y que quizás se divorciaron hace dos tres o cuatro años, y todavía figuran como casados porque eso no fue modificado en la base de datos. También hubo casos de ‘falsos positivos’, por así decir, como una persona a la que les salió que estaba empleada por alguna dependencia del Estado, y no era así, sino que estaba desempleada hace por lo menos dos años“, comentaron desde la organización. “Estamos obligados a pagar para trabajar. Aún cuando no tenemos trabajo o nuestros ingresos han caído por la baja actividad, estamos obligados a pagarle al Estado. Si no lo hacemos, no sólo no nos asisten sino que además nos convierten en deudores”, agregó Rodolfo Fucile.

Este espacio está estrechamente vinculado al de “Musicxs Organizados”, cuyos integrantes en su mayoría, son monotributistas y forman parte de ambas organizaciones. El pasado domingo 19 de abril realizaron un festival online para denunciar su situación ante la cuarentena. 

El espacio tuvo un crecimiento a partir de la pandemia, que puso en mayor evidencia la precariedad laboral. Apenas iniciada la cuarentena, este espacio publicó un primer comunicado que se trataba de un petitorio que pedía, entre otras cosas, un salario de emergencia de 30.000 pesos y que fue firmado por más de 130.000 trabajadores y trabajadoras. El espacio tiene sitio tanto en Facebook como en Instagram.

Entre coincidencias y diferencias: algunas conclusiones

Con distintas situaciones coyunturales previas a la pandemia, en distintos sectores, sea el  público o el privado, con tareas tan diversas e incluso distintos niveles de autonomía, un elemento común agrupa a este diverso conjunto de trabajadores: la precariedad frente a esta situación. Desde un peluquero que trabaja en el sector privado, conforme con su situación previa a la cuarentena, hasta quienes venían denunciando y luchando por modificar su situación. “En mi caso, si no tengo monotributo no puedo trabajar”, comentaba Fernando  desde su empleo en el sector privado en el rubro Pymes, donde resulta más difícil una contratación con salario fijo sujeto a convenios laborales, no sólo por la incertidumbre en la recaudación sino por las cargas e impuestos pertinentes. Sin embargo, la forma del monotributo excedió su carácter original siendo incluso un recurso utilizado por el mismo Estado para contratar trabajadores y trabajadoras que realizan tareas en relación de dependencia, pero negando derechos laborales, mientras a su vez deben pagar impuestos ,como fue explicado por integrantes de “Monotributistas Organizadxs”. Lo mismo sucede en grandes empresas que, mediante la forma de monotributo, precarizan a parte de su mano de obra mientras por maniobras de elusión evitan el pago de impuestos que sí recae sobre monotributistas.

Quedaron excluidos de esta nota trabajadores y trabajadoras en negro de distintos sectores que han sido duramente golpeados por la crisis en relación a la pandemia, como en los rubros, hotelero, gastronómico, u otros vinculados al turismo. También sectores informales mencionados en notas anteriores como las y los trabajadores rurales golondrina.

Ya sea por la sobre explotación, lucro cesante o una combinación de ambos factores, la crisis actual vuelve a caer sobre los hombros de las y los trabajadores, entre quienes se encuentran las personas indagadas en esta nota.

 


* Para esta nota fueron consultados los datos relevados por el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos durante el último trimestre del año 2019: https://www.indec.gob.ar/uploads/informesdeprensa/cgi_04_20A63E2A1C14.pdf

Cuatro activistas y referentas sindicales cuentan cómo viven la cuarentena y cómo impacta el aislamiento en mujeres, lesbianas, trans y travestis.

Aldana Somoza para Tiempo Argentino. Fotos: Gala Abramovich

 

La llegada de la pandemia desconfiguró al mundo: detrás de los números de personas muertas e infectadas se abrieron discusiones en torno al rol del Estado, las políticas sanitarias, económicas y sociales, y también sobre quiénes tienen que «poner más» para sortear la crisis. A la hora de discutir la nueva reorganización temporal del mundo, con cuarentena de por medio, se califican los empleos y se expone más que nunca lo obvio: los trabajadores y trabajadoras como garantes de que el mundo siga girando y que todo no colapse. Sin embargo, son ellos y ellas quienes más sufren las consecuencias económicas y sociales de esta crisis.

Para darle dimensión a lo que se espera, la Organización Internacional del Trabajo (OIT), calcula que se perderán 195 millones puestos de trabajo a causa de la pandemia en todo el mundo. Según un informe del organismo, en “las Américas, el 43,2% del empleo está en situación de riesgo”.

Pero el efecto de la cuarentena no pega igual en todos lados: las mujeres e identidades femeneizadas son las más afectadas. Son ellas quienes desempeñan la mayoría de los trabajos no registrados o enmarcados dentro de la economía popular, -donde el “quedate en casa” implica no poder garantizar la comida del día-, las que tienen peores salarios (ganan en promedio un 29% menos que los varones), y quienes además realizan el 76% de las tareas de cuidado -la llamada “segunda jornada laboral”-, que en contexto de aislamiento y con la suspensión de clases, aumentan.

La angustia, incertidumbre y el desborde son algunas de las muchas emociones compartidas por Jacky Flores, referenta del MTE-UTEP, Carla Gaudensi, secretaria general de la Federación Argentina de Trabajadores de Prensa (FATPREN), Virginia Bouvet, metrodelegada del subte, y Florencia Guimaraes, activista travesti y coordinadora del centro de día “La Casa de Lohana y Diana”. Las cuatro referentas sindicales y activistas cuentan cómo están viviendo la cuarentena y de qué modo impacta en su sector el aislamiento y, en particular, a las mujeres, lesbianas, trans y travestis.

Jacky Flores atiende el teléfono para dar su tercera nota del día: “Acá andamos, esta situación extrema me choca de frente, sin entender mucho”. La referenta del MTE y UTEP representa a un sector donde el 75% son mujeres, y la mayoría jefas de hogar. “La vida de las compañeras se está complicando muchísimo. No tenemos políticas públicas claras en cuanto al reconocimiento del trabajo de la economía popular y el cuidado, las compañeras no tienen nada reconocido, el desahogo era la escuela pública, y ahora con la suspensión de las clases están desbordadas”, cuenta y reclama la necesidad del sector de discutir trabajo. “Las compañeras” de las que habla son las cooperativistas de los barrios populares, las feriantes, las campesinas, las recolectoras. “Son las trabajadoras que sostienen la situación crítica de los barrios populares”, aclara.

Así como Jacky describe la situación de emergencia que se vive en el sector, también analiza la importancia de la organización a través de la cual muchos trabajadores y trabajadoras hoy lograron un reconocimiento y mejores condiciones de trabajo: “En la Ciudad logramos ser parte del sistema de reciclado con inclusión social. A pesar de los intentos que hubo por boicotearlo, pudimos discutir salarios y de alguna manera ahora estamos más resguardados y nos permite estar a disposición del trabajo colectivo”.

Otros de los conflictos que trae el aislamiento es la dificultad para la organización gremial, justo cuando los empresarios, que nunca quieren perder sus ganancias, arremeten contra los trabajadores con despidos, suspensiones, reducción de horarios y pago de salarios en cuotas.

Carla Gaudensi, delegada de Télam y secretaria de FATPREN, lo identifica como un claro problema: “La cuarentena nos afecta a todes, desde la salud, los vínculos, la organización de les trabajadores y en un momento en el cual la situación se empieza a poner complicada porque hay sectores patronales que aún con la medida del ejecutivo para prohibir los despidos y el subsidio a las Pymes para el pago de salarios, quieren generar una crisis en los trabajadores, sin respetar los derechos laborales, propiciando el cierre de medios, la baja de salarios o el pago en cuotas”.

Como vienen denunciando hace años los trabajadores y trabajadoras de prensa, el gremio está fuertemente precarizado, y en contexto de pandemia -donde la actividad es considerada esencial-, se dificulta doblemente llevar adelante la tarea. “En la mayoría de los medios gráficos se está usando la modalidad de teletrabajo, cosa que nosotros entendemos que debe ser excepcional en el marco de la pandemia. Obviamente el teletrabajo hace que uno trabaje más por eso muchas empresas antes de la cuarentena ya querían implantarlo, es como una disposición full time, una relación individual del trabajador con el empresario”, apunta Carla.

En relación a las trabajadoras, señala que el aislamiento las afecta más que a los hombres, y más aún a quien tienen hijos e hijas, porque las tareas de cuidado recaen más sobre las mujeres. “Si bien hay algunas familias que asumen tareas compartidas, las tareas reproductivas siempre recae sobre nosotras, muchas no dejamos de realizar nuestro trabajo y con los chicos y chicas en casa se complejiza más el escenario”.

“Estoy en mi casa, con mi hijo y mi nuera. Con un poco de ansiedad por el encierro y porque se vienen las semanas más complicadas en cuanto a los contagios”, cuenta la metrodelegada Virginia Bouvet a Tiempo a través de un mensaje de WhatsApp. Virginia, como todas las trabajadoras y trabajadores de actividades esenciales, continúa yendo a su lugar de trabajo dos veces por semana, donde realiza tareas gremiales mientras el subte presta un servicio mínimo para seguir trasladando al resto de empleados y empleadas a sus respectivos trabajos exceptuados de la cuarentena.

El período de aislamiento obligatorio encuentra a los trabajadores y trabajadoras del subte con un saldo organizativo acumulado con el que enfrentan este contexto de un piso medianamente alto en relación a otros sectores: “Nuestro sindicato logró reducir al mínimo la exposición, consensuando con la empresa un sistema de francos extras que permiten que no haya amontonamientos de personal en los lugares de trabajo. Logramos que la empresa reconozca las licencias extraordinarias que resultaron de la cuarentena y a los que prestan servicio se les va a pagar normalmente”, explica Virginia, y agrega la preocupación en relación a otros trabajos “sabemos que no es la realidad de todas las actividades, hay despidos y rebajas salariales, lamentablemente avaladas por un sector de la CGT; que nosotros no compartimos, ni en el Subte ni desde la CTA”.

Virginia agrega que, producto de la organización, las trabajadoras del subte lograron obtener la licencia por cuidado de sus hijos e hijas. “El resto se enfrenta a la misma problemática que los varones: discutir en cada puesto para que nos garanticen los materiales de higiene como guantes y alcohol”. Y agrega: “Creo que las mujeres resultamos más afectadas por situaciones de violencia de género, agudizados en este aislamiento obligatorio”. En lo que va de la cuarentena hubo al menos 20 femicidios, 21 travesticidios (en lo que va del 2020), mientras que los llamados a la línea 144 aumentaron un 30%.

En la cadena de la precarización de las vidas, las personas travestis y trans son quienes enfrentan una situación aún más crítica: «Hoy queda expuesto para gran parte de la sociedad lo que realmente pasa con nuestra comunidad. La mayoría con el aislamiento no tiene ni para comer, porque el 90% está en situación de prostitución, y el sustento diario pasa por pararse en una esquina todas las noches», cuenta a través del teléfono Florencia Guimaraes, quien cumple la cuarentena «a rajatabla» en su hogar en La Matanza y solo sale una vez por semana a llevar mercadería al centro de día donde milita. El hogar, destinado a alojar a personas travestis y trans hoy se encuentra cerrado por la cuarentena pero lo abren para repartir bolsones de comidas y viandas. “Por lo menos nos miramos a los ojos, ya vendrán los abrazos”, dice.

Expulsadas a los márgenes de la sociedad, las personas travestis y trans ni siquiera son pensadas como trabajadoras: «Nunca se nos ve como fuerzas productoras de trabajo, ni siquiera como parte de la clase trabajadora», explica Florencia, y apunta a un reclamo clave e histórico para la comunidad: la ley de cupo laboral trans, impulsada por la activista travesti Diana Sacayán, asesinada brutalmente en octubre de 2015. «Necesitamos acceso al trabajo. Si tuviésemos la ley de cupo sería muy diferente el contexto de la comunidad. Hoy tendríamos una cuenta sueldo, una obra social, los derechos de cualquier persona trabajadora, pero el único espacio en donde se nos piensa es en una esquina».

Hacia el final de la charla, Florencia comparte su anhelo de que todo esto sirva como un quiebre y cambio de paradigma: «En este contexto aflora la miseria humana, la gente se transforma en policía. Esperemos que eso cambie y esto nos fortalezca como sociedad. Yo siempre apuesto a un mundo mejor, a que todo sea transformado».

Fotos: Gala Abramovich

Recorrida en un desconocido tren carguero que pasa por debajo de la Casa Rosada. Una actividad declarada esencial, en la que se conjugó la actualidad con pinceladas de la historia ferroviaria y política de nuestro país a través de la vivencia del maquinista Leonel Mazzeo.

Pablo Maradei para Notas Periodismo Popular

Foto: Matías Baglietto

 

Cinco días atrás el tren había salido de la provincia de Mendoza. Ni bien ingresó a su vecina San Luis se detuvo en la estación Beazley para cambiar la yunta. La yunta es la dupla que conduce la formación: un maquinista y su ayudante. El convoy de Trenes Argentinos Cargas (TAC) atravesará este distrito hasta detenerse en el límite oeste justo antes de entrar a Córdoba, en la parada Justo Daract. En esa localidad nuevamente renovará al personal de conducción.

San Luis, una suerte de Cataluña con aires independentista de la Argentina, vaya a saber por qué, funciona como si fuese la última frontera dentro del país: su gobernador, Alberto Rodríguez Saá, metió de prepo un per saltum a la norma nacional que nomencla al transporte de cargas como esencial. Basándose en la emergencia sanitaria obliga a realizar cuarentena a los ferroviarios que, entre otras cosas, distribuyen agua y alimentos. Excentricidades que exacerba la pandemia del Covid-19 y que despertó un fuerte rechazo por parte de los gremios del sector. En este caso lo que se transporta es vino con destino a Europa; y en épocas de crisis sanitaria y economía aniquilada, exportar y generar divisas genuinas es algo que también hay que considerar vital.

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Este cronista junto a un fotógrafo nos subimos a la travesía en el tramo final del sexto día, jornada que terminará en la playa ferroviaria ubicada en Retiro, a metros de la Torre de los ingleses cuya luz punzante perfora la espesura de la noche. Vaya curiosidad: terminar donde empezó todo, porque fueron ellos quienes impulsaron los ferrocarriles en el país. El reloj marca las 23.20 y los motores se apagan. Recién al día siguiente, cuando habiliten la descarga en puerto, los contenedores serán apilados uno arriba del otro en un buque de ultramar: tardarán una veintena de días en llegar al viejo continente.

Por estas tierras, para ese entonces, quizás seguiremos “aplanando la curva” de infectados o, en el peor y más temido de los vaticinios, el sistema médico habrá entrado en un coma inducido por el colapso. No hay dictamen sobre ese futuro cercano. Lo que sí es seguro, es que sobre las vías argentinas que resistieron otras tantas implosiones, los trenes seguirán rodando.

Dos horas antes del arribo iniciábamos un viaje corto, de apenas 15 kilómetros desde la base de Haedo a Retiro, en el que este tren nos llevó por las entrañas de la Ciudad de Buenos Aires. Nos condujo Leonel Mazzeo, de 57 años y 35 de ferroviario y a quien habíamos conocido esa misma mañana. Lo acompaña Facundo Amado, su ayudante de 22 años.

Lenoel Mazzeo y su ayuante Facundo // Crédito: Matías Baglietto

Nos trepamos a la locomotora y entramos a la cabina: huele a desinfectante, una huella indeleble de los tiempos actuales. Encienden el motor y las luces; y eso es todo. No hay algo que informe o simplemente haga de fondo como puede ser una radio: es un “mute” que permite abstraernos de la excesiva y confusa información noticiosa que marea con relatos disímiles. Viajamos en silencio o conversando.

Avanzamos a una velocidad que nunca superará los 30 kilómetros por hora, hasta casi llegar a la estación Plaza Miserere. Epitafio: en esa fatídica plataforma de Once, el 22 de febrero de 2012 un tren de pasajeros se estrelló contra el final del andén convirtiéndose en el cementerio de 52 personas.

Pero ahora nos toca desviarnos un kilómetro antes de aquella herida histórica por un túnel de una sola vía que se abre a nuestra izquierda: la hoja de ruta indica que circularemos en paralelo a la avenida Rivadavia, solo que a 30 metros de profundidad. Pasaremos por debajo del Congreso Nacional, la Plaza de Mayo y la Casa Rosada y nadie de los pocos que caminan por la superficie va a enterarse.

“En los ochentas recorrí varias veces este túnel con la Policía porque era muy frecuente que el Gobierno recibiera denuncias de bomba”, cuenta Mazzeo. Eran los albores de la recuperación democrática y los militares mancillaban con este tipo de operaciones -y muchas otras- la estabilidad del entonces presidente radical, Raúl Alfonsín.

Serpenteamos unos veinte minutos en la oscuridad subterránea hasta desembocar en el más chic de los barrios porteños: Puerto Madero. Nos recibe su luminosidad generosa que no sabe de tarifas y la geografía de una ciudad transparente: sin autos, ni turistas. Ni noctámbulos. En cierto modo, la postal de la pandemia es trágicamente bella, es una foto “de revista” donde no sobra ni falta nada. Ni nadie. Y por eso percibimos nuestra realidad como ciencia ficción.

Una indicación en el tablero me saca de la abstracción: un pitido nos indica que debemos aguardar treinta minutos al relevo policial que cortará los cruces vehiculares, aunque no cruce ningún auto. Para nosotros los visitantes, la espera en la cabina de no más de 3 x 3, complota contra el paso del tiempo. Pero no para los maquinistas, habituados a largas horas de viaje. De hecho, el veterano conductor que nos guía llegó a pasar, allá lejos en el tiempo, 24 horas arriba de una locomotora.

Crédito: Matías Baglietto

“El minuto ferroviario puede durar horas”, describe Mazzeo mientras prende su primer Camel del viaje. Su compañero Amado activa otra yerba: se prepara unos mates que pedirá disculpas por no compartir, una costumbre tan arraigada en nuestra cultura, pero extirpada en un santiamén por el Covid-19.

Cumplidos los 30 minutos nos liberan la vía: solo restan recorrer 15 cuadras hasta estacionar el tren en el patio ferroviario de Retiro.

Ajustando cuentas de su pasado, Mazzeo me contabiliza que fumaba unos 20 cigarrillos por turno. El turno ahora es de 8 horas y desde este milenio se cumplen a rajatabla: los gremios son fuertes y se hacen respetar.

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A propósito de los gremios, en el planeta ferroviario, que se divide en empresas de pasajeros, de cargas, infraestructura y recursos humanos, coexisten cuatro sindicatos. Los de mayor porte son La Fraternidad, que justamente representa a los maquinistas y lo conduce Omar Maturano; y la Unión Ferroviaria, que siendo el más frondoso en cuanto a cantidad de afiliados lo maneja Sergio Sasia. Completan el mapa gremial los señaleros y el personal superior.

La gran mayoría de los casi cuatro mil empleados de TAC está afiliado a alguna entidad sindical. De hecho, el presidente de esta empresa estatal, Daniel Vispo, que es un ferroviario de longeva trayectoria con más de 30 años de servicio a cuestas, está afiliado a la Unión Ferroviaria.

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La jornada había comenzado esa misma mañana del sexto día en el predio ferroviario de Alianza ubicado en la localidad de Santos Lugares, en el partido bonaerense de Tres de Febrero. Hasta acá le había pegado el tren desde Mendoza recorriendo casi 1.200 kilómetros y habiendo consumido unos 7.000 litros de gasoil.

Fue en Alianza -un playón de 90 hectáreas donde conviven vagones con distintos tipos de carga con viejos coches abandonados y comidos por la maleza- donde nos conocimos con Mazzeo y su ayudante, Alexis Canosa, de 23 años y cuatro en TAC. Con barbijo y anteojos nos saludamos con el codo. Nos explican que a consecuencia del virus no se está haciendo el test de alcoholemia como se hizo siempre para evitar contacto con ese instrumental. En cambio, firmarán una declaración jurada en la que perjuran no haber consumido ni una gota de alcohol.

Este primer paso que realizan es, en época de Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio, su logueo al empleo: a diferencia del sistema virtual en el que la mayoría de los trabajadores del mundo se debe loguear en la PC de su casa para dar cuenta de que está trabajando, los ferroviarios se apersonan a sus puestos.

Crédito: Matías Baglietto

Por estos minutos de salutaciones, la fatigada locomotora 9413, que fue desprendida de los 60 vagones que trajeron vino desde la localidad de Palmira, en Mendoza, está siendo abastecida de gasoil. En este taller en el que también se hacen reparaciones livianas trabajan unas diez personas; aunque actualmente el plantel está reducido a siete porque hay personal que pertenece a los grupos de riesgo. Y no solo eso: el coronavirus cortó hasta lo más elemental para la idiosincrasia latinoamericana, amante de los encuentros: los viernes dejó de haber asado.

Nos subimos a la locomotora junto a Mazzeo y Canosa para completar lo que será el segundo tramo: llevar la formación hasta Haedo. Nos cuenta Mazzeo que su recorrido laboral se inició en 1983 y al poco tiempo fue delegado sindical. Arrancó en el tren de pasajeros y luego continuó en cargas. Los noventas representaron, bajo la presidencia de Carlos Menem, el ocaso del ferrocarril: “Ramal que para, ramal que cierra” fue la chapa patente de su gestión para con el sector. Mazzeo cayó en la volteada: lo despidieron en 1991 y recién reingresó en 2003 al Belgrano Cargas y Logística SA. Paradojas de un destino atado a la conducción, en esos 12 años de destierro fue jockey.

Crédito: Matías Baglietto

La formación avanza sobre el oeste del conurbano y nunca superará los 20 kilómetros por hora; aunque estas locomotoras importadas de China pueden alcanzar los 80. Antes de llegar a Haedo atravesamos un asentamiento que está en proceso de formación, aunque nadie frenará su expansión hasta volverse populoso y veo que nadie usa barbijo. Esa alerta roja se suma a otra: que un niñe cruce las vías corriendo; tensión que se nota en las caras de los conductores.

“Tengo tres suicidios a cuestas y coches a los que arrollé ya perdí la cuenta”, enumera Leonel y con acto reflejo de dolor se frota la frente con la palma de la mano: estos accidentes fatales nunca traspasarán el límite de la angustia a la anécdota.

Sus personalidades marcadas por el desarraigo y la soledad sobrellevan sin mayores sobresaltos el aislamiento, que en cierta forma es el ADN de su trabajo. En algún punto el encierro forzoso por la cuarentena es monocorde a la rutina laboral de estos trabajadores. Y la paciencia y la templanza que cultivaron dentro de esas confinadas cabinas, sus palancas de mando para transitarla.