Para la exdiputada Veronika Mendoza, la izquierda no puede “conceder ni un centímetro a la ultraderecha”, ya que esta lo vería como una señal de debilidad
Traducción Luiza Manzano
Fundação Rosa Luxemburgo

Los peruanos votaron en abril para elegir a su próximo presidente, pero, semanas después de las elecciones, el resultado sigue en el aire. La semana pasada, las autoridades electorales anunciaron un recuento informático total de los votos, supuestamente para garantizar la transparencia y la fiabilidad de los resultados ante una contienda muy reñida por el segundo puesto de cara a la segunda vuelta.
La siempre candidata Keiko Fujimori (hija del dictador Alberto Fujimori, que gobernó el país entre 1990 y 2000), en su cuarta tentativa, encabezaba el recuento este año, pero solo con el 17,12 % de los votos. El candidato de izquierda Roberto Sánchez (12 %) y el ultraconservador Rafael López Aliaga (11,9 %) se disputan el segundo puesto. La diferencia entre ellos es de solo 27.500 votos.
Pero muchas actas electorales pendientes presentan inconsistencias y se encuentran bajo análisis de las comisiones electorales. Los resultados definitivos se darán a conocer antes del 15 de mayo, y la segunda vuelta está prevista para el 7 de junio. Sin embargo, las elecciones de este año no resolverán la profunda crisis política en la que Perú se encuentra sumido desde hace una década, según Veronika Mendoza, exdiputada y excandidata a la Presidencia de la República, actualmente miembro del partido Nuevo Perú.
Veronika Mendoza estará en Brasil en mayo para participar en la conferencia “La salida está a la izquierda – Good Night, Far Right”. ¡Para más información, haz clic aquí!
La exdiputada habló con Brasil de Fato sobre el caos político que ha llevado al país a tener nueve presidentes en los últimos diez años y sobre cómo las elecciones actuales tienen un récord de 35 candidatos. Lee a continuación:
Brasil de Fato: ¿Cuál es su evaluación del desempeño de la ultraderecha en las últimas elecciones?
Veronika Mendoza: Es innegable que en los últimos años y siguiendo la tendencia global, la ultraderecha en el Perú ha crecido, ha ganado terreno en el sentido común y en las instituciones. Y, como en todo el mundo, se ha ido “radicalizando” cada vez más o, quizás es más pertinente decir que se ha ido haciendo cada vez más violenta y descarada y eso se ha visto en el proceso electoral.
Primero porque estuvieron insinuando la narrativa del fraude meses antes del proceso electoral y cuando se dieron las elecciones, López Aliaga, exalcalde de Lima y candidato ultraderechista, gritó “fraude” sin ninguna prueba, lanzando además amenazas explicitas de abuso sexual contra el presidente del Jurado nacional de elecciones y de “perseguir hasta que se muera” al presidente de la Oficina de procesos electorales. Nunca habíamos visto estos niveles de violencia en un proceso electoral.
Por otro lado, si bien la ultraderecha participó en el proceso de manera fragmentada, tuvo una estrategia común eficaz. La fragmentación no solo se dio de facto, sino que fue promovida con una antireforma política que promovió la proliferación de partidos y anuló las elecciones primarias que hubieran reducido la cantidad de candidatos. Con 35 candidatos presidenciales, los votos se dispersaron y bajaron la valla, lo cual permitió que el fujimorismo -que ya sabía que había perdido la mayor parte de su voto “duro”- pasara a segunda vuelta con un pobre 17% de votos válidos, seguido de Sánchez que pasa con 12% de votos válidos (descontando los nulos y blancos).
¿Qué podemos esperar de la composición de la Cámara de Diputados y el Senado?
Lo primero que hay que señalar es que ninguna de las dos cámaras será realmente representativa de la voluntad popular por el bajo respaldo de los candidatos pero también por el particular sistema de reparto de escaños que tenemos. El primer lugar de la primera vuelta lo encabeza la suma de votos blancos y nulos y entre los dos candidatos que pasan a segunda vuelta no llegan ni al 30%, lo que quiere decir que el 70% de la población no está representada por ninguna de estas opciones. Eso no pasa en ningún otro país de la región donde los dos candidatos que pasan a segunda vuelta suelen sumar entre 50% y 90% del total. Los porcentajes son más míseros aún si vemos los votos para las cámaras donde solo 6 de los 35 partidos en carrera tendrán representación.
Por otro lado, con nuestro actual sistema de reparto de escaños tendremos representaciones totalmente desproporcionadas y, nuevamente, poco representativas. Por ejemplo, el fujimorismo que solo obtuvo el 17% de los votos presidenciales válidos, tendrá el 37% de escaños del Senado (22 de 60 escaños). Algo similar pasa en la Cámara de diputados.
Finalmente, es importante recordar que la ciudadanía había votado en contra de la instauración del Senado (solíamos tener una sola cámara) pero la coalición mafiosa impuso un Senado todopoderoso que definirá en última instancia las leyes, nombrará a los altos funcionarios de los organismos constitucionalmente autónomos y no podrá ser disuelto por el presidente bajo ninguna circunstancia. Con esto se termina de instaurar un régimen parlamentario en contra de la voluntad de la ciudadanía.
Ahora bien, ninguno de los dos candidatos que ha pasado a segunda vuelta tiene mayoría en ninguna de las dos cámaras, menos aún para vacar al futuro presidente. Pero la historia reciente del Perú -con 8 presidentes en 10 años- nos enseña que por la lógica individualista y mercantilista de la política predominante en los actuales partidos, la correlación de fuerzas se puede ir recomponiendo y cualquier cosa puede pasar.
Si bien es cierto es muy difícil predecir lo que pasará, está claro que la inestabilidad extrema va a continuar. La crisis política y de régimen no se ha resuelto con el proceso electoral… está pendiente una salida constituyente o refundacional que tendremos que seguir construyendo desde abajo, desde los territorios y reconstruyendo la política.
¿Qué explica la profunda crisis política que ha experimentado Perú en los últimos diez años, con varios presidentes derrocados?
Esta crisis no es coyuntural, es el resultado de 30 años de neoliberalismo depredador y 500 años de colonialismo. Con el boom de los commodities tuvimos el espejismo de que la situación mejoraba, pero, en realidad, nuestras instituciones se pudrían por dentro porque el crecimiento económico se dio a costa de debilitar esas instituciones, a costa de la informalidad y de la precariedad que, a la larga, genera caos y violencia.
¿Cuál es el legado del fujimorismo y cómo influye en la ultraderecha actual del país?
Esa es justamente la herencia del fujimorismo: neoliberalismo depredador, precariedad, caos y violencia. Porque si bien es cierto el año 2000 el pueblo peruano derrotó al dictador Fujimori y se hizo un importante trabajo de justicia y memoria y algunas reformas políticas puntuales, el sistema neoliberal impuesto continuó prácticamente intacto. Y aunque han aparecido opciones políticas más conservadoras aún en lo moral y más destructivas aún en lo político y económico, el fujimorismo mismo se ha ido corriendo cada vez más a la derecha. Pero su gran ventaja es que a pesar de todo tiene una estructura partidaria y cierto anclaje territorial que no tienen aún las otras opciones ultraderechistas.
Pedro Castillo fue derrocado tras hablar sobre soberanía nacional, revisar acuerdos internacionales y valorar las comunidades andinas. ¿Cuál es su evaluación de este gobierno? ¿Hay espacio para otras fuerzas políticas de izquierda en el país?
En el caso del gobierno de Pedro Castillo, lo cierto es que la oposición implementó su estrategia golpista desde el primer día, estigmatizándolo, presionándolo y negándole facultades, amenazando con destituirlo; todo eso cargado de un profundo racismo y clasismo. Les resultó insoportable que un campesino -y encima con un discurso crítico al sistema- fuera presidente.
Pero tampoco podemos esconder que Castillo no tuvo ni la fuerza ni la voluntad de implementar aquello que ofreció en campaña. En los 6 primeros meses en los que gobernó con algunos cuadros de izquierda se impulsó una reforma tributaria que el Congreso recortó en su alcance, pero de todas maneras sirvió para mejorar en algo la recaudación tributaria, aunque ahora nuevamente hemos vuelto a los niveles más bajos de recaudación de la región. Planteó también una reforma agraria que, lamentablemente, luego quedó en el papel. Luego, cuando decidió prescindir de la izquierda en su gobierno para tratar de congraciarse con las otras fuerzas políticas, terminó prácticamente secuestrado por el parlamento, los grandes medios y los grupos de poder que, finalmente lo destituyeron.
Esta etapa nos deja muchos aprendizajes. Resaltaría dos: Un gobierno de cambio no puede estar sujeto solo a la correlación de fuerzas parlamentarias, tiene que gobernar con el pueblo, empoderar, articular a sus organizaciones gremiales, territoriales, tiene que a hacer que el pueblo sea protagonista principal del cambio. Y, por otro lado, queda clarísimo que no le puedes conceder ni un centímetro a la ultraderecha porque no te va a dejar tranquilo, si ve señales de debilidad no te va a sostener para negociar, va a aplastarte.
Perú es rico en minerales estratégicos, lo cual interesa a Estados Unidos. El país está debatiendo…
Así es, aunque este no es un tema que la clase política debata en el Perú, está claro que somos un país estratégico geopolíticamente por su ubicación y sus recursos. Y, aunque hemos tenido una relación histórica con los EEUU en materia de “lucha antidrogas” (con las cual seguimos siendo el segundo productor de cocaína de la región, dicho sea de paso), China se ha convertido en nuestro principal socio comercial con inversiones en sectores estratégicos como la minería, generación y distribución de energía e infraestructura como la del megapuerto de Chancay.
Ahora los EE. UU. tratan de recuperar terreno con una política intervencionista sin maquillajes. Van a “modernizar” la Base naval de El Callao, nos han obligado a comprar aviones de guerra por $3500 millones y nos han hecho firmar un memorándum de entendimiento para asegurarles nuestros minerales estratégicos.
Entonces, no cabe la menor duda de que en la segunda vuelta Trump buscará asegurarse un nuevo vasallo en el Perú como los tiene con Noboa en Ecuador o Milei en Argentina.
Por ello urge una estrategia más activa de parte de los gobiernos progresistas de la región para defender nuestra soberanía, porque no queremos volver a ser colonia de nadie. Queremos una América Latina libre y soberana.
