Quédate en casa, lávate las manos con frecuencia y mantené metro y medio de distancia social; han sido las tres consignas más fuertes entre las directrices sanitarias para evitar la propagación del Covid-19. Todas ellas pensadas para la clase media urbana y de allí para arriba. Las preguntas y reclamos que algunos sectores vienen planteando desde hace décadas respecto de las desigualdades sociales y las injusticias espaciales en las ciudades han quedado al descubierto frente a los ojos de todxs. Cómo se quedan en casa quienes no tienen, cómo lavarse si no hay agua potable; que metro y medio de distancia posible entre pasillos de menos que eso y el hacinamiento como moneda de cambio en los barrios populares.

Hablar de Pandemia y Hábitat, es oportuno pero especialmente urgente. Problematizar el modelo de planificación de la ciudad neoliberal es hoy un eje central para la acción política porque estas tres consignas que parecen tan sencillas resultan impracticables para muchas personas. Es por ello que nace este micrositio con el propósito de buscar, mostrar y analizar al fondo de la cuestión; no solamente a través de la noticia del caso concreto que con tanta vehemencia muestra el drama del déficit y la informalidad habitacional; sino mediante un periodismo analítico e investigativo que se nutre de miradas y conversaciones con expertxs, para aportar al debate y a la necesidad de sacar a luz las raíces de estas problemáticas del hábitat en las grandes ciudades que han quedado expuestas en su magnitud con esta pandemia que llegó, pero que quedarán profundamente agravadas cuando se vaya.

Conocé el micrositio #HábitatyPandemia: https://www.tiempoar.com.ar/micrositio/habitat/

 

ANAMURI

 

Por Patricia Lizarraga y Víctor Miguel

Desde el año 2002, cada 26 de agosto en Chile se conmemora el día de las Asalariadas Agrícolas, con acciones de lucha y reivindicación en todo el país.  Esta fecha, fruto de la lucha de las mujeres asalariadas agrícolas y campesinas, fue impulsada por la Asociación Nacional de Mujeres Rurales e Indígenas de Chile, ANAMURI, fundada el 13 de junio de 1998.  

ANAMURI representa la diversidad y heterogeneidad del mundo rural de hoy y del feminismo campesino. Sus bases están constituidas por mujeres campesinas y asalariadas de los sectores rurales y periurbanos, por organizaciones de mujeres de pueblos originarios: Aymara, Quechua, Licarantay, Colla, Diaguita, Mapuche y por sectores de las comunidades afrodescendientes. Representan mayoritariamente los intereses de las mujeres que trabajan en el sector silvo-agropecuario y agrícola, y las trabajadoras del mar.  

El 10 de septiembre el 2019, días antes de la revuelta del pueblo chileno, la organización dio un paso histórico para el movimiento sindical del país, con la creación del “Sindicato Nacional de Trabajadoras Eventuales de la Agro exportación y del Mar”, para representar a las trabajadoras invisibilizadas en los rubros de la agro exportación de temporada, pesqueras y recolectoras de orilla de mar. 

En un contexto de una grave crisis social y sanitaria provocada por el COVID19, que profundiza aún más el desamparo estatal hacia el pueblo chileno, las compañeras de ANAMURI continúan con sus acciones en los territorios, sosteniendo la situación de las trabajadoras asalariadas y campesinas, con asistencia legal y gremial ante el incumplimiento de las empresas agro-exportadoras sobre las normas de protección sanitaria para sus trabajadoras. La situación de pandemia llevó a todas las organizaciones territoriales a generar novedosas formas de comunicación y nuevas prácticas de resistencia ante el imparable avance de un modelo extractivista que no sabe de cuarentenas ni de confinamiento.

A pocas semanas de cumplirse un año de la creación del Sindicato, y en el día de las Asalariadas Agrícolas, conversamos con una de las fundadoras de ANAMURI, Alicia Muñoz, sobre el sentido histórico de la fecha, la formalización de su organización gremial, y los desafíos de la coyuntura actual para la organización. 

 

¿Por qué toman el 26 de agosto como el día de las asalariadas agrícolas?

En los noventa nos preguntamos por qué en Chile no había una organización para nosotras las mujeres rurales e indígenas. Cuando nace Anamuri en 1998 no sabíamos si iba a sobrevivir en el tiempo. Cuando pasamos el quinto año “Pancha” (Francisca Rodriguez) me dijo “ya Alicia, nos podemos morir, está organización ya echó raiz”. Hemos intentado visibilizar un trabajo oculto desde el punto de vista de las trabajadoras. Antes nos llamaban las “temporeras” a modo de estigma; nos consideraban sólo en estadísticas y en números, hasta éramos objetos de estudio de algunxs. Pero somos trabajadoras. El año 2002 hicimos una asamblea donde llegamos al consenso de que con nuestras manos empieza la exportación, exigiendo por ello contratos dignos, una previsión y un acceso a la salud digna. Esas fueron nuestras primeras demandas. Viajamos a Santiago y nos dirigimos a Ricardo Lagos, presidente de ese entonces, y lo invitamos a ver nuestro trabajo (es algo que había prometido en su campaña). Convocamos a una primera asamblea nacional de las asalariadas, teníamos muchas ilusiones, nos enamoramos del proceso: capacitamos a muchas compañeras y compartimos nuestros saberes. 

No era posible que siguiéramos trabajando y desconociéramos, por ejemplo, adónde iba el descuento previsional que nos hacían por AFP. Discutíamos para que nuestro trabajo sea en condiciones sanas, óptimas, dignas. El 26 de agosto llegó el presidente y se encontró con una tremenda asamblea, inolvidable para nosotras, fue el hito más grande: primera vez que llega un gobierno a sentarse y escuchar a las mujeres. Hicimos comisiones para trabajar demandas bien concretas. Desde las 7 de la mañana estuvimos discutiendo hasta las 4 de la tarde. Éramos 1500 mujeres en un salón inmenso. Le dijimos al presidente que teníamos mucha rabia con él porque llegó tarde y su seguridad nos decía que no tenía mucho tiempo, cuando el día anterior se había juntado seis horas con los representantes del “agro”. 

Una vez entregadas las demandas le dijimos que íbamos a ser un seguimiento a esto. En la asamblea estuvieron todos los ministerios presentes, de trabajo, salud, educación… era un acontecimiento ver a tantas mujeres reunidas. Les dijimos que no queríamos trabajar más con contratistas porque ellos se quedaban con la mitad del sueldo. Acordamos con el presidente juntarnos el 26 de agosto del 2003, un año después, para evaluar los avances de esta primera asamblea. Pero sólo fueron promesas. Nuestras demandas las asumió el gobierno de Michelle Bachelet pero las redujo a una pensión para amas de casa y nosotras no somos sólo eso, somos, sobre todo, trabajadoras asalariadas. No pedíamos sólo una jubilación. No nos entendían ni los investigadores, académicos, políticos. Esta fue una de nuestras grandes desilusiones. 

Todos los años a partir de entonces, cada 26 de agosto, nos juntábamos a hacer un recuento y a marchar hacia los ministerios. Dejábamos nuestras cartas también a los empresarios. Todas las demandas incumplidas. Este día quedó, entonces, para homenajearnos a nosotras mismas, fijarnos un recordatorio de festejo y de lucha. 

Hicimos en el segundo año una marcha del puerto de Valparaíso al parlamento. Entramos e hicimos que lxs parlamentarixs se comprometieran, sobre todo los que por lugar de procedencia están involucrados en el tema agrícola y de producción de exportación. Cada año fue una marcha, fue dejar un petitorio al ministerio, a los empresarios y a la opinión pública.

Cadal 26 de agosto ahora se identifica en todo el país que es el día de la trabajadora asalariada agrícola. Es una victoria para aquellas trabajadoras que alguna vez tuvimos jornadas de 12 o 14 horas tengamos un día de reivindicación de nuestra lucha.

¿Qué cosas significativas consideras que lograron durante ese tiempo hasta la conformación del sindicato?

Instalamos otra forma de visibilizar la violencia del trabajo y el poder dinero. En el 2009 creamos los tribunales éticos, que fueron un aporte tremendo. A través de ellos mucha gente se enteró de que eran terribles las discriminaciones o los accidentes en el trabajo. Denunciábamos el uso de los plaguicidas, mujeres quemadas por recoger las habas, el nacimiento de niños y niñas con malformación, etc. Desde el 2009 cada 25 de noviembre, el día de no más violencia hacia las mujeres, nosotras incluimos la no violencia en el trabajo. Hoy llegamos a la conclusión de que necesitamos avanzar a una etapa superior, que sería la instalación del sindicato al interior de Anamuri, nacional. Un sindicato en el que cualquier mujer diga “estoy en el sindicato de Anamuri, puedo ir a la dirección del trabajo de mi región y reclamar algún maltrato por despido injustificado o por no reconocer las licencias prenatales”, etc. Planteamos este sindicato y todas estuvieron encantadas. 

¿Cómo las interpeló el contexto de revueltas de octubre del año pasado?

Con mucho gusto recibimos la revolución social. Ha sido para nosotras la esperanza de cambiar las cosas en el país, donde se instalaron públicamente las demandas de esas enormes masas que salimos a las calles. Sobre todo la demanda de una nueva constitución. Eso ya no se puede soltar, no hay marcha atrás. Nosotras trabajamos para fortalecer las organizaciones. Sobre todo durante las revueltas y también en este contexto adverso como en la pandemia que nos toca vivir en el presente. 

¿De qué manera las afectó la pandemia, qué retos para consolidar el sindicato implica trabajar en este contexto?

Nos tuvimos que familiarizar con las pantallas. Las usamos todos los días para trabajar en el fortalecimiento de la organización en lo que va de la pandemia. Si algo le podemos agradecer al capitalismo es esta tecnología que nos permite comunicarnos con gente de otras geografías. Nos hemos podido juntar igual a través de estos dispositivos, los celulares, para darnos fuerza. Nos proponemos hacer un catastro en nuestra comunidad para saber cuántas mujeres la están pasando mal, qué necesitan, si no tienen para el gas u otros recursos básicos. Nos planteamos una organización a partir de la solidaridad entre mujeres. Nos llamamos, nos informamos y sabemos cómo estamos, sobre todo entre marzo y mayo que fue el período del término de la cosecha de la fruta, donde estaban todas muy hacinadas. A los empresarios les interesaba sacar la fruta antes que la cuarentena se pusiera peor y obligaron a trabajar a muchas como en los peores años. En ese período hubo muchos contagios. Hablamos con nuestrxs abogados y abogadas y sacamos una declaración pública. Los que hacían desde el gobierno era elegir quiénes vivían y quiénes no. Este gobierno es suicida, no le importa la vida de nadie: mientras su sector empresarial está bien, el sector de trabajadoras que mueve el país no les importa. Las transnacionales se reparten las ganancias públicamente y eso es indignante. Nosotras creemos que este gobierno es una vuelta a los años de la dictadura, pero con formas irreverentes, porque todas y todos lo estamos viendo. La dictadura trabajaba a escondidas, pero hoy es todo evidente. No se esconden para mentir.

La formación del sindicato tiene como novedad la inclusión de las recolectoras de orillas de mar…

Nosotras tenemos un proyecto de vida que tiene que ver con la soberanía alimentaria. Ellas también trabajan y llevan alimento a todos los hogares.Las recolectoras de orilla de mar y las recolectoras de frutas y hortalizas son rubros que se tienen que enlazar en la organización para pelear derechos y dignificar dichos trabajos. A las trabajadoras del mar les dicen “orilleras”, aún en la opinión pública no se las reconoce como trabajadoras. Es un trabajo oculto que no tiene visibilidad. Por eso este sindicato tiene una doble tarea: además de visibilizar la problemática, le damos dignidad a las trabajadoras al hacer que existan leyes que reconozcan este trabajo. También estamos haciendo alianzas con el sector de las trabajadoras de casas particulares, que siempre vienen del campo, de comunidades indígenas y de los sectores más pobres del país. Esas mujeres van a trabajar a casa de los ricos donde les pagan una miseria y tampoco tienen derechos garantizados.

¿Algo para añadir como cierre?

Alguien nos dijo alguna vez que deberíamos ser como las gallinas, que ponen un huevo y cacarean… Nosotras hacemos muchísimas cosas, pero no tenemos prensa o no somos de interés para los medios. Quizás es un error, pero intentamos mejorar en las tareas de difusión.

 

“No estoy satisfecha con la manera en que se suelen escribir los artículos en el partido”, se quejó Rosa Luxemburgo hace más de 100 años, refiriéndose al Partido Socialdemócrata Alemán, la fuerza más importante del progresismo europeo en la época anterior a la Primera Guerra Mundial (1914-18).

“Todo es tan serio, tan seco, tan estereotipado… Sé que el mundo es diferente, y otros tiempos necesitan otras canciones. Nuestras mamarrachadas no suelen ser una canción, sino un zurrido insulso y bronco, como el sonido de la rueda de una máquina”.

Y ofrece una hipótesis interesante: “Creo que ello se debe a que por lo general la gente, cuando los escribe, tiende a olvidar que hay que recogerse y sentir la importancia y verdad de lo escrito”.

Cuando la Oficina Cono Sur de la Fundación Rosa Luxemburgo, dedicada a la formación política internacionalista, está cumpliendo cinco años de presencia física en Buenos Aires, abrimos un nuevo capítulo en nuestra comunicación. Menos que nunca nos podemos dar el lujo de ignorar a los llamados medios sociales. No desconocemos los peligros de la acumulación de poder de las transnacionales multimedia como Twitter, Facebook, Youtube, Telegram, Spotify o Instagram.

Sin embargo, pretendemos utilizar sus herramientas de una manera dirigida e inteligente, para promocionar los eventos, las publicaciones, los videos, los podcasts, los boletines, los libros, los mapas, las cartillas, los suplementos, los atlas y mucho más que nuestrxs aliadxs o nosotrxs mismxs tenemos a ofrecer.

Finalmente, las LecturasRosaLux” que suceden a los “Puntos de debate” que se crearon en la oficina de São Paulo, en 2014, están pensadas para divulgar textos o dossiers de una importancia y calidad que vayan más allá de lo meramente coyuntural. El dossier “Pandemias urbanas en tiempos de Covid” es un buen ejemplo para mostrar qué nos proponemos. ¡Buena lectura!

Gerhard Dilger

Fundación Rosa Luxemburgo

Director de la Oficina regional Cono Sur

 

Descarga completa aquí

 

La editorial Tinta Limón junto a nuestra fundación presentan «En letras de sangre y fuego. Trabajo, maquinas y crisis del capitalismo», nuevo libro del filósofo estadounidense George Caffentzis. 

Los ensayos que conforman este volumen se ofrecen como un puente entre las concepciones y luchas del movimiento obrero “pasado” (de los siglos XIX y XX) y los nuevos movimientos que irrumpieron con la “revolución inconclusa” de la década del ’60.
Caffentzis se propone dotar de base teórica a las luchas en un contexto en el que las mutaciones del capital obligan a “estirar” los conceptos clásicos para hacerlos iluminar las formas actuales que adopta la explotación y el rechazo del trabajo.
Una manera renovada de asumir la lucha de clases que pone en el centro el problema de los comunes como un modo de enfrentar al capitalismo en su fase totalitaria. Una lucha que involucra la producción y reproducción de la vida; la solidaridad entre trabajadores, mundo animal y naturaleza.
Entrevista completa:
George Caffentzis (Nueva York,1945) es filósofo, profesor y militante. Su área de interés como académico es la Filosofía del dinero y la Filosofía de la Ciencia y la Tecnología. Como militante, siendo todavía estudiante, participó del Movimiento por los derechos civiles y de las protestas contra la Guerra de Vietnam. Junto a su compañera Silvia Federici, Peter Linebaugh y otros compañeros, fundó Midnight Notes Collective, con quienes escribió y publicó gran parte de su obra de investigación política. En los ochenta siendo profesor en Nigeria, fue coordinador del Committee for Academic Freedom in Africa (CAFA). Durante treinta años fue profesor de filosofía en la University of Southern Maine. Entre sus libros se destacan Clipped Coins, Abused Words and Civil Government: John Locke’s Philosophy of Money (1989); Exciting the Industry of Mankind: George Berkeley’s Philosophy of Money (2000); Auroras of the Zapatistas: Local and Global Struggles in the Fourth World War (2001); y No Blood For Oil! Essays on Energy, Class Struggle, and War (2017); Los límites del capital. Deuda, moneda y lucha de clases (Tinta Limón, 2018).

 

Desde que el Tratado de Libre Comercio para América del Norte (TLCAN) vio la luz en 1994 han pasado más de 25 años. Desde entones el poder corporativo de las empresas trasnacionales y el modelo de desarrollo asociado a sus negocios no ha dejado de crecer. A pesar del naufragio del Área de Libre Comercio para las Américas (ALCA) en 2005, los acuerdos de comercio e inversiones no detuvieron su avance y aun hoy siguen creciendo y reconfigurándose.

Pero estas bodas de plata exigen un balance y un análisis crítico. Porque de sus promesas iniciales los TLC -también conocidos como tratados vampiro- y TBI han dejando un tendal de impactos negativos que, a la luz de la evidencia, han demostrado ser verdaderos mitos.

Este libro es un trabajo colectivo de las organizaciones que integran la Plataforma América Latina Mejor Sin TLC que cuenta con el auspicio y apoyo de la Fundación Rosa Luxemburgo. Tiene por objetivo mostrar los efectos de los tratados comerciales y de protección de inversiones a 25 años de su puesta en marcha en la región. Se trata de un esfuerzo de compilación pocas veces visto sobre el tema, que aspira a contribuir al debate crítico y a la acción colectiva.

Escriben:
Alberto Arroyo Picard | Jorge Coronado Marroquín | Lucía Bárcena | Luciana Ghiotto | Bettina Müller | Cecilia Olivet | Adhemar S. Mineiro | Mariela Bacigalupo | María Lorena Di Giano | Elizabeth Bravo | Cecilia Chérrez | Alexia Delfosse | Patricia Laterra | Agostina Costantino.

Compiladoras:
Luciana Ghiotto |Patricia Laterra

Disponible en forma libre y gratuita, en formato pdf, AQUÍ.

Integran la Plataforma América Latina Mejor Sin TLC:

Asamblea Argentina mejor sin TLC | Rede Brasileira pela Integração dos Povos (REBRIP)Plataforma Chile mejor sin TLC | Ecuador Decide Mejor Sin TLC | Convergencia de Organizaciones Sociales y Ciudadanas México Mejor Sin TLCs | RedGE – Red Peruana por una Globalización con Equidad |ISP – Internacional de Servicios Públicos | CLATE – Confederación Latinoamericana y del Caribe de Trabajadores Estatales | Latindadd – Red Latinoamericana por Justicia Económica y Social |ESNA – Encuentro Sindical Nuestra América | RedLAM – Red Latinoamericana por el Acceso a Medicamentos | Alianza LAC-Global por el Acceso a MedicamentosGlobal Forest Coalition | Red de Género y ComercioDAWN – Mujeres por un Desarrollo Alternativo para una Nueva Era |Comité para la Abolición de las Deudas Ilegítimas, Abya Yala – Nuestra América (CADTM Abya Yala) | Fundación Solón, Bolivia.

Claudio Rodríguez, ICAL 

La sociedad chilena se ha visto fuertemente trastocada a partir del 18 de octubre de 2019. El Estallido Social marcó un quiebre definitivo con las lógicas transicionales del período pos dictatorial, dando cuenta de una fractura de dimensiones insospechadas entre las llamadas élites y la ciudadanía. Se cuestionan los 30 años desde que se inició la transición a la democracia bajo la dirección de la clase política, privilegiada y separada de la vida común de lxs chilenxs. Nos encontramos en medio de un proceso constituyente, inédito e insospechado: emerge una nueva cartografía política.

La revuelta popular es un punto de inflexión en la historia del país, reforzado con el devenir de la pandemia, iniciada el 3 de marzo cuando se detecta el primer caso e intensificada en sus efectos con el inicio del Estado de Emergencia del 14 de marzo y un posterior confinamiento que amenazaba con adormecer la movilización social.

En un inicio, la pandemia pareció una oportunidad para un gobierno fuertemente debilitado y deslegitimado. La gran marcha del Día Internacional de la Mujer del 8 de marzo, con la asistencia de 2 millones de mujeres, dejaba al gobierno en un mal pie, sin capacidad de respuesta política ante el fortalecimiento que esta masiva manifestación representaba para el proceso de protesta social que se había abierto en el denominado “octubre rojo”. Un gobierno amenazado, sin capacidad de conducción, que se sostenía frágilmente en el acuerdo político del 15 de noviembre cuando los partidos de derecha y una parte de la oposición habían definido darle salida al conflicto que amenazaba al gobierno, a través de un acuerdo cupular que intentaba canalizar la demanda social y el proceso constituyente puesto en marcha por la ciudadanía, para poder cambiar la constitución de 1980 por una construida –por vez primera en la historia de Chile- democráticamente.

La pandemia representó la última oportunidad para la derecha de retomar la agenda de gobierno, pero sus respuestas tardías y anquilosadas en la ortodoxia neoliberal terminaron por subsumir al gobierno en un mayor descrédito, al no poder dar una respuesta adecuada a las demandas sociales y económicas generadas por la crisis sociosanitaria. Aparece reforzada la necesidad de avanzar en el camino de una nueva Constitución.

Medidas insuficientes para enfrentar la pandemia

El ejecutivo ha llegado mal y tarde para responder a la crisis, desconectado de la realidad. No ha existido relación entre la pertinencia de la respuesta y la magnitud de la crisis. El hambre y la falta de ingresos se han constituido en una amenaza de primer orden para el pueblo. El Instituto Nacional de Estadísticas da cuenta de que el desempleo ha llegado al 12.2% en el trimestre abril-junio, casi el doble más de los que existía al término del gobierno de Michelle Bachelet.

Al 1,8 millón de empleos perdidos deben sumarse alrededor de 700 mil trabajadores que están con suspensión laboral, acogidos a la ley de protección del empleo. Esta ley, de corte neoliberal y aprobada en la fase inicial de la pandemia, permite el uso del seguro de cesantía para evitar -con fondos de los trabajadores- la quiebra o una crisis de las empresas. A estas cifras debe agregarse aquella fuerza laboral que no busca empleo. En total, alrededor del 30% de la fuerza laboral está en plena crisis y luchando por la sobrevivencia cotidiana.

La respuesta del gobierno ha sido un conjunto de medidas de corte neoliberal que, bajo la trasnochada lógica de la hiperfocalización, y un discurso de una Red de Protección Social que solo ellos logran vislumbrar, buscó privilegiar el bienestar de las empresas, cargando en definitiva sobre los hombros de los propios trabajadorxs los efectos de la crisis.

A la ya mencionada ley de protección el empleo, podemos agregar el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) que en sus distintas versiones (IFE 1 en mayo, IFE 2 en junio y una reciente tercera versión aprobada el 31 de julio, que busca aumentar coberturas y simplificar las postulaciones) ha sido insuficiente para que las familias más pobres puedan evitar el hambre y mantener condiciones de confinamiento real para que no deban movilizarse para obtener ingresos. El criterio de focalización termina dejando fuera a muchas de las familias que debieran recibir apoyo, y cuando éste llega, se hace insuficiente, ya que el ingreso está alrededor de un 15% por debajo de lo que un hogar necesita para estar sobre la línea de la pobreza. s grave aún, se ha ignorado alrededor de 1 millón de hogares que requieren apoyo, con un déficit de cobertura en una situación de emergencia social única en 100 años.

Ello provocó en mayo las llamadas “Protestas del Hambre”. En distintos puntos del país, miles de personas y organizaciones sociales empezaron a manifestarse rompiendo las condiciones de cuarentena para exigir respuestas por parte del gobierno que, manteniendo la ortodoxia neoliberal, proponía como gran solución el acceso a créditos blandos, sin interés, para que la gente pudiera tener acceso a recursos para sobrevivir la pandemia.

Esta lógica de sobreendeudar a la población y hacerla cargar con el costo de la crisis provocó el rechazo mayoritariamente abrumador del gobierno. Ello, sumado a la oposición del gobierno ante la propuesta del retiro de fondos de las AFPs para paliar la crisis, generó un complejo cuadro de gobernabilidad. Según una encuesta, La aprobación al Presidente Piñera sigue el descenso iniciado en mayo, llegando en julio a un 12% de aprobación, porcentaje equivalente a los meses post estallido social del octubre. La marcada distancia con el proyecto de retiro del 10% de los ahorros previsionales le pasó la cuenta a un gobierno que ya venía cuestionado por el manejo de la crisis sanitaria, particularmente con la transparencia en torno a las cifras” (La Tercera, 5/8/20).

El quiebre de la derecha

Inclusive dentro del propio sector oficialista el gobierno fue perdiendo apoyo. Hay un debate creciente dentro de la derecha entre lo que se ha denominado una “derecha social” y una “derecha económica”. Esta última ha tenido predominio en la esfera política en las últimas cuatro décadas. Surgida a partir de la mirada que provocó la revolución neoliberal en contexto de dictadura, mantuvo su hegemonía en el período de transición para encauzar dicha etapa desde su rol opositor, pero habría demostrado su poca capacidad de gobernar al responder a las demandas sociales con respuestas economicistas que no logran hacer sentido común con una ciudadanía más crítica y que hoy demanda soluciones políticas resituando al Estado como un actor clave en asegurar mayores condiciones de protección y bienestar.

Emerge una corriente más “social” en la derecha que mira con recelo el apego irrestricto y la sobreideologización economicista que ve la subsidiariedad como un dogma. Esta mirada extremadamente sesgada y principista sobre el neoliberalismo, mayoritaria de la derecha, es criticada desde dentro. En palabras de uno de los nuevos referentes intelectuales de la derecha, el académico Hugo Herrera, esta crítica es al economicismo, no a la economía – a la reducción de la política a la economía, según la idea de Friedman y sus legitimarios chilenos. El economicismo “pervierte la política. En él, la política ya no puede dirigirse eminentemente al despliegue de todos los aspectos de los miembros de un pueblo, su faceta individual y comunitaria”.

Así, acá encontraríamos una de las diferencias político ideológicas de la clase dominante, dentro de la cual se fragmenta el apego a la doctrina más dura del neoliberalismo. Es un proceso que merece ser observado de cara al cuadro político que se abre.

“El pueblo ayuda al pueblo” y el retiro del 10% del fondo de pensiones

Al calor del cuestionamiento a la institucionalidad y el modelo neoliberal subyacente al estallido social de octubre de 2019 se fue configurando un proceso de rearticulación y politización de las fuerzas populares que ha ido tomado una fisonomía particular en el marco de la pandemia.

En el marco de la crisis generada a partir de los problemas económicos que devienen de la contracción productiva, han surgido diversas respuestas, ampliando las experiencias de organización desde el mundo social, sindical y territorial a partir del inicio del proceso constituyente abierto el 18 de octubre del año pasado, como los cabildos ciudadanos y las asambleas territoriales. A ello, se suman las experiencias que han tenido los movimientos estudiantiles, sindicales, ecologistas y feministas en los últimos lustros, que hoy encuentran anclaje territorial.

Quizás la más reconocida son las Ollas Comunes, como respuesta al problema del hambre, impulsadas por las organizaciones sociales, sindicales, asambleas y cabildos. Se trata de una respuesta efectiva que recoge la memoria organizacional del pueblo. Al entregar alimentación a los sectores afectados, simbolizan un imaginario crítico y contracultural a las lógicas neoliberales que han imperado en las últimas décadas y desde las cuales el gobierno construyó respuestas insuficientes.

Bajo el slogan de “el pueblo ayuda al pueblo” se ha ido conformando un imaginario

político nuevo que da cuenta de una forma distinta de abordar la crisis, donde junto a las miles de ollas comunes aparecen variadas respuestas solidarias de apoyo en asistencia social, compra de insumos y equipamientos básicos para enfrentar la crisis como la entrega de pañales, insumos sanitarios y camas. Otros más promocionales como la compra de insumos básicos de forma colectiva (comprando juntos), cooperativas orientadas a la subsistencia, el desarrollo de huertas comunitarias e incluso la asistencia en materia de violencia intrafamiliar y cuidados.

Junto a esta multiplicidad de acciones, ha tenido una gran repercusión la movilización ciudadana generada en torno al retiro del 10% del fondo de pensiones. Esta aparece como una forma de encontrar una respuesta concreta a las necesidades económicas producto de la pérdida o disminución de ingresos y de las respuestas insuficientes del gobierno, denotando la ausencia de un Estado protector de la población.

Ante la propuesta de retiro del 10% de los fondos de pensiones, presentada por sectores de la oposición en el Congreso, se articuló una fuerte campaña de terror desplegada desde los grupos económicos, encabezados por la propia Confederación de la Producción y el Comercio y la Asociación de AFPs, que logró alinear al gobierno y a la mayor parte de la derecha.

Ante la ausencia de la iniciativa legislativa por parte del ejecutivo, que en materias de seguridad social es atribución del Presidente según la constitución política, la salida fue promover una reforma constitucional que permitiera por vez única y en el escenario de crisis, sacar parte de los fondos de pensiones.

La iniciativa encontró un apoyo abrumador por parte de la ciudadanía, así como logró unir a la oposición. La encuesta de CADEM –encuestadora asociada a sectores de derecha- previa a la aprobación del retiro, indicaba que el 86% de la población apoyaba sacar el 10%, así como indicaba que el 51% lo usaría para la compra de alimentos o insumos básicos. Ello fue generando una mayoría que empezó a expresarse también en el parlamento en el momento de la discusión de la reforma constitucional.

La propuesta representaba para los sectores dominantes una amenaza a la institucionalidad. Paradójicamente los argumentos señalados para trabar la iniciativa fueron construidos con un discurso que se alejaba del neoliberalismo que proclaman. De esta manera, se señaló que ello implicaba trastocar los principios de la seguridad social; que era el Estado quien debía dar respuesta a la crisis y que ésta no tenía que salir de los fondos de los propios trabajadores y trabajadoras, afectando su futura pensión. También se señaló que representaba una política regresiva, que favorecería a sectores más acomodados que no requerirían apoyo. Adicionalmente, se remarcaba que podría generar una gran crisis en el sistema financiero al retirar cerca de 20.000 millones de dólares que harían que las inversiones decayeran afectando la imagen país, lo que generaría un marco de inestabilidad que afectaría la economía – una perfecta película de terror que no amilanó el sentir de la población, desconfiada hacia los discursos del empresariado y el gobierno.

La ciudadanía, en tanto, veía el retiro de fondos no solo como una medida eficaz, sino que representaba un acto de justicia haciendo suyo lo que por cerca de 30 años el discurso neoliberal había señalado para, entre otras cosas, evitar una reforma de fondo al sistema de capitalización individual que sostiene el sistema financiero en Chile; se señaló de forma permanente que los fondos de pensiones son de los trabajadores y ninguna reforma puede tocar fondos que les pertenecen. Cuando la ex presidenta Bachelet propuso el aumento de la cotización y la creación de un pilar colectivo (de reparto) la respuesta de la entonces oposición neoliberal fue que ello era meterle la mano al bolsillo de la gente.” Ahora, la gente iba por lo suyo.

Fue el propio discurso neoliberal el que permitió correr el cerco al principal nudo del sistema económico chileno como es el sistema de pensiones. El día de la votación en la cámara de diputados hubo una gran movilización ciudadana, caceroleos que se escucharon a lo largo de todos los rincones del país, dieron cuenta de la presión existente al mundo político para aprobar la reforma, lo que encontró eco finalmente en propios legisladores de derecha que, desoyendo al gobierno y a los grupos económicos que los sustentan, apoyaron la iniciativa logrando los 3/5 del quorum necesario. Ello, en medio de un gran debate sobre los riesgos que significaría que se rechazara la propuesta con la posibilidad que se produjera un segundo estallido social en plena pandemia. Estos legisladores fueron tildados de “populistas”, en el mejor de los casos, y “traidores”, en la mayoría de las acusaciones. Finalmente, cuando la discusión fue aprobada por la Cámara de diputados y pasó al Senado, éste la aprobó con un quorum mayor a los 2/3, lo que hacía inviable un veto por parte del presidente de la República.

En tanto, desde distintos sectores de oposición el retiro de fondos aparecía como una mala política pública, pero necesaria de realizar ante la ausencia de respuestas por parte de la autoridad. Representaba una medida que si bien no tocaba necesariamente el modelo de pensiones impuesto en dictadura, respondía a las aspiraciones de una ciudadanía necesitada y que ahora, pos estallido social, estaba empoderada.

Permitió en lo político ordenar a una oposición que pudo encontrar una respuesta unificada ante la demanda ciudadana, logrando una sintonía importante con ésta, la que parecía perdida ante decisiones de la tecnocracia neoliberal que dieron la espalda a las demandas populares en numerosas ocasiones.

La paradoja del propio neoliberalismo como escenario para su superación

Es importante dar cuenta de lo que aparece como una paradoja: mientras por una parte el retiro del 10% aparece como un triunfo popular o ciudadano, por otra se muestra como una consolidación de un ethos neoliberal presente en la población. Ello es necesario de considerar en el contexto de cambios y la posibilidad que el proceso constituyente representa para salir del neoliberalismo y pensar en un modelo de desarrollo pos extractivista.

En el caso del sistema de pensiones, éste ha sido un sostén del modelo neoliberal en Chile, y es necesario de transformar para poder construir un sistema real de seguridad social en el marco de un nuevo modelo de desarrollo. No obstante, la duda es si este triunfo ciudadano abre realmente la posibilidad de una transformación de fondo del sistema de pensiones. Así lo refleja la encuesta de julio de Data Influye, donde el 52% de los encuestados responde que bajo ninguna circunstancia pondría a disposición fondos individuales para un sistema de pensiones que incorpore mecanismos de reparto.

Para algunos actores esto representaría una suerte de paradoja pues no se toca el modelo. Daniel Mansuy, académico y analista de cuño más bien liberal, señala que buena parte del progresismo aspira a realizar cambios muy profundos en el país; pero, sin advertirlo del todo, estaría horadando las condiciones de posibilidad de esos cambios. En este sentido, la izquierda habría apelado al derecho de propiedad como argumento central para defender el retiro de fondos, lo que trabaría cualquier propuesta futura que busque introducir mayores grados de solidaridad al incremento de las tasas de cotización.

A nuestro entender, si bien no puede entenderse a priori como una medida que signifique un triunfo anti neoliberal, ya que no ataca el modelo, sí representa algo de enorme relevancia política: ataca el poder. Da cuenta de la posibilidad de transformación del poder popular y ciudadano en el Chile actual, entrando a un nuevo cuadro político en las formas de tomar decisiones, que habían sido hegemonizadas por representantes populares que han sido correa transmisora de los grandes grupos económicos.

Finalmente, la pandemia ha devenido en una oportunidad perdida para la derecha que desaprovechó su última posibilidad de recuperar una legitimidad perdida y cuestionada. Ello contrasta con una reafirmación de las potencialidades de un pueblo que emerge como un actor que no podrá ser dejado de lado a la hora de las grandes decisiones de futuro.

Asistimos a la retirada de la técnica económica neoliberal, la cofradía de los expertos, y la vuelta de la política como espacio articulador de los sentidos y proyectos societales que están en disputa desde el 18-O. Este es el espacio de reconstrucción que se abre para los sectores anti neoliberales y aparece como el principal desafío para la diáspora opositora para encontrar un espacio de encuentro que, al calor del proceso constituyente y con el protagonismo ciudadano y popular, pueda pensar en superar el dogmatismo neoliberal que ha dominado la esfera política y social en el Chile de los últimos 40 años. Finalmente, el pueblo va abriendo los espacios de transformación político social del Chile del siglo XXI.

Un escenario político en disputa.

En este complejo e insospechado cuadro político y social emergen distintas posibilidades de desarrollo y proyección del proceso y sus efectos en la correlación de fuerzas y alianzas existentes. Por una parte, el atrincheramiento de la derecha más dura, que se apega a la ortodoxia neoliberal: Ella, de raigambre pinochetista y fascista, se aglutinará mayoritariamente en torno a la opción Rechazo para el plebiscito del 25 de octubre. No es descartable que estos sectores, minoritarios, pero fácticos y con mucho poder en tanto agrupa al gran empresariado, buscarán las formas de deslegitimar el proceso constituyente. Al calor de la pandemia y la crisis sanitaria en curso, incluso intentarán postergar el plebiscito buscando resolver la crisis dentro de los marcos institucionales actuales que se abren en el cronograma electoral el año 2021. Ello permitiría dar atribuciones para redactar una nueva constitución al parlamento que se elija, evitando el camino de una instancia propiamente constituyente, soberana, como lo es una asamblea o convención constitucional plenamente electa por el voto popular.

Otro sector mayoritario, muy diverso y contradictorio, y que incluye sectores de derecha, apoyará la opción Apruebo, pues comparte el diagnóstico que es a través de un nuevo contrato social la forma de lograr por una vía dialógica y democrática nuevos marcos institucionales que permitan canalizar la expresión y los derechos de los ciudadanos en el marco de una convivencia social legitimada.

En este escenario, creemos la pandemia ha venido finalmente a reforzar los elementos que provocaron el estallido social, develando el carácter limitado y deslegitimado de nuestra democracia e institucionalidad actual, así como la profunda desigualdad y problemas sociales incubados al calor de los 30 años de predominio neoliberal.

En este contexto, será relevante cómo se dilucide finalmente la fragmentación o quiebre en que se encuentra actualmente la clase dominante. Ella se expresa en términos políticos en la disputa que se da al interior de la derecha entre los sectores más conservadores y dogmáticos y aquellos que quieren avanzar a la conformación de una nueva derecha, que sea capaz de interpretar a la ciudadanía construyendo espacios desde una esfera social y cultural y no solo económica.

Por su parte, la oposición tendrá un devenir cuyo derrotero no está escrito. Hoy, en torno al mal manejo de Piñera y su gobierno con la pandemia, particularmente al calor de la discusión sobre el retiro de fondos previsionales, ha encontrado un espacio de entendimiento y sintonía ciudadana que le ha hecho salir de la irrelevancia política. No obstante, la diversidad de su composición ideológica y política hace complejo aventurar una articulación más amplia de cara a ser una alternativa mayoritaria de gobierno.

Quien se visualiza como candidato mejor posicionado es el comunista Daniel Jadue, con alta valoración ciudadana a partir de su gran gestión como alcalde del municipio metropolitano de Recoleta. No obstante, Chile aún tiene altos grados de anticomunismo, lo cual hace que esta posibilidad concreta, que cuenta con apoyo ciudadano y que promueve una salida de corte popular y anti neoliberal, sea posible pero compleja. Si la elección fuera hoy, probablemente abrían sectores que, incluso habiendo compartido el gobierno de Bachelet con los comunistas siendo parte de la alianza que la apoyó -la ex Nueva Mayoría-, no se sumarían a un programa de carácter anti neoliberal encabezado por un comunista. En este orden de cosas, también podría emerger alguna alternativa por parte del Frente Amplio, nuevo referente de la política nacional surgido mayormente del movimiento estudiantil de 2011 que, si bien representa un cambio generacional importante y contiene un importante sector anti neoliberal, aún se debate en la búsqueda de una identidad y rumbo político, representando una gran variedad de sensibilidades políticas e ideológicas que están aún en proceso de definición. Así, la rearticulación de la izquierda, que incluye a sectores socialistas que se han desmarcado del giro socialdemócrata del partido socialista, aparece como una tarea política de primer orden, de cara a avanzar en un proceso de acumulación de fuerzas que se oriente a superar el neoliberalismo.

Tampoco aparecen liderazgos en la socialdemocracia y sectores del social cristianismo, probablemente nombres y sectores desgastados ante la ciudadanía y que representan mayormente un imaginario político de continuidad de la ex Concertación y su política de los consensos con la derecha, que finalmente consolidó el neoliberalismo en la pos dictadura. Aún en proceso de recomposición, estos sectores se debaten entre quienes defienden con orgullo lo realizado en la transición y aquellos más críticos, que buscan nuevos espacios de articulación social y política en el Chile de hoy.

Así, la disputa política en Chile para la(s) izquierda(s) en Chile representa un gran desafío. El canto enarbolado por las masas en torno a “Chile Despertó” ha abierto una posibilidad como nunca antes vista de poder avanzar hacia una sociedad pos neoliberal. Si bien existen espacios con sentido unitario y de relevancia en este proceso como lo es Unidad Social (que ha agrupado a la Central unitaria de trabajadores y distintos movimientos sociales como No + AFP y la coordinadora 8M), se requiere redoblar esfuerzos de articulación que recojan la experiencia y potencia transformadora del estallido social.

En este escenario se hace imprescindible y estratégico trabajar en dos frentes. Primero, apoyar sin ninguna vacilación y con todas las fuerzas el triunfo de la opción Apruebo en el plebiscito, evitando que la crisis sanitaria devenga en la suspensión de éste y en cualquier tipo de acuerdo que busque una salida distinta a la expresada por el pueblo en estos últimos meses. Un segundo aspecto es fortalecer su vinculación territorial de cara al proceso constituyente. Poder ser parte y levantar el discurso de la multiplicidad de actores presentes en los territorios, en los comedores populares, ollas comunes, asambleas y cabildos, iniciativas solidarias y de apoyo social de las propias organizaciones vecinales, adquiere un carácter estratégico en el proceso de transformación del neoliberalismo en Chile. No se trata solo de ser representantes de esa expresión, sino también de abrir espacios de expresión y participación vinculante y protagónica que permita que esa diversidad de experiencias y discursos tengan espacio real de incidencia en el proceso constituyente.

En tanto, en este escenario no se puede dejar de mencionar a un actor que será clave en este proceso constituyente en desarrollo. Nos referimos al movimiento social y ciudadano que hoy recoge la experiencia de las distintas movilizaciones que contienen una crítica al modelo, iniciadas desde 2006 con la movilización de los estudiantes secundarios, conocida como la “revolución pingüina”, con una primera señal clara de ruptura entre institucionalidad y sociedad a partir de del movimiento estudiantil de 2011. A ello se suman hoy el movimiento feminista, y No +AFP que, entre otros, contienen una multiplicidad de demandas y propuestas construidas a partir de la crítica al modelo patriarcal capitalista y neoliberal.

Esta tarea implica redoblar su presencia y trabajo en el mundo territorial, así como en las organizaciones sindicales y de cesantes de forma de poder ir construyendo una confluencia político social en el plano local y territorial. Cualquier salida a la crisis político institucional más grande desde el término de la dictadura ya no será posible sin el pueblo y, sin las mayorías sociales, ciudadanas y populares perderá legitimidad y sostenibilidad. La disputa por la salida anti neoliberal está abierta por el propio andar y las demandas del pueblo expresadas a partir del 18-O. Esa es la posibilidad y desafío en curso.

El estallido social, en perspectiva de construcción de una alternativa al neoliberalismo desde la(s) izquierda(s), puede verse como una derrota cultural parcial del neoliberalismo, pero para consolidarlo requiere del despliegue de un proyecto de largo plazo, con propuesta de crecimiento y sostenibilidad económica, y donde la variable ecológica debe ser central. Desde esta perspectiva un desafío relevante será lo que se puede denominar disputa del sentido común. Este se ve como uno de los límites de las experiencias de los gobiernos de izquierda, como dice Álvaro García Linera. A ello debe sumarse como componente central las demandas y actoría del movimiento feminista y de los pueblos indígenas.

En el caso chileno, la tarea es enfrentar el ethos neoliberal que aparece consolidado en buena parte de la ciudadanía tras 40 años de neoliberalismo. En este sentido, creemos que la posibilidad de superación del neoliberalismo y la construcción de un nuevo modelo de desarrollo requerirá de un fuerte y sistemático proceso de pedagogía y práctica política contracultural que recoja el ethos solidario que surge desde las experiencias de articulación y organización social que se han desplegado desde el estallido social. Canalizar esa fuerza social y cultural será un desafío para los sectores progresistas en el proceso constituyente, una vez triunfe –como creemos y esperamos- la opción Apruebo en el plebiscito del 25 de octubre.

 

Referencias bibliográficas

Herrera, Hugo, Los caminos ideológicos de la derecha chilena. CIPER académico, julio de 2020.

Garcés, Mario, Estallido Social y una Nueva Constitución para Chile, LOM ediciones 2020.

García Linera, Álvaro, “El Futuro de la izquierda y la dignidad humana”, en:  Las sendas abiertas de América Latina. Aprendizajes y desafíos para una nueva agenda de transformaciones. Daniel Filmus y Lucila Rosso (comp.), CLACSO 2019, pp. 177-203.

Garretón, Manuel Antonio, La Gran Ruptura. Institucionalidad política y actores sociales en el Chile del siglo XXI, LOM ediciones 2016.

 

Fundación Nodo XXI

En un trabajo habitual de la Fundación Nodo XXI y su Espacio de Coyuntura, abierto a distintas organizaciones de la sociedad civil, una vez más se advierten como relevantes, diferentes materias ligadas a la pandemia y a la crisis social.

En el escenario actual nos preguntamos ¿Qué le pasa a la derecha?… Y ponemos de relieve la necesidad de unidad en la izquierda, con miras a la Constituyente. En esa línea va nuestra reflexión.

En la instancia de debate participaron Fanny Pollarolo (Feminista, Partido Socialista), Boris Cofré (Movimiento de Pobladores UKAMAU), Jorge Brito (Diputado Revolución Democrática), Camila Miranda (Fundación Nodo XXI), Rodrigo Faúndez (MODATIMA), Carlos Ruiz (Fundación Nodo XXI), Emilia Schneider (Presidenta FECH), Jorge Arrate (Ex candidato presidencial de izquierda), Ernesto Águila (Académico, Plataforma Socialista), Faride Zerán (Periodista), Manuel Antonio Garretón (Académico, Fuerza Común), Julio Pinto (Historiador USACH). Se incorporaron además observaciones escritas de Verónica Valdivia (Historiadora USACH).

Mientras, Chile escala en los listados internacionales de los países que peor han manejado la crisis, la experiencia cotidiana de millones de chilenas y chilenos se desenvuelve entre la incertidumbre, el desempleo, el hambre, el hacinamiento, la violencia de género, el encierro y la enfermedad. La incapacidad política y técnica del gobierno para ofrecer respuestas adecuadas ante la crisis, producen un creciente desorden en las filas del oficialismo, y afectan también por los ecos de octubre que retumban con fuerza, pese al silencio obligado por la cuarentena. De allí que la instancia distinga los siguientes temas, como relevantes para ser abordados por las organizaciones sociales y políticas de izquierda.

En primer término la necesidad de construir “una estrategia común de superación del neoliberalismo”. Esto puesto que el estallido social de octubre, y su instalada crítica al modelo social, político y económico de los últimos treinta años, abrió la posibilidad de promover una agenda de transformaciones sustantivas. Sin embargo, la realización de las demandas de la movilización social no está asegurada, ni siquiera en el acuerdo constituyente”, releva el texto.

Los vacíos en materias como crecimiento, modelo productivo, sistema político, recursos naturales, defensa, entre otros, le dejan la cancha abierta a la Concertación para que los hegemonice. Ante la posibilidad de que los escenarios electorales que se avecinan impliquen marcos de alianza con estas fuerzas, un silencio de la izquierda en estas materias implicaría capitular de antemano en aspectos fundamentales para lograr las transformaciones anheladas”, sostiene el documento.

Las conclusiones apuntan a que “el desafío de discutir y concebir un proyecto de superación del neoliberalismo requiere combinar una dimensión de elaboración a largo plazo con la construcción deun programa mínimo antineoliberal que oriente la acción de las fuerzas de izquierda en los escenarios próximos, entre ellos, la convención constituyente.

De allí que se plantee la necesidad de un componente mínimo en ese programa, sobre el que se reclama atención. Uno de ellos, una “caja de herramientas” de la Constitución; es decir los mecanismos que permiten aprobar leyes y hacer reformas, por cuanto avances significativos en este campo permitirían, una vez aprobada la nueva Constitución, realizar las transformaciones que no sean posibles en la constituyente, debido a la regla que establece que los acuerdos deben ser aprobados por ⅔ de los votos.

En segunda instancia distinguir “la dignidad del pueblo como posibilidad de articulación entre la lucha social y política”. Esto pese a la existencia de cuarentena, el registro de cacerolazos, redes sociales, o acciones directas, la demanda soberana por dignidad sigue remeciendo los límites de lo posible de esta democracia transicional, esgrime el debate.

Sin embargo, el abismo que separa sociedad y política permanece. El movimiento social que exige respuestas a sus urgencias materiales no esperará por siempre la resolución institucional de sus demandas, y ello conlleva un riesgo latente de respuestas autoritarias ante el crecimiento de la protesta social.

Por lo mismo, el Espacio de Coyuntura recalca, la necesidad de promover una política propia desde la izquierda para la reactivación económica tras la pandemia. En ese sentido propone pensar el campo de la reactivación económica como un terreno de disputa, donde empezar a introducir elementos de superación del modelo neoliberal. En particular, busca “explorar la fórmula de una empresa estatal que participe en la reactivación, y que permita desarrollar nuevas formas de participación social en la acción del Estado.

Por último, se requieren “acciones inmediatas por la vida, plebiscito y elecciones”. En esa línea, la urgencia más apremiante sigue siendo sobrevivir a la pandemia. Urge además una articulación entre fuerzas políticas y sociales elabore discursos y acciones coherentes que permitan acumular los avances logrados, en una disposición propositiva.

Por otra parte, ante los tres meses restantes para el plebiscito constituyente, “resulta indispensable construir, en conjunto con especialistas y organizaciones sociales involucradas, criterios de salud pública que permitan tomar la decisión sobre la realización del plebiscito, y no dejar ello en manos de los intereses de la derecha que busca boicotear dicha instancia, evidencia el debate.

Las organizaciones sociales y políticas de izquierda deben asegurar un gran triunfo en porcentaje y participación en dicha instancia.

Por último, el ciclo electoral en ciernes definirá la política institucional por los próximos cuatro años, teniendo un rol decisivo en la proyección y resolución del estallido social de octubre. Es momento de comenzar a elaborar una propuesta constitucional que oriente y unifique a la izquierda y articule un frente democrático amplio antineoliberal y por la recuperación de la soberanía popular en la nueva constitución política”, sentencia el informe emanado del último Espacio de Coyuntura, celebrado esta semana.


Descarga la publicación completa aquí.

Anónimo

Por Lucía de AbrantesRicardo Greene y Luciana Trimano

Cuando no había COVID-19 y las clases medias altas de América Latina podían pensar en un cambio de vida, comenzaron a migrar. Parejas de profesionales jóvenes escapaban de la metrópoli -Buenos Aires, Santiago, Bogotá- buscando la experiencia rural (sana, con olor a tierra, tranquila) en ciudades intermedias. Ciudades con wifi, educación privada, pero con vistas al mar, la cordillera o la sierra. La pandemia ha agudizado esta huida, constatan los autores. Por otro lado, ha despertado o profundizado la resistencia de los locales, quienes “obstaculizan rutas de acceso, colocan carteles que prohíben el paso, apuntan a las metrópolis como foco de riesgo epidemiológico y solicitan el testeo sanitario de quienes pretenden ingresar al territorio”. En esta columna, tres investigadores de Argentina y Chile revisan datos recopilados desde 2010 en los que describen tres momentos de una década: la fantasía de lo rural, la huida de la metrópolis y los desafíos post-pandémicos.

Sabemos el comienzo de la historia: el capitalismo avanza industrializando, urbanizando y penetrando zonas cada vez más aisladas. Como en una película de terror, su andar va despertando monstruos. No se trata de una lectura moralista (al virus poco le importa quiénes somos o qué pensamos), sino informada: según EcoHealth Alliance, en los últimos cuarenta años se han triplicado las infecciones por derrame, con transmisión de virus desde distintos animales –murciélagos y primates, principalmente– hacia humanos. Ocurrió con el SARS, el Marburgo y el Ébola, y puede que también haya sido el caso del Coronavirus en Wuhan. Como sugiere Christine Johnson, directora del EpiCenter for Disease Dynamics, «esta transmisión es resultado directo de nuestras acciones en la vida salvaje y sus hábitats».

Sabemos también cuál es el nudo de la historia: en nuestro planeta híper-conectado, atravesado por flujos incesantes de personas, ideas y cosas, el virus se expandió a la velocidad de un grito, y asustados ante su amenaza, las personas respondieron cerrando puertas y ventanas, ajustando sus rutinas, abandonando el cara a cara y comenzando a vivir la vida, según pudieran, encerradas entre paredes y pantallas.

La pandemia golpeó al mundo, pero especialmente a las metrópolis. Con una rapidez que aún sorprende, las calles se vaciaron, los sonidos se apagaron, y los cuerpos dejaron de verse y tocarse. La gran ciudad era multitud, densidad, ruido y anonimato, y hoy esos atributos se encuentran aletargados y suspendidos; y más aún, nos comenzaron a parecer dañinos y peligrosos.

Fig. 1. Avenida del Libertador (Buenos Aires) vacía en cuarentena. Autor: Cami Radri.

Las cifras tras este miedo nos secundan: quienes vivimos en las grandes urbes estamos más expuestos a ser alcanzados por el virus. A la fecha, más del 80% de los casos chilenos han sido detectados en la Región Metropolitana de Santiago, con un total de 187 mil personas infectadas, y algo similar ocurre en la Argentina, con 35 mil casos (93%) en el Área Metropolitana de Buenos Aires, siendo que esta sólo concentra 37% de la población.

Esta concentración del virus ha hecho florecer un desprecio antiguo contra las grandes ciudades; miradas que le reprochan su artificialidad, violencia, consumismo e indiferencia. A la vez, ha revitalizado el imaginario virtuoso de su antítesis histórica: lo rural, que si bien esporádicamente ha tenido cargas negativas –percibida como salvaje o primitiva–, usualmente ha sido vista como el reino de lo bello, lo simple y lo bueno. Como escribe Henry Thoreau: «Un halcón de los pantanos sobre la llanura de Concord es más valioso espectáculo para mí que la entrada de los aliados en París» (2016).

Fig. 2. Cuerpos que se evitan en las calles de Córdoba. Fuente: Fotografías La Tinta.

La pandemia golpeó al mundo, pero especialmente a las metrópolis. Con una rapidez que aún sorprende, las calles se vaciaron, los sonidos se apagaron, y los cuerpos dejaron de verse y tocarse. La gran ciudad era multitud, densidad, ruido y anonimato, y hoy esos atributos se encuentran aletargados y suspendidos; y más aún, nos comenzaron a parecer dañinos y peligrosos.

El despertar de «lo natural» se viene rumiando hace décadas, y ya desde fines de los noventa puede observarse en ciudades como Santiago, Bogotá o Buenos Aires una articulación de prácticas relativas a la búsqueda de una vida «más pura», asociada al buen vivir, de «escala humana», con relaciones comunitarias y donde el bienestar corporal reciba un cuidado permanente a través de la dietética y el deporte. La pandemia y su muerte han profundizado estos relatos, y la posibilidad de huir se ha colado en las mesas de muchas familias y amigos. Especialmente de profesionales jóvenes de clase media y alta, quienes calculan presupuestos y vitrinean propiedades lejanas para fantasear con otras vidas. La playa, el bosque, la montaña o la sierra se figuran como escenarios apacibles donde pasar unos días de confinamiento, e incluso asentarse de forma permanente.

Para quienes no es posible la huida, ésta sobrevuela en forma de simulación. Uno de los videojuegos más exitosos durante la pandemia ha sido Animal Crossing, lanzado por Nintendo el 20 de marzo. En él, los usuarios deben habitar sectores rurales, viviendo en armonía con otros. Como explica Alex Christiansen: «el juego tiene una cadencia de villa, de espacio soñado, alejado de todo», asunto que destaca también Camila: «Me encanta lo relajante que es, sin muchas expectativas, sólo estar ahí. Se siente como un escape del mundo, especialmente ahora con todo lo que está pasando». Le preguntamos a Alex sobre cómo se relaciona el juego con su vida metropolitana y responde: «Yo tengo mi familia en Viña, y antes de la cuarentena iba [seguido], entonces nunca he perdido el foco con esa vida más tranquila (…) Sé que es un anhelo imposible, pero me gustaría que el ritmo de Santiago pudiese ser así».

Fig. 3. Imagen promocional de Animal Crossing. Fuente: Nintendo.

Si dividiéramos el mundo en dos –lo urbano y lo rural–, podríamos imaginar que una crisis de la metrópolis desencadenaría flujos migratorios hacia «lo natural», pero la realidad posee más arreglos territoriales que los delimitados por ese binarismo (Greene & De Abrantes, 2019). De hecho, durante las últimas décadas la huida no ha sido tanto a parajes idílicos y aislados, rodeados de praderas, aguas cristalinas y nevados, sino a otras ciudades conocidas como intermedias o no-metropolitanas.

Sabemos cómo comenzó y cómo siguió, pero no cómo terminará. No podemos saberlo, pero nuestros estudios en localidades de este tipo nos han dado algunas lecciones necesarias de atender, y que pueden anticipar algunos posibles problemas, desafíos y frustraciones de este movimiento.

LEJOS DE LA METRÓPOLIS

 

Fig. 4. Urban sprawl. Autor: Mathew Borrett.

Como bien recoge este dibujo de Mathew Borrett, una de las formas más extendidas en que se imagina la urbanización mundial tiene la forma de una metrópolis que avanza implacable sobre el campo. Es por ello que Henri Lefebvre habla de un capitalismo cuya conquista es espacial, y que no se detendrá hasta que cada rincón del planeta responda a su palabra. Ahora bien, aunque efectivamente la urbanización esté avanzando a un ritmo acelerado, su distribución no ocurre como suele pensarse: los datos sugieren que, más que las metrópolis, son las ciudades de tamaño medio las que atraen mayor población. La Ciudad de Buenos Aires, por ejemplo, mantiene su población estable desde 1947, período desde el cual el crecimiento se concentró en sus zonas periurbanas. Desde los ochenta, sin embargo, tanto la ciudad como su conurbano se han mantenido estables, mientras que algunas ciudades periféricas y entornos rurales han evidenciado crecimientos intercensales de hasta el 50%. Para Chile, si en el periodo 1940-1970 las grandes ciudades crecieron al 3.1% anual, desde entonces a la fecha su ritmo ha caído a un 1.9%. Las ciudades no metropolitanas, en cambio, mantienen un crecimiento demográfico del 2.5%, duplicando el promedio nacional.

Este declive en la capacidad de atracción de la gran ciudad ha sido tradicionalmente explicado por transformaciones estructurales del capitalismo tardío, como los procesos de desindustrialización y terciarización. Sin desconocer su rol, creemos que el fenómeno debe abordarse también desde otros ángulos, analizando cómo se empalma con un reencantamiento de los escenarios rurales y urbanos de menor escala. Las investigaciones que venimos desarrollando en localidades de acogida de flujos metropolitanos, tanto en la Argentina como en Chile, nos han permitido entender, de hecho, que las subjetividades de quienes huyen o desean huir buscan entornos «más naturales», menos intervenidos y contaminados; prácticas saludables, vinculadas a la tierra (asunto de gran importancia para familias en etapa de crianza); vidas tranquilas; bajas tasas de criminalidad; escenarios menos colonizados por la lógica capitalista, donde el consumo y el dinero sean menos preponderantes; y relaciones sociales más comunitarias, entramadas en redes solidarias.

Los metropolitanos que finalmente se atreven a hacer sus maletas, meten en ellas diversas fantasías sobre sus vidas futuras. Al desempacar, sin embargo, la realidad rara vez se ajusta a sus anhelos y pocas cosas resultan ser como imaginaban. Más que inclusivas, las comunidades receptoras suelen percibirse cerradas y homogéneas. La naturaleza, por su parte, no es tan prístina como en las postales o publicidades inmobiliarias, y el trabajo es al menos igual de intenso que en la capital.

Las localidades receptoras han abrazado esta descentralización, pero no sin fricciones. Hay quienes ven en este movimiento la posibilidad de crecimiento, progreso y sofisticación; pero también están quienes ven amenazados sus modos de vida, sea por la expansión urbana, la saturación de su infraestructura, el alza en los valores del suelo, el descuido de sus tradiciones, la gentrificación de sus barrios y el arribo de nuevas patologías, sobre todo de orden moral (Trimano, 2019; De Abrantes & Trimano, 2020). La pandemia ha tensionado fuertemente estas ansiedades, y la sensación fantasmagórica de una horda de clase media metropolitana inquieta a muchos residentes locales. Como nos comentó uno: «¿Qué vamos hacer cuando los de la ciudad se quieran venir en masa?». Es desde ese lugar que pueden comprenderse mejor los improvisados piquetes y barricadas, la aplicación de hisopos de control, el despliegue de las aduanas sanitarias o la implementación de exámenes de identificación, entre otras tecnologías diseñadas que están siendo aplicadas para limitar los flujos de cuerpos biopeligrosos desde «el afuera»; situación que viene a reforzar, aún más, el imaginario de estas localidades como santuarios purificados.

Fig. 5. Plaga en Londres, autor anónimo (1625). A la derecha del cuadro, los urbanitas intentando escapar de la ciudad infectada, mientras los campesinos procuran detenerlos con picos y lanzas.

Ante este panorama, consideramos importante preguntarnos por los efectos espaciales y sociales de este posible flujo migratorio. Y que no se malentienda: nos parece vital que intentemos imaginar un horizonte político post pandémico donde se ensayen formas de vida colectivas y sustentables, que logren romper con el orden dominante y vuelvan a poner la vida y lo social por sobre el capital. Pero más que «volver a la tierra» para ello, debemos intentar recrear nuestra relación con ella y entre nosotros, lo que puede hacerse independientemente del lugar donde estemos, sea en la montaña o en la gran ciudad. Para no repetir viejos errores, queremos destacar dos grandes desafíos que la migración desde las metrópolis ha obviado.

LA VOLUNTAD DE PUREZA

Los metropolitanos que finalmente se atreven a hacer sus maletas, meten en ellas diversas fantasías sobre sus vidas futuras. Al desempacar, sin embargo, la realidad rara vez se ajusta a sus anhelos y pocas cosas resultan ser como imaginaban. Más que inclusivas, las comunidades receptoras suelen percibirse cerradas y homogéneas. La naturaleza, por su parte, no es tan prístina como en las postales o publicidades inmobiliarias, y el trabajo es al menos igual de intenso que en la capital. Además, el acceso a la vivienda es restringido, y aquellas comodidades, servicios e infraestructuras de la gran ciudad que parecían prescindibles, comienzan pronto a extrañarse. De modo que «llegar con el manual de permacultura bajo el brazo», como nos dice una migrante, no garantiza una estadía plena y por el contrario, implica grandes esfuerzos para reconvertir sus formas de vida a las lógicas locales.

Los ajustes al nuevo escenario no son fáciles porque las familias se suelen mover de un lugar a otro, pero acarrean consigo subjetividades y prácticas urbanas. Su mudanza, podríamos decir, es principalmente espacial, y lo urbano, como escribe Richard Sennett, sería «una guerra civil que se lleva dentro». Esto no sería un problema si no fuera porque comienza a horadar los territorios de acogida, transformándolos y produciendo alteraciones en la «esencia paisajística del lugar», como indican los residentes locales. El desarrollo de proyectos inmobiliarios como cabañas, loteos cerrados y abiertos, complejos turísticos, edificios en altura y la incorporación de toda una batería de elementos de construcción poco «amigables» con el entorno, además de emprendimientos comerciales como malls, gimnasios y cadenas de restaurantes, y la incorporación de redes de infraestructuras de conectividad viales y de telecomunicaciones, evidencian estas mutaciones en los sitios de acogida.

Uno de los cambios que más resienten los entrevistados es el impacto humano sobre las estructuras ecosistémicas. La llegada de los migrantes metropolitanos tiende a desajustar las identidades culturales, arquitectónicas y paisajísticas tradicionales, en una antropización que produce tensiones del tipo: «ahora tenemos asfalto por todos lados», «cada vez nos parecemos más a una ciudad grande», «quieren poner semáforos», «avanzan sobre el bosque y el frente costero», «no respetan la relación que tenemos con nuestro territorio» o «acá están haciendo en un culito de tierra cinco cabañas y una casa».

Otra dimensión anudada al desfase de imaginarios se observa en las formas de relación con la sociedad receptora. En el escenario fantaseado, desde la lejanía, las tradiciones, identidades y prácticas reales de los locales no suelen contemplarse, o si son consideradas, es en línea con lo fantasmagórico, pintoresco o ficcional: «Estoy fascinada con la idea de tener vecinos gauchos», nos dice Bárbara, mientras que Rodrigo hace una operación inversa pero igualmente controvertida cuando dice extrañarse porque los maulinos «se disfrazan de huasos». El interés por encontrar una comunidad de afinidad justifica el movimiento metropolitano, pero la irrealidad de lo imaginado produce una conmoción que impacta en sus proyectos: «Mi fantasía hace diecisiete años es que me iba a encontrar con ángeles (…), con toda la gente superada. Fue muy duro encontrarme que no era así. (…) El manto de conflictos emocionales estaba en todos, por más que lo negaran». Como bien advierte Adrián Gorelik, «[El campo] no ofrece ninguna contrafigura salvadora a la miseria moral y social de la ciudad».

La llegada real o potencial de migrantes con COVID-19 moviliza temor, desata disputas y levanta fronteras, actualizando imaginarios que median el nosotros y los otros, lo autóctono y lo forastero. El sueño de globalidad, o de nación, se ve resquebrajado ante esta amenaza, y el cuerpo social se divide. Y así como se reposiciona una narrativa antiurbana en las metrópolis, en estos escenarios –reimaginados como puros, limpios, con restricciones más laxas y libres de virus– no han tardado en emerger discursos xenófobos. El arribo de los metropolitanos es visto como un «verdadero peligro», «una invasión» y «una amenaza», no sólo para los patrimonios culturales inmateriales (costumbres, tradiciones, identidad); sino también para los arquitectónicos (fisonomía local), paisajísticos (bosques, playa, sierras) e incluso para los nacientes discursos locales de patrimonio biológico, que demandan clausura y purificación en pos de su protección y defensa.

Fig. 3. Todo está a la vista. Traslasierra (Córdoba). Autora: Débora Cerutti para La Tinta.

Las discusiones no-metropolitanas no sólo se centran en la potencialidad destructiva del Covid-19, sino también en la voracidad de otras patologías, de orden moral, que parecerían portar quienes vienen de la gran ciudad: el consumo, el capitalismo, la descortesía, la anomia, la perversión y el anonimato.

Los residentes locales cierran filas, obstaculizan rutas de acceso, colocan carteles que prohíben el paso, apuntan a las metrópolis como foco de riesgo epidemiológico y solicitan el testeo sanitario de quienes pretenden ingresar al territorio. Si bien la cuarentena vale para todos, las gestiones municipales parecen estar más concentradas en controlar los límites con el afuera que en gestionar los contactos internos. Cuando las cosas se complican –un asado, un bautismo, un partido de fútbol que dispara una cadena de contagios–, las estrategias cambian y no faltan las acusaciones sobre cuerpos metropolitanos vistos en tránsito, portadores del virus. Intendentes de la región de las Sierras Chicas de Córdoba señalaron, en este sentido, su preocupación ante «la extraordinaria y excesiva circulación en nuestras localidades de personas provenientes de zonas de riesgo epidemiológico, en una situación que excede largamente nuestras capacidades para controlar personas y vehículos».

Fig. 4. Llamado a cortar los accesos a la Isla Grande de Chiloé. Fuente: Colectivo Defendamos Chiloé.

Otros habitantes complejizan sus argumentos y afirman que «los agentes inmobiliarios están con los colmillos afuera. Se les frenaron todas las ventas durante la cuarentena y están deseosos de que esa gente venga a poner su dinero acá, hay mucha expectativa». Este y otros testimonios confirman el temor latente frente a un aumento de la demanda de «sus» localidades, que remite a un desplazamiento de personas, pero también, como afirma una entrevistada, «del traslado del imaginario urbano al territorio rural».

Por su parte, aquellos que tienen gran parte de su economía atada al turismo, se expresan perplejos ante la coyuntura y vaticinan pronósticos ambivalentes: «se viene una muy buena temporada de verano porque mucha gente de la ciudad va a querer venir» y «nos estamos preguntando cómo prepararnos para todo lo que se viene. Este pueblo sin turismo se muere». El turismo es así otro factor capaz de desplegar diversas disputas entre ideas de desarrollo y conservadurismo.

Por otro lado, las discusiones no-metropolitanas no sólo se centran en la potencialidad destructiva del Covid-19, sino también en la voracidad de otras patologías, de orden moral, que parecerían portar quienes vienen de la gran ciudad: el consumo, el capitalismo, la descortesía, la anomia, la perversión y el anonimato. En definitiva, un virus que se presenta como capaz de reproducir los modelos metropolitanos a pequeña escala, al mismo tiempo que enfrenta las expectativas y fantasías de aquellos que se encuentran.

CAPACIDAD ESTRUCTURAL

El crecimiento demográfico de los escenarios no metropolitanos, sobre todo en nuestros países, rara vez es acompañado por las transformaciones estructurales necesarias para sostenerlo. Esto se complejiza aún más en las condiciones sanitarias actuales, que exigen recursos que se encuentran en menor proporción, tales como acceso al agua, bienes de higiene y el cuidado, capacidad hospitalaria, camas para terapia intensiva, personal de salud capacitado e instituciones locales competentes que puedan garantizar efectivamente la cuarentena.

En Argentina, la mayor cantidad de plazas de terapia intensiva están concentradas en la Ciudad de Buenos Aires (7,1 por mil háb.) y en la provincia de Córdoba (5,9 por mil háb.). En Chile sucede algo similar: del total de camas, cerca del 60% se nuclean en la Región Metropolitana. Además, debido a la centralización de las clínicas y hospitales, muchos de los habitantes de los escenarios pequeños y medianos –de Chile y Argentina– se ven obligados a desplazarse varios kilómetros para acceder a la atención médica, e incluso para realizarse el hisopado que confirma el contagio. Las limitaciones observadas en la infraestructura de transporte, sumado a las restricciones de circulación que impone la cuarentena, impactan en los territorios periféricos, colocando el temor a la orden del día: «esto es una bomba de tiempo. Tenemos un sólo hospital con una sola cama de intensivos y somos 40 mil habitantes».

Los respiradores constituyen otro elemento sumamente valorado y su ausencia devela los hilos de desigualdad que atraviesan las jerarquías territoriales. En los últimos días, el Ministro de Salud de la Argentina explicó la necesidad de «distribuir de forma regulada y centralizada» este recurso, atendiendo a la cantidad de casos. Si bien válido, este movimiento despertó ciertas resistencias locales al indicar que estas condiciones tendrían que haberse generado antes que la pandemia «nos golpee». En Chile, por su parte, el colapso de hospitales en Santiago ya ha movilizado el traslado de enfermos a centros de atención regionales, limitando su capacidad de atención.

Por otro lado, según la Sociedad Argentina de Terapia Intensiva (SATI), hay sólo 1.350 médicos preparados para esa especialidad, la mayoría de ellos en el AMBA. Lo mismo ocurre, más allá de las diferencias anudadas a la gratuidad y de acceso a la salud, con el sistema chileno: si la Región Metropolitana tiene 266 médicos cada 100 mil habitantes, en regiones como Ñuble la cifra baja a sólo 10. Esta concentración ha resultado ser útil para el control y atención del virus, pero ¿qué ocurriría si el Covid-19 se expandiera a regiones, donde las localidades han sido desprovistas de lo necesario? Los datos revelan el enorme desafío técnico y político que enfrentan los sectores no metropolitanos ante la migración, a la vez que la desigualdad territorial que los afecta.

La distribución más equitativa de la población sobre los territorios nacionales constituye un problema político-histórico al que los gobiernos centrales y locales tienen que poder responder –para modificar, al fin– las estructuras macro-cefálicas de nuestros países. Los metropolitanos, ansiosos por encontrar estilos de vida más acordes con sus expectativas, están, además, en todo su derecho de emprender y fantasear con la huida, incluso en un contexto de crisis sanitaria como el actual. Los locales pueden abrazar la descentralización y también pueden resistirse ante tales transformaciones. Sin embargo, –y aquí nuestro aporte– las experiencias registradas antes de la irrupción del Covid-19 no resultan ser las más esperanzadoras.

Además de enfrentar fantasías imposibles de cumplir y de producir tensiones sociales entre los unos y los otros, estos movimientos poblacionales suelen desarrollarse sin la implementación de políticas públicas capaces de regular los modos de asentamiento y urbanización. Se producen, sin control, cambios radicales en el uso del suelo, colapsos en las infraestructuras locales, especulación inmobiliaria y segregación residencial. La desconcentración demográfica, en este punto, no puede presentarse como libre de conflictos y menos aún si, como ocurre en Latinoamérica, no es acompañada por otro tipo de procesos de descentralización económica, productiva, tecnológica, científica, política, social y cultural.

La cuarentena aún restringe los movimientos internos. Veremos si efectivamente, una vez que sus limitaciones se levanten, las expectativas de quienes desean huir y los temores de quienes no quieren o pueden recibir, logran materializarse. Para analizar los efectos de esta migración y las transformaciones territoriales anudadas al COVID-19 tendremos que esperar algún tiempo. Mientras tanto, sabemos que esta crisis –así como tantas otras– nos coloca ante la urgencia de gestionar nuevas formas de planificar nuestras existencias y organizar nuestra relación con el territorio.

Hernán Ouviña es politólogo, doctor en ciencias sociales y educador popular. Es profesor en la Carrera de Ciencia Política e Investigador del Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe (IEALC) de la Universidad de Buenos Aires. En la edición de Ideas de Izquierda Semanario de la semana pasada publicamos una reseña de un libro que compiló y publicó recientemente con Mabel Thwaites Rey. En 2019, al cumplirse el centenario del asesinato de la revolucionaria polaca, publicó la primera edición de este libro con el apoyo de la Fundación Rosa Luxemburgo de Alemania, que ahora reedita sumándole un prólogo de Silvia Federici.

Guillermo Iturbide, La Izquierda Diario

 

Rosa Luxemburgo y la reinvención de la política. Una lectura desde América Latina apunta a ser una introducción al pensamiento de Luxemburgo, tomando variadas facetas de su pensamiento y los debates y peleas en los que estuvo involucrada, así como de aspectos de su vida, para relacionarlos con movimientos actuales, como los movimientos sociales en general, y en concreto las peleas del movimiento de mujeres, los movimientos por los derechos de diversas identidades, de las naciones oprimidas, las luchas ambientales, así como también prácticas como la pedagogía crítica y otros, especialmente en su dimensión latinoamericana.

Busca la relación de distintos hitos de su obra con estas problemáticas como, por ejemplo, Reforma social o revolución con la teoría del Estado y de los procesos de cambio, Problemas de organización de la socialdemocracia rusa y Huelga de masas, partido y sindicatos con las formas de organización de los movimientos sociales y la espontaneidad, Introducción a la economía política y La acumulación del capital con una mirada no unilineal ni eurocéntrica del desarrollo histórico y del imperialismo y la problemática de la acumulación por desposesión en autores actuales como David Harvey, entre otros temas.

La invención de una tradición (el “socialismo democrático”), la “doble tragedia”, y una política “luxemburguista” hoy

Desde la caída del Muro de Berlín predomina una cierta lectura del legado de Rosa Luxemburg. Esta se basa en la idea de que hubo un “socialismo autoritario” (que incluiría por igual a todos los que se reivindican de la tradición bolchevique en general, tanto estalinistas como trotskistas, así como a la propia socialdemocracia alemana –SPD– aliada al Kaiser durante la Primera Guerra Mundial y a la burguesía luego) y por el otro lado un “socialismo democrático” antiautoritario donde encuadraría Luxemburg, así como también, por “afinidad electiva”, otras figuras como Antonio Gramsci, con la idea de fundar una especie de nueva tradición política, algo así como una “tercera vía” entre la socialdemocracia y el “comunismo”.

Hay muchos elementos para considerar que la visión que ofrece Hernán Ouviña sobre Luxemburg en este libro tiene muchos puntos de contacto con esta lectura autodenominada “socialista democrática”, pero también tiene ingredientes propios, combinando lecturas variadas de Luxemburg que tienen otros componentes como las de Raya Dunayevskaya, Nicos Poulantzas o actualmente Silvia Federici, dialogando a su vez con las experiencias de los movimientos sociales latinoamericanos. A continuación iremos señalando algunos elementos de los capítulos que se pueden considerar más polémicos.

Ouviña comienza cuestionando correctamente lo que llama la “doble tragedia” de Luxemburg. La primera tragedia fue, luego de su asesinato a manos de los Freikorps bajo mando del gobierno socialdemócrata, lo que se podría llamar como su segundo asesinato político, teórico, moral a manos de la burocracia estalinista:

…[L]a construcción del llamado “luxemburguismo”, epíteto éste que tendió a generalizarse como sinónimo peyorativo para denunciar a militantes y organizaciones distantes de la línea stalinista de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Si al poco tiempo de su muerte Ruth Fischer convoca a eliminar de las filas del Partido Comunista Alemán el “bacilo sifilítico” introducido por Rosa, en 1931 Stalin denuncia su “semi-menchevismo” y le endilga ser, junto con Parvus, la creadora de la peligrosa “teoría de la revolución permanente”.

La segunda tragedia que señala Ouviña, y coincidimos, fue la utilización fragmentaria por parte de muchos reformistas, con igual malicia, de algunos de sus textos, sobre todo los más críticos de Lenin y los bolcheviques, con el fin de mellar todo el filo revolucionario de Luxemburg y hacer olvidar su lucha contra el cretinismo parlamentario, contra la traición de la socialdemocracia y su oposición internacionalista contra la Burgfrieden (paz civil) durante la Primera Guerra Mundial y la pelea de los espartaquistas contra el gobierno de Ebert durante la Revolución Alemana.

En el capítulo 3, Protagonismo popular y organización revolucionaria, comienza centrándose en “Problemas de organización de la socialdemocracia rusa”, de 1904, que es una respuesta a Un paso adelante, dos pasos atrás (1903) e, indirectamente, a ¿Qué hacer? (1902), y se inscribe dentro de la polémica tras el Segundo Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSDR) y la división allí entre bolcheviques y mencheviques, tomando Luxemburgo posición por los segundos (al igual que como hizo Trotsky durante breve tiempo antes de ubicarse por fuera de ambas fracciones hasta 1917), donde Ouviña rescata la teoría conocida como la de “organización-proceso” que sostenía Luxemburg(  también Trotsky hasta 1917) en polémica con Lenin, para tomar algunos de sus elementos y adaptarla en la actualidad como una forma organizativa más adecuada a las luchas de los movimientos sociales en Latinoamérica.

El meollo del libro se podría decir que es el capítulo 5, “Estado, lucha de clases y política prefigurativa. De la dialéctica reforma-revolución al ejercicio de la democracia socialista”. Este capítulo se articula en torno a Reforma social o revolución (1899) y el folleto inédito sobre la Revolución rusa (mediados de 1918, publicado en forma póstuma en 1922). Para abordar la forma en que la organización-proceso, en el sentido que la recupera Ouviña, se relaciona con el problema del Estado, plantea:

Asimismo, otro desafío lanzado por Rosa que nos parece relevante, es aquel que postula la necesidad de amalgamar democracia y socialismo para repensar la relación entre medios y fines en la construcción de un proyecto emancipatorio que tenga como columna vertebral al protagonismo popular a partir de una política que podemos denominar prefigurativa, en la medida en que anticipa en las prácticas del presente los gérmenes de la sociedad futura. En efecto, Rosa nos propone concebir de manera dialéctica este binomio, por lo que cabe afirmar que para ella sin democracia no hay socialismo, pero a la vez sin socialismo no es posible una democracia sustantiva.

Nuestro enfoque

Nuestra aproximación a Rosa Luxemburgo no coincide con la lectura llamada “socialista democrática” (cuestionamos esa identificación esencial entre estalinismo y trotskismo y que en Lenin se encontraría el germen de la burocratización de la URSS), buscamos recuperar su producción teórica y política y, en todo caso, entender las diferencias entre revolucionarios como algo natural y como una muestra de un pensamiento propio, sin necesidad de rendir pleitesía a ninguna autoridad.

Con la lectura que hace Ouviña sobre Rosa Luxemburgo tenemos en común el énfasis que pone en el aspecto de la autoorganización y la inventiva propia de la autoactividad de las masas, algo que también es una marca del trotskismo [1]. Sin embargo, en este aspecto también tenemos importantes diferencias con el enfoque de Ouviña y, dicho esto, quiero pasar a discutir algunos puntos controvertidos de su lectura sobre la revolucionaria polaca.

La democracia partidaria y la espontaneidad

En Problemas de organización de la socialdemocracia rusa, Luxemburg hace una evaluación de los debates del congreso del POSDR en términos de que las dos fracciones resultantes expresarían, por el lado de los mencheviques, una vía más justa, en el marco de un movimiento revolucionario muy joven y en un país atrasado, de relación entre el movimiento socialdemócrata y el movimiento obrero (para Luxemburgo eran equivalentes), mientras que, en el caso de los bolcheviques, se expresaría una tendencia centralista autoritaria, que separa en forma sectaria a la socialdemocracia del movimiento proletario y que tendría una desconfianza conservadora de la espontaneidad de las masas, buscando disciplinarlas detrás de la dirección partidaria.

Como planteé en dos artículos recientes, opino que no se puede entender esta polémica de 1904, por el lado de Luxemburg, en forma aislada, sino que está determinada por la polémica reciente (1902) con los revisionistas belgas en torno a Vandervelde y cómo procedieron durante la huelga política en ese país por el sufragio igualitario, donde los socialistas buscaron en todo momento disciplinar al movimiento de masas, del que desconfiaban profundamente, para contenerlo y canalizarlo hacia la acción parlamentaria, resultando en una derrota. Para Luxemburgo, esta postura que le adjudica a Lenin provendría de un apego a formas del movimiento revolucionario que expresaban tendencias elitistas y autoritarias, ya superadas por la historia, como el jacobinismo y el blanquismo, frente a un proletariado que constituye el primer movimiento revolucionario de carácter masivo de la historia.

Ouviña tiende a proyectar en forma retrospectiva sobre la posición de Lenin de 1904 la luz de la experiencia de la degeneración burocrática de la Rusia Soviética que tuvo lugar casi dos décadas después. Es decir, la crítica de Luxemburg sería una anticipación de esos hechos y una advertencia. Aquí se pueden decir dos cosas. Por un lado, la crítica de Luxemburg a Lenin obedecía a su temor de que, con lo que ella percibía como una excesiva insistencia en la centralización de la autoridad y la iniciativa de la dirección partidaria y desconfianza hacia la espontaneidad, los bolcheviques repitieran los errores de los socialistas belgas de dos años antes, y que además esto se combinara con una tentación simétrica, la de sustituir la actividad de las masas por los golpes de Estado y las acciones descolgadas al estilo de los blanquistas y de la tradición revolucionaria rusa de los populistas, a pesar de que Lenin no tenía nada que ver con esas posturas.

Aunque tiene mucho peso entre varios intérpretes de Luxemburg, tratar de leer su crítica de 1904 como una especie de anticipación de la experiencia de la URSS es insostenible, dado que, en ese entonces, casi nadie en el movimiento oocialista internacional concebía que podría darse en Rusia una dictadura del proletariado con participación de los bolcheviques al estilo de lo que fue luego la Revolución de Octubre de 1917. Recordemos que el horizonte estratégico común en 1904 entre Luxemburg y Lenin era que en un país atrasado como Rusia en lo inmediato solo estaba maduro para una revolución democrático-burguesa que desarrollara las fuerzas productivas y las condiciones sociales para una revolución obrera que solo podría ocurrir en una etapa posterior. Es decir, el marco estratégico del Lenin de 1903-04 era muy distinto al del Lenin de 1917.

Más en general, Ouviña en su lectura también acepta sin problematizar la versión de Luxemburg del congreso del POSDR de 1902. Luxemburgo no participó de ese congreso, y ordenó al delegado de su partido polaco que se retirara de él a mitad de las sesiones (por considerar que no podían integrarse al POSDR si este seguía apoyando el derecho a la separación de Polonia de Rusia, algo a lo que Luxemburg se oponía) y mucho antes de que tuviera lugar el gran debate que lo dividió en dos fracciones.

Las actas y documentos de ese congreso están disponibles desde hace mucho como para verificar cuál fue el debate real que dividió al partido [4]; a saber, que los mencheviques (que incluían a parte de los antiguos iskristas, su sector “blando”, que hizo un acuerdo con parte de los antiguos “economistas” y grupos centristas e indecisos que mayoritariamente habían combatido a los iskristas al comienzo del congreso, y que luego de ser derrotados continuaron dando la misma pelea buscando establecer una organización lo más laxa y no vinculante posible) se negaron a acatar las decisiones en cuanto a la composición de los organismos de dirección y exigieron, y mediante distintas maniobras tras bambalinas lograron imponer, que la dirección del partido estuviera compuesta exclusivamente por mencheviques a pesar de ser minoritarios, desplazando a la mayoría bolchevique.

En el texto de Luxemburg se le adjudica erróneamente a Lenin posturas antidemocráticas, como por ejemplo la potestad de la dirección del partido de poder disolver las direcciones de las organizaciones regionales del POSDR. Sin embargo, ¿cómo podían ser los mencheviques la fracción democrática del partido, siendo un sector minoritario que había desplazado de la dirección del mismo a la mayoría mediante presiones y chantajes al margen del propio congreso? Luxemburg hace en ese texto, además, una serie de consideraciones generales y abstractas sobre cómo un exceso de centralismo llevaría a la burocratización del partido y a transformarlo en una secta. Esos argumentos, planteados de esa forma, serían difíciles de objetar para cualquier marxista. El problema es que no se correspondían con el debate concreto en el partido ruso.

En Rusia difícilmente podía hablarse de una burocracia sindical, no había derechos políticos ni un parlamento con un potente aparato de cooptación como para domesticar al movimiento obrero en el “conservadurismo de aparato”. En Alemania y el Occidente desarrollado en general no solo el escenario era completamente opuesto, sino que había una burocracia sindical y parlamentaria cada vez más poderosa que aún era formalmente “socialista”, conviviendo con muchas dificultades en el mismo partido con el ala izquierda de Luxemburg.

Por este motivo, la problemática de la burocracia sindical y política aún no estaba muy desarrollada dentro del marxismo, porque en un principio se consideraba esta división entre el funcionariado de los sindicatos y la masa del movimiento obrero como funcional, como una división de tareas necesaria pero que, aún con los problemas que acarreaba producto de las presiones materiales, todavía no se había desarrollado una teoría que la entendiera como una capa social con sus propios intereses tajantemente diferenciados de la masa del proletariado, recogiendo “lo que caía de la mesa” de la explotación imperialista y como policía de la patronal y del Estado en las filas del movimiento obrero.

Una teoría que llegara a esas conclusiones solo se desarrolló después de la traición abierta de esos dirigentes con el estallido de la Primera Guerra Mundial, con los trabajos al respecto de Lenin y Bujarin. Por este motivo, pareciera como si Luxemburg estuviera polemizando más con la burocracia socialdemócrata alemana que con los rusos. Por otro lado, Luxemburgo albergaba esperanzas en que sería una mayor lucha de clases y la experiencia de un proceso revolucionario lo que pondría las cosas en su lugar y corregiría las tendencias conservadoras dentro del SPD, que ella aún no veía del todo diferenciadas del movimiento obrero en general.

La teoría de partido de Lenin en ese momento tampoco era todavía una teoría acabada, como reconoce Ouviña cuando menciona la apertura de las puertas del partido a los nuevos activistas durante la Revolución de 1905. Esa teoría de la organización del revolucionario ruso tenía un carácter fluido, puesto a prueba en ese evento decisivo. La diferencia esencial de la teoría del partido de vanguardia de Lenin con la de Rosa Luxemburgo(conocida como “partido-proceso”) era que no concebía al desarrollo del partido revolucionario en forma orgánica, no ponía un signo igual entre el movimiento obrero y el partido socialdemócrata, donde este último sería la expresión política inmediata del primero, puesto que la clase obrera era heterogénea, y que esa situación se correspondería con la viabilidad de la existencia no de un solo partido obrero sino de varios con distintas estrategias.

En los inicios, Lenin no era del todo consciente de la innovación que estaba haciendo, pensando que simplemente estaba traduciendo la teoría de partido de Kautsky a suelo ruso. Sin embargo, esta forma más sofisticada de concebir la relación entre partido y clase le permitiría posteriormente sacar conclusiones más radicales y justas cuando los elementos contradictorios dentro del movimiento obrero se manifestaran en toda su desnudez en trincheras opuestas a partir de la Primera Guerra Mundial.

La “innovación leninista” era que hacía falta un destacamento especial de una parte de la clase obrera, que construyera fracciones revolucionarias en todas sus organizaciones para llegar lo mejor preparados posible a la apertura de una crisis revolucionaria, frente a la concepción de Luxemburgo de que la organización revolucionaria debía ser más bien un producto orgánico de la radicalización de un partido socialdemócrata único y masivo basado en el conjunto del movimiento obrero, durante el desarrollo del proceso revolucionario mismo.

Por este motivo, luego del 4 de agosto de 1914, Luxemburgo no quiso romper con el partido reformista (SPD) y luego, a partir de su fundación en 1917, con el centrista (USPD) porque si así lo hacía consideraba que los espartaquistas se convertirían en una “secta”. Sin embargo, efectivamente eso fue lo que ocurrió, y el propio Partido Comunista alemán (fundado tardíamente, cuando la revolución ya llevaba casi dos meses y pasaba a su etapa más cruenta, la guerra civil) no pudo dejar de ser una “secta” durante cierto tiempo, sin tener casi influencia en los eventos de 1918-19.

Volviendo a 1905, con la experiencia de esta revolución, a pesar de seguir sin coincidir con la teoría de partido de Lenin, Luxemburg llega a la conclusión de que se había equivocado en su evaluación de bolcheviques y mencheviques de dos años antes, inclinándose hacia los primeros, lo cual la llevó a formar una alianza con Lenin dentro del POSDR entre 1906 y 1912, llegando el dirigente bolchevique a considerar a Huelga de masas, partido y sindicatos como “la mejor representación en lengua alemana sobre el significado de la huelga de masas en relación con las particularidades de la lucha en Europa Occidental”.

La estrategia “prefigurativa” y Poulantzas. ¿Política luxemburguista?

En los comienzos del capítulo 5, Ouviña expone el debate entre Luxemburg y Bernstein en torno al revisionismo, entre la concepción de una política reformista, pacífica e institucional de este último, oponiéndola a la revolución, versus la respuesta de la revolucionaria polaca, quien sostiene que reforma y revolución no se oponen sino que forman un todo inseparable: “si el camino ha de ser la lucha por la reforma, la revolución será el fin” (Rosa Luxemburg, citada por Ouviña). El autor del libro que reseñamos llega a la conclusión de que esta oposición entre ambos polos a la manera en que lo hacía el revisionismo bernsteiniano encontró luego, en la experiencia del siglo XX, su espejo opuesto:

…[A]cabó operando en términos dicotómicos en el seno de la propia izquierda ortodoxa, aunque en un sentido inverso al propuesto en su momento primigenio: la revolución social y la ruptura con el orden dominante, en tanto horizonte de sentido, transmutó en antídoto y contrapropuesta frente a la posibilidad (y el “peligro”) de conquistar reformas parciales.

Ouviña no lo aclara, pero parece estar refiriéndose nuevamente a la izquierda “leninista”. Si realmente se refiere a ella, está pasando por alto la gran variedad de experiencias y debates que hubo en la Tercera Internacional de los orígenes, donde la de Lenin (y Trotsky) era una de las distintas estrategias en discusión, y precisamente la posición de ambos revolucionarios fue la de combatir a la llamada “táctica de la ofensiva”, que tenía mucho apoyo en fracciones ultraizquierdistas muy considerables sobre todo en Alemania, según la cual luego del triunfo de la Revolución rusa el capitalismo estaba en su etapa final y se debía pelear en todas las luchas cotidianas, incluso las sindicales, con los métodos de la guerra civil, sin admitir compromisos ni retrocesos temporarios.

Los dos principales dirigentes bolcheviques no tenían una visión tan infantil de la revolución, y por eso teorizaron y pelearon por una política que recuperaba el sentido de la ya fallecida Luxemburg, de cimentar la dialéctica entre reforma y revolución en un programa transicional que combinara posición y maniobra, donde las conquistas parciales sirvieran para articular volúmenes de fuerza necesarios para enfrentar y derribar el Estado burgués.

Ouviña ve la solución a este problema del nexo entre reforma y revolución de esta forma:

…[L]as apuestas por articular reforma y revolución cobraron una nueva significación tanto al calor de la coyuntura abierta en el contexto de la rebelión global de los años 1960 y 1970 en Europa y el llamado Tercer Mundo, como en las últimas décadas en las luchas desplegadas en América Latina contralas políticas neoliberales y los procesos de ajuste estructural. A partir de la recuperación del planteo de Rosa Luxemburgo, en estas interpretaciones se esboza una estrategia revolucionaria que podemos caracterizar como prefigurativa. En el primer caso, algunas de las relecturas más lúcidas han sido las encaradas por Lelio Basso en Italia y André Gorz y Nicos Poulantzas en Francia. En ellos se constata una común perspectiva luxemburguista.

El planteo prefigurativo de Ouviña se vuelve más concreto en la reivindicación que hace de lo las propuestas de la última obra de Nicos Poulantzas, Estado, poder y socialismo, donde se bosquejaría una estrategia “luxemburguista” que “trascienda las matrices clásicas de la socialdemocracia y el leninismo”.

Ouviña hace hincapié a lo largo de su libro sobre las formas de autoorganización de las masas y también previene sobre la ilusión estatista a lo Eduard Bernstein. Sin embargo, la perspectiva de Poulantzas está mucho más cerca de la ilusión gradualista bernsteiniana que de la cosmovisión de Luxemburg. Precisamente Poulantzas no es un teórico “consejista” sino todo lo contrario: para él el déficit de la Revolución tusa y del “leninismo” es que tuvo demasiado de “sovietismo” y nada de parlamentarismo. Entonces:

…[S]i la vía democrática al socialismo y el socialismo democrático significan también pluralismo político (y de partidos) e ideológico, reconocimiento del papel del sufragio universal, extensión y profundización de todas las libertades políticas, incluidas las de los adversarios, etc. no se puede emplear ya el término de rotura o de destrucción del aparato del Estado, a menos que se quiera jugar con las palabras. Se trata claramente, a través de todas sus transformaciones, de una cierta permanencia y continuidad de las instituciones de la democracia representativa: continuidad no en el sentido de una supervivencia lamentable que se soporta en tanto que no se puede hacer otra cosa, sino de una condición necesaria del socialismo democrático.

Luxemburg y el Estado combinado

La propuesta de Poulantzas se trata de una “institucionalización” del doble poder, que en la mayor parte de las revoluciones del siglo XX surgió como el momento de quiebre y crisis del Estado burgués, donde este último lucha a muerte para recomponer su dominación, apelando a la guerra civil o… a la combinación de esta con las ilusiones democráticas… ¡que es exactamente lo que pasó en la Revolución alemana en la que participó Luxemburgo! Es llamativo que en el libro de Ouviña se dedica bastante espacio a la visión de la revolucionaria polaca sobre la Revolución rusa de 1917 y sus críticas a los bolcheviques, pero muy poco a la experiencia de la revolución comenzada el 9 de noviembre de 1918 en Berlín, la experiencia decisiva de Luxemburg y la que le costaría la vida.

Es tanto más notorio siendo que Luxemburg tomó partido explícitamente contra una estrategia similar a la que propone Poulantzas y rescata Ouviña, que en la Revolución Alemana expresó centralmente Kautsky pero también… ni más ni menos que Eduard Bernstein (quien durante un tiempo estuvo doblemente afiliado tanto al USPD como al SPD).

Kautsky se negaba a que los consejos de obreros y soldados asumieran el poder exclusivo, viendo en ello justamente el “sovietismo” propio de la Revolución Rusa que combatía, una “dictadura de los consejos”, para proponer suspender «por decreto» la guerra civil y transformar la lucha de clases en una lucha parlamentaria, combinando el poder de la Asamblea Constituyente burguesa y la autoridad del gobierno oficial llamado “Consejo de Comisarios del Pueblo” detrás del cual se agrupaban las clases dominantes, aunque combinado con una articulación con los consejos, que serían despolitizados y tendrían funciones de competencia en cuestiones relacionadas con lo laboral (como estableció finalmente la Constitución republicana aprobada en Weimar), al tiempo que Kautsky prometía, mediante una comisión parlamentaria, avanzar en la “socialización” pacífica de la economía (algo que desde ya nunca se llevó a cabo).

Polemizando con Kautsky y su defensa de la “cierta permanencia y continuidad de las instituciones de la democracia representativa” (parafraseando a Poulantzas), Luxemburg planteaba:

Es necesario hacer una crítica práctica de las acciones históricas sobre las palabras mal usadas por las clases burguesas durante un siglo y medio. La «Libertad, Igualdad, Fraternidad», proclamada por la burguesía en Francia en 1789, debe hacerse realidad por primera vez al abolir el dominio de clase de la burguesía. Y como primer acto de este acto salvador, debe ser grabado en voz alta ante todo el mundo y ante los siglos de la historia del mundo: ¡Lo que antes se consideraba igualdad de derechos y democracia; Parlamento, Asamblea Nacional, igualdad de votos, era una mentira y un engaño! ¡Todo el poder en manos de las masas trabajadoras como arma revolucionaria para aplastar el capitalismo –solo eso es la verdadera igualdad, solo eso es la verdadera democracia!

Es tanto más extraño siendo que Ouviña, luego de exponer la estrategia de Estado combinado, pasa a citar un fragmento de Luxemburg donde ella combate esta política, sin que el autor del libro que reseñamos saque por ello las conclusiones de esta contradicción.

¿Revolución rusa o Revolución alemana?

Es una pregunta interesante por qué Luxemburg parece sostener dos políticas relativamente opuestas frente a la revolución, por un lado, en su folleto inédito sobre la Revolución rusa (donde, entre otras críticas, fraternas pero duras, sugiere en una nota al pie que los bolcheviques no deberían haber disuelto la Asamblea Constituyente a comienzos de 1918 sino llamar a nuevas elecciones y hacer un régimen combinado entre Constituyente y soviets), y, por el otro lado, en toda su actividad política, sus discursos y sus textos publicados durante la Revolución alemana en los dos meses y escasos días que transcurrieron hasta su asesinato.

También sería interesante analizar (lo dejaremos para otro texto) por qué la abrumadora mayoría de los intérpretes de Luxemburg han considerado como la última y decisiva palabra de la revolucionaria polaca en cuanto a estrategia revolucionaria a su texto escrito en prisión sobre la experiencia bolchevique, pero apenas tienen en cuenta su actividad en Alemania entre el 9 de noviembre de 1918 y el 15 de enero de 1919. La lectura de Ouviña tiende a reincidir en esta “kautskización” parcial de Luxemburg (producto del recorte que se hace de algunos pasajes de su folleto sobre la Revolución Rusa ignorando casi por completo sus escritos sobre la Revolución Alemana), que tiene una muy larga historia que comienza poco después de su muerte.

Una de las explicaciones de la diferencia entre ambas posturas la dio Clara Zetkin, quien sostuvo que Rosa Luxemburg tenía muy poca información sobre lo que realmente estaba pasando en Rusia y que, producto de ello, al salir de prisión desistió de publicar su folleto debido a esas dudas, sumado a que en lo subsiguiente habría cambiado de opinión. En vistas de varias investigaciones y documentos que se han publicado en las últimas décadas, esa versión de Zetkin no me parece demasiado convincente y es plausible que Luxemburg haya mantenido hasta el final la misma posición, aunque no hay una evidencia documental cien por cien concluyente ni de una ni de otra cosa.

Norman Geras ofrece una posible solución al dilema en su libro de fines de la década de 1970, El legado de Rosa Luxemburg, donde sostiene que la revolucionaria espartaquista no cambió de opinión sobre la Revolución rusa, y que la diferencia con su postura sobre la Revolución alemana se debería a que Luxemburg, que ya desde comienzos de la Revolución de febrero sostenía una perspectiva similar a las Tesis de abril de Lenin y la de Trotsky, de “todo el poder a los soviets”, no terminó de ajustar cuenta del todo con la perspectiva de la revolución democrática de los viejos bolcheviques (que Lenin sostuvo hasta antes de febrero de 1917) y, por ser Rusia un país atrasado, habría considerado que la democracia burguesa y sus instituciones todavía tenían un papel que cumplir, al contrario que en un país adelantado como Alemania, donde la democracia burguesa estaría para ella condenada y sería reacción en toda la línea.

Seguramente se seguirá escribiendo e investigando sobre la postura de Luxemburg frente a la revolución bolchevique, pero lo que es evidente, a partir sus posiciones sobre la Revolución alemana, es que allí llegó a la conclusión de que todos las fuerzas reaccionarias que antes de la revolución se oponían con ahínco a conceder demandas democráticas radicales, una vez comenzada la revolución, ante la emergencia de un nuevo poder de los trabajadores con capacidad de hegemonizar a otros sectores oprimidos y de establecer un nuevo poder obrero y popular basado en instituciones que serán mil veces más democrática que la democracia burguesa, será precisamente detrás de esta última, incluso bajo formas “radicales”, donde se irán a refugiar en forma defensiva los reaccionarios de antaño, como último baluarte de la dominación de la burguesía antes de pasar a la contraofensiva mediante la guerra civil e incluso borrar con el codo lo que escribieron con su mano izquierda… Esa es la lección de la derrota de la propia Revolución alemana de 1918-19, que como proceso continuó hasta su nueva derrota en 1923, que algunos años más tarde desembocaría en la tragedia del nazismo.

Presentación-debate en la Casa Bertolt Brecht (Montevideo, abril de 2019): Patricia Lizarraga (FRL), Mariana Meléndez (Minervas) y Hernán Ouviña.

La estrategia “prefigurativa” que propone Ouviña y que le adjudica a Luxemburg se basa en una visión de los procesos políticos latinoamericanos de las últimas dos décadas como los del chavismo en Venezuela o el del MAS en Bolivia. Tomando la idea de “organización-proceso”, no en su sentido original, sino como elementos más abstractos y generales en el sentido de aportar a una concepción de la política más acorde a la lógica actual de los movimientos sociales latinoamericanos, el método parecería ser una especie de “diálogo” entre los movimientos sociales y los llamados “gobiernos populares”, donde se trataría de ir modificando el contenido de clase del Estado en forma paulatina mediante un cambio de la relación de fuerzas a favor de los sectores populares en una dialéctica de luchas desde abajo e institucionalización por arriba de conquistas obtenidas mediante esas luchas.

Esto, a decir verdad, nunca estuvo planteado en estos procesos y no ocurrió, y más bien esta dialéctica movimientos sociales-Estado “popular” llevó a la cooptación y neutralización de los primeros, luego haciéndolos retroceder, en el mejor de los casos, cuando no frecuentemente a la represión lisa y llana por Estados que en procesos que llegaron a durar entre 15 y 20 años nunca dejaron de ser capitalistas, mientras se recompusieron fuerzas políticas reaccionarias que tomaron la ofensiva y acabaron con algunas de esas experiencias (los casos más notorios, Bolivia y Brasil, o el desbarranque del chavismo actual bajo Maduro en Venezuela). Aunque Ouviña sigue apostando a esta estrategia, da cuenta del fracaso de ella y es muy crítico de esas mismas experiencias y de lo que ve como limitaciones de las fuerzas políticas y gubernamentales enroladas en el llamado “socialismo del siglo XXI”.

Conclusión

Finalizando, para una recuperación del pensamiento de Rosa Luxemburg, una figura que en Latinoamérica por particularidades históricas y culturales ha tenido menos peso (por caso, que en otros lugares como Europa) no es necesario intentar “bolchevizar” a la revolucionaria espartaquista, aunque tampoco pasarla por un tamiz “poulantziano” que la llevaría a sostener posiciones contra las que en realidad combatió, sino entenderla en sus propios términos y traducirla en su propio espíritu. No obstante esto, bienvenido el debate que nos plantea Hernán Ouviña poniendo en el tapete nuevamente a quien Franz Mehring consideraba “la mejor discípula de Marx y Engels”.

IPTC

Por Melisa Argento y Florencia Puente (publicado en marcha.org.ar)

La minera concentra, al momento, cerca de un 20% del total de los casos confirmados en toda la provincia. Esta situación es una expresión paradigmática de las formas en que opera el extractivismo en nuestro país: a los riesgos para la salud que comporta la actividad minera se suman la precarización laboral, la falta de servicios y la negación de derechos básicos de las comunidades y pueblos indígenas. Un esquema que solo es posible gracias a las connivencias político-empresariales.

A pocos días de que el gobierno decretara el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio en todo el país, la actividad minera fue declarada como una de las actividades “esenciales” (al igual que los servicios de salud y los proveedores de alimentos) y, por lo tanto, habilitada para funcionar. La decisión encendió las alarmas de las asambleas, organizaciones y movimientos de todo el país que vienen denunciando hace tiempo los riesgos socio-ambientales que tiene esta actividad primaria-exportadora en tiempos de “normalidad”. Para brindar tranquilidad y ajustarse a los controles estatales, las empresas rápidamente se ocuparon de implementar protocolos, aduciendo tener la capacidad de llevar adelante los diversos procesos productivos con seguridad. Pero los y las protagonistas de las luchas y resistencias frente al extractivismo, que conocen plenamente la dinámica de la actividad minera, denunciaron desde el inicio los peligros de seguir trabajando en estas condiciones. No se equivocaban.

El 3 de julio se detectaron los primeros dos casos positivos entre un grupo de trabajadores que bajaban de las instalaciones de la minera Exar. La multinacional de capitales chinos (Ganfeng Lithium) y canadienses (Lithium Americas Corp), está ubicada en el salar Olaroz-Cauchari, situada a escasos kilómetros de la localidad de Susques. Lxs trabajadorxs habían dado negativo a los controles al momento de ingresar a los campamentos, en donde generalmente trabajan unas 600 personas y donde comparten en diferentes módulos habitaciones y comidas. La particularidad de Exar es que su proyecto se encuentra en fase construcción, por lo cual sí hay un número importante de trabajadorxs que son oriundxs de las 10 comunidades indígenas del departamento de Susques, que se ocupan de los trabajos activos en limpieza, perforación de pozos de salmuera, laboratorio, mantenimiento, catering y el área eléctrica.

El 11 de julio, una radio local dio a conocer el testimonio de Estela Cruz, presidenta comunera de Huancar, que describió la alarmante situación. Las comunidades solicitaban el cierre de la mina y de todas las empresas mineras, dado que allí también se encuentra el proyecto de extracción de litio de Sales de Jujuy del grupo Orocobre, Toyota y de la minera jujeña JEMSE. La presidenta informó también que los vecinos y vecinas se estaban encargando del cuidado y aislamiento de lxs trabajadorxs llegadxs desde el campamento, sin médicos y sólo con agentes sanitarios. Y exigió, en nombre de la comunidad, que la empresa que se haga cargo del traslado de las y los trabajadores hacia un hotel, en donde pudieran cumplir los 14 días obligatorios de aislamiento completo, para poder luego de eso regresar a sus casas con sus familias.

La situación era aún más desesperante porque en la planta quedaban muchas personas cuyo diagnóstico no se conocía.  Así recordó Cruz: “A nosotros nunca nos trataron como autoridades para tomar decisiones como corresponde. Desde marzo que habíamos hecho el pedido para minimizar guardias y nos dijeron que no tenemos autoridad, y ahora cuando pasa esto nos tratan como autoridades para que nos hagamos cargo”.

Entre las pocas voces que hasta aquí han informado de la situación se encuentra La Izquierda Diario, que desde los primeros días denunció que pese a que detectaron casos positivos, la empresa continuó trabajando negligentemente. La diputada del Frente de Izquierda, Natalia Morales, denunció la connivencia política provincial y la inacción de JEMSE. La empresa provincial de energía y minería articula a los proyectos extractivos de litio como socia minoritaria. Según la diputada, “JEMSE es una cáscara vacía creada por el PJ en el 2011 para garantizar el extractivismo de las multinacionales en la provincia y que hoy se profundiza. Le da la cobertura estatal para que se lleven todo”.

En los últimos días, una serie de videos se viralizaron por las redes sociales. En uno de ellos, las y los trabajadores envían un mensaje directo a los políticos responsables:

“El sistema de salud en el policlínico está colapsando, tenemos varios compañeros con síntomas y seguimos aquí. Estamos esperando los resultados, el miércoles nos realizaron el segundo hisopado. Hoy cerraron el comedor y no sabemos por qué. Necesitamos ayuda, somos muchos compañeros que estamos esperando resultados, ya sea positivos o negativos, pero queremos bajar y recuperarnos en San Salvador de Jujuy, y después ver a nuestras familias. Algunos estamos hace un mes, hay compañeros que están hace cuatro”.

En otro video, un gran número de trabajadores y trabajadoras discuten con un encargado de la empresa. Le piden que les garanticen la limpieza de los cuartos en donde estaban lxs compañerxs infectadxs y mejores condiciones de higiene en general.

El número creciente de casos ha generado mucha angustia entre los y las pobladoras. Hay quienes hace 4 meses que están allí y quieren bajar a la ciudad y ser atendidxs y cuidadxs como corresponde para poder reencontrarse con sus familias. La desesperación aumenta, cuando tenemos en cuenta las dificultades de comunicación que tienen en el campamento. La escasa o nula señal no les permite comunicarse con medios para lograr difundir lo que sucede y presionar para la implementación de soluciones, pero tampoco les permite llamar a sus casas y conocer la realidad de qué tanto se ha diseminado el virus por las comunidades de la puna. El último conteo que se hizo público fue el domingo pasado, cuando el COE (Comité Operativo de Emergencia) oficializó que entre los nuevos contagios, seis personas tenían domicilio en Pastos Chicos, ocho en Olaroz Chico y once en Puesto Sey, todas poblaciones de los alrededores de los salares Olaroz y Cauchari.

En estos territorios, las comunidades se encuentran separadas por largas distancias y no cuentan con médicxs ni hospitales. Es por esto que entre la organización comunitaria y los agentes sanitarios organizan las tareas de cuidado y aislamiento obligatorio de quienes han regresado a sus casas. Piden apoyo del gobierno provincial, que lleven a los y las enfermas a hoteles y/o a hospitales de la capital provincial. “Pedimos respuestas a ellos y nos dicen que la responsabilidad es del COE y el COE plantea que no pueden intervenir ante una empresa privada”, explicó Cruz en la entrevista radial.

Ayer, con 155 nuevos casos, se llegó a un total de 1039 contagios en la provincia. Con cuatro fallecimientos más, y en el medio de lamentables controversias entre datos cruzados de la Nación y la provincia, hasta el martes el número de fallecimientos por COVID llegaba a 39 en Jujuy, que retornó a la fase 1 de aislamiento hasta el 2 de agosto. La situación en la provincia es preocupante, se han duplicado los casos en sólo una semana y el crecimiento exponencial se viene sosteniendo en los últimos días. El gobernador Gerardo Morales, quien buscó responsabilizar (y estigmatizar) a los y las migrantes bolivianas por el incremento de casos de su provincia, anunció la adhesión al Decreto Nacional 605, con la salvedad de que la autorización a las actividades esenciales quedará en manos del Ministerio de Salud provincial y el COE.

La situación en Salta es también preocupante. Más de treinta mineros que trabajan para la empresa Posco y la contratista BBC en el Salar del Hombre Muerto, se encuentran aislados con síntomas, a disposición del COE provincial. Los trabajadores denuncian que los responsables de la empresa coreana no los dejan retornar a sus casas y que no están cumpliendo con los protocolos y exigen ser hisopados. Se encuentran actualmente sin las condiciones y los cuidados necesarios y sin saber aún el total de contagios que hay entre lxs trabajadorxs de la empresa.

La expansión del virus en estos territorios, agravada por la continuidad de la actividad minera, condensa la exacerbación de la violencia institucional, la vulneración de derechos territoriales y el impacto desigual del COVID en pueblos indígenas y campesinxs que viven en condiciones socio-sanitarias críticas. La lógica de del despojo del extractivismo no debe ser tolerada ni durante la pandemia ni durante una supuesta “nueva normalidad”.