(Foto: Prensa UTT)

Las mujeres agricultoras y campesinas de la Unión de Trabajadores de la Tierra construimos una mirada feminista desde el territorio, atravesadas por la vida cotidiana y por las distintas violencias que se ejercen sobre nosotras y sobre nuestra tierra. Nosotras no leímos sobre ecofeminismo, sino que aprendimos en la práctica a través del modelo de violencia que golpea nuestras vidas, nuestros cuerpos, nuestras decisiones en la quinta donde no tenemos acceso a la tierra y donde no somos escuchadas ni respetadas por nuestros pares hombres. A partir de darnos cuenta de la violencia doméstica que sufrimos todos los días también nos dimos cuenta de la relación directa que existe con la violencia económica ejercida por un sistema productivo que nos envenena y que nos engañó a todos y todas diciéndonos que la única forma de producir alimentos en un supuesto modelo de desarrollo era a través del paquete tecnológico que nos venden las multinacionales.

Una compañera decía: “Nosotras vamos a defender la naturaleza porque la misma violencia que el modelo ejerce con sus agroquímicos es la misma violencia que el machismo ejerce sobre nuestros cuerpos”, y creo que sintetiza muy bien el feminismo de la tierra que buscamos construir, con vínculos nuevos que no sean de dominación y de opresión y que tengan al cuidado de la vida y de la naturaleza como eje principal. Esta pandemia puso de relieve cuáles son las actividades esenciales para vivir, es decir, la salud y la alimentación, actividades que son llevadas adelante principalmente por mujeres. Nuestras existencias siempre están relacionadas con reconstruir ese cotidiano básico para la vida en la tierra, y sobre todo las estrategias de supervivencia de las mujeres de sectores populares. Y esto es clave cuando hablamos de un feminismo popular y campesino que tenga como horizonte el cuidado de la tierra, porque es justamente en esos territorios más saqueados y empobrecidos donde hay más mujeres organizadas desarrollando estrategias de supervivencia.

 

Por Rosalía PellegriniCoordinadora nacional de la Secretaria de Género de la UTT

8 de noviembre de 2020

Publicado en conjunto con Diario Tiempo Argentino en el micrositio #ActivoAmbiental


Nuevo libro: «La Salud hecha un chiquero» junto al Instituto de Salud Socioambiental FCM-UNR y el Centro de Investigaciones del Medio Ambiente FCE-UNLP.

«…el libro logra vincular el proyecto de megafactorías de cerdos con la salud de las comunidades, la zoonosis, la contaminación del aire, del agua y de la tierra, el ecocidio, la degradación en la calidad de vida de las comunidades, la alimentación, el rol de las grandes empresas farmacéuticas, la crisis climática, las desigualdades sociales.»

Fragmento del prólogo de Guillermo Folguera.

Seguimos resistiendo para proteger nuestros territorios y nuestra salud.

Podes descargarlo aquí.

Por: Hernán Ouviña

Rosa Luxemburgo fue una persona extremadamente amorosa. Su particular sensibilidad, así como el ejercicio de la libertad que desplegó a lo largo de su vida en términos sexo-afectivos, llaman la atención aún hoy en día, porque desentonan ante lo que en su época tendió a ser pura pacatería, tradicionalismo burgués, respeto denodado por la familia nuclear, frío calculo estratégico o mera racionalidad instrumental. Jamás hizo lugar a estos mandatos, por lo que muchos fueron quienes se ensañaron con su actitud de tremenda osadía frente a la hegemonía patriarcal. Rosa nunca se casó ni tuvo hijos. Tampoco convivió con pareja alguna. Su única compañera hogareña fue Mimi, una gata a la que amó como a nadie y con la que sentía la mayor de las afinidades, casi hasta la mímesis. La autonomía era un bien demasiado preciado para ella, ya sea en las calles y plazas como en la cama. Y si bien no se declaró de manera abierta feminista, hoy podríamos caracterizarla como una precursora de esta lucha.

 

Un nuevo libro que acaba de publicarse en territorio chileno bajo el título de Dime cuándo vienes (Banda Propia Editoras y Fundación Rosa Luxemburgo, 2020), recopila precisamente una cuidada selección de las cartas de amor escritas por Rosa entre 1893 y 1917, y permite reconstruir en detalle los estados de ánimo, el clima de época, los debates públicos y ante todo la intimidad de una de las más importantes y originales mujeres del siglo XX. En este caso, la compilación privilegia, dentro de su copiosa correspondencia, aquellas epístolas enviadas a cuatro destinatarios, casi todos signados por un vínculo de clandestinidad amorosa: Leo Jogiches, Kostja Zetkin, Paul Levy y Hans Diefenbach.

 

En cada una de sus cartas, los avatares políticos e intelectuales de Rosa como teórica marxista y militante de izquierda de creciente gravitación en Europa, se entrelazan con sus preocupaciones e intereses personales por la pintura, la literatura, la música y la botánica. La cada vez más tortuosa relación mantenida con quien fuera por mayor tiempo su pareja, Leo Jogiches, conspirador lituano y trashumante revolucionario profesional, resulta particularmente sugerente, y puede leerse desde el presente como un vínculo de amor-odio en el que con recurrencia él parece asumir el papel de un mainsplanning con todas las letras, que para colmo de males tiene a la “Causa” socialista como único motivo y sentido de su ajetreada existencia.

 

Rosa se lo explicita sin medias tintas en más de una ocasión, como cuando le espeta desde Francia: “Realmente me molesta el hecho de que cada vez que tomo una carta en mis manos suceda siempre lo mismo -el próximo número, el folleto, este artículo, o cualquier cosa-. Todo eso estaría bien si al menos pudiese ver un poco de la persona, del alma, del individuo que hay detrás. Pero no hay nada tuyo, absolutamente nada”. A lo cual agrega, ya en un plano estrictamente político (aunque el anterior también para Rosa lo es), una recriminación por su invariante machismo en materia organizativa: “Tomas una decisión e insistes en ella sin considerar mi opinión, sin un intercambio de ideas conmigo”. Este mal hábito de pedantería se deja traslucir una y otra vez, al punto que deba insistir en otra epístola que “no hay una sola cosa que me preocupe y sobre la que te escriba a la que no respondas con lecciones y consejos”, asumiendo “el papel de mentor, por el que te sentiste llamado a instruirme siempre sobre todo”.

 

Amor, desazón y sufrimiento se acumulan en la correspondencia intercambiada con Leo. La falta de ganas o el poco afecto que éste le transmite en sus misivas le “desgarran el alma”. Sin embargo, la relación iniciada en 1893 -un círculo encantado de enigmas lo llega a definir irónicamente la propia Rosa- durará muchos años. Esta experiencia dolorosa, con quien Rosa considera por momentos su “esposo” y hasta alucina tener un hijo suyo, es vivida de manera intensa y plagada de emotividad, aunque en sordina se evidencia un progresivo desencuentro que culmina en franca ruptura en 1907, a pesar de continuar siendo compañeros de militancia hasta el final trágico de sus días.

 

Tras este quiebre, Rosa entabla otros vínculos sentimentales, siempre distantes del amor romántico pero tejidos desde la pasión y la ternura: primero con Kostja Zetkin, 13 años menor que ella e hijo de su amiga Clara Zetkin, feminista sin fronteras con quien libra infinidad de batallas en común; luego con Paul Levi, su abogado personal y referente del ala izquierda del partido en el que militan juntos (relación que, por cierto, se mantuvo por mucho tiempo en secreto); y finalmente con Hans Diefenbach, en sus últimos años de vida que transcurren -salvo por breves interregnos- entre rejas, como presa política, condición que lejos de aplacar su energía vital parece potenciarla desde una férrea convicción ante lo que, en una carta a su enamorado, llama la regla básica: “Simple y llanamente estar bien, eso resuelve y unifica todo, y es mejor que cualquier astucia y razón”.

 

“Me estoy proponiendo una vez más comenzar una nueva vida”, comenta en otra carta a Hans de noviembre de 1914. El contexto en el que la escribe no puede ser más pesimista: desencadenamiento de la primera guerra mundial, un partido socialdemócrata que vota a favor de los créditos destinados a solventar el intervencionismo bélico, una Internacional desgarrada por intereses nacionalistas. Sin embargo -o quizás justamente por ello- Rosa no pierde la esperanza. Su correspondencia puede leerse, también, como un canto a la vida en una coyuntura donde la barbarie dista de ser una posibilidad remota. A pesar de que “de repente el mundo entero se ha convertido en un manicomio”, aún hay “espacio para el pensamiento lúcido y la acción persistente”, dirá.

 

Pero sería un error acotar esa defensa de la vida a sus formas puramente humanas. Rosa reivindica en la correspondencia que elabora -y la hace carne en su cotidianeidad amorosa- una sensibilidad revolucionaria, que involucra también y sobre todo a los seres vivos en un sentido integral. Como en el ojo fotográfico y del cine, hay aquí un campo visual, sonoro y hasta olfativo que, desde una lectura apresurada o una mirada desatenta, se corre el riesgo que quede detrás de escena, desenfocado o fuera de un necesario encuadre senti-pensante.

 

Aquellos y aquellas a las que bien cabe considerar verdaderos/as amantes de Rosa, a quienes con mayor pasión abrazó y quiso en vida, acaso tanto o más que a la causa socialista misma: gorriones, avispas, búfalos, perros, gatas, escarabajos y garzas, pero también flores y plantas medicinales que supo cultivar en su pequeño jardín, coleccionar en su herbario o delinear entre campos y bosques como escenario de ensueño en su imaginación utópica, integrantes todos ellos de un mundo “armónico y pacífico”, donde la violencia estructural y la inseguridad de la existencia no fuesen la regla.

 

Recién salido del horno. Tapa de «Dime cuándo vienes»

 

Salvando las distancias, este amor político por la naturaleza ejercitado por Rosa, tiene notables puntos de contacto con aquellas luchas contra el despojo colonial que, como educadora popular, solía reconstruir y convidar en sus clases de formación, trasladando a quienes asistían a ellas a sociedades periféricas del sur global, en las que primaban relaciones comunitarias y no regía la propiedad privada. Silvia Federici nos recuerda que, como respuesta a la expropiación territorial de los españoles, las mujeres de vastos territorios lo que hoy es América Latina, durante los siglos XVI y XVII escaparon a las montañas y reunieron allí a las poblaciones para resistir a los invasores extranjeros, convirtiéndose en “las defensoras más devotas y acérrimas de las antiguas culturas y religiones, basadas en la adoración de los dioses de la naturaleza”.

 

Rosa Luxemburgo puede ser considerada por lo tanto una de las primeras marxistas que dota de centralidad a la cuestión ecológica y ambiental, en la medida en que hace de la defensa de la totalidad de los seres vivos, así como de la tierra, una bandera fundamental de resistencia frente a la voracidad que el capitalismo impone en su sed de acumulación y constante saqueo. Esta es una faceta poco explorada en Rosa, y cuando lo es, ancla meramente en su simpatía por la botánica, así como por ciertos animales puntuales. Sin duda que un rasgo tan original es de suma relevancia, porque pone en evidencia su profundo amor hacia la vida y su sensibilidad y angustia extrema ante toda injusticia que atente contra ella en cualquier de sus formas, pero por lo general se la desvincula de manera tajante de su proyecto socialista y de su radical humanismo. A contrapelo de estas lecturas, podríamos afirmar que su afición por la naturaleza resulta una arista indisociable de su propuesta anticapitalista, antipatriarcal y anticolonial.

 

La naturaleza es un verdadero bálsamo para Rosa, quien reconoce en más de una epístola “la profunda afinidad” que la une a ella. Oficia de anticuerpo frente a la burocratización de la vida cotidiana en su trajinar militante tan abnegado, constituye un escudo que evita que sea deglutida por esa racionalización y desencantamiento del mundo propio del fetichismo mercantil, contrarresta a un capitalismo desquiciado que todo lo devora y convierte en puro valor de cambio cuantificable. Por eso, tal como sugiere Isabel Loureiro, “en su contacto con la naturaleza, Rosa restaura las energías perdidas en el combate político”. Recolectar hierba húmeda y fresca, acariciar hasta el cansancio a su gata Mimi, regar las flores de su pequeño jardín u oír los tiernos píos de ruiseñores y petirrojos, renueva sus fuerzas.

 

En una carta enviada a Hans desde la prisión de Wroclaw, en Polonia, se maravilla de la fabulosa capacidad de orientación y la memoria que tienen las avispas, a las que les prepara un tazón con todo tipo de golosinas. “Las aves muestran una inteligencia igual de misteriosa en sus migraciones, con las que me he familiarizado hace poco. Hänschen, ¡¿sabes que, en sus vuelos otoñales hacia el sur, las grandes aves como las grullas a menuda llevan a sus espaldas una carga completa de aves más pequeñas como alondras, golondrinas, reyezuelos, etcétera?!”, le comenta a su amante. “¡Y los pequeños gorjean con alegría y conversan en sus asientos de ómnibus!… ¿Sabes que en estas migraciones otoñales a menudo sucede que las aves de rapiña (gavilanes, halcones, aguiluchos) hacen el viaje en una sola bandada junto con pequeños pájaros cantores, de los que bajo otras circunstancias normalmente se alimentarían, pero que durante este viaje está vigente una especie de tregua Dei, un armisticio general?”.

 

A estas hermosas cartas seguramente se le podrían agregar muchas otras, que por estar destinadas a sus amigas -amores más duraderos e intensos, por cierto, basados en la plena confianza y el afecto mutuo- no han sido incluidas en la mencionada edición publicada en Chile. Entre ellas, dos resultan imperecederas y con igual vocación distante del antropocentrismo (es decir, de una concepción propia de la modernidad colonial capitalista, que supone al ser humano, macho, blanco y burgués para más detalles, una especie superior y centro absoluto del universo, con derecho a someter e instrumentalizar a su antojo a los demás seres vivos), que nos reenvían a la perspectiva de totalidad tan defendida por Rosa, aunque en esta ocasión para ampliar la mirada e incluir, dentro de este pluriverso que habitamos, también a los animales y a la naturaleza toda. Ambas misivas son enviadas a la querida Sonia Liebknecht desde la cárcel.

 

En la primera de ellas, de la que vale la pena reproducir un extenso párrafo, responde a la pregunta de Soniuska acerca de qué lee entre rejas: “Ayer leí un libro sobre la desaparición de los pájaros cantores en Alemania; conforme va extendiéndose y racionalizándose, día tras días, el cultivo de los bosques, de las huertas y de las tierras, les resta las posibilidades naturales de construir sus nidos y buscarse el sustento. En efecto el cultivo racional hace desaparecer poco a poco los árboles carcomidos, las tierras de barbecho, los matorrales, las hojas secas caídas al suelo. ¡Qué pena me dio la lectura de este libro! Y no es que me interese por el canto de los pájaros por el placer que esto produce a los hombres, sino que me apena hasta el punto de humedecérseme los ojos, la sola idea de que desaparezcan así, silenciosa e inevitablemente, estas pequeñas criaturas indefensas. Esto me recuerda un libro ruso del profesor Siebert, que trata de la desaparición de los pieles rojas en la América del Norte, libro que leí viviendo en Zurich. Los pieles rojas, exactamente lo mismo que los pájaros, se ven desahuciados paulatinamente de sus dominios por el hombre civilizado y abocados a una muerte silenciosa y cruel”.

 

A continuación, Rosa mezcla en la misma carta la fina ironía con una confesión en la que deja traslucir un excelente estado de salud mental y anímico, a pesar de su prolongado encierro: “Pero seguramente que estoy enferma, cuando ahora experimento emociones tan vivas por todo. A veces, ¿sabe usted?, tengo también la sensación de no ser un verdadero ser humano, sino un pájaro, un animalito cualquiera que hubiese tomado forma humana. Interiormente, me siento mucho más en mi medio en un pedacito de jardín, como ahora, o en un campo, tendida sobre la hierba, rodeada de zumbidos, que en un Congreso del partido. A usted puedo decírselo, pues sé que detrás de esto no acechará una traición a la causa. Bien sabe que yo, a pesar de todo, moriré como lo espero en mi puesto: en una lucha callejera o en el presidio. Pero, en mi fuero interno, la verdad es que me siento más cerca de los petirrojos que de los compañeros”.

 

La otra epístola es aquella que le escribe desde la prisión de Breslau, en vísperas de navidad el 24 de diciembre de 1917. En ella comparte el “agudo dolor” experimentado en el patio de la cárcel ante una situación en la que soldados castigan con animosidad a los búfalos que tiran unos carruajes. Uno de ellos, que sangraba, “dejaba caer su mirada tristemente. Su aspecto y sus grandes ojos, tan dulces, tenían la expresión de un no que hubiera llorado mucho, de un niño que hubiera sido severamente castigado sin saber por qué y que no sabe ya qué hacer para librarse del tormento y de la violencia brutal. Yo estaba frente a la yunta, y el animal herido me miraba; las lágrimas que asomaron a mis ojos eran sus lágrimas. No es posible estremecerse ante el sufrimiento del más querido de los hermanos más dolorosamente de lo que yo me estremecí en mi impotencia ante aquel mudo dolor ¡las vastas y jugosas praderas verdes de Rumania pérdidas para siempre! Allí brillaba el sol, soplaba el viento, cantaban los pájaros de modo muy distinto, y la melodiosa llamada del pastor sonaba a lo lejos. Aquí la horrible calle, el establo asfixiante, el heno mezclado con paja podrida, y, sobre todo, estos feroces hombres desconocidos, y los golpes, la sangre que mana de la abierta herida… ¡Oh, mi pobre búfalo, mi pobrecito y querido hermano! Henos aquí a los dos, a ti y a mí, impotentes y silenciosos, unidos por el dolor, la impotencia y la nostalgia”, se lamenta Rosa en esta carta tan conmovedora.

 

Diversas intelectuales y activistas contemporáneas emparentadas con el ecofeminismo, han llamado la atención sobre la necesidad de volver a partir de la relación con la naturaleza, en el análisis político y la crítica al sistema patriarcal y capitalista. Vandana Shiva, por ejemplo, ha hecho visible los estrechos vínculos entre la opresión del patriarcado, la violencia hacia las mujeres y la destrucción constante de la naturaleza en nombre del “progreso”, al tiempo que Silvia Federici considera que “hoy en día, con la perspectiva de un nuevo proceso de acumulación primitiva, la mujer supone la fuerza de oposición principal en el proceso de mercantilización total de la naturaleza”. Por su parte, María Rosa Dalla Costa ha sugerido que es imprescindible construir una propuesta política teniendo como columna vertebral “el respeto por los equilibrios fundamentales de la naturaleza, de la voluntad de conservar ante todo los poderes autogeneradores/reproductores, del respeto y del amor por todos los seres vivos”.

 

Resulta indudable la conexión de estos planteos con los precursores -y por ello mismo, por lo general incomprendidos- esbozados por Rosa Luxemburgo. En un escrito titulado “Navidad en el asilo de la noche”, publicado en los albores de la primera guerra mundial, da cuenta de la muerte de decenas de personas marginadas, producto de un bacilo desconocido o bien de un probable envenenamiento masivo en vísperas de la noche buena en Berlín. Con una prosa inigualable, Rosa desmenuza las causas más profundas de un hecho tan horroroso, y concluye que el verdadero virus que engendra este tipo de flagelos no es otro que la sociedad capitalista.

 

Más allá del tiempo transcurrido, el enemigo invisible parece seguir siendo el mismo, aunque con ropajes más sofisticados y destructivos. La proliferación de los desmontes, la desarticulación de hábitats de cientos de especies silvestres, la alteración sustancial del clima y la imposición global de los agronegocios, con las megafactorías y cría industrial de animales en las que millones de seres vivos son producidos como mercancía en un contexto de hacinamiento, uso indiscriminado de antibióticos y sufrimiento extremo, tiene como contracara necesaria no solo una evidente debacle socioambiental de dimensiones geológicas, sino la multiplicación de zoonosis, enfermedades y numerosas cepas patógenas que se irradian a escala planetaria, tal como ha ocurrido con el covid19.

 

Releer la correspondencia de Rosa Luxemburgo en plena crisis civilizatoria y a pasitos nomás del abismo, constituye un ejercicio imprescindible para continuar pensando, en palabras de Diamela Eltit, los trazos inagotables entre cuerpo, historia y tiempo. Y a la vez, para sin desestimar aquellas “imágenes del infierno” que de acuerdo a la revolucionaria polaca se palpan a diario, no dejar de apostar por un optimismo de la voluntad acorde a los desafíos que nos deparan estos instantes de peligro, donde “atreverse a admirar el mundo y apreciar su belleza” es más urgente que nunca, y la “embriaguez de las ganas de vivir” se torna el mejor -y acaso el único- de los anticuerpos posible.

 

Quién

Hernán Ouviña
Hernán Ouviña
Politólogo y doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires. Profesor de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA e investigador del Instituto de Estudios de Améri-ca Latina y el Caribe (IEALC-UBA) y del Centro Cultural de la Cooperación. Ha participado de diversas iniciativas de educación popular y coordinado talleres de formación junto a movimientos sociales y sindicatos de base de Argentina y América Latina.

Es el primer país que aprueba el trigo modificado genéticamente y resistente al glufosinato de amonio, un herbicida «moderamente peligroso», y a la sequía, casi una capitulación frente al cambio climático.
(Foto: Twitter)

11 de octubre de 2020

El dato: Argentina es el primer país del mundo en aprobar el trigo transgénico. La consecuencia: el consumo directo de alimentos asociados a venenos, en este caso, al glufosinato de amonio, un potente herbicida que se espera sea el reemplazante del glifosato ante una eventual prohibición. Como ya ocurrió con el acuerdo con China para instalar mega factorías de cerdos en el país, el rechazo a la decisión del gobierno por parte de los referentes y organizaciones ambientales fue unánime: “Dicen que quieren defender la mesa de los argentinos, pero con estas medidas lo único que promueven es que comamos un producto alterado genéticamente y que puede tener consecuencias en nuestra salud”, se quejan.

El viernes, la Secretaría de Alimentos, Bioeconomía y Desarrollo Regional del Ministerio de Agricultura de la Nación publicó en el Boletín Oficial la resolución 41/2020 que autorizó el potencial cultivo (se espera por el interés comercial de Brasil) de trigo HB4, desarrollado por la empresa biotecnológica Bioceres, en colaboración con la Universidad Nacional del Litoral y el CONICET y promocionado como “la primera variedad transgénica del mundo”, capaz de tolerar situaciones de sequía y salinidad.

Menos atención se le prestó a la particularidad de ser resistente al glufosinato de amonio, un herbicida al que la Organización Mundial de la Salud (OMS) califica como “moderadamente peligroso” y que se espera sea la alternativa al mal reputado glifosato, cuyas millonarias demandas por su efecto cancerígeno ponen en riesgo su continuidad en el mercado.

“Sobre los transgénicos dijeron que iban a aumentar la productividad, bajar el consumo de agrotóxicos o incluso que los alimentos iban a ser más nutritivos. No pasó nada de todo eso. Lo único que permitieron fue expandir la frontera agrícola gracias al combo tóxico que se usa en los cultivos intensivos, llegando a lugares insospechados. Justamente, ese avance transgénico está relacionado con el ecocidio que estamos padeciendo en nuestro país”, advierte Soledad Barruti, periodista y autora de los libros “Malcomidos” y “Mala Leche”.

Por su parte, el abogado ambientalista Enrique Viale opina que “Argentina es el país del mundo con más superficie ocupada de soja transgénica proporcionalmente a su territorio. También es el que más glifosato por persona aplica en el planeta y ahora seríamos el primero en aprobar y autorizar un trigo transgénico. Es una locura absoluta. Como decía Andrés Carrasco (el primer científico que denunció los efectos nocivos de los agrotóxicos en la salud humana) estamos ante un gran experimento a cielo abierto. Argentina es el laboratorio donde las transnacionales terminan experimentando con nuestros territorios”.

Un modelo concentrado

Las semillas genéticamente modificadas comenzaron a tener un marco regulatorio en el país en el año 1991 con la creación de la Comisión Nacional de Biotecnología Agropecuaria (CONABIA), dependiente de la Secretaría de Agricultura, Ganadería Pesca y Alimentación (SAGPyA) del Ministerio de Economía (Res. 124/91). Cinco años más tarde, en 1996, el entonces secretario de Agricultura del gobierno de Carlos Menem, Felipe Solá (el mismo que hoy como canciller anunció orgulloso el proyecto de las megagranjas para abastecer de carne porcina al mercado chino) autorizó de manera exprés y en base a estudios de Monsanto que ni siquiera habían sido traducidos al español, la primera soja RR (por Roundup Ready), tolerante al herbicida glifosato y producida, como era de esperar, por la multinacional, hoy en manos de la alemana Bayer.

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Solá inauguró así un modelo de producción que los sucesivos gobiernos profundizaron. Como ejemplo, basta recordar que durante la presidencia de Mauricio Macri se avalaron 25 desarrollos transgénicos, de los cuales 18 fueron aprobados sólo en los últimos dos años de gestión.

“Desde hace 25 años que los transgénicos no han resuelto los problemas para los que la industria los creó y mucho menos han logrado acabar con el hambre en el mundo. Lo que han hecho es expandir el uso de plaguicidas y aumentar los costos de producción. El paquete asociado a las semillas transgénica es cada vez más grande y caro, lo que determina un incremento en las escalas de producción que lleva a la concentración de las unidades productivas”, explica Javier Souza Casadinho, ingeniero agrónomo, docente de la Facultad de Agronomía y coordinador de la Red de Acción en Plaguicidas de América Latina (Rapal).

Para el especialista la otra gran crítica a la aprobación del trigo transgénico apunta a su incidencia en el cambio climático. “En vez de modificar las pautas, prácticas y estrategias que contaminan los suelos, el agua, produce intoxicaciones en los seres humanos y gases de efecto invernadero, hacen esta semilla tolerante a la sequía y entonces nos adaptamos acríticamente en vez de modificar esas condiciones que recrean el cambio climático y producen la sequía” y concluye: “El gobierno dice que quiere defender la mesa de los argentinos, la soberanía alimentaria, pero con estas medidas claramente no están defendiendo uno de los aspectos fundamentales de la vida que es la calidad de los alimentos que estamos ingiriendo y lo único que promueven es que comamos un producto alterado genéticamente y que puede tener consecuencias en nuestra salud”.

El advenimiento del COVID19 vino a profundizar una crisis sistémica y estructural en nuestro país que, si bien está afectando profundamente a buena parte de la población, también puso en evidencia que la organización es lo realmente esencial.

Por Agustín Bontempo / Foto por Germán Romeo Pena

La situación en la Argentina previo a la llegada de la pandemia es, en términos sociales y económicos, de una escala similar a los efectos del virus. Cada persona que habita estas tierras tuvo que torearse con las políticas destructivas del gobierno de Mauricio Macri. Millones de empleos que se perdieron, miles de PyMES que cerraron sus puertas, escalada inflacionaria constante (en 2019, cerró con el 53,8%, siendo la más alta desde 1991) y su consecuente pérdida de poder adquisitivo de las y los trabajadores que, cada vez más, vieron cómo sus salarios caían derrotados mes a mes sin siquiera poder cubrir sus necesidades básicas.

Cambiemos, la coalición que gobernó los cuatro años precedentes a la pandemia, intentó generar una transformación estructural en nuestro país que iba de lo económico, político y social hasta lo cultural. El discurso de la meritocracia como único camino de desarrollo, era el estandarte para poder avanzar en reformas como la previsional y la laboral, enfrentadas en las calles por levantamientos populares en cada rincón del país, con alternancia de resultados. Sin embargo, la perseverante debilidad política de un gobierno que fracasó en cada intento de imponer su modelo, iba acumulando derrotas tras derrotas que llevaban al país hacia un abismo inexorable. Y esa caída se inició a finales de 2017, poco después de una victoria electoral importante pero con un envalentonamiento en las urnas que no pudo traducirse en el resto de los escenarios.

Las recordadas jornadas del 18 y 19 de diciembre de aquel año que se vivieron como una pueblada que ponía un freno al ajuste macrista, coincidieron con el agotamiento de un modelo económico liberal que ponía de rodillas al país, nuevamente, frente al Fondo Monetario Internacional (FMI). La historia que siguió es bien conocida. Endeudamiento a 100 años, rifando el futuro de varias generaciones y el retorno obsceno de una bicicleta financiera que fugó de nuestro país casi 90 mil millones de dólares. Este monto sería que suficiente para paliar los efectos de la crisis actual, al mismo tiempo de ir resolviendo cuestiones estructurales ,como las que aquí más nos interesa: la vivienda, la educación y la salud.

La herencia eterna

Los años pasan y hay cada vez más gente sin techo y casas sin gente. En innumerables oportunidades hemos hablado del creciente negocio inmobiliario, sustentado en un fuerte mercado de especulación, al mismo tiempo que las personas se agolpan en las villas o en las calles de a miles y millones.

Según el Registro Nacional de Barrios Populares (RENABAP), en 2018, Argentina ya acumulaba 4288 barrios populares o asentamientos. En la actualidad, esa cifra ya asciende a 4416, es decir, casi 200 villas y asentamientos más en el país en apenas 2 años.

Hablar de condiciones de hábitat no debe ser una tarea sencilla. Hablamos de millones de personas que viven hacinadas, en espacios reducidos y sin servicios básicos como agua potable, gas natural o servicio eléctrico.

En particular, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires cuenta con 38 villas o asentamientos, según la Dirección General de Estadísticas y Censos de la ciudad. Allí viven más de 300 mil personas, según datos del IVC, CELS y ACIJ, así como también más de 7000 personas están en situación de calle. Hablamos de familias enteras, niños y niñas, adultos mayores, que transitan su vida entre el barro, con un Estado que garantiza su presencia por la ausencia misma.

Sin embargo, la obscenidad de la desigualdad se traduce en que: mientras vemos el escenario en la ciudad más rica del país, allí mismo alrededor de 140 mil viviendas se encuentran vacías. Estas podrían albergar al menos a 560 mil personas, es decir, a toda la población que vive en villas, asentamientos, en la calle y aún queda resto.

La Provincia de Buenos Aires, foco de la crisis habitacional recrudecida durante esta pandemia, no se queda atrás. De acuerdo al Registro Público Provincial de Villas y Asentamientos Precarios, en 2018 a lo largo de todo el territorio provincial había 1584 villas o asentamientos. De ese total, 981 se encontraban en el primer y segundo cordón del conurbano bonaerense, con alrededor de 350 mil familias viviendo en estos barrios, es decir, casi 1.500.000 personas. Una catástrofe. Solo imaginemos lo que puede implicar hacer cuarentena para estos millones de habitantes, que su día a día es de precariedad habitacional, con empleos irregulares o directamente desempleados.

En materia de educación, la pandemia permitió destacar tanto el rol de las instituciones educativas como el carácter esencial de las telecomunicaciones, el acceso a dispositivos tecnológicos y conexión a internet.

La gestión macrista no hizo más que profundizar la precariedad del sistema. Desde las viandas escolares de miseria en CABA hasta el desguace en infraestructura en Provincia de Buenos Aires con, por ejemplo, la explosión en una escuela de Moreno que se cobró la vida de Sandra Calamano y Rubén Rodruíguez, pasando por la implementación de la UNICABA, las paritarias de miseria, la persecución constante.

Sobre ese terreno, el gobierno que encabeza Alberto Fernández tomó algunas medidas para poder sobrellevar la cuarentena: licencias para las y los trabajadores que tengan hijes menores y que sus instituciones educativas estén cerradas, la promoción de planes y estrategias para seguir el ritmo pedagógico desde los hogares (con una repercusión invaluable en el trabajo docente), el acompañamiento con el IFE para las millones de familias de bajos recursos (recordemos que, según el INDEC, la pobreza en Argentina asciende al 40,9% llegando a ser en los menores de 14 más del 52%), entre otras.

En este escenario, una medida trascendental que tomó el gobierno fue la sanción del Decreto de Necesidad y Urgencia (DNU) N° 690/20 que declaró como servicios públicos a la telefonía móvil, internet y televisión paga. En sí mismo, este DNUadquiere suma importancia en un país donde la baja regulación hace que los servicios tengan valores de lujo con prestaciones sumamente precarias. Son herramientas importantes tanto para que las y los adultos lleven adelante tareas remotas, como para que les niñes puedan seguir su proceso pedagógico.

Para dimensionar este panorama, es importante resaltar los datos: de acuerdo con la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) del INDEC, en el último trimestre de 2019, casi el 40% de los hogares en el país no tenían acceso a computadoras y un 17% no tenía acceso a internet (incluyendo el acceso móvil). De acuerdo con el Ente Nacional de Comunicaciones (ENACOM), para el segundo trimestre de 2020 la cifra de hogares sin acceso a internet de ningún tipo ascendió al 36%, es decir, se duplicó en 6 meses. La situación económica es una de las grandes razones y por eso el DNU 690/20 que, entre otras cosas, prohibió los aumentos de tarifa y promovió la suspensión de cortes, es central.

Finalmente, la salud. Con la llegada de la pandemia a la Argentina se puso de relevancia el rol del conjunto de las y los trabajadores de salud en cualquiera de sus roles. Los aplausos invadieron las calles y la sociedad se animaba a reconocer que ante cada reclamo del sector por mejor infraestructura, condiciones de trabajo y salarios, requerían del apoyo de toda la sociedad.

El sistema de salud pública se encontró con el COVID19 con un escenario adverso. El gobierno saliente había degradado el Ministerio en una Secretaría en el lapso 2015-2019; el presupuesto se subejecutó en un 22%, según los informes del Ministerio de Hacienda. Sin embargo, no todo estaba perdido. En consonancia con los lineamientos generales del macrismo, la industria farmacológica en nuestro país tuvo un crecimiento en sus arcas económicas de casi el 12% -industria que, por supuesto, también es una de las grandes ganadoras en la pandemia-.  Un buen ejemplo de esto es que, en 2018, mientras se profundizó la crisis que afectaba a los sectores populares, Alberto Roemmers (dueño del laboratorio homónimo), tuvo ganancias por más de mil millones de pesos gracias al guiño gubernamental que le permitió aumentar sus productos en un 87%, más del doble que la inflación.

Todas estas situaciones suelen verse agravadas para las y los migrantes, que no solamente deben lidiar con la estigmatización de algunos sectores de la sociedad, sino que muchas veces las mismas instituciones vulneran sus derechos. Un ejemplo claro de esto es la lucha, ya de largo aliento, frente al DNU N° 70/17 firmado por Macri y que se mantiene vigente, precarizando la situación de las y los migrantes (por supuesto que no de cualquier nacionalidad), habilitando la posibilidad de expulsiones arbitrarias de nuestros país.

Como se puede observar, el panorama a lo largo y ancho del territorio es adverso. Las condiciones estructurales nos invitan a preocuparnos por los efectos de la pandemia. Sin embargo, allí donde el Estado no llega y los sectores privados intentan descargar sus crisis, aparecen las y los defensorxs, las organizaciones que se plantan en la primera línea y luchan día a día, codo a codo, por un mundo más justo. Hacia estas experiencias nos dirigimos.

La vivienda es un derecho

Cuando se decretó la cuarentena en todo el territorio nacional, y gracias a un nivel de acatamiento elevado, el aislamiento en los hogares daba sus resultados, manteniendo niveles de contagios y muertes sumamente bajos mientras en otros lugares del mundo la situación se agravaba.

Sin embargo, con el paso del tiempo, se ponía en escena una realidad que no aparecía en los medios: la situación en los barrios populares. Aquellos lugares donde quedarse en casa no era opción, ya sea por las condiciones de hacinamiento, la inexistencia de un techo, la necesidad de salir a buscar el plato de comida. En aquella oportunidad, pudimos retratar la pandemia desde el pie, esas vivencias y batallas en los barrios, donde el COVID empezaba a diseminarse, elevando las tasas de contagios y llevándose la vida de decenas de villeros y villeras, luchadoras y luchadores como Ramona Medina o Agustín Navarro, referentes de la lucha por igualdad y vivienda digna en Villa 31. Pero pasaba también en la 1-11-14 de Bajo Flores, con reacciones ineficaces del gobierno porteño, siempre tan ajeno a las necesidades de los sectores populares.

La situación escaló a un pico insólito cuando se conoció lo acontecido en Villa Azul, un barrio del conurbano bonaerense, dependiente de Avellaneda y Quilmes. Según datos del Ministerio de Economía de la Provincia de Buenos Aires  (2018), en el barrio vivían 3128 personas en 837 casas (un promedio de casi cuatro personas por hogar) y se estima que, para este año, la población es de casi el doble. A finales de mayo, el COVID se hizo presente, llegando a infectar a casi 350 personas en un lugar donde, como se advierte, las condiciones no eran las mejores para hacer una cuarentena estricta y saludable.

En aquella oportunidad, el gobierno provincial, de la mano de Sergio Berni, dispuso un cierre absoluto del barrio por dos semanas, medida sanitaria discutible en términos de efectividad pero que contrastaba con, por ejemplo, los brotes que se veían en los barrios adinerados de la Capital Federal e incluso de la misma provincia.

Villa Azul fue la antesala del conflicto que hoy está en todos los medios: la toma de Guernica. Allí se sintetiza el verdadero efecto de una crisis que golpea a los sectores más vulnerables.

Yamila Rodriguez, integrante de la Coordinación de Delegados y Delegadas de Guernica, nos dijo que “La situación en la que nos encontrábamos en su mayoría es que éramos trabajadores que a partir de la pandemia y la crisis económica agravada por esta pandemia, nos quedamos sin trabajo, ya que éramos trabajadores precarizados y alquilábamos. Muchos quedaron en situación de calle. En ese momento, la urgencia conllevó esta situación”. Son alrededor de 2500 familias, casi 10 mil personas luchando por vivienda digna.

La empatía debería convocar a toda la población. No es una situación entre quienes pagan impuestos frente a quienes no. Hablamos de personas en situación de suma vulnerabilidad que nos enseñan la necesidad de organizarse para ir a la conquista de derechos. “La verdad es que se formó un poco a los topetazos, más teniendo en cuenta de que esto no fue planificado, nos conocimos todos y todas ahí en el predio y bueno fuimos formando un poco lo que es el cuerpo de delegados y delegadas. Cada manzana tiene sus delegados, cada barrio tiene su delegado general, que somos cuatro. Tienen ahí asamblea feminista, coordinación de salud y de niñez también, entre otras cosas”.

A la lucha de las y los vecinos, se suma la solidaridad de quienes día a día batallan por un mundo más justo. Yamila nos cuenta que “Ahí  ingresan las organizaciones (sociales y políticas) en su rol en este momento que es de acompañamiento y de brindarnos un apoyo real del cual carecemos por parte del Estado, más teniendo en cuenta que son quienes nos acompañan y están con los abogados. Estamos haciendo una coordinación conjunta, en toda reunión con las organizaciones estamos presentes los delegados y delegadas generales y quien quiera participar de forma más activa”.

La toma en Guernica lleva más de 70 días. En ese tiempo, hubo prórrogas judiciales ante la posibilidad de desalojo. El gobierno de Axel Kicillof presentó un plan de vivienda que apuntaría al abordaje estructural del déficit habitacional en la provincia, aunque en lo concreto, Yamila asegura que “Desde el día cero lo único que proponen es el desalojo. Hace unos 20 días hizo una intervención formal el Ministerio de Desarrollo de la Comunidad de provincia, quienes proponen un desalojo pacífico. Yo la verdad que, a mi criterio, no tengo memoria de ver jamás un desalojo pacífico. No hay propuestas reales y concretas que impliquen de que si nos retiramos de ahí, de forma pacífica, vamos a tener una respuesta inmediata, nos van a poner en una base de datos que supone vamos a tener en algún momento una solución”.

Foto por Reinaldo Ortega.

Las y los delegados, las y los vecinos organizados, sí tienen una alternativa, una solución definitiva. “La verdad que la única solución que encontramos nosotros es tierra por tierra ya que si prima la propiedad, la falsa propiedad privada, porque la verdad que sí ellos como Estado no hacen respetar la ley y únicamente judicializan y criminalizan al pobre, a quién no tiene la posibilidad, el gobierno popular del que tanto hablan es bastante falso”, afirmó Yamila, y luego cerró: “Hay leyes que amparan este tipo de soluciones que es una ley de expropiación, con negocios inmobiliarios del 10%, la compra de algunos de los predios el cual llevaría a poder solucionar la totalidad de la situación de las familias en el predio. Acá estamos en un complejo de situaciones problemáticas bastante extenso, pero acá estamos peleando por la tierra y es lo que no se nos está solucionando”.

Educar para transformar

Hay dos noticias que recorren los medios masivos de comunicación en relación a la educación. Uno de ellos, es la presión en varios puntos del país por un retorno paulatino a las aulas, como si la comunidad científica no hubiese dado ejemplos de sobras sobre la fácil propagación del virus mediante las y los niños, y más en esta coyuntura de máximo nivel de contagio diseminado en todo el país. La situación laboral de las y los adultos y el apuro empresarial por “abrir”, juegan un rol clave.

La segunda, más específica, tiene que ver con los 7 mil niños y niñas que en CABA se quedaron sin la posibilidad de continuar sus procesos pedagógicos por la falta de acceso a internet y/o soportes tecnológicos. Según un informe de la Universidad Popular del Movimiento Barrios de Pie – SOMOS-, en barrios populares, 82.5% de niñes no tienen acceso a internet y el 70% no cuenta con PC.  Si cruzamos este dato con las 300 mil personas que viven en estos barrios, cuesta entender quiénes son y de donde provienen las y los 7 mil niños, niñas y jóvenes. La primera reacción es que posiblemente sean muchos más.

El gobierno porteño rechazó la ayuda del gobierno nacional para acceder a dispositivos y conectividad, proponiendo solamente que mientras que los sectores de mayores recursos puedan continuar sus procesos pedagógicos desde la seguridad de sus hogares, los sectores empobrecidos debían ir a exponerse. Sin embargo, cuál es la cantidad real de personas en esta situación, sigue siendo un interrogante.

Paula Shabel, integrante de Aula Vereda, una organización que tiene un proyecto pedagógico con niños y niñas, nos dice que “Nosotres trabajamos con pibis en distintos barrios de la Ciudad y el Gran Buenos Aires y todes elles tienen sus derechos vulnerados desde que nacieron, todos los derechos. Pero me gustaría hablar especialmente de uno, que es la tierra, la vivienda. O porque viven en la villa, o porque viven en casas tomadas o porque viven en barrios periféricos cerca de ríos y aires contaminados, lo que le falta a les pibes es un espacio digno donde vivir”. Además, afirma que “A veces parece que los derechos de les pibis tiene que ver con estar en la escuela y el juego y la familia y claro que es todo eso, ahora vamos a hablar, pero la vida de cada pibi con el que laburamos está conectada a las variables macroeconómicas más globales, esas que se escriben difícil y siempre parece que están en otro lugar, pero no, están acá, encarnando esos cuerpos que viven la cotidianeidad de una pobreza estructural mientras las coyunturas pasan”.

Foto por Aula Vereda.

La suspensión de las clases y la interrupción de continuar procesos pedagógicos tienen diversos problemas. “Ese espacio otro, diferente al de la lógica familiar, un lugar donde ver a otres y escuchar otras opiniones para después hacer la propia. Siempre decimos que cada vez que entra un docente al aula le está mostrando a les pibis todo un mundo nuevo, una forma posible de ser adulte y de relacionarse con otres y con el conocimiento. Todo eso no está, y les pibis están completamente subsumides a las dinámicas del hogar que son siempre adultas”.

Sin embargo, la adversidad cuenta con una respuesta organizada que trasciende las fronteras de la educación. “Lo primero que salió fue la urgencia por cubrir las necesidades alimentarias. Nosotres nunca habíamos dado comida, a lo sumo una merienda, pero no teníamos comedor, nuestro proyecto iba por otro lado. Pero de repente era tan importante. Siempre pensé que así se debía sentir un poco el 2001, ¿no? La gente se estaba muriendo de hambre, chau, no hay análisis posible sobre eso, hay que resolverlo. Entonces armamos una campaña gigante de donaciones y desde el propio partido (Comunista) se distribuyeron algunas partidas, entonces nos empezó a entrar algo a AulaVereda y con eso articulamos con productores directos de acá y de allá, con la UTEP, la CTEP, la CTA y la UTT, siempre buscando los precios más baratos y las logísticas más razonables para llevar bolsones a las familias con las que trabajamos. Repartimos más de 200 por semana solo en capital”.

Además de garantizar el plato de comida y en el medio de tanta vorágine, Paula cuenta que “Entonces reinventamos todo, como siempre el campo popular sudaca tan creativo, tan capaz de todo con tan poco. Y nos empezamos a encargar del colegio. Por un lado a hacer tarea con les pibis, ayudarles en lo que no entendían, hacemos videollamada con cada une por materia o como haga falta […]. Algunes ni sabían dónde buscar las tareas, nunca habían enviado un mail en su vida y las familias son analfabetas, todo el sistema estaba hecho para que abandonen a los 3 días”.

Como advertíamos algunas líneas atrás, un porcentaje enorme de niños y niñas no tenían acceso a equipos y computadores, base sustancial para continuar sus procesos en esta coyuntura. “Hicimos otra campaña de donaciones enorme, de celus y tablets. Las recibíamos y las chequeaba un compañero que es programador, para entregar todo en las mejores condiciones”, cuenta Paula.

Foto por Aula Vereda.

Las y los defensores de la educación nos hablan de sus compromisos integrales, que van desde las niñeces hasta la idea de poder transformarlo todo. “También empezó a funcionar un espacio de asamblea de niñas, que es un intercambio epistolar con las adolescentes, donde vamos laburando diferentes temas, ahora estamos preparando algo para lo que sería el encuentro plurinacional. Ahí salieron varias cuestiones de maltrato y abuso que seguimos acompañando. Lo importante siempre es acercarnos a las casas y verles la cara a les pibis, no perder eso, siempre saber cómo están elles, cómo están atravesando esos momentos, cuáles son sus miedos y sus deseos en medio de esta vorágine”.

Promover la salud organizada

Si bien el inicio de la pandemia y las medidas preventivas como la cuarentena permitieron dotar al sistema público de salud de varios recursos necesarios, la situación es cada vez más compleja. No solamente porque los recursos se van agotando, las camas de terapia intensiva se van llenando, sino porque las y los trabajadores del sistema sanitario colapsan ante tanta demanda y tan poco descanso, porque el sector privado de salud no juega roles destacados en apoyo a la comunidad. Y como ya hemos dicho, la pandemia golpea fuerte en los barrios.

En este marco, hablamos con Tamara Killsen, del equipo de Promotorxs de Salud del Frente Popular Darío Santillán de Lanus, quien nos dijo que “Además de la dificultad económica truncada por los despidos, por el no poder salir a changuear y no poder salir con el carro a juntar cartones, plásticos, botellas, cobre, para venderlo y hacer un mango, se juntaron otra situación que también fueron dificultando el poder quedarse en casa como una posibilidad ante los contagios. ¿En qué condiciones de salubridad e higiene me quedo en casa cuando tal vez comparto el espacio con otras familias, casas donde hay 4 familias conviviendo y comparten espacios en común, como el baño y la cocina”.

Por este motivo, entre tantos otros, Tamara comentó que “La propuesta de generar un grupo de promotoras y promotores de salud surge en este contexto pandémico -aunque era una idea que ya veníamos teniendo hace un tiempo-, cuando nos vemos en la necesidad de que exista un grupo que se encargue de hacer seguimiento de nuestros compañeros y compañeras que se fueron contagiando a medida que fueron pasando los meses y fuimos tomando tareas tanto de promoción de la salud como de prevención del contagio. Nos pareció una necesidad poder generar un grupo que a partir de esta situación se conforme para poder seguir en el futuro trabajando la salud de manera comunitaria, pensando una salud para los vecinos, las vecinas y les vecines del barrio, para las niñeces, para abordar situaciones de violencia patriarcal también”.

Tamara cuenta que en los barrios populares del distrito, la situación se fue agravando. “La situación epidemiológica en el distrito fue variando desde el comienzo de la pandemia hasta ahora, como en todos. Lo que nosotras y nosotras estuvimos notando fue un aumento de la cantidad de los contagios. Desde un comienzo que eran 1, 3, 10 por día hasta llegar a 200 contagios por día”. Sin embargo, allí también la organización se pone en primera línea: “Esta situación particular que nos trajo la pandemia y el aislamiento social preventivo y obligatorio, el equipo de salud que fuimos conformando empezó a realizar un intento de monitoreo de la situación de los contagios, tanto en el distrito para tener un panorama como en los barrios en donde tenemos construcciones. Con nuestros compañeros, compañeras y sus familias generamos una línea de teléfono para difundir y que les compas que tuviesen dudas, que tuviesen síntomas, que tuviesen la sospecha de ser un contacto estrecho, pudiesen saciar sus dudas. Reducimos los grupos de trabajo de todos los comedores a lo esencial para qué se sostengan, grupos que rotaran cada 15 días para que si algune llegara estar contagiade se podía aislar a todo el grupo sin que eso significará cerrar el comedor”.

Tamara cuenta que esta tarea gigante se da en un escenario adverso, donde a la pandemia se le suman diversas problemáticas. “Actualmente no hemos recibido respuestas ante la situación que estamos atravesando de crisis extrema de gobierno local ni del gobierno provincial. No solamente en relación al abastecimiento de los comedores, de las copas de leche, de los merenderos, del abastecimiento de los productos de higiene necesarios para seguir sosteniendo la tarea cotidiana en nuestros espacios de alimentar a más de 2000 personas del distrito, sino también desde otras áreas que entendemos han sido afectadas o llevadas a su extrema vulnerabilidad, situaciones de violencia patriarcal, situaciones de salud que no tienen que ver con la pandemia, sino con otras situaciones que atraviesan la vida de los vecinos y las vecinas, la situación de las niñeces, que se ven en este contexto desterrados y desterradas de la posibilidad de seguir sus procesos educativos”.

Foto por Candela Quema dentro de Desborde Cultura Piquetera. Barrio Semillita -Chingolo.

Pero como adelantamos, allí donde existe una necesidad, también está la organización para dar respuesta. “Estamos pudiendo proyectar y articular acciones de salud comunitaria donde la salud pueda llegar a todos y todas les habitantes de los barrios populares también, lo cual a veces se hace difícil en un sistema de salud hegemónico y expulsivo. Donde tal vez hay salitas o espacio de salud cerca de donde una vive, pero se ven vaciadas, se ven con pocos recursos, con pocos profesionales que son mal pagos, que no tienen sus derechos garantizados. Entonces son un conjunto de situaciones que hacen que el servicio de salud público que se ofrece no pueda abarcar las necesidades del territorio, que sea expulsivo, que no contenga. Y pensamos y queremos proyectar acciones en conjunto con trabajadores y trabajadoras de la salud dispuestos a abrirse a la comunidad y las promotoras de salud que estamos encontrándonos, agrupándonos,  formándonos para que todo el mundo pueda tener acceso a una salud digna e integral”.

Migrar es un derecho

Las y los defensores trascienden fronteras virtuales y allí nos encontramos con la tarea del Bloque de Trabajadorxs Migrantes (BTM). Como advertíamos, la situación de la comunidad migrante en nuestro país, que ya era compleja, se vio afectada por el macrismo ante la modificación de la Ley de Migraciones vigente.

Al inicio de la pandemia, la situación empeoró. Mariana Brito Olvera, referente del BTM nos cuenta que “En lo que respecta a la comunidad migrante un tema de mucha gravedad es el desempleo. Según relevó la Agenda Migrante 2020, quien realizó una encuesta a distintas personas migrantes, alrededor del 60% de las personas migrantes se quedaron sin ningún tipo de ingreso a partir del inicio de la pandemia. Con el paso de los meses ha sido una situación realmente grave”.  A esto se suma que “si bien el gobierno extendió el Ingreso Familiar de Emergencia para aquellas personas que se quedaron sin sus ingresos por causa de esta coyuntura, mucha de la comunidad migrante no pudo acceder a ese apoyo porque por las mismas restricciones que se ponían para poder acceder al IFE como que se pudiera comprobar 2 años de residencia regular en el país”.

Sin embargo el BTM pudo organizar respuestas y así surgió La Tiendita Migrante Japoo Door Warr, “que es una frase en Wolof, una lengua que se habla en Senegal y esta frase significa ´Agarrarnos para trabajar´. Este proyecto es colectivo y autogestivo, impulsado por compañeras y compañeros estudiantes de los cursos de español para migrantes del BTM. Es una manera de responder colectivamente a esta situación debido a que, como ya mencioné antes, las y los compañeros de Senegal se dedican principalmente a la venta ambulante y en todos estos meses no han podido recibir ningún ingreso. Así que Japoo Door Warr, La Tiendita Migrante fue una respuesta colectiva ante esta situación”.

La experiencia de La Tiendita Migrante dio lugar a otras experiencias. Mariana cuenta que “Eso ha dado pie a que se piense el surgimiento de otros proyectos de ese estilo, como de organizaciones de las comunidades que se autogestionan como por ejemplo el llamado emporio migrante, qué es otra iniciativa donde las y los compañeros de Senegal venden comida”.

Otra de las respuestas organizadas del BTM fue en el ámbito de la educación, donde la enseñanza y aprendizaje del idioma español se volvió una herramienta clave. “Desde el Bloque de Trabajadores y Trabajadoras Migrantes, desde agosto de 2018 veníamos llevando a cabo los cursos de español para migrantes los días martes y jueves en el Ex Centro clandestino de detención y tortura Automotores Orletti. Ese proceso se vio interrumpido este año a partir de la cuarentena, así que ante esta situación surge un nuevo proyecto que son los videos de enseñanza del español, que se llama Damay Jaangë Español, que sería algo así como “Aprendiendo español” y justamente está pensado como un curso a distancia para a hablantes de Wolof que quieren aprender español”.

Foto por Adrián Cobos, antes del inicio de la pandemia.

La situación de las y los migrantes es compleja y estos niveles de organizaciones son, sin duda, una respuesta. La necesidad de que se derogue el DNU N° 70/17 es clave y se suma a la demanda de regularización de todas las personas migrantes. Con la confianza en la lucha organizada, Mariana afirma que “Con el BTM y la Campaña Migrar no es Delito, formamos parte de la agenda 2020 qué es un espacio de diálogo con el gobierno y lo que esperamos es que en este espacio se puede avanzar con políticas públicas para las y los migrantes”.

Por Verónica Gago, Florencia Puente, Alex Wischnewski | 30 de Septiembre de 2020

Introducción al libro «Rosa Luxemburgo y el arte de la política», de la socióloga y filósofa marxista Frigga Haug. Una clave de lectura que permite articular la vida y la obra de la revolucionaria polaca, donde el axioma lo personal es político se hace método. Se trata de destilar, una vez más, cómo conjuga investigación y elaboración colectiva; educación popular y agitación; reproducción de la vida y revolución.

“Siento que dentro de mí está madurando una forma completamente nueva y original que prescinde de las usuales fórmulas y pautas, y las violenta… pero ¿cómo, qué, dónde? Aún no lo sé, pero te digo que siento con absoluta certidumbre que algo hay aquí, que algo nacerá”

Rosa Luxemburgo, carta a Leo Jogiches, 4 de mayo de 1899.

Publicar, aquí y ahora, este importante libro sobre Rosa Luxemburgo escrito por la teórica alemana Frigga Haug, investigadora del Institut für Kritische Theorie y editora del diccionario histórico-crítico del marxismo feminista, es un gesto para con este momento histórico de las luchas feministas. Publicado originalmente en 2007, tenemos la posibilidad única de leerlo ahora al calor de la marea transfronteriza del movimiento. Rosa Luxemburgo ha señalado continuamente que un movimiento no es predecible ni puede ser simplemente proclamado desde arriba, pero que –una vez que estalló– debe ser desarrollado. Porque sólo en el movimiento mismo, “las masas” buscan y realizan su propia formación, necesaria para la transformación socialista. Pero, ¿las ideas de hace cien años todavía son útiles hoy?

Aunque el título de este libro es afirmativo –“Rosa Luxemburgo y el arte de la política”–, en sus páginas se expresa la naturaleza interrogativa y dilemática que envuelve. Esto se debe a que el arte de la política es indisociable de una actualidad: es decir, de la definición de un presente desde el que situamos la pregunta de la política, de un análisis muy preciso que acompañe también las derivas cotidianas. No hay recetario para la política, ni contornos inmutables de su práctica. Podríamos traducir entonces que el arte de la política, tal como lo propone Frigga leyendo a Rosa, es la posibilidad de intervenir en y desde el tiempo que nos toca vivir.

Este libro se concentra entonces en comprender ese arte como una necesidad vital que anima los textos, los discursos y la militancia de Luxemburgo y que consiste en convertir el querer en acción práctica. O dicho de otro modo: en lograr que el deseo nos mueva, porque conecta la realidad actual y contradictoria con una utopía. Nosotras lo leemos así: ¿qué es este arte de la intervención por medio de discursos y de prácticas en este tiempo y desde este lugar al calor de las claves que leemos en Rosa Luxemburgo?

Al reinventar ese arte luxemburguista desde el feminismo, Frigga da una pista de actualización, a la que apostamos al hacer accesible su trabajo en América Latina, en un momento en que la composición heterogénea de feminismos se revela como el movimiento político con mayor fuerza, creatividad y radicalidad. Rosa –y Frigga leyendo a Rosa– exige potenciar esta dinámica, y reforzar la autocrítica como condición de ese despliegue. Por eso, aquí y ahora, se trata de conectar este texto con el flujo de urgencias colectivas que nutre a las militancias, a su experimentación sensible y a sus maneras de agitación política en los diversos espacios en los que el movimiento feminista se desarrolla cada día.

En estas páginas se tratan tanto cuestiones biográficas de Luxemburgo como sus análisis teóricos e intervenciones políticas (artículos periodísticos, discursos en conferencias del partido y congresos sindicales), pero se lo hace sin dividirlos (como si por un lado estuvieran unos datos de color que ilustran lo verdaderamente serio, que sucede por otro lado). Más bien, la autora pone en marcha una clave de lectura sobre la obra de Rosa, donde la famosa consigna lo personal es político se hace método:

poner de relieve su procedimiento; aprender de Rosa Luxemburgo el modo en que ella estudia los acontecimientos mundiales, en que informa sobre ellos; con qué métodos descompone los sucesos, cómo vincula las teorías con los pensamientos habituales en la población y, de ese modo, estimula a pensar por sí mismo de manera crítica.

Se trata, en fin, de destilar cómo conjuga investigación y elaboración colectiva, educación popular y agitación.

En este sentido, la forma en que Frigga extrae y presenta este modo de trabajo de Rosa es parte también de su decisión política. Porque el libro no ofrece sencillamente una caja de herramientas para intervenir sobre la realidad, sino más bien nos invita a descubrir sus modos de formación y de acción. De esta manera, vemos cómo aplaza las preguntas más remanidas para poner en movimiento una propuesta teórico-política que, a partir del pensamiento de Rosa, interviene en nuestra imaginación de futuro.

Creemos que estas –pedagogía feminista y agitación– son dos claves poderosas del movimiento transfeminista contemporáneo. La forma colectiva de nombrar lo que se desea como horizonte, la acumulación de consignas que son contraseñas de acción y la elaboración común de diagnósticos desde las luchas concretas son características que, al calor de la huelga, se han afirmado como política de masas. ¿Cómo no encontrar ecos entre la huelga de masas que obsesiona a Luxemburgo y un feminismo que hace de la masividad y de la huelga dos de sus componentes clave?

Desde este cúmulo de experiencias que se han impulsado desde el sur del mundo, que implica el sur geográfico pero también los territorios migrantes de las metrópolis norteñas, la lectura de Luxemburgo es hoy apropiación y conversación. Bajo esa modalidad entendemos a quien ha sido pionera en la teorización del expansionismo imperial capitalista, revelando la materialidad colonial que anexa y explota tierras, recursos comunes, fuerza de trabajo y poder de consumo para intensificar la dependencia colonial. Es desde los “cuerpos-territorios” que se declaran en rebeldía que el mapa geopolítico que la revolucionaria judía polaca trazó hace un siglo vuelve a ser útil.

Pedagogía feminista y agitación son dos claves poderosas del movimiento transfeminista contemporáneo

En este momento de crisis ecológica, habitacional, alimentaria, política, económica –de crisis global en todo su sentido, podríamos decir–, hay una agenda feminista, anti-colonial y anti-patriarcal que las luchas vienen produciendo desde abajo frente a las violencias que quedan hoy más evidenciadas que nunca. El vínculo entre el endeudamiento externo y el endeudamiento doméstico, así como la relación orgánica entre las violencias económicas y las violencias machistas; las formas de trabajo invisibilizadas y al mismo tiempo superexplotadas que pueblan los hogares y las ciudades; las tramas de reproducción de la vida que enfrentan las avanzadas neoextractivistas; las formas de politización de los cuidados y el reclamo de servicios públicos gratuitos; el reconocimiento salarial de las tareas domésticas y los derechos migrantes son todas demandas que expresan un programa político feminista contra la precariedad de la vida impuesta como mandato de muerte sobre ciertas poblaciones.

Aquí la Realpolitik revolucionaria que propone Frigga como concepto llave a explorar en Luxemburgo toma todo su sentido. En esas dos palabras reúne un núcleo de reflexiones sobre la acción política que logra ubicar, en simultáneo, reclamos a la política parlamentaria y una perspectiva revolucionaria. Mixtura, de modo estratégico, demandas que solo emergen porque existe la fuerza revolucionaria de ciertas prácticas que abren el espacio de su posibilidad (porque –otra vez– hacer política deviene parte de la formación para la transformación radical).

La lectura de Frigga es situada a la hora de detectar una actualidad feminista en Rosa Luxemburgo. No se trata de llegar a un “veredicto” (era o no era lo suficientemente feminista), sino de poner en juego el propio (de nuevo, personal y colectivo) recorrido teórico y biográfico de Frigga desde los años 70, pasando por la importante declinación de las tesis luxemburguistas sobre la destrucción de las economías de reproducción por parte de las feministas alemanas Maria Mies, Claudia von Werlhof y Veronika Bennholdt-Thomsen en los años 80 que confluirán, a su vez, con las teorizaciones de la feminista italiana Silvia Federici.

Se trata, ahora, de volver a colocar estas reflexiones en posibles nuevas genealogías, manipularlas como herramientas para las experiencias proletarias actuales, usarlas en alianzas aún por venir. En fin, como dice Frigga, es cuestión de poner las palabras de Rosa “en movimiento” y saber que su fuerza expresiva se nutre del estudio y de las relaciones con sus amigas y compañeras, de las dudas y las polémicas, de las asambleas y de la complicidad de lxs amantes, elementos decisivos para la confianza a la hora de imaginar mundos que aún no existen. Ahí encontramos nosotras, en este aquí y ahora, una invitación a conversar entre compañeras, a escuchar unas historias y saberes que se van transmitiendo, de generación en generación, en las que se narra ese arte de la política que sostiene, ahora y siempre, el deseo de cambiarlo todo.

Un tribunal de Comodoro Rivadavia absolvió a todos los acusados por el derrame de petróleo sobre la costa de Caleta Córdova, en Chubut, ocurrido en 2007. La abogada de la única vecina que no retiró la demanda apelará el fallo. “Tiene que haber un castigo”, advierte.

(Foto: Fundación Ecosur)

22 de septiembre de 2020

No fue aquello que pudo haber sido: la primera condena por contaminación en 113 años de actividad petrolera. El Tribunal Oral en lo Criminal Federal (TOF) de Comodoro Rivadavia absolvió a todos los acusados por el derrame de hidrocarburos sobre la costa de Caleta Córdova, en Chubut, ocurrido en 2007. Los jueces reconocieron el daño ambiental, pero consideraron que no existió responsabilidad penal de los imputados. “No vamos a dejar que quede impune como si no hubiera pasado nada”, avisó la abogada de la única vecina que no aceptó dinero de la empresa para retirar la demanda.

Con la firma de los jueces Enrique Guanziroli, Ana María D’Alessio (votó en disidencia) y Luis Giménez, el veredicto absolutorio alcanzó al capitán del buque Presidente Arturo Illia, Ricardo Avalos; al oficial Rubén Valle; y al superintendente de la empresa Antares Naviera, Raúl Alfredo Gémini, quienes habían llegado al debate con una pena posible de hasta diez años de prisión por infracción a la Ley 24.051 de Residuos Peligrosos.

Según el requerimiento de elevación a juicio del fiscal federal Norberto Bellver, “la contaminación ambiental con hidrocarburos de la costa de Caleta Córdova fue el resultado de la voluntad consciente y deliberada de los imputados”, y señaló que luego de tomar conocimiento del vertimiento al mar del petróleo, “se retiraron del lugar, sin dar aviso y sin implementar o solicitar el plan de contingencia y que con tal decisión omisiva aceptaron la creación de un daño ambiental afectando playas, acantilados, restingas, pesquerías, flora y fauna marítima”.

En su fallo, el TOF consideró que “la contaminación ambiental por hidrocarburos esa Navidad del 2007 en la costa de Caleta Córdova, aún cualquiera haya sido su origen, no pudo comprobarse que fuera un resultado previsto y querido por los acusados y menos, que desaprensivamente en el marco de sus experiencias profesionales, omitieran tomar los recaudos necesarios para evitar los daños, por un riesgo consciente y deliberadamente aceptado, fuera de expresiones sin sustento fáctico suficiente de la vindicta pública”.

El veredicto justificó que “ninguna variable de las pruebas rendidas, demostró la relevancia y vinculación de las actuaciones de los acusados, con el hecho doloso dañoso producido y no obstante el tiempo transcurrido, impide a esta altura afirmar con certeza, que ellos fueron artífices deliberados del desastre”.

“Un modelo desaprensivo con la vida”

Entre las 22:30 del 25 de diciembre de 2007 y las seis del día siguiente, durante las maniobras en la monoboya, el depósito de crudo de la empresa Terminales Marítimas Patagónicas (Termap S.A), el carguero Presidente Arturo Illia, propiedad de Antares Naviera S.A., derramó petróleo causando un daño ecológico irreparable en la costa de Caleta y afectando a más de 100 familias que vivían de la pesca artesanal y la maricultura. Para Sonia Ivanoff, abogada de Beatriz Calvo, la única vecina que mantuvo la denuncia, el fallo, aún con sabor amargo, “es para valorarlo”.

“Hay que ponerlo en una perspectiva más amplia –explicó–, la querella llegó huérfana después de 13 años, con un primer abogado que no ofreció pruebas, y a pesar de eso, existió un voto disidente que encontró mérito para condenar al capitán del buque por el delito doloso de contaminación ambiental. Si bien prevaleció que no había certeza absoluta de culpabilidad, el fallo reconoció la magnitud del daño ocasionado”.

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(Foto: Gentileza)

En el mismo sentido opinó Hernán Scandizzo, coordinador del Observatorio Petrolero Sur: “Este juicio abrió la posibilidad de debatir en torno a los derrames, a la contaminación, a un modelo desaprensivo con la vida que naturaliza la presencia de hidrocarburos en el mar”.

Scandizzo destacó, además, que el derrame de Caleta “no fue un hecho aislado, sino que es algo recurrente” y que “de todo este proceso sacaremos aprendizajes para seguir avanzando en la lucha socioambiental”.

Ivanoff ya adelantó que apelará el fallo ante la Cámara de Casación porque “no vamos a dejar que el daño quede impune como si no hubiera pasado nada”.

“El ambiente –concluyó– fue dañado, la flora y la fauna fue dañada, la vida de los vecinos fue dañada, y ya nada podrá volver a su estado natural de antes del 26 de diciembre de 2007. Vamos a insistir porque tiene que haber un castigo”.

La economista feminista Patricia Laterra analiza el impacto de los tratados de libre comercio en la región: ¿una herramienta para el bienestar general o de fortalecimiento del poder corporativo? Un adelanto del libro que acaba de publicar la Plataforma América Latina Mejor Sin TLC.

 

Redacción Canal Abierto

 

Patricia Laterra combina su activismo feminista y contra los tratados de libre comercio con sus estudios posdoctorales como becaria en CIEPP-CONICET. Además, es docente en economía en la UBA y en cursos de grado y posgrado sobre economía y género en otras universidades como la UNLP y la UNSAM). Integra la Plataforma América Latina Mejor Sin Tratados de Libre Comercio, que reúne a organizaciones y movimientos sociales de la región que luchan contra los abusos del poder corporativo. Desde allí, junto a Luciana Ghiotto e investigadores diferentes países, acaba de lanzar un libro que repasa críticamente los impactos negativos que los TLC dejaron en nuestras economías y territorios en dos décadas y media de vigencia. Canal Abierto habló con ella para conocer los ejes de este trabajo que se propone abrir un debate con la política, la academia y el activismo social en la región.

En el libro se hace referencia a las «promesas inclumplidas» de los TLC y TBI ¿En qué aspectos dirías que esos acuerdos incumplieron lo que prometían sus impulsores?

– Estos acuerdos prometían desarrollo y empleo bajo el argumento que, sin trabas para el comercio, el crecimiento de nuestras economías tendría el impulso que necesitaban. Pero pasaron 25 años desde que se firmó el primer tratado de libre comercio en América Latina y la evidencia, apoyada en datos empíricos y fehacientes, demuestra lo contrario. Especialmente para los países del Sur Global, como los latinoamericanos, donde se concentra la mayor desigualdad mundial entre ricos y pobres. Hoy, después de años de investigaciones, podemos decir con certeza que el mayor crecimiento económico medido en PBI no redunda en más empleo, ni en mejores condiciones laborales y bienestar, que es un área especial de estudio para la economía feminista.

A las luces y sombras de la pandemia que estamos viviendo es necesario discutir los modos de desarrollo en los que estamos insertos e insertas, vivimos en un mundo muy precario en el que las transferencias de ingresos al poder corporativo concentrado son determinantes en la producción de desigualdad. El 1% más rico concentra la misma riqueza que el restante 99% de la población. Eso no sería posible sin los tratados de libre comercio (TLC) y los tratados bilaterales de inversión (TBI) que configuran arquitecturas jurídicas globales que sobrepasan los Estados, regulan temas más allá del comercio y tienen innumerables impactos sobre la vida cotidiana de las personas. Todas estas respuestas tienen que ver con lo que se entreteje en la letra chica de estos acuerdos.

¿En qué medida ves relación con la pandemia del COVID-19?

– Bueno, veamos lo que sucede con las plataformas de comercio electrónico. Hoy estas plataformas, amparadas por los tratados, no realizan una contribución equitativa de impuestos en relación con cualquier negocio de cercanía. Por las características de la pandemia, las personas realizan compras desde sus casas vía estas plataformas, que devinieron en el sector más dinámico comercialmente y que está apropiando niveles de riqueza descomunales: Marcos Galperín, dueño de Mercado Libre, recientemente radicado en Uruguay, elevó su fortuna en lo que va de la pandemia de 2.000 a 4.500 millones de dólares.

Otro tema que plantea la crisis del coronavirus es el acceso a medicamentos y vacunas, ¿cómo influyen los TLC y TBI en esto?

– Como resalté, estos tratados son mucho más que acuerdos comerciales y de inversión. Son tratados que modifican las estructuras jurídicas de los Estados. Los tratados ya firmados (y los acuerdos de inversión por firmar) tienen potestad sobre los derechos de propiedad intelectual y las patentes, por ejemplo, de los medicamentos ¿a qué precio se distribuirá la vacuna frente al covid-19 si está patentada? ¿será posible que la población en general pueda acceder a dicha vacuna si el precio es costoso?

Estamos discutiendo la deuda que tomó el anterior gobierno pero ¿a cuánto ascenderá la deuda que deberá contraer Argentina frente a las farmacéuticas para acceder a la vacuna y los medicamentos para enfrentar la pandemia y garantizar el derecho a la salud? Las patentes de alguna manera impiden democratizar los derechos al acceso a la salud porque la propiedad intelectual las convierten en un “derecho negativo”, ya que otorgan a su titular la potestad de impedir que otra persona física o jurídica produzca, comercialice, distribuya, o importe la invención patentada.

Al enmarcar el derecho a la salud en un acuerdo comercial, se modifica su condición de bienes sociales para transformar este derecho en una mercancía. En tiempos de pandemia debemos revisar más de 30 años de historia de patentes en el área de los medicamentos para tratar el VIH, que lejos de encontrar la cura hacen a las personas dependientes de los medicamentos y convierten el derecho a la salud en un negocio. Recomiendo a leer y escuchar los aportes de Grupo Efecto positivo o las y los incontables activistas por la cura del VIH, otra de las pandemias que nos han azotado en los últimos 40 años.

Hay un capítulo del libro dedicado a los impactos sobre las mujeres, ¿cómo relacionás  estos instrumentos internacionales a los temas de género?

– Un forma de acercarnos a lo que sucede en las mujeres es analizando el tema del crecimiento económico. Los nuevos tratados de libre comercio incorporan a las mujeres como factor de crecimiento económico, por considerarlas más productivas. Como su productividad en los ámbitos de trabajo es más alta, y el PBI es un indicador que mide productividad en el área monetizada de la economía, dan por hecho que si se incorporan mujeres al mercado de trabajo el crecimiento se dará de hecho.

Los estudios en las maquilas (industrias ensambladoras) de Centroamérica, por ejemplo, dan por tierra estos argumentos. En efecto, en algunas ocasiones el empleo aumenta relativamente pero con costos muy altos en el bienestar de las mujeres porque las condiciones de trabajo son precarias, informales, con una gran intensidad en las jornadas de trabajo y baja sindicalización, lo que hace que no puedan procurar mecanismos para defender sus condiciones laborales. Asimismo, no se habla del trabajo no remunerado. Largas jornadas laborales a muy bajo ingreso hace que estalle la conciliación entre el inevitable trabajo de cuidado no remunerado cotidiano y el trabajo remunerado.

Entonces el aumento de la actividad económica, en los términos de los TLC, ¿precariza la vida de las mujeres?

– Los acuerdos de libre comercio pueden aumentar -aunque no es concluyente- la actividad económica para quienes instalan empresas y pueden importar y exportar a través de las distintas facilidades comerciales. Ahora bien, este tipo de medidas hace que se reduzca la contribución vía fiscal que hacen estas empresas. Esto acota el espacio fiscal para realizar políticas públicas.

O sea, podés estar aumentando el trabajo remunerado de las mujeres (en porciones relativamente pequeñas de población), pero en muy precarias condiciones y sin espacio para generar políticas públicas que sostengan responsabilidad social del cuidado y el bienestar. Este es uno de los miles de efectos posibles. En ese sentido, volvemos a desmitificar que un aumento en el crecimiento económico redunde directamente en el bienestar social.

En el caso de las personas LGBT no hay estudios que contribuyan a analizar la situación en relación al mercado de trabajo. Si es claro que, al ser una población más vulnerable en términos de condiciones de vida y acceso a ingresos económicos, el  impacto por la vía fiscal desde una perspectiva de género son concretos. Si se reduce el espacio fiscal no hay recursos monetarios para poder hacer políticas de reconocimiento y redistribución. Es un impacto indirecto. ¿Cómo vamos a garantizar vivienda para las personas trans? ¿cómo se garantizan los tratamientos hormonales si las cuentas fiscales no cierran? ¿Es posible garantizar plena inclusión laboral sin recursos? ¿cómo vamos a garantizar educación sexual integral? Estamos hablando de quienes se apropian de masas de dinero que pueden traducirse en derechos sociales, económicos y culturales.

Visto de ese modo, los TLC deterioran las capacidades estatales para implementar políticas de género…

– Existen diferentes vías en las que los TLC y TBI pueden afectar a las mujeres. En el estudio que hacemos en el libro identificamos tres vías de acuerdo a los modos de desarrollo en los que los países latinoamericanos están insertos: la vía del comercio, la fiscal y la vía de la desregulación. Con respecto a la vía del comercio más arriba hablábamos del crecimiento económico y la incorporación de las mujeres al mercado de trabajo en condiciones de extrema precariedad. Asimismo, hay que considerar la carga de trabajo doméstico y de cuidados no remunerado que pesa sobre las mujeres. Los TLC pueden ser una herramienta para la reducción de costos laborales, pero no se habla de que las largas jornadas laborales a muy bajo ingreso y sin protección social, que  hace estallar la conciliación entre el inevitable trabajo de cuidado no remunerado cotidiano y el trabajo remunerado.

En cuanto a la eliminación de las trabas al comercio aplicadas como parte de los procesos de liberalización comercial, éstas implicaron un cambio en la inserción de América Latina en la economía mundial, a través de diferentes formas de extractivismo. En Argentina son exponentes la megaminería y el agronegocio. Hoy nos asustamos con la sola idea de los criaderos de chanchos para la exportación a China, la zoonosis que pueden causar en la población, el maltrato animal. El impacto diferencial sobre las mujeres se da a través de diferentes vías como hacerse cargo de los conflictos ambientales asociados por el deterioro de salud, el incremento de enfermedades y de cuidado de su entorno, el acceso a agua segura, el cambio en el uso de la tierra, los desplazamientos forzados, entre otras tantas dinámicas.

Otro problema que señala la publicación es el privilegio de los inversores para demandar a los Estados cuando toman medidas a favor de la población que afectan sus ganancias, ¿cómo se ubican los países de América Latina frente a esto en relación al resto del mundo?

– Las demandas de empresas contra los Estados han generado grandes debates internacionales, ya que muestran justamente la desigualdad entre los derechos de ambas partes. Las empresas pueden demandar a los Estados en los tribunales de arbitraje internacional, mientras que los Estados sólo pueden llevar a una empresa por violación de derechos humanos o medioambientales a los propios tribunales nacionales, que luego son acusados de parciales y poco objetivos.

América Latina está en una situación de gran desigualdad en este sentido, es uno de los continentes más demandados. Un caso paradigmático fue Suez vs. Argentina. El acceso al agua es un derecho humano, lo vemos muy claramente en la situación de pandemia. Sin embargo, la empresa Suez venía inclumpliendo la provisión de servicios y ampliación de la red de agua potable. Cuando se desandó el contrato con Argentina, Suez acudió a los tribunales internacionales del CIADI y ganó la demanda. Tanto como la deuda externa, estos juicios generan caudales de recursos hacia las empresas que limitan el ingreso disponible de los Estados para poder hacer políticas públicas. Esta historia se repite a lo largo y ancho de Latinoamérica con demandas millonarias  de las casas matrices que se asientan en los países desarrollados.

¿Qué acciones deberían tomar los Estados si se trazaran una hoja de ruta para escapar del callejón sin salida que plantean los tratados? 

Los TLC y TBI producen desregulaciones que impactan en amplias actividades económicas cómo el mercado laboral,  el sistema fiscal, la provisión de los servicios sociales y en los precios que se pagan por esos servicios. Es decir, impactan sobre la accesibilidad en servicios públicos y por ende tiene efectos concretos en la mayor carga global de trabajo doméstico y de cuidados no remunerados que asumen todos los días las mujeres en sus hogares. Una hoja de ruta mínima debiera contemplar estudios de impacto específicos antes de que se aprueben tales acuerdos, para saber contemplar qué efectos generan estas dinámicas en la población. Un poco más allá deberíamos discutir una integración regional orientada a la sostenibilidad de la vida, esto implica discutir el modelo económico de producción y reproducción que estamos sosteniendo. Esperamos con los análisis publicados contribuir a la discusión de este momento bisagra del mundo.

Por Nicolás G. Recoaro@ngrecoaro| 12 de septiembre de 2020

La Unión, La Lucha, San Martín y 20 de Julio. Así se llaman las barriadas que improvisaron las 2500 familias que ingresaron al predio. Sus historias desnudan el drama del déficit habitacional.
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El viento furioso que sopla del sur golpea las casillas forjadas con nylon, madera, alambre, cartón y, con suerte, alguna chapa. Se levantan sobre el descampado, en los márgenes olvidados de Guernica. Las casitas y carpas llegan hasta un bosque, el horizonte y mucho más allá. El ventarrón mañanero las zamarrea, las castiga, las maltrata. Pero no las puede doblegar. Tampoco a los vecinos que las construyeron.

“Pasamos lluvia, piedra, helada, la policía apretando… y mire, no se fue nadie. Estamos acá por necesidad, por nuestro derecho a tener un pedacito de tierra”, dice Leandro con la frente alta, desde su lote en la manzana 8. El joven de 28 años cuenta que está en pareja y tiene dos pibes. Hasta marzo pasado, cuando la peste llegó al país, se ganaba el mango como albañil. El jornal en negro alcanzaba raspando para pagar la pieza en el barrio de al lado, en Numancia. No mucho más: “Entonces llegó la cuarentena y me quedé sin laburo. Traté de inventarme changas, sacaba poco y nada. Ya debía cuatro meses de alquiler. La mayoría estamos en la misma. Changarines, vendedores ambulantes, buscas, trabajadores precarizados, todos afuera del sistema. Yo no quiero que mis hijos vivan abajo de un puente. Entrar acá fue la salida que encontramos.”

(Foto: Edgardo Gómez)

(Foto: Edgardo Gómez)

El dilema

Gente sin tierra, tierra sin gente. Hace casi dos meses, empujadas por la crisis habitacional y la eterna falta de techo, unas 2500 familias ingresaron al predio abandonado de casi un centenar de hectáreas en el municipio de Presidente Perón, en el último sudoeste del Conurbano. El deseo era construir un barrio donde vivir. Ya en el asentamiento se organizaron en asamblea, eligieron delegados y lotearon. Terminaron conformando cuatro barriadas: La Unión, La Lucha, San Martín y el 20 de Julio, en memoria del tórrido lunes invernal en el que se encendió la toma.

“La mayoría es gente de Presidente Perón. Vivían hacinados en casas de familiares o tuvieron que dejar el alquiler por las deudas. Es bravísima la situación en pandemia. El dilema es comer o pagar la pieza. Muchos ya estaban a la intemperie”, asegura Lorena, docente y militante activa del MULCS (Movimiento por la Unidad Latinoamericana y el Cambio Social), una de las tantas organizaciones que dan una mano en los barrios para capear la malaria, como el MTR Votamos Luchar, el FOL, la OLP Resistir y Luchar, el Polo Obrero, Víctor Choque, Barrios de Pie-Libres del Sur y el Frente Darío Santillán Corriente Nacional. La historia de Guernica, explica la maestra, está atravesada por las tomas: “Así creció esta parte del Conurbano en particular, y la Argentina postergada en general. Los asentamientos son la única forma que tienen los pobres para acceder a un techo”.

Esquivando charcos y barro, Lorena dice que después de 45 días de toma, las respuestas del municipio y la gobernación de Buenos Aires han consistido en la judicialización, el hostigamiento y la represión. “La parte del 20 de Julio está floja de papeles, hasta ahora en la causa nadie presentó documentos –detalla–. Supuestamente, hay solo algunos papeles de posesión y también denuncias por la venta fraudulenta que hizo el anterior intendente. Está ayudando la Gremial de Abogados, y el barrio sigue organizándose”.

Hace unas semanas, los funcionarios engañaron a las familias con un falso censo. Tomaron datos y 533 vecinos quedaron imputados: “En el medio hubo una mesa de diálogo con la intendenta Blanca Cantero, representantes de la provincia y los delegados del barrio. No se avanzó en nada. Ahora está la orden de desalojo. Hay mucho miedo”.

El pasado fin de semana, antesala a la protesta con sirenas y patrulleros, la brava Bonaerense intentó anticipar el peor final: se llevaron detenidos a nueve vecinos. ¿El delito? Traer agua y maderas a la barriada.

“La policía nos verduguea, nos cagaron a palos. Es difícil la lucha”, dice Alejandro, al tiempo que hunde sin descanso la pala en la tierra. El muchacho está armando una huerta en su terrenito: “Mañana le meto semillas, es buena tierra, bien negrita”. Para el verano promete cosechar generosos morrones, zapallos y mucha verdurita: “Para que coman los pibes en el comedor del barrio. De acá no nos vamos”.

(Foto: Edgardo Gómez)

(Foto: Edgardo Gómez)

La olla y el martillo

Carolina camina diez cuadras todas las mañanas para conseguir un poco de agua que les brinda una vecina del Numancia: «Ella es muy buena. Hay otros que se aprovechan, empezaron a cobrar, hasta 100 pesos por bidón”, tira la bronca la cocinera y se acomoda el barbijo casero que la protege del virus. No deja de revolver con un palo el guiso de la olla popular. Pollo, cebolla y algo de calabaza: “Cada vecino pone lo que puede, todos ayudamos. A la tarde hacemos mate cocido y tortas fritas para los chicos”.

Cuenta Carolina que es migrante paraguaya, oriunda de las rojas tierras de Encarnación. Se vino con su mamá cuando tenía diez años. Ahora anda por los 26. Fue empleada doméstica y vendedora de ropa. Está sin una moneda. Sola cría a su hija Safira, que corretea un barrilete cerca de la casilla: “No pudimos con el alquiler, con lo puesto nos vinimos al terreno. Dormimos en una hamaca, cuando llueve nos gotea el nylon del techo. Nada tenemos. Si nos sacan de acá, ¿a dónde vamos a ir?”.

Alejandro sabe que hay que ser preciso con el martillo. Bajo el sol tibio del mediodía ayuda a sus vecinos a armar el esqueleto de una casilla. “El Pela”, como lo apodan sus compañeros, hace un alto en la faena con los clavos. Reflexiona usando la palabra con precisión, como cuando trabaja la madera: “Los políticos y los medios demonizan la recuperación de tierras. Cuando ellos miran este predio, seguro piensan en hacer un country, un negocio inmobiliario. Para nosotros, es la posibilidad de tener un futuro”.

Yamila llegó al predio el 23 de julio con sus hermanos. La morocha estudia trabajo social y milita en el FOL (Frente de Organizaciones en Lucha). Sabe que para lograr la ansiada urbanización, la clave está en el trabajo colectivo: “La pelea es de todos los vecinos y vecinas. Si no nos hubiéramos organizado, ya nos habrían sacado. Por algo le pusimos La Unión”. A veces, cuando lee en el teléfono las noticias sobre su barrio, Yamila se agarra flor de bronca: “Muchos medios corren el eje y solo lo reducen a la toma de tierras, nos llaman usurpadores. El tema es mucho más complejo. ¿Y las necesidades de las familias? ¿Y la falta de oportunidades? La gente acá no está por gusto. En la pandemia nos quedamos sin trabajo, con deudas, sin casa, era imposible seguir así”.

(Foto: Edgardo Gómez)

(Foto: Edgardo Gómez)

Dónde caerme muerto

Desde el lote de Juan puede verse el camión de la infantería, que vigila con recelo el acceso al barrio: “A veces ni agua dejan entrar. Es algo esencial, tengo cuatro criaturas. Dígame, ¿cómo les hago un té?”. Juan tiene 23 años y es cartonero. La calle en cuarentena, asegura el muchacho, ya canoso, está cada vez más brava. Últimamente no saca ni para los pañales: “Está re dura. Mucha gente se metió en el cartón, hasta oficiales albañiles hay cartoneando”. Después, agradece las manos solidarias que le tienden sus compañeros: “Estoy acá porque no puedo pagar un alquiler. Usted nos ve: pasamos frío, no tenemos baño, aguantamos como podemos, esta es nuestra realidad. La de todos los que necesitamos un pedazo de tierra, para hacernos una casita y dejarles a nuestros hijos. Para de una buena vez, tener algo el día de mañana”.

A don Francisco se lo encuentra tomando unos mates frente al ranchito que armó con cuatro chapones en la zona de La Lucha. Ahí guarda un colchón, un par de frazadas y su dignidad infinita. Estoico albañil desocupado, con 60 años sobre el lomo. Seis meses sin trabajar, nada de nada, le comieron los ahorros: “Como Dios me trajo al mundo. Abandonado y olvidado, así me siento”. Sin embargo, dice, no se va a rendir. Menos ahora que consiguió un terrenito: “La vamos a pelear con los compañeros. Hay que aguantar, es duro, pero hay que aguantar. Ahora tengo dónde caerme muerto. No tenga dudas, esta es nuestra tierra”.

 

Nota publicada en el micrositio #HábitatyPandemia realizado junto con Tiempo Argentino.

Conocelo: https://www.tiempoar.com.ar/habitat-y-pandemia

Desde el año 2017, la Fundación Rosa Luxemburgo inició una alianza de trabajo con Tiempo Argentino, un medio cooperativo gestionado por sus trabajadoras y trabajadores, para visibilizar y analizar críticamente temas de agenda como lo fueron en esos años la reunión de la OMC en el país, o la reunión del G20 durante el 2018. Este año nos propusimos continuar construyendo esta alianza, pero en un contexto que nos puso en un mayor desafío: una pandemia global que sumergió al mundo en una crisis socio-sanitaria y económica, cuyas consecuencias más graves aún no podemos preveer. Una crisis que, sobre todo, profundiza condiciones estructurales de desigualdad ya existentes.

Entre ellas, las consecuencias del modelo extractivo de desarrollo sobre los territorios y cuerpos es un tema que tanto desde la Fundación Rosa Luxemburgo como desde Tiempo Argentino se vienen abordando y denunciando desde hace un tiempo, sin embargo, este año, el micrositio de Ambiente llega en un momento más que oportuno: cuando la discusión sobre el modelo extractivista y las políticas ambientales y agropecuarias es especialmente urgente (por los acuerdos comerciales con gigantes como China, programas de desarrollo agrícola que re-versionan la Revolución Verde, pero con el matiz de una agricultura 4.0 (AgTech); multinacionales disfrazadas de un discurso verde que toman a la soberanía alimentaria y la agro ecología como bandera de sus acciones de depredación del ambiente; incendios en humedales, en cerros; la discusión sobre el Derecho a la Alimentación y sobre quienes nos alimentan realmente).

En un contexto de emergencia económica en las que la industria alimentaria oligopólica no cesó de especular sobre el precio de los alimentos, lo que podemos afirmar es que las actividades extractivas no cumplieron con la cuarentena: se siguió fumigando, desmontando, incendiando.

Conocé el micrositio en: https://www.tiempoar.com.ar/activo-ambiental