Por Facundo Cuesta Huerquen Conunicación en Colectivo

La agricultura empezó alrededor de 10 o 12 mil años atrás, cuando seguramente una mujer reconoció en la naturaleza una planta alimenticia, y reprodujo su ciclo vital. Ese primer paso desató el proceso de crianza mutua entre nuestra especie y la enorme cantidad de variedades vegetales que nos alimentan desde entonces.

La humanidad se expandió y evolucionó en todos los continentes de la mano de plantas que fueron su sustento, las que a su vez fueron modificándose para adaptarse a los climas, suelos y prácticas donde las llevaron los pueblos. Cada palabra con la que nos acostumbramos a nombrar determinado alimento, en realidad expresa un enorme conjunto de variedades: “maíz” “trigo” “tomate”. Y cada variedad tuvo sus guardianas y guardianes, comunidades campesinas e indígenas con las que se crió y a las que ayudó a criar alimentándolas. Ellas fueron las responsables de su particular desarrollo, su “mejora” en términos productivos, guardando la mejor semilla de la mejor planta para volver a sembrar, reproducirla, multiplicarla, e intercambiarla.

Colectivo VacaBonsai

 

Pandemia corporativa

Con las semillas es imposible plantear autorías, porque los momentos inaugurales que solemos asociar a los descubrimientos, pierden su rastro en millones de manos y diferentes culturas. Quién diga que “descubrió” una semilla, miente; quién sostenga que es “suya”, roba. Son patrimonio de los pueblos al servicio de la humanidad, y por eso enfrentamos los intentos de las corporaciones por apropiárselas.

Y estos intentos se suceden desde el inicio de la llamada “Revolución Verde” en los 60s – 70s del siglo pasado, con el acaparamiento de los sistemas agroalimentarios por el capital concentrado: la introducción de paquetes tecnológicos con semillas híbridas primero y transgénicas después, agrotóxicos y maquinarias parte de la reconversión de la industria militar. Con más concentración empresaria en cada eslabón de la cadena que termina con cada bocado, y que empieza indefectiblemente en una semilla. Esa centralidad en el ciclo del alimento la vuelve estratégica tanto para las corporaciones como para los pueblos.

En la disputa por los bienes comunes el capital buscó desarmar los sistemas campesinos e indígenas, y se valió también de la operación simbólica de ubicarlos en el atraso y el primitivismo que la modernidad y la tecnológica vendrían a superar. Como no podía ser de otro modo, la ofensiva contra los pueblos y culturas incluyó también a sus semillas nativas y criollas que no se ajustarían al canon de “estables” y “homogéneas” que según la industria garantizarían los rindes para “alimentar a la humanidad”.

Por este camino no sólo no se alimentó a la humanidad, sino que en apenas 50 o 60 años, la humanidad perdió el 75% de las variedades vegetales que se crearon en más de 10.000 años de agricultura. Esto es particularmente peligroso en el marco de la crisis climática ante cuyos rigores no sabemos cuántas ni cuáles variedades podrán adaptarse, y en dónde. Esta tremenda pérdida de biodiversidad hace que todos y todas tengamos ¾ partes menos de alimentos distintos disponibles. Y la situación que no es peor gracias a la resistencia de los pueblos y comunidades para defender sus semillas, garantizando los ciclos de su reproducción e intercambio.

Huerquen Comunicaciòn

Guardianas y guardianes

Aún con toda esta ofensiva y erosión material y simbólica, hoy son las y los campesinos, pescadores artesanales, pastoras trashumantes y pueblos originarios quienes producen entre el 60 y el 80% de lo que alimenta a la humanidad en todo el mundo con apenas el 25% de la tierra cultivable. Decíamos que su centralidad en la alimentación se sostiene también en las redes de resistencia que han sabido construir, cuya expresión más importante es La Vía Campesina Internacional, la organización social más grande del mundo que agrupa a 200 millones de productoras, productores y sus comunidades en 81 países. En estas redes resistentes las semillas también son el centro de la preocupación y la acción.

Gerardo Segovia, de la Red de Agricultura Orgánica de Misiones (RAOM) es uno de los artífices de la Semana Continental de las Semillas Nativas y Criollas que impulsa el Movimiento Agroecológico de América Latina y El Caribe (MAELA), “En el intercambio de semillas se conjuga lo sagrado, lo espiritual, lo profundamente ecológico y profundamente político. Durante la semana continental que arranca el 26 de julio que acá se festeja el Día de la Patrona de los Sembradíos y termina el 1° de agosto Día de la Pachamama, se relacionan 3 elementos de la naturaleza que son centrales para la Soberanía Alimentaria: una es la semilla, y las otras son la madre tierra que va recibir todas las ofrendas, y las manos campesinas de los guardianes y guardianas de semillas, especialmente de las mujeres, que llegan a ofrecer a esa madre tierra que está abierta para luego poder dar sostén; para que esa semilla crezca, germine y se abra para ser fruto, monte, biodiversidad.”

Las semillas junto a la organización son la clave para el reverdecer comunitario en nuestros territorios impactados por el agronegocio. En experiencias que construyen las organizaciones campesinas, como Productores Independientes de Piray (PIP) que integra la UTT, levantando una Colonia Agrícola de Abastecimiento en las tierras recuperadas a la multinacional Arauco junto a 97 familias, y que relata Miriam Zamudio: “Integramos a las familias a trabajar comunitariamente dentro de las tierras, con una planificación que hacemos en reuniones y asambleas. Se consiguen las herramientas y las semillas, se hacen capacitaciones y vamos articulando los saberes. Así vamos construyendo esta Misiones que queremos, con otro modelo de producción, no sólo para el futuro sino ya.”

O lo que expresan desde la asociación Comunidades Campesinas por el Trabajo Agrario (CCTA) integrante del MTE, ubicada en kilómetro 80 de Pozo Azul, a través de su presidente Wilmar Vas: “Para nosotros cada semilla es fuente de vida y alimentos. Sembramos nuestra semilla y generamos una cadena que viene de nuestros antepasados y continuaremos cuidando porque si no tenemos semilla no tenemos producción ni alimentos. La semilla es la vida en sí de una comunidad”.

Se habla de “bancos de semillas”, y la imagen puede servirle a las millones de personas que viven en las ciudades y han ido perdiendo esa intimidad con las semillas y la producción de alimentos, para reconocer la acción de guardar un excedente para un momento de escasez o un próximo ciclo. Pero guardar semillas es algo muy distinto a las prácticas de atesoramiento bancario. Las semillas no son cosas, son vida en potencia; no se pueden guardar eternamente sino que tienen que reproducirse constantemente para seguir activas y poder expresar su valor. Un valor que está en las antípodas de las abstracciones del valor “de cambio” del dinero, sino que nos reconectan con las nociones “de uso” que la lógica mercantil nos fue escamoteando. Eso que tan claramente refleja doña Ángela Romano, de Rodeo Grande “zona serrana, de altura” en Tafí del Valle, Tucumán, cuando rodeada de sus semillas dice que es una “rica pobre”, mientras su mano bucea entre ellas.

Colectivo VacaBonsai

Desde los pueblos originarios hasta las ciudades

Para Segovia “en ese grano de maíz está concentrada la identidad de los pueblos originarios que son co-creadores de la vida. Acá en Misiones los Guaraníes tienen la leyenda del maíz y la leyenda de la mandioca, que son dos semillas muy importantes para la espiritualidad; son la base de la alimentación y también de la lucha hoy para que sigan estando en las manos de sus verdaderos dueños, los pueblos originarios y campesinos, y lleguen cada vez más hasta los huerteros y huerteras de las ciudades y periurbanos.

¿Cuántas huertas se empezaron durante la pandemia? Muchísimas, al punto de agotar las semillas que da el Programa Pro-Huerta. Capaz “para hacer algo” en medio del aislamiento obligatorio, pero quizá también como un reflejo pre-racional al reconocer que lo que vivimos es consecuencia de lo mal que venimos haciendo muchas cosas hace mucho. Para el MAELA esta pandemia es “un grito de alerta”, que “deja al descubierto lo que sucede cuando se rompe el equilibrio natural, cuando se atraviesan límites, cuando se quiebran vínculos y relaciones de respeto entre los seres humanos con el ambiente”.

Ese reconocimiento íntimo, esa congoja, quizá activó algo ancestral que saben nuestros cuerpos al echar mano de esas semillitas y volver “a lo primero” al sembrarlas. Nosotros y nosotras, nuestros pueblos, también somos semillas. Estuvimos demasiado tiempo aturdidos por las lógicas del consumo, materializado o no; enceguecidos por las pantallitas, las luces y sonidos constantes; deseando objetos, acostumbrados a la precariedad urbana de la escasez constante, atrás del mango día a día; enloquecidos como las abejas, los ecosistemas naturales o el sistema endócrino por el contacto con las moléculas tóxicas de la agricultura industrial.

Como sea, con las semillas criollas en manos de sus guardianes y guardianas vuelve el alimento y los sabores de nuestras infancias, vuelven las manos de las abuelas. Vuelve la comunidad que rebrota en el intercambio aún con el barbijo puesto o medianera por medio. Vuelve la posibilidad de ser soberanos en nuestros territorios. No nos vamos a cansar de decir que esta crisis pandémica es una oportunidad; quizá la humedad y temperatura que nuestro cuerpo social esperaba para salir de su latencia y brotar.

De la Tierra Productora Audiovisual

 

 

Guardianes de SemillasSerie Audiovisual

La serie GUARDIANES DE SEMILLAS se inicia en el 2019, fruto de un trabajo conjunto entre la Fundación Rosa Luxemburgo, el Colectivo Audiovisual Vaca Bonsai. La serie, que va por su sexto capítulo, busca ser un registro de experiencia que -en un minuto– nos muestran la diversidad de formas de resguardo de semillas a lo largo de todo el país, y la centralidad de las guardianas y los guardianes en el camino hacia la Soberanía Alimentaria.

Para ver la serie completa haz click aquí.

Colectivo VacaBonsai

Los impactos del extractivismo en nuestros cuerpos ya no se pueden ocultar. A lo largo de este sur incendiado y en emergencia, los trazos del modelo de destrucción arrasan con los cuerpos y los territorios. La Fundación Rosa Luxemburgo, junto al Instituto de Salud Socioambiental FCM UNRMédicos del Mundo ARG e Iconoclasistas, cartografiaron la crudeza del mundo actual sobre el cuerpo-territorio de una mujer en una cartilla de libre acceso y distribución.

 

Por Redacción La tinta

Diez problemáticas socioambientales en América Latina -y sus consecuencias en la salud- fueron mapeadas como resultado del trabajo final de dos seminarios virtuales, “Introducción al análisis de los procesos de salud en contextos de extractivismos”, coordinados el año pasado desde la Fundación Rosa Luxemburgo con el Instituto de Salud Socioambiental de la Universidad Nacional de RosarioMédicos del Mundo ARG e Iconoclasistas.

 

“La intención fue analizar qué impactos tienen en los cuerpos y en las comunidades donde se desarrollan proyectos extractivistas”, cuenta Patricia Lizárraga, antropóloga y coordinadora de proyectos de la Fundación Rosa Luxemburgo. En los cursos, compartieron herramientas desde la epidemiología crítica y comunitaria, detalla Damián Verseñazzi, Presidente de Médicos del Mundo en Buenos Aires por Latinoamérica, y el eje estuvo centrado en entender y visibilizar cómo es que el extractivismo afecta la salud de quienes viven en los territorios que son arrasados.

“Uno de los módulos fue sobre procesos de epidemiología comunitaria para pensar qué estaba pasando en la salud de determinadas comunidades: mirar el entorno y los determinantes sociales para establecer diagnósticos y entender algunos síntomas que fueron apareciendo en lugares contaminados, fumigados y demás. El trabajo final fue analizar las experiencias de resistencias en sus territorios contra proyectos extractivistas y ver cuáles eran las enfermedades que se podían relacionar con esas actividades. En la segunda cohorte, pensamos, junto a Iconoclasistas, un taller de mapeo colectivo para tener más herramientas para el trabajo final y así surge la idea de la cartografía”, explica Patricia.

Iconoclasistas es un dúo conformado por Julia Risler y Pablo Ares, cuya identidad está fundamentada en la democratización de contenidos y materiales visuales. Conversamos con Julia, quien hizo hincapié en la importancia de apostar por los mapeos colectivos: “Son una herramienta táctica de trabajo con los territorios, que generan un espacio de intercambio de saberes y de experiencias cotidianas con las comunidades a partir de distintas temáticas, objetivos. Es un espacio horizontal de encuentro y que permite tener un diagnóstico, un vuelo de pájaro sobre lo que se está accionando en el territorio, lo que aparece como amenaza, como problemática, pero también las redes comunitarias y de apoyo y organización”, argumenta Risler.

El cuerpo como territorio 

Cartografiar el cuerpo de una mujer fue determinante, cuenta con precisión Lizárraga, “porque son ellas quienes lideran los procesos de resistencia contra el avance del modelo extractivo, las que empiezan a visibilizar o darse cuenta de que algo está pasando en el cuerpo de sus hijxs o en sus propios cuerpos”.


“El cuerpo abordado como el primer territorio, a la manera en la cual lo trabajan las feministas comunitarias de América Latina… el vínculo entre el cuerpo a nivel orgánico, sus enfermedades, sus patologías. El cuerpo como superficie de impacto de lo que ocurre en el medio ambiente”, explica Risler.


Por su parte, Verseñazzi dice: “El primer territorio que habitamos como seres vivos es nuestro cuerpo. No es ajeno ni un ente abstracto y desconectado del territorio mayor al que pertenecemos: la tierra. Para nosotrxs, es inherente a las ciencias de la salud el estudio de lo que ocurre en los territorios que habitamos como parte del proceso de determinación social de la salud y de la enfermedad. Cuando pensamos cómo el extractivismo arrasa los territorios, no pensamos en un paisaje: pensamos en nuestros cuerpos arrasados por un modelo de producción, que, en realidad, es de destrucción de la vida para garantizar, a unxs pocxs, condiciones de vida saludable, en otras latitudes”.

Para el médico, es importante y urgente entender que los sistemas de conocimiento actuales de la modernidad han colapsado, primero, en nuestras cabezas para, de esa forma, artificializar los cuerpos humanos y, entonces, naturalizar la artificialización y destrucción de los territorios en los que habitamos.


El mapa/póster es una sistematización de saberes de las comunidades y de lxs trabajadorxs sobre sus cuerpos, como dicen desde el equipo de trabajo, enfatizando en la urgencia de visibilizar y comprender el impacto del extractivismo en la salud. 


Lizárraga explica que los indicios de la actividad extractiva en el territorio -ya sea la fumigación, la contaminación del agua por la megaminería, el polvillo del pino en la actividad forestal y tantos otros- se perciben en el cuerpo, lo que lleva a mirar a la comunidad y poner en práctica este tipo de procesos de epidemiología popular. “Es empezar a ver que a tu vecina del lado también le pasa. Es un poco lo que fue el proceso de las madres de Ituzaingó y tantos otros lugares. Es nombrar los síntomas, identificar las afecciones y ponerlas en el lugar del cuerpo donde impactan, porque el modelo extractivo homogeneizó la forma de enfermarnos. Este mapa está construido con organizaciones de varios países de América Latina y hay una recurrencia en determinadas enfermedades que se fueron haciendo cada vez más frecuentes, que tienen que ver con las actividades extractivas en esos territorios”, subrayan desde la Fundación Rosa Luxemburgo.

Iconoclasistas agrega que la meta es que el recurso visual, gráfico y pedagógico circule por espacios de salud, salitas, hospitales, escuelas, comedores comunitarios, mercados solidarios, escuelas fumigadas, en las asambleas ambientales y barriales. “Como forma de instalar el tema, que está en la agenda pública, este recurso pretende también intervenir en esa discusión y complejizar aún más la problemática”, concluyen lxs coordinadorxs.

El equipo de trabajadorxs que llevó a cabo el mapeo es claro: “Queremos que esté colgado en cada espacio de lucha”. La cartilla está disponible para descargar y para replicar.

Es verdad: nuestros cuerpos llevan encima las consecuencias del extractivismo. Pero, también, la capacidad de organización y resistencia contra estos modelos de muerte. En plena emergencia climática y ecológica, seguimos bregando por cuerpos y territorios sanos, soberanos y justos.

#saludsociambiental #nomásvenenos #ríoslibres #soberaníalimentaria #noalamegaminería

#epidemiologíacomunitaria #ConNuestroPanNO #FueraMonsanto #GlifosatoMata

El trabajo “Cuerpo-Territorio” da cuenta de diez problemas ambientales de Argentina y Sudamérica y sus impactos en la salud. Agronegocio, incendios, feedlots, megaminería, explotaciones forestales y fracking, entre otras actividades, y sus consecuencias sanitarias.

10 problemáticas socio ambientales en Argentina y Sudamérica y sus graves consecuencias en la salud

Por Lucía Guadagno*

María del Carmen Seveso nació en Maciel (Santa Fe). Estudió medicina en la Universidad Nacional de Rosario (UNR) y en 1977 se mudó al Chaco. Trabajó en hospitales y clínicas de Resistencia y Roque Sáenz Peña. Sus especialidades son la Toxicología y la Terapia Intensiva, entre otras. “Siempre me interesaron las enfermedades de los que trabajan, me parece algo muy injusto que se enfermen trabajando”, dice.

Cargada de esa sensibilidad, en el Chaco dedicó su vida a denunciar los efectos de los agrotóxicos en la salud de la población. Explica que en esa provincia la red de centros de salud tiene una buena distribución geográfica. Pero que los servicios no lo son tanto. Entonces, apenas un caso se complica, lo mandan a Resistencia o Roque Sáenz Peña, donde ella trabajó durante décadas. De ese modo, pudo conocer de qué se enferma la población de casi toda la provincia.

Desde hace años, junto a otros médicos e integrantes de la Red de Salud Popular Ramón Carrillo, visitan pueblos y campos, relevan casos, hacen investigaciones y denuncian el efecto del modelo de producción agroindustrial basado en transgénicos y fumigaciones con agrotóxicos: cáncer, malformaciones, problemas respiratorios, en el sistema nervioso y en el sistema endocrino, entre muchos otros.

Su tarea fue siempre a contracorriente en una provincia donde tanto funcionarios públicos como buena parte del sistema de salud mira hacia otro lado, calla y oculta. “Nos da mucha bronca”, afirma. “En general, los servicios de salud no profundizan, no tocan al paciente, no le preguntan nada (menos aún visitan los lugares donde viven). Entonces las personas vuelven a su lugar de origen sin haber resuelto su problema.”

Lo que ocurre en el Chaco ocurre en todo el país. Los problemas de salud vinculados a la contaminación y a las actividades industriales o extractivas no son detectados, menos aún denunciados, por la mayor parte de los profesionales y trabajadores de la salud.

Cuerpo-Territorio

La relación extractivismo-salud es el eje del último trabajo realizado por el grupo Iconoclasistas junto al Instituto de Salud Socioambiental (Inssa) de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Rosario. Se trata de un póster “Cuerpo-Territorio”, en el que se representan diez problemáticas socioambientales en la Argentina y Sudamérica y sus consecuencias para la salud. Las actividades seleccionadas son la agroindustrial, feedlots, incendios, megaminería, explotaciones forestales, fracking, salmoneras, hidroeléctricas y extracción de hidrocarburos. También se incluye la violencia armada, a través de un caso colombiano.

La ilustración (que puede descargarse desde el sitio web de la Fundación Rosa Luxemburgo) es el resultado de relevamientos e investigaciones bibliográficas realizados por los participantes del curso “Introducción al análisis de los procesos de salud en contextos de extractivismos”, dictado en forma virtual por el Inssa durante 2020. Participaron trabajadores de la salud e integrantes de organizaciones sociales de Argentina, Colombia, Ecuador y Chile, entre otros países.

El mapa cuerpo-territorio muestra, por ejemplo, cómo la contaminación producida por la cría intensiva de ganado en feedlots puede generar inflamación en la piel, problemas respiratorios o enfermedades zoonóticas, entre otras. O que la extracción de hidrocarburos mediante la técnica de fractura hidráulica (fracking) puede causar distintos tipos de cáncer. Cada caso corresponde a un área geográfica determinada, que está representada en el póster.

“El curso estaba pensado para trabajadores de salud. A raíz de que participaron personas del campo de salud pero también de organizaciones sociales y otros sectores, queríamos tener un material que nos permitiera tener llegada específicamente al sector sanitario”, explicó Gabriel Keppl, médico y docente de la UNR.

Keppl advierte que la medicina tradicional o hegemónica no suele vincular los problemas ambientales con los problemas de salud. “Con este póster buscamos mostrar esa vinculación que muchas veces permanece invisibilizada o que ni siquiera surge como pregunta o como posibilidad”, sostiene. “Por el momento es sólo el póster. Lo que estamos haciendo ahora en una segunda etapa es planificar talleres o actividades específicas para poder trabajarlo.”

La formación de los médicos

¿Por qué se necesita sensibilizar a los profesionales de la salud? ¿No es evidente la realidad como para que médicos y trabajadores de salud puedan notarlo?

“A los médicos y médicas que ingresan a trabajar en el sistema de salud, sea el sistema público o privado, en realidad lo que se les exige es otra cosa”, sostiene Keppl. “Si lo único que les van a exigir es resolver problemas de salud individuales difícilmente estas cuestiones vinculadas a la salud socioambiental sean una preocupación o tengan herramientas para trabajarlas”, explica. Y aporta un ejemplo: “Muchas veces se reconoce el aumento de casos de una determinada enfermedad vinculada a alguna fuente de contaminación, pero cuando llega la hora de la acción concreta se quedan en la prescripción individual de algún tratamiento o de algún diagnóstico”.

Señala que lo que falta es articular esa parte de los procesos biológicos individuales con procesos más generales como pueden ser estas cuestiones socioambientales.

¿Por qué ocurre esto? “Está todo muy cooptado por el discurso médico hegemónico sostenido por la industria farmacéutica. Entonces, lo más probable es que un congreso de psiquiatría organizado por un laboratorio para mostrar los últimos desarrollos farmacológicos tenga los cupos llenos. Y cuando proponés una actividad vinculada a los temas socioambientales, hay menos gente, cuesta un poco más. Pero en el último tiempo es está cambiando”, señala Keppl.

Una sola salud

Carolina Cazaux es médica, estudió en Buenos Aires y vive en Lago Puelo, Chubut, una región azotada por los últimos incendios forestales y por la amenaza de la megaminería. Participó del taller virtual del Inssa y considera fundamental cambiar la formación de los trabajadores de la salud para generar un pensamiento crítico. “Es necesario poder entender que los procesos de cómo se enferma una población necesariamente tienen que ver con las actividades que se realizan, con los hábitos culturales, con los vínculos. Si pensamos en la salud como un tejido social que tiene que estar sano, fortalecido, necesitamos que haya gente capacitada para trabajar desde esa perspectiva”, afirma.

Señala que la formación que predomina en las facultades de medicina es la contraria. “Es una cerrera mercantilista, fragmentada, que disocia. Se enseña a diagnosticar enfermedades y prescribir tratamientos.” Considera que para los trabajadores de la salud, lo más cómodo es seguir esa línea, no cuestionar. “Poner en duda esa formación, ese sistema de creencias, genera conflicto”.

Así lo vivieron más de una vez en la Facultad de Ciencias Médicas de la UNR los integrantes del Instituto de Salud Socioambiental. Uno de los casos más graves ocurrió en 2016, cuando autoridades de la Universidad de Rosario clausuraron con cadenas la oficina donde se guardaban las encuestas y resultados de los campamentos sanitarios realizados por estudiantes de medicina en pueblos fumigados.

Damián Verzeñassi -médico y docente, director del Inssa y quien estuvo a cargo de los campamentos sanitarios hasta 2019- explica por qué es importante incorporar la salud socioambiental en la formación. “Si asumimos que la salud de los seres humanos no puede ser entendida en forma descontextualizada o como un elemento ajeno a la salud de los territorios, la formación de los trabajadores tiene que ayudar a comprender esa relación, porque es clave para entender los procesos de salud y enfermedad”, señala.

Detalla que la salud socioambiental pone la mirada en la intersección entre la salud colectiva y la ecología política latinoamericana. “Para nosotros es muy importante porque brinda herramientas no sólo teóricas, sino también metodológicas. Y es fundamental porque nos permite recuperar algo que las facultades se encargan de hacernos perder, que es la capacidad de relacionar, de mirar integralmente y de comprender que la vida es gracias a los procesos y que los procesos son gracias a las relaciones”, destaca. Por eso, sostiene, los conceptos de la salud de los ecosistemas y la salud socioambiental son clave para entender lo que sucede con las poblaciones.

El silencio es complicidad

Desde el Chaco, María del Carmen Seveso reconoce que parte del problema es el paradigma hegemónico de la medicina. “La mayoría de los profesionales de la salud están esquematizados. Si empiezan a denunciar casos como las enfermedades por agrotóxicos pierden la estabilidad, se les desordena lo que aprendieron”, señala. “Pero tienen mucha responsabilidad, cuánto se podría haber evitado si más médicos denunciaran los casos.”

Reconoce, asimismo, que denunciar es comprometedor y en algunos casos, genera problemas laborales. “En los pueblos los intendentes son los dueños de los campos de soja. Y hasta a veces son médicos también”, advierte. “Hubo casos de pediatras de hospitales públicos que recibieron amenazas por denunciar que los chicos estaban afectados por las fumigaciones.”

Jubilada pero activa, Seveso publicó el año pasado el libro “Resistiendo al modelo agrobiotecnológico. Para evitar la complicidad de las víctimas”, en el que sistematiza datos y casos relevados durante sus años de trabajo. Se entusiasma con la difusión de estos temas e insiste en la necesidad de dar herramientas para que “la gente se pueda defender”.

 

Agencia Tierra Viva

* Publicada junto al Periódico Cooperativo Pausa de Santa Fe

 

 

Descarga libre del poster #CuerpoTerritorio aquí.

 10 problemáticas socio ambientales en Argentina y Sudamérica y sus graves consecuencias en la salud

 

 

Nos encontramos en medio de una emergencia climática y ecológica: incendios, inundaciones, mega minería, pueblos fumigados, ríos cercados y envenenados, empresas que avanzan y destruyen nuestros territorios, una justicia ciega. Históricamente, la explotación de los bienes comunes se asienta en una concepción utilitarista que concibe a la naturaleza como una fuente proveedora de materias primas, fomentando el saqueo, la privatización y contaminación de tierras comunales y recursos hídricos. El desarrollo de la industria extractiva afecta de manera directa o colateral a la salud y a las actividades cotidianas, degradando la calidad de vida de las comunidades.

 

Las violencias a lo largo del tiempo a las que han sido sometidos los pueblos colonizados de América Latina han golpeado tanto a los territorios ancestrales como al primer territorio, el cuerpo. Sobre él se imprimen las consecuencias generadas por el avance de la frontera extractiva, mostrando las dolencias, enfermedades y limitaciones que su expansión provoca.

Este material educativo y de difusión analiza 10 actividades extractivas y describe concretamente cuál es su impacto al nivel de la salud de nuestros cuerpos.

Es el resultado de los trabajos finales de participantes de los cursos “Introducción al análisis de los procesos de salud en contextos de extractivismos” dictados de manera online por el Instituto de Salud Socioambiental de la Universidad Nacional de Rosario, durante la pandemia del coronavirus en 2020, y apoyado por la Fundación Rosa Luxemburgo.  Iconoclasistas, luego de un taller de mapeo colectivo dictado en el marco del curso, sistematizó junto a médicos y medicas del INSAA la información, y diseñó este material que denuncia el impacto del extractivismo en nuestros cuerpos y en la salud de las comunidades.

 

Está disponible para descarga aquí.

 

Y también, si sos parte de una organización, asamblea barrial o ambiental, de algún centro de salud o colectivo que se encuentre trabajando éstos temas, podes comunicarte con algún punto de distribución y organizar para tenerlo en papel.

Puntos de distribución (informaremos en nuestras redes si se van sumando lugares):

Observatorio Petrolero Sur (Neuquén)

Red de Agricultura Orgánica de Misiones (Misiones)

Instituto de Salud Socioambiental (Rosario)

Museo del Hambre (Avda. San Juan 2491 CABA)

Fundación Rosa Luxemburgo (Santiago del Estero 1148 – CABA)

 

 

 

El “oro azul” ya comenzó a cotizar en Wall Street. En la Argentina, la escasa o nula inversión en infraestructura y la falta de escrúpulos de la industria extractiva están provocando una crisis hídrica: millones de litros para las empresas; poca agua y contaminada para las personas.
(Foto: Etnograficas)
Por Gastón Rodríguez@soyelpapadeleon31 de enero de 2021

El 7 de diciembre de 2020, el agua comenzó a cotizar en el mercado de futuros de Wall Street, evidenciando su doble condición de recurso limitado y mal distribuido. En la Argentina, aunque a muchos todavía les cueste imaginarlo, alrededor de 7 millones de personas no tienen acceso a una red pública que los abastezca de agua potable. La poca o nula inversión en infraestructura por parte del Estado y la falta de escrúpulos de productores y emprendedores privados que, incluso, llegan a desviar los cursos naturales de los ríos para su propio beneficio, fomentan un reparto desigual de eso que ya muchos consideran el “oro azul”. La industria extractiva –petroleras y mineras– juegan un papel estelar en la crisis hídrica, acaparando millones de litros diarios y condenando a los pueblos a la sed o, algo aún más perverso, al riesgo de consumir agua contaminada.

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(Foto: Etnograficas)

 

“El Estado nos vende”

Los vecinos de la neuquina Añelo, capital de Vaca Muerta, hartos de no tener agua, cortaron las rutas y los accesos de los camiones a las instalaciones petroleras. Los 40 grados de enero y la imposibilidad de higienizarse en un contexto de pandemia hubieran alcanzado para justificar la protesta en cualquier rincón del país. En Añelo tienen un motivo extra.

“Los vecinos de la capital nacional del fracking no tienen agua, pero a 20 kilómetros de ellos se desarrolla una técnica hidrocarburífera que gasta millones de litros. Los pozos más grandes, como los de Tecpetrol, usan 90 millones de litros de agua en cada proceso de fractura, el equivalente a unos 3800 camiones cisternas al tope o lo que gastaría una familia en 120 años de consumo. Las empresas pagan por esa agua que usan 4,9 pesos el metro cúbico, es decir, mil litros de agua a menos de cinco pesos. Entonces, por un pozo grande gastan hasta 450 mil pesos que a priori parece mucho, pero que no llega a ser el 0,01% de lo que reciben por subsidios”, explica Fernando Cabrera, investigador del Observatorio Petrolero Sur (OPSur).

Los vecinos de Añelo levantaron los cortes luego del compromiso del municipio de finalizar la red de agua para el correcto abastecimiento de un sector del Barrio El Mirador. Prometió, además, realizar un seguimiento permanente en las líneas troncales para identificar posibles problemas de baja presión. Nada se dijo, sin embargo, de las sospechas de contaminación que le quitan el sueño a todo el pueblo.

“Entre el 20 y el 80% de esos millones de litros usados en los pozos retornan y se vuelven a inyectar en otros pozos sumideros o piletas abandonadas. Esa agua, a la que se le habían inyectados químicos, algunos de ellos probadamente cancerígenos, para la técnica de fracking, se mezcla con los minerales y todo lo que se arrastra del subsuelo, pero no existe ninguna información o estudio publicado sobre el tratamiento que reciben. Lo que sí es evidente es el peligro de que esa agua residual filtre hacia abajo y contamine otros acuíferos o fuentes de agua pura”, señala Cabrera.

La lucha por el agua se libra en toda la Patagonia. En Caleta Olivia, al norte de Santa Cruz, el comienzo de año encontró a los vecinos en las calles, luego de que barrios enteros pasaran hasta un mes entero sin abastecimiento. No fue una sorpresa. El reclamo de una red de agua potable es histórico. También el incumplimiento de las promesas de solución por parte de los funcionarios.

“El agua a Comodoro Rivadavia nos llega a través de un acueducto de unos 150 kilómetros de recorrido que trae agua de los lagos Musters y Colhué Huapi. El primero está desapareciendo y el segundo directamente se secó”, se lamenta Zulma Usqueda, del Foro Ambiental y Social de la Patagonia.

Comodoro «a secas» como le dicen los locales, tiene más de 100 años de explotación petrolera, lo que haría pensar en una zona de desarrollo económico e infraestructura importantes. La realidad es que, para mantener las reservas de agua, los vecinos sufren dos cortes de suministro semanales de 24 horas de duración cada uno.

“Todas las localidades de la Cuenca del Golfo de San Jorge –continúa Usqueda– vamos camino a desaparecer. En Las Heras y en Koluel Kaike (ambas en Santa Cruz), por ejemplo, la gente no toma agua de la canilla porque está contaminada. Conozco vecinos que deben trasladarse 80 kilómetros para buscar agua potable. El Estado, en vez de hacer algo por los que vivimos en estos lugares, sale a vendernos. A la minería se le suma el petróleo y al petróleo se le suma el fracking. También permite que empresarios desvíen ilegalmente los cursos de los ríos para regar sus propios cultivos. Ninguna ciudad puede sobrevivir sin agua. Sentimos que nos quieren matar”.

 

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(Foto: Etnograficas)

 

 

El mal ejemplo

Carolina Caliva nació en Jáchal, San Juan, al igual que sus padres y abuelos. Ese linaje, dice, le otorga más derechos que “estas empresas y gobiernos que vinieron a vendernos y a declararnos un pueblo sacrificable”. Jáchal está ubicado “aguas abajo” de la mina Veladero, de la empresa canadiense Barrick Gold, recientemente también propiedad de la china Shandong Gold. En septiembre de 2015, en uno de sus derrames, vertió más de un millón de litros de solución cianurada al cauce del río Potrerillo, contaminando, además, otros cuatro ríos.

“La megaminería sigue destruyendo glaciares y ocupando agua. En diciembre realizamos varios cortes de calles denunciando esta situación, pero vivimos en una provincia que censura y criminaliza la protesta. Hubo detenciones solamente por pedir agua”, se queja Caliva, organizada, desde 2015, en la Asamblea Jáchal No Se Toca.

“Si hablamos del problema del agua a nivel nacional, no se trata solo de la cantidad, sino de la calidad. Tenemos muchos lugares en donde el agua está contaminada y la gente sigue consumiéndola”, dice Julieta Lavarello, abogada de las Asambleas por el Agua Pura de Mendoza.

“En Mendoza –detalla– está la amenaza latente de la minería metalífera a gran escala. Se sabe que usa enormes cantidades de agua, y que esa agua que pretende usar proviene del deshielo. En San Juan, el agua de los cinco ríos que alimentan el norte están contaminados por culpa de la Barrick Gold, pero el gobierno provincial no ha hecho nada. Entonces, se sigue consumiendo agua que contiene metales pesados que no se eliminan, sino que se acumulan en la sangre”.

«Hay que tomar decisiones –agrega Caliva–, porque todos sabemos en qué condiciones está nuestro ambiente. Nosotros, en Jáchal, declamamos a viva voz nuestra desgracia, que es la contaminación de nuestro río por la megaminería, y lo hacemos para que no les pase a otros pueblos. Nosotros somos el mal ejemplo.»

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Día de los Humedales sin festejo
El 2 de febrero se celebra el Día Mundial de los Humedales, pero en la Argentina lejos está de significar un festejo. Si bien representan aproximadamente el 21% del territorio y ayudan a mitigar los efectos que provocan las sequías y las fuertes lluvias, entre otros beneficios, aún no existe un marco legal que los proteja, siendo permanentemente amenazados por actividades como la ganadería, los proyectos inmobiliarios y la minería.

Se calcula que más de 300 mil hectáreas fueron arrasadas por los incendios de 2020, provocados intencionalmente por productores o emprendedores privados, en la zona del Delta de Paraná, lo que causó un grave daño a la biodiversidad del lugar, conformada por unas 700 especies de plantas y otras 500 de vertebrados, entre mamíferos, aves, peces, reptiles y anfibios.

Varias organizaciones ambientales exigen una ley urgente que incluya un inventario de los humedales a nivel nacional, una moratoria para impedir que se sigan deteriorando y que agregue una figura de delito penal con multas significativas para quienes los destruyen.

La amenaza de otro Veladero

El emprendimiento minero Veladero consume 110 litros de agua por segundo, es decir, 9 millones de litros por día, y opera sobre un área periglaciar, según destacan expertos internacionales y reconoce la propia empresa en su informe de impacto ambiental, violando la Ley de Glaciares, sancionada hace más de diez años. En paralelo, el Artículo 264 del Código de Minería establece el cierre definitivo de la explotación luego de tres infracciones graves. Veladero ya pasó ese número y, sin embargo, solo purgó suspensiones.

Esos derrames contaminaron el río Jáchal con mercurio (hecho constatado por los análisis de la Universidad de Mendoza), un metal pesado que el propio Ministerio de Salud de la Nación califica de “altamente tóxico”, explicando que la exposición (incluso a pequeñas cantidades) “puede causar graves problemas de salud y es peligrosa para el desarrollo intrauterino y en las primeras etapas de vida, ya que puede ser tóxico para los sistemas nervioso e inmunitario, el aparato digestivo, la piel y los pulmones, riñones y ojos”.

Pese a estos antecedentes, también en San Juan, en el departamento Iglesia, se puso en marcha la mina de cobre Josemaría (de acuerdo al informe técnico presentado consume 550 litros de agua por segundo, unos 45 millones al día). Proyecta la construcción de un dique de cola de unos 190 metros de altura, que recuerda al de Mina Gerais, en Brasil que, luego de una rotura en 2019, causó las muertes de más de 250 personas. El plan ignora el terremoto que hubo en la zona en 1984 y que alcanzó los 8,2 en la escala de Richter.

Vivimos una disputa a nivel global en torno a la transición energética. La insostenible quema de combustibles fósiles ha obligado a comenzar tímidos ensayos de recambio del modelo. Pero el sistema energético no solo acarrea problemas ambientales, sino que implica también desigualdades, conflictos sociales y laborales que no están contemplados en la transición liderada por el capitalismo verde. Durante la última década sectores sindicales de América Latina vienen discutiendo en conjunto con organizaciones sociales, campesinas e indígenas una propuesta propia que contemple las diversas dimensiones que debería tener este proceso. En “Transición Justa: Debates latinoamericanos para el futuro energético” recorremos la historia y discusiones sobre este concepto para buscar profundizar en una propuesta situada desde los pueblos latinoamericanos que buscan construir nuevos caminos sobre su modelo energético.

La mirada dominante de la Transición Energética a nivel mundial se centra de manera casi exclusiva en el recambio de fuentes hacia renovables. Esas miradas, que consideramos parciales, no cuestionan el actual modelo, y entienden la energía como una mercancía y no un derecho. En igual sentido, las visiones estrictamente técnicas,  tampoco ponen en cuestión otro aspecto como lo es el destino de la generación energética. En suma, estas perspectivas dejan de lado la reflexión sobre la cuestión energética en relación con el modo de producción en el cual cobró forma y al cual contribuyen a reproducir.

Dentro de esas omisiones una de las principales es el lugar de las y los trabajadores del sector energético durante la transición. ¿Qué pasará con las personas cuyos puestos de trabajo sean destruidos?, ¿existen verdaderas políticas de reconversión laboral? Estas preguntas han guiado los debates de los sectores sindicales que han propuesto la idea de Transición Justa para problematizar su rol dentro del recambio energético mundial.

Las características propias de nuestro continente hicieron que dos elementos fundamentales se unan a este debate. En primer lugar está la diversidad de sectores sociales activos que no se referencian ni organizan a través de sindicatos. Durante las últimas décadas se han abierto diversos canales de diálogo y encuentro entre estos sectores de trabajadores/as y organizaciones sociales, indígenas, y campesinas. Esto ha provocado que a nivel local el debate de la Transición Justa se ponga en clave sistémica, lo que contempla el conjunto de las inequidades que el presente modo de producción reproduce, sean estas de clase, género, raciales o de cualquier otro tipo.

Otro elemento destacado es la necesidad de buscar especificidades para la Transición Justa en el Sur Global y diferenciarla de la del Norte, debido a las particularidades de cada territorio, e incluso al interior de los países periféricos. Hoy estos espacios de debate Norte-Sur se encuentran ante el desafío de hacer este diálogo desde la diferencia.

Pensar, entonces, en este tipo de cambio sistémico obliga a desplegar no solo instancias de diálogo social, sino que efectivamente las comunidades tomen en sus manos el poder y lo gestionen a su favor. En suma, propiciar una Transición Justa desde los pueblos y para los pueblos exige que lo viejo termine de morir y lo nuevo acabe de nacer.

Descarga el informe aquí.

Informe en inglés «Just Transition: Latin American debates for the energy future«.

La activista climática celebra la sanción positiva en Diputados de las leyes Yolanda y de Manejo del fuego, pero advierte que no solucionan las cuestiones de fondo. «Yo vivo en la Ciudad de Buenos Aires y no hay fracking, no hay minería, pero hay tierra pública que se vende a costa de no tener espacios verdes» se queja.

 

22 de noviembre de 2020

 

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(Foto: Gentileza Sebastián Gil Miranda)

 

Nicole Becker –19 años, estudiante de Derecho, cofundadora de Jóvenes por el Clima Argentina, apenas Nicki para los que la conocen o siguen en redes sociales– dice que lo peor es la desinformación. “Si hay desconocimiento –justifica– también hay indiferencia. Creo que el movimiento juvenil del año pasado instaló una nueva narrativa, porque el reclamo no era nuevo, lo que llevó a que cada vez haya más personas involucradas en la problemática ambiental. Cuando yo digo que la militancia funciona quiero decir que la Ley Yolanda no se hubiera votado sí un montón de personas no hubieran estado tanto el año pasado como este en las calles. Y lo mismo pasó con la Ley de Manejo del Fuego, con el Acuerdo de Escazú, con la Ley de Cambio Climático. El problema es que en la dirigencia política hay mucha desinformación ambiental”.

– ¿Qué te generó que tanto la Ley Yolanda como la Ley de Manejo del Fuego tuvieran una sanción favorable en Diputados?

– Son el inicio de muchas cosas que faltan. La Ley Yolanda es fundamental porque no podemos esperar diez años para que las personas que hoy estamos dando la lucha climática accedamos a un puesto de toma de decisiones. Es una obligación hasta moral que los funcionarios de los tres poderes empiecen a capacitarse y que las medidas que tomen tengan perspectiva ambiental. Sobre la Ley de Manejo del Fuego su sanción fue positiva, pero hay que entender que no soluciona la cuestión de fondo. Esta modificación de la ley no va a garantizar que no haya más incendios o que estemos mejor preparados. De hecho, en el presupuesto que se aprobó se le está dando la misma plata que el año pasado a pesar de toda la inflación que hubo. Creo que lo más interesante de la ley es lo que propone con el uso de los suelos porque gran parte de los incendios están relacionados a proyectos inmobiliarios. Pero insisto que no soluciona la cuestión de fondo, no reemplaza a la Ley de Humedales que ni siquiera tiene dictamen porque tiene mucho más lobby detrás. El mismo día se votó el impuesto a las grandes fortunas, que es algo muy necesario, pero un 25% de lo recaudado va a ir a la exploración y explotación de combustibles fósiles. Por eso digo que no veo cambios sustanciales

Sin verde

En febrero de 2019, Nicki descubrió que chicos de la edad de ella marchaban por las calles de las principales ciudades de Europa exigiendo a los adultos del poder que tomaran medidas contra el cambio climático. “Me indigné –recuerda ahora–, no solo por la cuestión ambiental, sino porque había jóvenes que, por vivir en otro lado del mundo, accedían a información que yo no tenía”. Lo demás es historia conocida: con un grupo de amigos convocó a una movilización replicando las consignas que juntó, contra todo pronóstico, cinco mil personas frente al Congreso. La mecha se había encendido y Nicki, sin saberlo, empezaba su carrera de militante activista climática.

“Yo vivo en la Ciudad de Buenos Aires y no hay fracking, no hay minería, pero hay tierra pública que se vende a costa de no tener espacios verdes que son fundamentales para la adaptación al cambio climático. Y no es solo el caso de Costa Salguero, en los últimos años se vendieron 473 hectáreas, un espacio que representa 263 veces la Plaza de Mayo. Con la pandemia quedó demostrado, que los runners no tenían donde ir a correr porque no hay muchas plazas”, se lamenta Nicki y agrega un dato más: “Más del 90% de la población de Argentina vive en ciudades. Así es muy difícil que nos importen las temáticas ambientales cuando ni siquiera tenemos contacto con la naturaleza”.

Tanto en Córdoba como en el Delta de Paraná, las zonas más afectadas por los incendios de este año, la organización de las mujeres enfrentó los daños ambientales y económicos provocados por el agronegocio. “Somos ese vínculo directo con la tierra y los montes”.

Por Laura Gambale | 8 de noviembre de 2020

Publicado en el micrositio #ActivoAmbiental realizado en conjunto con Diario Tiempo Argentino

 

 

Más de 330 mil hectáreas de bosque nativo arrasadas en lo que va del año en Córdoba y otros cientos de miles más en los humedales del Delta del Paraná. El avance feroz del extractivismo encuentra una resistencia en los distintos movimientos ecofeministas. Son las mujeres las que ponen el cuerpo para apagar el fuego. Literal.

 

“Las quemas intencionales de los humedales del Delta del Paraná (que se iniciaron en febrero de este año y que todavía siguen activas) son el resultado de un largo saqueo, que incluye una larga cadena de violencias narrada en las historias de mujeres de río que llevan su vida adelante tanto en las costas como en las islas incendiadas, y que han tenido que resistir con sus cuerpos el avance del fuego, las fumigaciones con glifosato a metros de sus hogares, o la pérdida de ingresos como ocurrió hace poco con las pescadoras que se quedaron sin poder pescar, y así también sin qué dar de comer a su familia, como consecuencia de la bajante histórica del Paraná”, explica Ana Fiol, docente, investigadora y miembro de Río Feminista.

 

En Córdoba, militantes feministas se sumaron en los últimos meses a las asambleas ambientalistas y se prepararon como brigadistas para poner el cuerpo contra los incendios. A ellas se les suman las campesinas indígenas que desde siempre sostienen la vida comunitaria en los territorios, y que ahora, a la par de sus compañeros, se suman para pelear contra el fuego y armar los campamentos improvisados donde mantienen a salvo a sus familias.  “Las mujeres somos ese vínculo directo con la tierra, con el cuidado de nuestra producción, de nuestros montes, de nuestros hijos y de nuestros jóvenes”, dice Ana Lucia Agnelli, militante y miembro del Movimiento Campesino de Córdoba y de la Coordinadora en Defensa del Bosque Nativo (Co.De.Bo.Na).

 

Contra la colonización

 

Antes de recorrer las historias en primera persona, es necesario remarcar por qué somos las mujeres las más afectadas ante la crisis ecológica. En su libro “Ecofeminismo para otro mundo posible”, la filósofa ecofeminista Lucía Puleo afirma que somos “las primeras perjudicadas por la contaminación medioambiental y las catástrofes ´naturales´, tal como ya lo demostraba la conferencia de la Mujer de Naciones Unidas celebrada en el año 2000”, sin embargo, “no se visibiliza la relación entre la estratificación de género y los problemas medioambientales”. Y aporta un dato: “Biológicamente, el cuerpo femenino tiene una mayor vulnerabilidad ante la contaminación. Esta cuestión ha sido comprobada por numerosos estudios que indican que los agrotóxicos presentes en los alimentos y en las dioxinas de las incineradoras nos afectan más a las mujeres que a los hombres. Existen claros indicios de que el aumento del cáncer de mama en los últimos cincuenta años se debe principalmente a la contaminación medioambiental con xenoestrógenos, es decir, sustancias químicamente similares al estrógeno”.

 

 

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(Foto: Prensa UTT)

 

Vandana Shiva y Maria Mies, referentes indiscutibles del ecofeminismo, lo definen como “una potente corriente de pensamiento y un movimiento social que liga el ecologismo y el feminismo”,y que “se trata de una filosofía y una práctica activista que defiende que el modelo económico y cultural occidental se constituyó, se ha constituido y se mantiene por medio de la colonización de las mujeres, de los pueblos ´extranjeros´ y de sus tierras, y de la naturaleza”. En el libro “Ecofeminismo: Teoría, Crítica y Perspectivas” también dejan expuesta la subordinación de las mujeres a los hombres y la explotación de la naturaleza como dos caras de una misma moneda respondiendo a lógicas comunes: la ilusión de poder vivir al margen de la naturaleza, el ejercicio del poder patriarcal y del sometimiento de la vida a la exigencia de la acumulación. “El ecofeminismo -dice en el prólogo del libro- denuncia cómo la inmanencia de la vida humana y los límites ecológicos quedan fuera de las preocupaciones de la economía y del desarrollo. Esta denuncia trastoca las bases fundamentales del paradigma económico capitalista y revela que su lógica es incompatible con la de un mundo sostenible y justo”.

 

Invisibles

 

Río Feminista (Cuenca del Río Paraná) está integrada por 38 mujeres de diversas organizaciones territoriales principalmente de Entre Ríos, y en menor medida de Santa Fe y  Buenos Aires, que se unieron hace casi dos años para conformar una red de redes con un doble objetivo: interconectar a feministas y ambientalistas de diversas organizaciones a largo del Delta del Paraná con el fin de retroalimentar saberes y experiencias, y, en paralelo, recuperar las historias de las mujeres de las islas que han sido invisibilizadas históricamente y que ahora además resisten las quemas.

 

Así fue que a principios de 2019 un grupo de la red viajó por el río Paraná desde Victoria (Entre Ríos) hasta Eldorado (Misiones), parando en distintos puntos del camino para recuperar las historias de las mujeres que vienen acuerpando la defensa de su territorio ante el avance extractivo.

“Las mujeres de río sabemos que la naturaleza ya no es tan predecible y por eso siempre estamos preparadas para lo que pueda suceder”, anuncia María Paula Ruiz Díaz, docente de arte e integrante de Río Feminista. “Empezamos recorriendo la zona de islas más cercanas a Entre Ríos, entrando en contacto con las cocineras y maestras del lugar, porque son las que tienen más a mano el pulso cotidiano de los cuidados y de lo que pasa en el territorio. Con los días también nos fuimos dando cuenta de todo el trabajo Isleño invisibilizado de las otras mujeres de la zona: las pescadoras, las huerteras, las estoqueadoras, las dulceras, entre otras. Así fue que decidimos ampliar el recorrido y extenderlo por el Paraná hasta Misiones”.

 

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(Foto: Natalia Roca)

Fiol también recuerda que cuando estaban “en pleno trabajo de recolectar las voces invisibilizadas de las mujeres, empezaron las quemas y fue ahí cuando vimos con total claridad que en la narración de las vidas de las compañeras isleñas estaban escritas las razones estructurales que hoy desembocaron en esas mismas quemas”. Para Fiol, los incendios son el resultado del avance del agronegocio en los cuerpos y en los territorios. “Si bien la cuestión ambiental se puso fuertemente en agenda por lo que sucede con las quemas de los humedales, desde siempre hemos elegido trabajar en función de lo ambiental comunitario, bajo esta idea de que cuando aprendemos a construir con el otro también se aprende a cuidar el espacio y a respetar la vida, una noción muy del ecofeminismo,” subraya.

 

Ruíz Díaz agrega que hay dos formas de luchas bien presentes: “Así como hay familias que han tenido que ir a la costa para mantener a su familia a salvo, también hay otras que han puesto el cuerpo y se han quedado resistiendo. De cualquier manera, lo que se ve en las historias de las distintas isleñas es la manera en que el extractivismo arrasa con nuestros territorios, con nuestros cuerpos y con nuestras vidas en comunidad. Y ahí siempre, siempre, se ve a las mujeres poniendo el cuerpo. Al extremo está la historia de Josefa, que se atrincheró en el municipio de Victoria porque un tal señor Juárez quería sacarle sus tierras, quien ya tenía 2000 hectáreas y además quería las 180 hectáreas que tenía ella. Josefa resistió con el cuerpo, fue a juicio hasta que por fin le confirmaron su tenencia de territorio y hasta el día de hoy vive en su lugar. También existe el testimonio de otras mujeres que han venido a la costa justamente por la intervención del puente que cambió las bajadas y subidas del río, perjudicando el hábitat y haciendo imposible sostener una vida constante. Así las comunidades se fueron rompiendo y fueron nuevamente las mujeres las que decidieron mudarse y llevarse a sus familias a un lugar más seguro”.

 

Fiol suma más relatos con la misma impronta: “También está la mujer que te cuenta que su madre la parió a ella y su hermana en la isla, y después se tuvieron que ir porque el ganadero vecino que quería sus tierras las amenazó”.

“Las islas hoy –concluye– son zona de sacrificio. Si me preguntás dónde viven los más vulnerables, te digo que justamente ahí, en las zonas que han quedado devastadas. En cuanto a las mujeres, lo que buscan de manera urgente es la presencia del Estado. La otra vez, una isleña me contaba que a su viejo se le quemó todo el boyero, y me preguntaba si no había un programa para ayudar a reparar estas pérdidas. Desde ese tipo de presencia se necesita hasta una mucho más amplia y determinante. Necesitamos que todos los niveles de gobierno se hagan responsables de su parte y actúen a favor del pueblo”.

 

A la par de nuestros compañeros

 

“Hoy ponemos el cuerpo en los incendios como ya lo hacíamos para hacer frente a la violencia machista y patriarcal. Volemos a las calles para decir basta de avances violentos y económicos sobre nuestros territorios. El monte es vida”, introduce Ivana “La Colo” Trevin, brigadista, trabajadora social y militante ecofeminista miembro del Movimiento Plurinacional de Mujeres de Capilla del Monte. Ella es de Charbonier, un pueblo a 15 kilómetros de Capilla del Monte. El 23 de agosto tuvo que auto evacuarse junto a su familia y a vecinos por culpa del fuego. Ese primer foco arrasó con unas 50 hectáreas. En ese momento, además de organizarse para cortar rutas y exigir respuestas al gobernador Juan Schiaretti, se preparó como brigadista con los bomberos de la zona. “Somos las feministas de distintos puntos de la provincia las mismas que ahora participamos de las asambleas ambientalistas y resistimos el avance de los fuegos cuerpo a cuerpo a la par de nuestros compañeros. Es clave cómo la organización feminista potenció a las luchas ambientalistas que ya estaban activas en la provincia por causas pasadas”.

 

Entre esas causas históricas que menciona Trevin, hay situaciones emblemáticas, como el caso de la campesina Ramona Orellano, de 94 años, que desde hace más de 20 resiste los desalojos de sus tierras de origen y que todavía lucha por obtener los derechos sobre ese territorio familiar. “Ramona fue una de las mujeres de la comunidad que marcó un antes y un después para nosotras por su determinación de lucha y por su condición de mujer al frente de la defensa de su territorio. Una gran luchadora y un faro en donde nos pudimos reconocer todas nosotras, como mujeres con incansable necesidad de luchar y de ponernos de pie”, se suma Ana Lucia Agnelli, militante y miembro del Movimiento Campesino de Córdoba, una organización que tiene más de 20 años en la provincia y de la que participan unas 1200 familias.

 

Hace una década, las campesinas empezaron a reconocerse en la gran participación que tienen tanto en las tareas productivas como en la de garantizar la reproducción y la sostenibilidad de la vida de las familias y las comunidades. Así se dieron cuenta de la poca o nula intervención que tenían en la toma de decisión sobre los medios de producción, su titularidad y su lugar en la política sectorial. “Al llegar a sus casas, las mujeres campesinas siempre fueron las que se encargaron de que los niños y niñas estén cuidados, que las cabras estén atendidas, que el patio esté limpio y que las sillas alcancen para todos. Y gracias a que nos empezamos a juntar y a reconocer en las mismas situaciones de vulnerabilidad y desigualdad, nos fortalecimos tomadas del feminismo como herramienta para la transformación”, recuerda Agnelli.

 

 

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(Foto: Gentileza Natalia Roca)

El movimiento campesino generó una cooperativa de mujeres que tiene un emprendimiento de costura, diversos espacios con queseras y una fábrica de tomates, entre otros. “El eje de lo productivo también creció y fue liberador. Además, hicimos escuelas de formación donde pusimos sobre la mesa qué era la violencia, cómo queríamos ser representadas en nuestra organización, y cómo nos queríamos empezar a relacionar entre nosotras y con nuestros compañeros”.Para Lucía Castellano, militante ecofeminista de Sierras Chicas, en Córdoba, “los incendios son uno más de los flagelos que nos azotan desde hace tiempo. Este año ha sido demasiada la destrucción del poco monte nativo que nos queda. En una provincia que tenía 12.000.000 de hectáreas de bosque nativo hace 100 años nos quedaban unas 600.000 hectáreas hasta este año y de eso se quemó la mitad. Por eso decimos que donde hubo fuego ahora tiene que vivir el monte. No aceptamos que aparezcan más countries, ni canteras, ni ningún tipo de emprendimiento en zonas quemadas. Y esto no es un capricho ya que lo dicen las leyes vigentes”.

 

Castellano cita al geógrafo Pablo Sigismondi para quien los incendios en Córdoba son “crímenes de lesa ambientalidad”. “El ecofeminismo –finaliza– no es ajeno a este movimiento en defensa de la vida, porque es la misma lucha. Somos víctimas de un modelo extractivista, patriarcal y ecocida que se manifiesta de muchas maneras. También la resistencia de las comunidades indígenas nos aporta una cosmovisión muy interesante, ignorada por la visión occidental hegemónica que ve a la naturaleza sólo como fuente inagotable de ´recursos´, lo que nos ha llevado a este extractivismo feroz, con las consecuencias que conocemos; la pandemia, entre otras. Si no entendemos que somos parte de la naturaleza y no sus dueños, si no cambiamos nuestros modos de producción, distribución y consumo actuales, no hay futuro para nosotres ni para las generaciones venideras”.

 

(Foto: Prensa UTT)

Las mujeres agricultoras y campesinas de la Unión de Trabajadores de la Tierra construimos una mirada feminista desde el territorio, atravesadas por la vida cotidiana y por las distintas violencias que se ejercen sobre nosotras y sobre nuestra tierra. Nosotras no leímos sobre ecofeminismo, sino que aprendimos en la práctica a través del modelo de violencia que golpea nuestras vidas, nuestros cuerpos, nuestras decisiones en la quinta donde no tenemos acceso a la tierra y donde no somos escuchadas ni respetadas por nuestros pares hombres. A partir de darnos cuenta de la violencia doméstica que sufrimos todos los días también nos dimos cuenta de la relación directa que existe con la violencia económica ejercida por un sistema productivo que nos envenena y que nos engañó a todos y todas diciéndonos que la única forma de producir alimentos en un supuesto modelo de desarrollo era a través del paquete tecnológico que nos venden las multinacionales.

Una compañera decía: “Nosotras vamos a defender la naturaleza porque la misma violencia que el modelo ejerce con sus agroquímicos es la misma violencia que el machismo ejerce sobre nuestros cuerpos”, y creo que sintetiza muy bien el feminismo de la tierra que buscamos construir, con vínculos nuevos que no sean de dominación y de opresión y que tengan al cuidado de la vida y de la naturaleza como eje principal. Esta pandemia puso de relieve cuáles son las actividades esenciales para vivir, es decir, la salud y la alimentación, actividades que son llevadas adelante principalmente por mujeres. Nuestras existencias siempre están relacionadas con reconstruir ese cotidiano básico para la vida en la tierra, y sobre todo las estrategias de supervivencia de las mujeres de sectores populares. Y esto es clave cuando hablamos de un feminismo popular y campesino que tenga como horizonte el cuidado de la tierra, porque es justamente en esos territorios más saqueados y empobrecidos donde hay más mujeres organizadas desarrollando estrategias de supervivencia.

 

Por Rosalía PellegriniCoordinadora nacional de la Secretaria de Género de la UTT

8 de noviembre de 2020

Publicado en conjunto con Diario Tiempo Argentino en el micrositio #ActivoAmbiental

“Incendios en las Islas del Delta del Paraná, Humo e Impactos en la Salud Socioambiental” es un trabajo serio, profuso, científico, lleno de compromiso.

Elaborado junto a el “Instituto de Salud Socioambiental” (FCM-UNR) nos dice desde sus páginas que “debemos pensar procesos de reparación socioambiental, desde la determinación social de la salud, es un desafío que no podemos postergar como UNIVERSIDAD y como SOCIEDAD”.

Nos dice también: ”El giro hacia un paradigma del cuidado (individual y colectivo) es y será posible a través del diálogo de saberes, de la recuperación y revalorización de los conocimientos ancestrales sobre los ciclos vitales y las relaciones ecosistémicas, en la  deconstrucción de las relaciones de poder hegemónicas y en la integración de la ética de la Vida y la participación comunitaria en la toma de decisiones”.

 

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