El pueblo llegó para quedarse

Chile

El pueblo llegó para quedarse

En Chile, un país golpeado tras décadas de neoliberalismo, hoy emerge un nuevo pueblo, que reclama el derecho a construir su destino con justicia y dignidad. Ese pueblo llegó para quedarse y para ser protagonista. Y esa es la mejor noticia que nos dejó la elección.

Escribe Pierina Ferretti en Jacobin América Latina

Un triunfo celebrado en Chile y en el mundo

La noche del domingo 19 de diciembre, ante cientos de miles de personas que desbordaban la principal arteria de Santiago y un país completo que seguía las noticias por la radio y la televisión, Gabriel Boric, el mismo joven que hace diez años había liderado las emblemáticas movilizaciones estudiantiles por la educación pública y gratuita, pronunciaba su discurso de victoria como presidente electo.

Esa noche, una verdadera fiesta popular se extendió por todo el Chile. Y no era para menos. Boric se convertía en el presidente más joven y más votado de la historia de la república y en el primer representante de una coalición de izquierdas en ganar las elecciones presidenciales desde que Salvador Allende lo hiciera en septiembre de 1970. Tras el shock que significó ver al ultraderechista José Antonio Kast con posibilidades de llegar a La Moneda, el contundente respaldo alcanzado por el candidato de Apruebo Dignidad en el balotaje se sintió como una bocanada de aire fresco tras semanas de tensión.

Pero las celebraciones traspasaron las fronteras nacionales. La elección de Gabriel Boric fue saludada por las izquierdas y los progresismos en todo el mundo como una victoria contra las regresiones conservadoras que se multiplican a lo largo y ancho de la geografía global. En un momento en que la resolución de la crisis capitalista se debate entre proyectos de recuperación democrática y reconstrucción de derechos sociales y alternativas de corte ultraconservador que intentan redisciplinar a la población atacando sobre todo a los movimientos que lideran las luchas emancipatorias, la victoria de Boric —y la de cualquier representante de fuerzas democráticas por sobre los grupos reaccionarios— adquiere relevancia estratégica.

En América Latina, además, el triunfo de la izquierda chilena refuerza la esperanza en el renacer un nuevo ciclo progresista tras la debacle de la «marea rosa» anterior. La elección de Boric, sumada a las de Andrés Manuel López Obrador en México (2018), Alberto Fernández en Argentina (2019), Luis Arce en Bolivia (2020), Pedro Castillo en Perú (2021) y Xiomara Castro en Honduras (2021), y a las posibles victorias de Gustavo Petro en Colombia y Lula da Silva en Brasil el próximo año, promete (con todos los límites de cada caso) una posible recomposición del progresismo continental.

La aparición de Boric en el escenario político latinoamericano ayudará a fortalecer el compromiso desde las izquierdas con la democracia, las libertades y los derechos humanos, preocupaciones que el nuevo presidente, heredero de la arraigada tradición del socialismo democrático chileno, ha sido enfático en marcar. En esta línea, debe recordarse que Boric, a diferencia de otros dirigentes de la izquierda chilena y regional, no ha vacilado en criticar abiertamente las derivas autoritarias de Daniel Ortega en Nicaragua y Nicolás Maduro en Venezuela o en apoyar las movilizaciones sucedidas en 2021 en Cuba, a pesar de la molestia que sus planteamientos han causado en sectores que se resisten a la crítica de estas experiencias.

La «generación 2011» llega a La Moneda

A nivel local, la victoria de Gabriel Boric es expresión de la maduración de fuerzas que se gestaron al calor de una de las luchas antineoliberales más relevantes de este periodo. El presidente electo, como parte de una camada de jóvenes líderes políticos (entre quienes destacan Giorgio Jackson y las militantes comunistas Camila Vallejo y Karol Cariola), se forjó en medio de la revuelta estudiantil del 2011, primera movilización con un contenido abiertamente antineoliberal que escaló nacionalmente y que logró fisurar la legitimidad del régimen. En ese entonces, la demanda por el derecho a una educación pública y gratuita, junto con la crítica al lucro de las empresas educativas, se convertía en un desafío explícito al núcleo del neoliberalismo: la mercantilización de aspectos centrales de la reproducción social y la ganancia empresarial subsidiada por el Estado.

Paralelamente, las élites políticas que habían administrado el modelo por décadas se desgastaban y una nueva generación comenzaba a emerger. La «generación 2011», como se la llama desde entonces, se fue constituyendo en oposición no solo a la derecha, sino también a la centroizquierda agrupada en la Concertación de Partidos por la Democracia, conglomerado que condujo el país tras la dictadura de Pinochet y que mantuvo una línea de continuidad y profundización de las políticas neoliberales, renunciando a los elementos básicos de cualquier programa socialdemócrata que se precie.

Los colectivos estudiantiles que protagonizaron las movilizaciones de ese periodo se fueron articulando en movimientos y agrupaciones que, con el paso de los años y atravesando numerosas dificultades, quiebres y reordenamientos, decantaron en la creación de nuevos partidos y del Frente Amplio como coalición. Estos grupos, en alianza con el Partido Comunista, que representa a la izquierda histórica, son la base de lo que hoy se conoce como Apruebo Dignidad, pacto que sostuvo la candidatura de Boric y que logró convertirse en una alternativa política independiente de la Concertación y desplazar a los partidos tradicionales en la conducción del Estado.

Las claves de la victoria

Gabriel Boric se impuso con un 55,9% de las preferencias, superando por casi un millón de votos a su contrincante. Una victoria contundente que, sin embargo, estuvo antecedida por el alarmante ascenso del ultraderechista José Antonio Kast, quien logró un inesperado crecimiento pasando al balotaje en primer lugar, y por el estancamiento del candidato de Apruebo Dignidad, quien tras meses de campaña y de liderar las encuestas obtuvo casi el mismo número de votos que los que su coalición había logrado movilizar en las primarias realizadas en julio.

Estos resultados golpearon a la izquierda, a los movimientos sociales y a todo el espectro de fuerzas democráticas. Parecía imposible que después de la revuelta popular, de la masiva emergencia feminista y en pleno proceso constituyente, un candidato de la derecha más extrema pudiera llegar a la presidencia de la república.

La gravedad del peligro produjo un intenso despliegue en las semanas que siguieron. En pocos días, todas las fuerzas democráticas del país se cuadraron detrás de la candidatura de Boric. Los partidos de la ex Concertación en pleno y algunos de sus líderes más representativos, como los expresidentes Ricardo Lagos y Michelle Bachelet, expresaron su adhesión.

Al mismo tiempo, y desde el otro extremo del abanico, figuras emblemáticas del campo popular que emergieron en el proceso de la revuelta social y que se habían mostrado muy reticentes a vincularse con los partidos políticos, llamaron a votar por el candidato de la izquierda. Un hito clave en este sentido fue el respaldo que le entregaron la senadora electa Fabiola Campillai y el joven Gustavo Gatica, quienes son ampliamente respetados en el país por la dignidad con la que han llevado adelante su lucha por justicia y reparación tras haber quedado ciegos producto de la represión policial.

En esta misma línea, Boric recibió el respaldo de importantes líderes del movimiento indígena, como la machi Francisca Linconao, reconocida autoridad espiritual mapuche y actualmente convencional constituyente, y Elisa Loncón, dirigente mapuche y presidenta de la Convención Constitucional. También sumaron sus apoyos la inmensa mayoría de movimientos sociales, sindicatos, asociaciones gremiales y, en general, todos los sectores organizados de la sociedad. Al interior de estos movimientos debe destacarse el rol de las organizaciones feministas, que rápidamente desplegaron su poder de convocatoria y despliegue.

Sin embargo, lo más impresionante y crucial de las últimas semanas fue la activación autónoma e independiente de un sinnúmero de grupos autoconvocados de las más diversas composiciones: desde artistas a animalistas, de colectivos LGBTIQ+ a cristianos progresistas, asociaciones de vecinos, centros culturales, hinchas de fútbol y una lista interminable de grupos se autoorganizaron para hacer campaña. Cicletadas, conciertos, recitales poéticos, volanteos y puerta a puerta se multiplicaron por todo el país desbordando las acciones planificadas por el comando oficial de la candidatura.

Esta enorme movilización social mostró a un pueblo activo, comprometido con la defensa de los avances que ha alcanzado y dispuesto a hacer escuchar su voz. Ese pueblo, como lo mostró el despliegue autónomo de estas semanas, llegó para quedarse. Y en ello radica una de las mayores fuerzas de la sociedad chilena actual. La izquierda, o al menos una parte de ella, es consciente de que sin el apoyo activo de la sociedad es prácticamente imposible el avance del programa de reformas que se ha propuesto al país. Sabe que debe convocar a este pueblo que salió a protagonizar el proceso político. Una relación así entre política y sociedad, que Apruebo Dignidad hoy está llamada a ensayar, es la antítesis de la desmovilización que estratégicamente produjo la Concertación cuando tomó la conducción del Estado en 1990.

En términos de resultados electorales, la efectividad de la movilización social no deja espacio a la duda: la victoria de Gabriel Boric se sostuvo en un aumento significativo de la participación electoral en relación con la primera vuelta y en el voto de las mujeres menores de 50 años y de los barrios populares de la capital. Para el balotaje se pasó de un 43% de participación registrada en primera vuelta a un 55,6%, lo que equivale a 1,2 millones de votantes más. Boric pasó de obtener 1,8 millones de votos a 4,6, cifra ampliamente superior a la suma de todos los candidatos de centroizquierda e izquierda que, tras quedar en el camino, lo apoyaron en la segunda vuelta.

Asimismo, la información disponible muestra claramente que los incrementos más significativos en la participación electoral se dieron entre las mujeres y en las comunas populares de la capital del país, que un 68% de las mujeres menores de 30 años y un 56% de aquellas entre 30 y 50 dieron su voto a Gabriel Boric y que en los barrios populares de Santiago este candidato llegó a obtener un apoyo en algunos casos superior al 70%.

Las razones del aumento de la participación en estos segmentos pueden ser diversas, pero es posible esbozar algunas hipótesis. En el caso del contundente apoyo de las mujeres, es evidente el efecto político que ha provocado la emergencia feminista contemporánea en una porción muy amplia de la población. Las mujeres de Chile, más conscientes de sus derechos conquistados y más dispuestas a pelear por aquellos que todavía faltan, como el aborto libre, se activaron para evitar una regresión conservadora y fueron a votar masivamente.

Por otro lado, el amplio respaldo que la candidatura de Boric encontró en los barrios populares habla de la politización provocada por la revuelta social de octubre de 2019. Los barrios populares de la capital fueron protagonistas de la revuelta y sufrieron en carne propia la brutal represión policial: la inmensa mayoría de heridos y muertos pertenecen a los barrios populares de la región Metropolitana. Por lo tanto, no es arriesgado plantear que la experiencia politizadora de la revuelta y la memoria de la represión actuaron como un escudo ante el discurso de la derecha extrema, que no logró, en esta ocasión, concitar la adhesión masiva de estos sectores.

El desborde de las izquierdas

Con el triunfo de Boric, la izquierda chilena ha dado un paso fundamental en su consolidación como alternativa política, desplazando al duopolio Concertación-Derecha en la conducción del Estado. De eso no cabe duda. Sin embargo, en los diez años que han transcurrido desde las movilizaciones estudiantiles en las que esta generación se fraguó, nuevas luchas, nuevos actores y nuevas fuerzas han ido emergiendo en la sociedad chilena con altos niveles de autonomía en relación con la política existente, incluida la izquierda articulada en Apruebo Dignidad.

Entre estas fuerzas, la más potente ha sido el movimiento feminista. Desde el año 2018, con las protestas estudiantiles contra el acoso sexual en las universidades, ha crecido en su capacidad de convocatoria pero también —y esto es lo central— ha expandido una disposición de rebeldía y lucha en amplios sectores de la sociedad que van más allá de las mujeres y las disidencias sexuales. El feminismo en tanto movimiento organizado y en tanto sensibilidad o fuerza cultural ha sido uno de los factores determinantes de este ciclo de luchas, excediendo largamente a las izquierdas constituidas, pues una parte considerable del feminismo existe por fuera de la izquierda institucional (lo que no impide, por cierto, la articulación a distintos niveles, como se ha visto al interior de la Convención Constitucional y, sobre todo, como se pudo apreciar en la campaña de segunda vuelta, en la que el movimiento feminista apoyó sin vacilaciones al candidato de la izquierda y donde se realizaron significativos actos de unidad).

Las organizaciones socioambientales también han ido ganando terreno a nivel local y nacional con autonomía de las izquierdas. El peso del movimiento ambientalista al interior de la sociedad se puso de manifiesto en las elecciones de constituyentes, en las que un elevado número de dirigentes territoriales vinculados a las luchas contra el extractivismo y a la protección de los territorios llegó a la Convención, y, también, en la elección de Rodrigo Mundaca, líder de la lucha por el derecho humano al agua, como gobernador de la región de Valparaíso. Este movimiento, heterogéneo en sus organizaciones y escalas, ha logrado enraizarse en vastos territorios del país y constituye una fuerza en gran medida independiente de las izquierdas, si bien los vínculos y alianzas existen.

Por último, a partir de la revuelta popular, franjas del pueblo han comenzado a organizarse no solo por fuera de la izquierda política, sino también por fuera de los movimientos sociales más consolidados. La revuelta produjo un sinnúmero de experiencias colectivas, asambleas barriales y cabildos territoriales, y el proceso constituyente encontró a sectores del campo popular dispuestos a dar la disputa en forma autónoma y a levantar sus propios referentes en oposición a la política existente, incluida la izquierda. La mejor expresión de esa voluntad fue la Lista del Pueblo, que tuvo un tremendo éxito electoral en la Constituyente pero que fracasó en el objetivo de presentar una carta a la elección presidencial, para terminar quebrándose al poco tiempo. Otra experiencia de búsqueda de autonomía política y representación propia fue la candidatura senatorial de Fabiola Campillai, quien obtuvo una victoria arrasadora convirtiéndose en la senadora más votada del país.

Las fuerzas sociales en Chile se han complejizado. La izquierda agrupada en Apruebo Dignidad, si bien es la expresión más constituida políticamente, no hegemoniza al conjunto de sujetos que intervienen en el campo popular. Por lo mismo, tendrá que ensayar formas de vincularse, de dialogar e interlocutar con estos sectores sin buscar su subordinación.

Administrar o transformar

«No será fácil, no será rápido, pero nuestro compromiso es avanzar», señalaba Gabriel Boric hacia el final de su primer discurso como presidente electo, consciente de las dificultades que enfrentará para implementar su programa de gobierno. A las consecuencias económicas y sociales de la pandemia y a la reacción esperable de los poderes económicos que ven amenazados sus intereses, se añade un Congreso en el que la izquierda no tiene mayoría. Así las cosas, al próximo gobierno le costará lograr que sean aprobadas las reformas estructurales más emblemáticas de su programa, como la reforma tributaria, la reforma al sistema de pensiones y la reforma de salud. Esta situación, en un país que espera ver respuestas contundentes a problemáticas que llevan largas décadas arrastrándose, será un factor de inestabilidad. De hecho, no es descartable pensar que sea la presión popular sobre el Congreso el elemento que contribuya al avance de ciertos puntos críticos.

Por otro lado, Apruebo Dignidad tendrá el desafío de ser el gobierno de las transformaciones y no el de la administración de la crisis de la descompuesta política de la transición. Qué lugar tendrán cuadros de la ex Concertación en el gobierno, cuál será la relación con los movimientos sociales, qué tan amplias serán las posibilidades de participación social incidente son preguntas que quedan abiertas y que empezarán a responderse cuando el presidente electo nombre su primer gabinete.

Al interior de la coalición hay distintas posiciones, pero lo cierto es que Apruebo Dignidad necesitará ampliarse social y políticamente; y la dirección que tome esta ampliación será fundamental. Sin embargo, en lo que sí hay claridad es en la disposición favorable que tendrá el nuevo presidente hacia el trabajo de la Convención Constituyente. Gabriel Boric sabe que uno de los legados más importantes que puede dejar es que la nueva Constitución se apruebe durante su mandato y que su firma quede estampada en el texto que reemplazará aquel impuesto por la dictadura de Augusto Pinochet.

Por otro lado, la aprobación de una Constitución que se prevé tendrá una clara orientación antineoliberal le conviene directamente a su gobierno, pues será un impulso a las transformaciones estructurales propuestas en su programa y que encontrarán trabas en el Congreso. Una Constitución antineoliberal refrendada por el pueblo chileno y la posibilidad de que finalizado el proceso constituyente se realicen elecciones generales podría permitir, junto con una reelección de Boric, la conformación de un parlamento más favorable a las reformas. Pero estas hipótesis son solo posibilidades.

Más allá de las dificultades que le esperan al próximo gobierno, y más allá también de las tensiones y contradicciones que se observarán en la alianza que lo sostiene, en Chile celebramos que en esta segunda vuelta la sociedad haya dado una clara señal a favor de las transformaciones. Celebramos que las mujeres y los barrios populares le pusieron un freno a la ultraderecha. Celebramos que, después de cincuenta años, la izquierda vuelva a gobernar.

En un país golpeado tras décadas de neoliberalismo, hoy emerge un nuevo pueblo. Un pueblo que reclama el derecho a construir su destino con justicia y dignidad. Ese pueblo llegó para quedarse y para ser protagonista. Y esa es, a fin de cuentas, la mejor noticia que nos dejó esta elección.

 

Este texto forma parte de la serie «Convención Constitucional 2022», una colaboración entre Jacobin América Latina y la Fundación Rosa Luxemburgo.



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