500 metros cuadrados para cambiar el mundo
“Lo que dentra en la cabeza, de la cabeza se va,
lo que dentra en el corazón queda y no se va más”
Atahualpa Yupanqui
La Agricultura Urbana es un proyecto comenzado en 1987 en Rosario, con el objetivo principal de cultivar alimentos sanos para el Buen Vivir, con técnicas ecológicas de procesos, que no dependan de insumos externos. Otro objetivo es expandir el oficio de huerteras y huerteros, promoverlo en distintos sectores de la ciudad. Antonio Lattuca es uno de los promotores de esta iniciativa que, con el pasar de los años se fue adaptando a las crisis y necesidades de la población. Desde 2023 hay una nueva propuesta que crece en las barrancas del Río Paraná ubicadas en el sector sureste de la ciudad: un curso para jóvenes.
Por Belén Lattuca
Fotos: Silvio Moriconi


No puede hacerse una huerta ahí.
La tierra está llena de vidrios, de escombros, de metales. Hay gallinas que están esperando a que una pequeña hoja brote para picotear. Hay un perro que con sus pisadas firmes saca las semillas del fondo de la tierra, para dejarlas al descubierto, indefensas. No puede hacerse una huerta ahí. Menos un curso de oficio de huerteros. Menos se puede conseguir un certificado para que cuando el curso termine, los huerteros puedan tener de forma tangible y verificable sus conocimientos. Menos se pueden conseguir colaboradores para ofrecerle una beca a los alumnos. Menos se puede encontrar a un grupo de docentes que quiera ayudar sin remuneración. Y es casi imposible que todo lo anterior se pueda dar al mismo tiempo, en un mismo lugar. Pero pasó.
Pasa. Pasa desde 2023 hasta hoy en día. Tiempo después de jubilarse Antonio Lattuca, promotor de la Agricultura Urbana rosarina, tuvo muy en claro cuál sería el próximo de sus sueños: un curso de oficio de huerteros para enamorar sobre todo a las nuevas generaciones con el trabajo de la tierra. “Nadie puede amar lo que no conoce”, es una frase que suele repetir y repetir. En este caso adquiere una fuerza especial. Como era su sueño, solía ser un tema recurrente en sus conversaciones, se lo contaba a todo el mundo y un día llegó a los oídos correctos.
En noviembre de 2022 Claudio Tedeschi, dueño del restaurante rosarino Sunderland -un espacio gastronómico tradicional al que llegan clientes de todo el país y otras partes del mundo-, levantó el teléfono y le dijo: “¿Por qué no lo haces acá arriba?”.
En ese momento el fundador de la Agricultura Urbana pensó que quería que la huerta estuviera en el techo, pero él se refería a un terreno de 500 metros cuadrados que se encuentra separado de la cocina del restaurante exactamente por 56 escalones, interrumpidos por una terraza y un candado verde flúor. “Cada 100 metros, el mundo cambia”, afirmaba el poeta chileno Roberto Bolaño y el proyecto iniciado en abril de 2023 lo pone a prueba.
República de la Sexta es un asentamiento irregular histórico situado sobre la barranca del Río Paraná en la zona sureste de Rosario. La avenida Belgrano, que se convierte en Circunvalación a pocos kilómetros de distancia, y las calles Berutti, Cerrito y Cochabamba son las que delimitan este barrio, que se dibuja como una forma irregular. A tan solo una cuadra de distancia se encuentra la Siberia, el punto de concentración de la mayor cantidad de facultades y alumnos de la Universidad Nacional de Rosario.
De ese barrio son las y los jóvenes que participan del curso de huerteros. El restaurante está unos metros al norte de la Siberia, en la avenida Belgrano, en una de las pocas zonas de barrancas que tiene la ciudad.
La llegada de los docentes al espacio suele ser a través del restaurante, por lo que resguardados entre las sonrisas cómplices de los mozos pasan todo tipo de cosas: maderas de casi un metro, baldes con lombrices californianas y hasta incluso cajas de zapatillas repletas de plantines. Por unos segundos, el Sunderland se altera, las miradas se posan en el verde rebosante que llevan entre (las) manos, una vez que la cortina plástica queda atrás y entran en la cocina todo vuelve a la normalidad.
Marcela Useglio, ingeniera agrónoma y una de las docentes del curso desde sus inicios, suele preguntar al aire: “¿Hay restos orgánicos para el compost?”, si los hay, la mano libre que haya se encarga de subirlos. Los futuros huerteros tienen después la tarea de llevarlos hasta la compostera.
Marcela trabaja hace muchos años en una dietética a unas cuadras de la casa de Antonio, ya se conocían porque la futura docente había realizado uno de los cursos de agricultura biodinámica en 2019. Uno de los primeros días del año 2023, el impulsor del curso se presentó en la dietética pero no para conseguir productos sin tacc específicamente. Le contó del proyecto, ella se mostró entusiasmada y le dijo que lo iba a acompañar, a lo que él respondió: “No, yo te acompaño a vos”.
La idea era armar un grupo de docentes interesados en el curso que abarquen distintas disciplinas, el objetivo del ingeniero agrónomo Lattuca era no ser esencial en el proyecto sino echarlo a andar para que funcione por sí mismo. De todas formas, Marcela Useglio -luego de una entrevista-, manda por whatsapp un mensaje preocupada por haberse olvidado de decir algo que para ella es importante: “Antonio es el alma del proyecto”.
El sueño no era tan simple como conseguir un espacio y hacer una convocatoria tanto de docentes como de alumnos interesados, había muchos detalles que el ideador ya había pensado y fue sumando, quería que el curso tuviera una certificación y también una remuneración mensual como impulso para que los que asistieran no sintieran que dejaban el trabajo por unas horas sin obtener nada a cambio. Una de las partes más difíciles fue, y es, el tema de los padrinos y madrinas que mes a mes brindan un aporte estipulado e igual para los futuros huerteros. Conseguir el apoyo fue un proceso muy largo, de muchos tires y aflojes, Antonio afirma: “Escuché, y sigo escuchando, muchos “ni, ni sí, ni no”. Se contactó, y aún contacta, tanto con empresas rosarinas como nacionales, sindicatos como mutuales, amigos lejanos como cercanos, a políticos afines como no. Para llegar a cubrir las becas de todos los chicos incluso se llegaron a hacer “vaquitas” entre varias personas.
El primer ciclo del curso fue completado por 18 huerteros, tuvo su comienzo en 2023 y finalizó a mediados de 2024. Ellos trabajaron tanto en parcelas individuales, un espacio propio para poner sus nuevos conocimientos en práctica, como en un espacio en común en el que se ponía en juego la solidaridad y el trabajo en equipo. Los que le dieron vida al espacio durante ese tiempo recibieron una certificación que avala los conocimientos adquiridos. Javier Couretot, también ingeniero agrónomo y docente del proyecto, fue el que permitió hacer el contacto con el Centro de Educación Agropecuaria de San Genaro, la institución que emitió los certificados y de la que él es parte. Además se firmó un convenio con la Asociación Argentina para la Agricultura Biodinámica (AABDA). Con esto no hubo problemas porque Antonio es su vicepresidente.
Por otro lado están Renata Defelice y Graciela Carnevale, que desde un comienzo funcionaron a la par. La primera de ellas siempre está con la cámara entre sus manos a modo de testigo, tiene la certeza de que generar un archivo que muestre los avances y retrocesos del curso es fundamental para poder ver el camino ya recorrido. Graciela, por su parte, es una gran artista de la ciudad que se encarga de sacar fotos, pero con su celular, y de hablarles a los chicos con un lenguaje llano y dulce. Ambas llegaron al proyecto de la misma forma, tenían la idea de presentar en el Museo de Arte Contemporánea de Rosario una mesa con el concepto de: “El banco de semillas como un archivo”. Para llegar a esto, tuvieron que contactar a Lucho Lemos para entrevistarlo como el gran conocedor de semillas de la ciudad que era. En base a esta nueva relación generada se vincularon con la Agricultura Urbana y, tiempo después, llegaron al proyecto.


Renata cuenta una interacción que tuvo con “Jessi” en 2023, alumna del primer ciclo del curso:
- ¿Qué estás haciendo?
- Estoy poniendo la lechuga al lado de la acelga porque nos dijo Javi que no tenían que ir las mismas plantas una al lado de la otra porque sino no tienen espacio para crecer.
El grupo de docentes fue cambiando, al ser algo de una gran variedad profesional, todos los interesados en hacerlo tenían las puertas abiertas para entrar en esos 500 metros cuadrados y aportar todo lo que pudieran. El curso se da desde 2023 todos los lunes, miércoles y viernes de 14 a 17, con pequeñas variaciones para el invierno y verano. Los facilitadores tienen un día asignado para que medianamente haya siempre la misma cantidad de “profes”.
Valeria fue alumna durante el primer curso y ahora se desempeña como ayudante docente, tiene una forma de ser suave pero segura. Recuerda haber jugado en su infancia en este mismo terreno con Lorena, la hija de Irma. ¿Quién es Irma? Fue la persona que cuidó durante muchos años estos 500 metros cuadrados y la casa en la que se guardan las herramientas, las sillas, las semillas, el diario en el que se envuelve la rúcula recién cosechada y el lugar para protegerse de la lluvia.
Cuando hacía el curso, en 2023, Valeria muchas veces saludaba a las plantas que crecían en su parcela antes de irse a clase, se agachaba y les hablaba bajito, como si de un encuentro privado se tratara.
Ella aprovecha todo momento para preguntar y seguir aprendiendo aunque su rol ya no sea el de alumna. “Sunderland es el lugar donde me gusta estar”, cuenta al pasar, sin darse cuenta del peso que tienen esas palabras.
Con Jessica la historia y el entusiasmo se repite, fue alumna y ahora es ayudante docente. Ella afirma que en sus comienzos asistir al espacio era como ir a terapia. Durante su proceso de preparación como huertera fue gran defensora de las parcelas propias, fiel creyente de que se cuida con mucho más amor lo que te pertenece. En 2023 “Jessi” aseguraba: “Los profes tienen un bocho bárbaro, los re admiro porque tienen una banda de cosas en su cabeza, algún día me gustaría poder llegar a donde están ellos”. En 2025, tan solo dos años después, se encuentra a la par de los docentes a los que tanto admira.
Desde 2023 en adelante el espacio no paró de cambiar, de mutar, después de mucho trabajo hoy el verde inunda cada rincón de los 500 metros cuadrados. El verde aparece si uno mira para abajo, para los costados, e incluso si mira para arriba. Al principio lo que mejor funcionaba era la parcela común porque era lo único que estaba cercado. Hoy en día, ya resuelto el tema de los cercados y los animales, gracias al aporte del sector de Hábitat de la Municipalidad, apareció un nuevo problema: hay un sauce de casi 2 metros que le tapa todo el sol a ese espacio que se trabaja en conjunto y a algunas parcelas individuales. Esto genera que algunos de los chicos tengan las verduras antes, más grandes y en mayor cantidad. “Sin luz no hay huerta”, sostiene Mario.
El grupo que asiste en la actualidad está conformado por dos grupos unificados, algunos comenzaron en mayo de 2024 y están por terminar. Otros recién iniciaron en marzo de 2025 por los que le queda mucho recorrido por delante. Este grupo unificado cumple con uno de los objetivos principales que se tenía para este curso de oficio de huerterxs: que los alumnos sean personas jóvenes. En 2023 eran apenas unos seis adolescentes y el resto adultos, porque al momento de las entrevistas previas al comienzo los docentes consideraron que no podían cerrarles las puertas a esa gente mayor interesada. Los nuevos futuros huerteros son 17 jóvenes, todas y todos asisten desde el comienzo, ninguno abandonó en lo que va de camino. Esa misma suerte no estuvo con el primer grupo. Las muestras de compañerismo y solidaridad entre pares van evolucionando, en 2023 cuando alguien faltaba siempre algún futuro huertero le regaba la parcela sin que ningún docente tuviera que indicarlo. En 2025, mientras todos arrancan la plaga de taco de reina, entre compañeros se alertan de la presencia de ortigas escondidas y casi invisibles entre las mal llamadas malezas. A estas alturas ya todos conocen ese picazón y ardor simultáneo tan característico de la vida en la huerta. De todas formas, a los docentes lo que les preocupa es otra cosa:
-Ojo que acá quedó un tomate en el medio, no lo arranquen.
Gran parte de los que asisten son padres y madres, por lo que muchas veces, por cuestiones de tiempo y facilidad, la huerta se llena de niños. A estas alturas es parte de la coreografía habitual esquivar un cochecito de bebé estacionado entre parcelas, intentando no pisar la rueda ni la lechuga que crece con fuerza en el piso y, por supuesto, lograr todo esto sin caerse. Ahí suele dormir un bebé con la boca abierta su siesta diaria mientras su mamá se encarga de arar la tierra. Él está ajeno a todo pero sin querer ya se encuentra tres días a la semana durante tres horas entre plantines de acelga, de lechuga y de cebolla.
Mientras dos alumnas preparan casi 20 plantines de perejil, un proceso en el que se pasa la creciente planta del almácigo a un envase de plástico, ya sea de crema, de yogur, de queso untable, un vaso de gaseosa o de lo que sea, las jóvenes casi sin querer empiezan a reconocer a semillas pérdidas que crecieron y que no son perejil:
- Esto creo que es…¿Cómo se llama eso verde?, No me sale.
- Brócoli.
- Sí, eso.
- No, pero no es brócoli. Mira esto sí es brócoli porque tiene la misma hoja pero más abierta, eso es repollo porque tiene las hojas más cerradas en sí.
Cuando los plantines están listos al estilo de una producción en masa, todos van a parar al sector de plantines. Siempre algún huertero es el encargado de regarlo, Marcela tiene que enseñarles a los que riegan por primera vez que la presión del agua tiene que ser leve sino la planta se quiebra y deja de crecer. “Yo quiero que el riego sea una actividad que hacen a conciencia”, sostiene la ingeniera.
En las huertas agroecológicas una de las patas más importantes es el compost, el encargado de revitalizar la tierra previo a sembrar. Debido a que la tierra en 2023 estaba muy deteriorada, entre los profesores se decidió comenzar a armar compost de pila y como la idea evolucionó se terminó armando un lombricario en la parte de atrás de la casa, donde los huerteros pueden traer residuos orgánicos de sus casas y echarlos ahí. Se encuentra usualmente tapado con una media sombra que una huertera un día trajo al grito de:
- Mira profe lo que cirujeé.
Algo importante que la mayoría de los nuevos docentes tuvieron que aprender, y que los más antiguos ya habían aprendido en su momento, es que el ritmo lo marcan muchas veces los futuros huerteros. Que no es algo lineal ni siempre igual, que va a haber días en que las tres horas de curso rindan y se hagan muchas actividades, y va a haber días en que el tiempo se escape y que no haya un avance significativo.
Alina Taborda le dijo -allá por 2023- algo muy valioso a una Marcela angustiada por no llegar con las actividades programadas para ese encuentro: “Vos fijate que no importan tanto tus tiempos sino los tiempos de ellos”.
Hubo varios cambios desde el comienzo hasta estos días en esos 500 metros cuadrados que rodearon, y rodean, a los plantines. Hoy el barrio se encuentra vacío, solo quedan pocas casas de vecinos que se niegan a mudarse a los departamentos que ofrece la Municipalidad para completar este desplazamiento. Valeria forma parte del grupo de personas que se mudó. Ella cuenta con alegría que en su nuevo departamento tiene por primera vez gas, la posibilidad de bajar la térmica frente a eventualidades y de dejar jugar a su nieto en el piso sin preocuparse.
Cada lunes que asiste Antonio a los encuentros se puede identificar cómo disfruta de acompañar al grupo, el vínculo entre los docentes, escuchar y reflexionar acerca de las quejas, buscar soluciones.
Durante el desarrollo de la clase aprovecha a ir llamando a distintos grupos para charlar en privado, alejados del resto, con el objetivo de mejorar vínculos, coordinar formas de trabajo y, sobre todo, resolver cuestiones que detecta y arrancarlas de raíz. Nunca se va de los 500 metros cuadrados sin preguntarle a cada uno de los docentes cómo ven al grupo y cómo se sienten ellos.
Desde los inicios se puede notar cómo cada futuro huertero atraviesa la clase a su ritmo, con su propio orden de tareas, con su propia forma de trabajar la tierra. Algunos comienzan regando su parcela, otros prestan atención a las explicaciones y preguntan nombres científicos, propiedades y hasta el último detalle. Algunos manipulan la tierra con guantes, otros con sus manos “verdes”. Hay algunos que prefieren hacer porque así aprenden. Otros prefieren ver a los docentes manipulando la
tierra para poder así memorizar los movimientos y poder repetirlos. Hay algunos que echan residuos a la compostera mientras fruncen un poco la nariz. Pero hay un momento en que los movimientos y el ritmo se vuelven simultáneos entre todos los presentes. Las manos comienzan a limpiarse la tierra en el pantalón, la compostera se tapa con la mediasombra, las preguntas cesan, el plantín se suelta y la canilla se cierra. Esto se debe a que son las 16:30, y la merienda que ofrece el restaurante está por subir las escaleras en manos de algún mozo o de algún profe que baja a buscarla ya con hambre. El menú siempre es distinto, por lo que minutos antes siempre comienzan las especulaciones de cúal será la merienda:
- ¿Se repetirá el budín de pan o traerán algo nuevo?
- Ojalá traigan algo para tomar.
- ¿Hoy habrá matecocido?
De todas formas, hasta que no se limpia la tierra de la mesa donde hasta hace segundos se armaban nuevos plantines, hasta que la ronda no está completa, hasta que la última silla no se abre y hasta que el tarro de pintura dado vuelta no se encuentra en su lugar, nadie come, aunque todos miran con deseo la bandeja. Cuando cada uno está en su posición, comienza la merienda. Este es el momento donde el bebé suele despertarse y sin estar todavía tan despabilado aprovecha al igual que el resto a probar el menú del día.
Cuando el corazón ya se encuentra contento, y mientras algunos comienzan a cerrar las sillas, el lema se dice. Antes hay un silencio largo. Un duelo de miradas para ver quién es el primero en comenzar para que el resto lo siga: “Lo que dentra en la cabeza, de la cabeza se va, lo que dentra en el corazón queda y no se va más”. Antonio comenta que es uno de sus momentos favoritos y fundamenta: “Esa frase de Atahualpa Yupanqui me parece muy esclarecedora”. Realizado este “ritual” y después de una puesta en común rápida, el encuentro termina.
Mientras, los docentes abren los dos portones de alambre que separan la huerta de la calle de tierra rojiza, todos se saludan con todos. La semilla ya fue plantada. Los portones se cierran, pero después de que unas o varias manos llenas de tierra renieguen un poco contra una cadena que quedó muy corta. El candado tarda en hacer click. Pareciera que el encuentro no debiera terminar. Los docentes charlan mientras juntan lo que quedó suelto, herramientas que quedaron perdidas entre o dentro de las parcelas, guardan todo. Y repiten de manera inversa el camino que hicieron más temprano para llegar a la huerta. Bajan las escaleras, 56 escalones interrumpidos por una terraza, entran en un pasillo del restaurante Sunderland, ven primero servilletas blancas, luego una cafetera, un sector de lavado de vajilla, la cocina del restaurante, separada del pasillo por un plástico grueso transparente que cae como una cortina.
Están en el restaurante otra vez. Un hombre discute con el mozo en inglés porque el wifi no se le conecta, los de su misma mesa pagan en dólares la cuenta. La música de jazz baila alrededor. Este es el momento en que Antonio le entrega el juego de llaves al primer mozo que encuentra y saluda mientras sale del restaurante:
-Nos vemos el miércoles… si dios quiere.
Fuera del restaurante, el ruido de los autos le gana a la música de jazz. Un poco más lejos, más arriba, una primera hoja brota, rodeada de tierra húmeda contenida en una botella de gaseosa cortada por la mitad. Sea de perejil, zapallo o mostaza no importa, porque de todas maneras, todo sirve.
Esta serie de notas se inscribe en un proyecto de libro que registra la historia del Programa de Agricultura Urbana (PAU) desde sus orígenes y con sus principales herramientas: las primeras huertas en los barrios de Rosario, qué son los Parques Huertas, quiénes integran la Red de Huerteros y Huerteras, cómo funcionan las Ferias o Puntos Verdes, cuáles son los alcances del Centro Agroecológico Biodinámico de Rosario, cómo son las nuevas huertas y proyectos en marcha, entre otros pilares de esta política reconocida y premiada por y en el mundo.
